‘Diarios de la alegría’, la fronda salvífica de María García Zambrano

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Para poder llegar hasta este trozo
de diaria alegría, hasta este crédulo
peligro del papel, cuántos pasos en falso
cuántas
barandas
vacilantes
asomadas del lado de lo negro

J. M. Caballero Bonald

Hace ya varios años, cuando conocí a María García Zambrano, ella me regaló un libro. Era un libro compuesto por fragmentos, registros de paseos de un hombre en la naturaleza, y de su relación con el cielo, las aves y el paisaje. Tengo la intuición de que ambas leímos ese libro con fruición, lo degustamos, lo vivimos y lo olvidamos como se olvida marcar el 3/4 cuando uno ya lo lleva en el cuerpo. Como tantas de esas cosas que se aprenden para recordarlas desde un lugar no exento de barreras y trampas, y que solo se abre al encuentro del santo y seña más caprichoso. Ese lugar se me abrió estos días, y me trajo de nuevo aquel libro, que era Volar, una antología preparada por la editorial Pepitas de calabaza a partir de los pensamientos que suscitaba en Henry David Thoreau la observación de las aves.

Diarios de la alegría está dedicado a un ser alado, a la Mirla, escrito con M mayúscula de cordillera dibujada en un papel. La hija, que en el libro anterior daba título al poemario, es aquí un ave que a menudo ríe y mira el mundo desde su altura. Y la voz de la madre escribe sobre esa Mirla que mira el mundo y que ve a su madre escribir sobre el mundo: “La alegría es decir la alegría con tus ojos leyendo la alegría es decir la alegría”. Y en esa mirada en espejo, en esa puesta en el abismo, en ese abrazo que las eleva, ambas se alzan sobre “la alegría plateada de los chopos”. Al igual que en aquel libro de Thoreau, los Diarios de la alegría son el registro que lleva un ser humano que, como una hormiga, hace acopio de instantes de plenitud.

Pero es un libro extraño, por varios motivos. En primer lugar, porque si pensamos en esa hormiga que hace acopio de provisiones para el invierno, en la fábula de Esopo es el ser esencialmente antagonista de la cigarra. En este libro, sin embargo, se da una modificación no genética, sino poética, y esos seres poéticamente modificados se funden en lo que yo he bautizado como la cigarmiga o la hormigarra. Ese ser poéticamente modificado tiene el tesón, la paciencia y la constancia de la hormiga para guardar, cultivar, arar y nutrir (“las estrellas, para quien las trabaja”, escribe Juan Carlos Mestre), y la sabiduría de la cigarra para generar belleza, gozo y ternura con plena consciencia, y para crear esos instantes de absoluto que luego serán diminutas ramitas con las que se construye un nido. Y el nido hay que construirlo, porque el invierno siempre llega; a menudo sin previo aviso, con la impertinencia de quien conoce el territorio que habita.

Es un libro extraño no solo por esa insistencia en la necesidad de arar la vida como se ara la tierra, de cultivar belleza –ese leitmotiv del libro–, sino también porque canta a la alegría, esa rara avis en la poesía. Pero es una alegría en la que ni el dolor desaparece ni la angustia se camufla, y, sin embargo –o precisamente por eso– cuando aparece es profunda, calma, íntima, tenaz. A pesar de ese trágico cotidiano –en palabras de Maeterlink–, es una alegría pertinaz como lo es el musgo sobre la roca. “La vida vence / musgo imparable”.

Una de las palabras alemanas que más me acompañan en el día a día es el término Vorfreude. Vor- es un prefijo que indica anterioridad; Freude, la alegría. Vorfreude es, así, ese regocijo que antecede a un acontecimiento significativo, la ilusión tensa de la expectación. Die Vorfreude ist die schönste Freude, “la alegría anticipatoria es la mayor de las alegrías”, dice un proverbio alemán. No se da esa jerarquía en estos Diarios, pero el libro concede tanta importancia a ese sentimiento que les da título como a su anticipación. Y lo hace al dar a la primera parte el título: “Preludio de la alegría”. Hay, pues, una preparación para la alegría, una formación del espíritu para ser capaz de apresarla cuando llega y retenerla, aunque sea por unos instantes, una y otra vez.

