Diarios de Lancaster

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Lancaster, Pensilvania.

Breve explicación

Hace 5 años, en un hospital de pueblo en Pensilvania nacieron mis hijos. Buscábamos ahí el lugar más adecuado para recibir a dos mellizos que todavía no sabíamos que se llamarían Lorenzo y Bernard. En los meses previos, mi esposa hizo yoga, escuchó una música subliminal que prometía cierta hipnosis y un parto sin dolor, leyó medio centenar de libros sobre embarazos y sobre mellizos, dejó de tomar antidepresivos, repensó su alimentación.

Llegamos ahí también expulsados por las penosas condiciones que impone a las embarazadas el sistema médico del estado de Nueva York. Visitamos una decena de hospitales. Tener mellizos es considerado un tema de “alto riesgo” y por lo tanto los doctores anunciaban desde los primeros meses que lo más probable era que el parto sería una cesárea. Consideramos traer a una partera desde el estado de Washington, y que los mellizos nacieran en una granja hippie de Tennessee.

Sabrán que muchas historias de parto son historias de horror. Descubrimos que la medicina, en la búsqueda de la perfección, se ha olvidado de los métodos naturales para traer a un niño al mundo. Los doctores confían más en las pantallas que en sus propias manos. El temor a un accidente y a las calamidades económicas que involucran al seguro médico, los han empujado a una serie de protocolos abusivos que someten a la mujer a innecesarias condiciones, a una rutina de pasos antes del alumbramiento, elaborada con pésimo criterio, que disminuye al máximo las probabilidades de un parto natural.

Sustancias tóxicas y procedimientos criminales con nombre científicos son vocabulario común. Que los procedimientos siempre buscan el bienestar del hijo que va a nacer, demasiadas veces es una mentira sin ningún sustento. Los médicos y enfermeras son inexpertos, y para esconder esa inexperiencia se vuelven soberbios. No están dispuestos a escuchar opciones que vuelvan la situación de una mujer embarazada más confortable, los partos más felices. Querer un parto natural en los Estados Unidos es como subir una colina empinada, donde las piedras resbalan y te golpean durante el camino. Es más fácil claudicar, hacerles caso, sucumbir a su lógica.

Por eso nos fuimos al condado de Lancaster en Pensilvania. Y así se escribieron estos Diarios de Lancaster, publicados por primera vez en la revista Los Bárbaros (edición Ñam Ñam), requeridos generosamente por la editora de ese número, Mercedes Cebrián. Hoy, poco más de un año después, han sido revisados y reeditados, inspirados por la lectura del mágnífico libro de Jazmina Barrera, especie de diario y colección de historias sobre embarazos y nacimientos llamado Línea Nigra, que con fervor les recomiendo.

Diarios de Lancaster 

Domingo 11 de octubre

A Bernard le cuesta agarrarse del pezón. Lorenzo es un poco más diestro. Ayer le dedicamos más tiempo a Bernard. Hoy Bernard subió de peso y Lorenzo lo perdió. Las enfermeras son una joda y, los padres novatos miramos la balanza con terror: si el niño pierde peso, alguna enfermera sugiere que somos malos padres. Que no se van a morir por comerse “unos cuantos químicos mezclados con la leche”. Que son mellizos y es de suponer que la lactancia es tarea difícil. Frances insiste en darles pecho. Hay una enfermera buena que le enseña trucos para enganchar la boca de los niños al pezón. Hay una enfermera mala que me mira y parece decirme: cómprale su fórmula y que suban de peso tus hijos. Persiste la sensación horrible de que si cometes algún error tus hijos se van a morir.

La fecha de hoy me hace pensar en mi único hermano: es su cumpleaños. Yo también fui un casi mellizo. Nicolás nació en Lima, 11 meses después que yo. Mi madre me dejó en casa para una visita rutinaria y la internaron diez días. Dicen que lloré mucho. Ella reapareció cargando a un bebé y diciendo: “¿Quieres conocer a tu hermanito?”. Yo volteé la cara y nunca más quise volver a lactar.

Sospecho que eso explica mis primeros sueños eróticos. La Mujer Maravilla dormía bajo mi cama cubierta con un tul, hasta que yo apretaba un botón y la activaba. Tenía 8 años y estaba obsesionado con los senos de Linda Carter. Los pechos maravillosos de Wonder Woman. Eso también explica un resentimiento de toda la vida hacia mi hermano, el menor: el que cuando yo tenía 11 meses me quitó las tetas de mi madre.

 

Lunes 12 de octubre

Un amish con sus caballos, en Lancaster.

El encuentro de dos mundos.

Ahí estoy yo: hombre criado en los barrios de Lima, parado frente a la sección bebés, dentro de una tienda Target, en Lancaster. Estoy comparando las etiquetas de los tarros de fórmula. Contienen ingredientes que suenan a desechos tóxicos. Mi crianza sugiere que químicos, jarabes y pastillas son conspiraciones de las grandes farmacéuticas: siempre hay una hierba que cura mejor que Tylenol.

De pronto mis ojos descubren un tarro semi escondido. ¡Eureka! La fórmula se llama Honest. Google me dirá que la dueña de la marca es Jessica Alba, estrella de Hollywood que ha invertido su fortuna en productos honestos: champús, desodorantes, todos con el mínimo de sustancias químico-venenosas. Eufórico, regreso al cuarto con mi tarro bajo el brazo. Mi esposa, Frances, mira la lista de ingredientes y aprueba. Combino la fórmula con varias cucharadas de agua y voilá. Problema resuelto. Mis hijos heredarán la Tierra.

 

Martes 13 de octubre

El horror: no hay más Honest en Target y queda fórmula solo para un día. Recorro otras tiendas. En las soledades de las colinas verdes de Lancaster hay muy pocas opciones. Juro quejarme de la distribución con Jessica Alba. Ya revisé el CVS y negocios similares. Todos ofrecen Similac y Enfamil. Fórmulas tóxicas: vade retro. Lo peor es que aún nos quedan algunos días en este pueblo. Si por la mañana una enfermera dice que ya nos dan de alta, por la tarde otra sugiere que esperemos. Para qué apurarse. Este hospital es moderno, con un restaurante de comida buena, variada y pagada por el seguro. La lactancia no mejora. Frances sugiere que Bernardo podría tener un cartílago debajo de la lengua. Que un médico a media hora de Albany (3 horas desde la casa) podría salvarnos: inventó un tajo sencillo que desprende el cartílago y facilita la lactancia. La operación no es muy barata. Reclamo que a mis hijos no los corta nadie pero Frances me mira como las enfermeras malas. Recapacito y digo: puede ser, por qué no.

 

Miércoles 14 de octubre

Target se reabasteció. Compré las únicas cinco cajas. Que se jodan todos. En el Apocalipsis sobreviviremos solo los más rápidos. Al regresar, excitado por mi hazaña, Frances mira las etiquetas con mayor interés y descubre un ingrediente de nombre difícil. Hace una mueca de disgusto. Me dice que los suizos han creado fórmulas para bebés que se pueden encargar desde Nueva York. Rebusco en la web y descubro que su fórmula europea a base de leche de cabra es muy cara. Sugiero un más vale malo conocido… pero Frances me mata con su mirada, versión enfermera mala. Orson Welles: creo entender tu desprecio por los relojes cucú.

 

Jueves 15 de octubre

Hoy nos dan de alta.

“Nos hemos quinceado” decimos los peruanos para explicar que nos hemos equivocado. Dianne, la partera que supervisó el embarazo y el nacimiento de mis hijos, jamás reconoció quincearse. Frances no quiere volver a verla. Sin embargo, salimos del hospital bastante tarde. Siento pánico de manejar cuatro horas de noche, hasta Nueva York. Dianne y su clínica están a 25 minutos. Tiene una cómoda habitación en el segundo piso. Podemos salir hacia Nueva York muy de mañana, descansados y comidos. Dianne nos recibe con un abrazo tipo oso, esos que nos gustaban tanto: antes del parto. Todo nos gustaba antes del parto

El día del parto (Flashback explicativo)

Tras 12 horas de parto natural, Dianne metió sus dedos en Frances. Pronunció que “había tocado la cabeza de Bernard”, que en pocos minutos, la pesadilla acababa. Desde el jacuzzi en el segundo piso de la clínica amish, Frances sonrió. Yo, desde mis doce horas de insomnio, también puse un gesto amable: te tenemos fe Dianne. Esta señora partera, nacida y criada en Lancaster, Pensilvania, que servía a la numerosa comunidad amish,  era la única que nos dijo que podría hacer nacer a los mellizos sin cirugía. El sistema médico neoyorquino calificaba a nuestros hijos de alto riesgo y pronunciaban un 99% de posibilidades de cesárea. Dianne no. Era un experta en traer mellizos sin sonogramas ni operaciones. En nuestros periódicos viajes desde Nueva York, había palpado el vientre de Frances una docena veces y había pronunciado que “los mellizos esperaban en posición perfecta, cabeza abajo, listos”.