En este preludio, “los sonidos dan forma a la alegría” y la alegría “parpadea levemente”, “se disfraza, vuela de incógnito y se esconde bajo las alas de los vencejos”, “se cultiva como jardinera de lo delicado”, “son estas misteriosas alas/ y la paciencia con que sonríes/ a las desconocidas”, “suena” y “hay una alegría que es la alegría plateada de los chopos”.

Recuerda a veces a esa alegría de los estoicos como ausencia de turbación: “No hay instante trágico que describir”, escribe la poeta, o a la alegría reflexiva de Emily Dickinson, hermana espiritual que visita el libro una y otra vez para conversar con la poeta. Para ambas –Emily Dickinson, María García Zambrano–, el mero hecho de vivir es motivo suficiente para la alegría: “the mere sense of living is joy enough, escribe aquella desde su casa de Amherst.

Un nutriente fundamental de estos diarios es también la gratitud. “No olvides/ agradecer/ esta enseñanza”. Todo el campo semántico es clave en el libro, como una marca de agua que lo distingue. Gracias a la vida. A cada instante. A pesar de. Y también por. Está, en estos instantes de plenitud de los que se hace acopio, ese infinito en la palma de la mano sobre el que escribiera William Blake.

Hace falta coraje para escribir así. Y es que la capacidad de escribir sobre la alegría de manera poética, reflexiva y sosegada requiere madurez espiritual. Es evidente que la poeta ha recorrido su propio camino, en el cual el budismo y las enseñanzas de su maestro Daisaku Ikeda –a quien está dedicado el libro– han sido fundamentales. Sin embargo, quien no está iniciado en el budismo puede leer y navegar por el poemario desde un sentir laico sin necesidad de traducción, y quien está familiarizado con la tradición literaria reconoce en él esa religión de la belleza, de creación de belleza, que defendía –entre otros– el Romanticismo. En cualquier caso, se trata de un libro profundamente religioso, y por ello, la fe es un elemento fundamental. El mérito de la poeta es conseguir transmitir esa fe al lector no religioso. Según el sentir de cada uno, el objeto de la fe estará allá o estará acá, en cuyo caso la llamaremos, tal vez, “esperanza”:

 

         Despertar a las bestias con bocanadas
de belleza.

Que el asombro sea nuestra matria
y la lluvia no dañe
estos huesos
de incandescente búsqueda.

Quitar el sombrero a este amanecer
melancólico.

Salvar la esperanza
de las fauces
de los leones acuáticos.

La esperanza es fortaleza contra las huestes de descreídos y sus intentos de asedio: “Cada mujer que ama construye un palacio indestructible”, escribe María García Zambrano, como si respondiera en femenino a la ciudadela de las meditaciones de Marco Aurelio. El amor, en estos diarios, es fortaleza, protege, sana, “salva nuestras vidas” y, al mismo tiempo, da alas. Y he aquí el arte de este amor: no es el amor pasional, erótico, sino el de una madre que nutre. Y lo hace alejada de cualquier idealización de la maternidad, porque la poeta siembra –y esto es fundamental– en la carencia: “La abundancia/ carecer y nutrir/ sembrar”. Una abundancia desde la carencia, pero que, a pesar de ella, nutre. Siempre nutrir, carecer y sembrar de nuevo.

La hija del poemario anterior es aquí la Mirla, decía. La Mirla es hija, pero también es madre, es ave, es naturaleza capaz de elevarse ella y llevarse consigo la poesía de estos diarios. Volviendo a las aves con las que comencé esta reseña, las de Thoreau, escribe este sobre el mirlo que “aun cuando cante al mediodía, es la frescura fluyendo del seno de las fuentes. Tan solo el mirlo nos habla de la riqueza y el vigor eterno de la selva”. Y María García Zambrano parece responderle en eco: “la Mirla ríe/ ese don en sus alas”.

Escribe Dulce María Loynaz en Poemas sin nombre: “Es un milagro que se hace todos los días sin gastarse, sin que la angustia deje de ser angustia, ni la alegría deje de ser una maravillosa, pura, estrenada alegría”. Sin que la angustia deje de ser angustia, sin los pasos en falso ni las barandas vacilantes asomados del lado de lo negro, estrenamos cada instante. Y así estrena María García Zambrano cada uno de los instantes de sus Diarios. En una fronda infinita y salvífica.

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