 Minutos después de Dianne llegó Edith, la partera asistenta: cara pálida, larga, con un trapo en la cabeza. Metió las manos, tocó y se fue. Al rato apareció bajo la puerta y me llamó con la mano. Tenía que bajar a conversar con Dianne. Bajamos las escaleras. Empezó el infierno: Dianne se había equivocado. Lo que había tocado con su mano no era la cabeza sino los testículos de Bernard. Era probable que Lorenzo también estuviera en posición complicada.

Recuerdo el pánico. Estábamos en Lancaster, lejos de cualquier hospital conocido. Dianne nos insistió en que los podía hacer nacer, sin problema. Había traído al mundo cientos de mellizos con sus manos entrenadas. Se lo sugerimos a Frances pero ella dijo, sin titubear: “Vamos al hospital”. Mientras la subíamos a la parte trasera de una Subaru Impreza y yo me echaba a su lado para un viaje de 25 minutos hacia Lititz ─premiado como el pueblo pequeño más cool de los Estados Unidos, me dijo una enfermera─ me sentí el padre más idiota del planeta ¿Por qué no aceptamos la oferta de cualquier hospital neoyorquino cerca de casa?¿Qué de malo había en que nos ofrecieran una cesárea sin complicaciones? A llegar a Lititz nos esperaba la doctora Robinson: muy alta, muy negra, muy amable, con anteojos de montura gruesa. Me pusieron un traje para que entrara a la sala de parto. Veinte minutos después mis hijos habían nacido. Robinson inspiraba confianza. Le pregunté si era posible que los niños hubieran cambiado de posición en las últimas horas. Robinson me miró como sabiendo de qué pie cojeaba la partera Dianne y me dijo: “esos niños han estado así durante meses”.

 

Viernes 16 de octubre

Dianne revisa a los bebés, los sostiene en brazos. Nos enseña una técnica para facilitar la lactancia. Frances no puede hacer las paces con ella. Trato de convencerla: el parto fue brutal pero los meses que pasamos en ese paisaje bucólico de maizales, caballos y carretas, contribuyeron a un embarazo tranquilo: lo que ella quería.

Sospecho que sucede lo mismo que al ver una película en el cine: la trama puede ser maravillosa, pero si el final es malo queda un gusto amargo. Dianne se despide con abrazos de oso, nos da sugerencias de nutrición para los niños, y mueve su camioneta BMW que está bloqueando nuestro auto. Parece una abuela benévola: sonríe y agita las manos, despidiéndose mientras nos alejamos.

El camino a Nueva York es largo. Nos detenemos muchas veces para constatar que Bernard y Lorenzo están cómodos. Se duermen pronto y pareciera que van a dormir todo el camino. Confiados, cometemos un gran error. Tomamos un pequeño desvío hacia un lugar que nos gusta mucho: los Siete Lagos en Nueva Jersey, con sus mansas aguas rodeadas de árboles ya alcanzados por el otoño, con las hojas de colores, en múltiples variaciones del rojo, del amarillo y del naranja.

Apenas hemos estacionado cuando los niños despiertan. Empiezan a llorar al mismo tiempo. Lorenzo toma leche colocando sus manos sobre las dos tetas. No quiere compartirlas. Bernard rechaza los pezones. Ambos lloran, no quieren más. Decidimos seguir hacia Nueva York, temerosos de haber cometido una bestialidad: desviarnos del camino, alargar el viaje. Los miro por el espejo retrovisor: lloran pero parecen bien alimentados. Están cachetones. Sobre todo Lorenzo. Bernard es más delgado. La doctora Robinson dijo que Lorenzo se había sentado varios meses encima de Bernard. Al llegar a casa preparo un biberón de fórmula Honest. Los dos se calman. Otra vez se duermen. Nosotros también.

 

Epílogo: 23 de septiembre de 2019. Primer día de otoño.

Estamos en nuestra casa en Pleasantville, un pueblo a 50 minutos de Manhattan. Bernard y Lorenzo se comen un hot dog. Todo el hotdog. A través de la ventana, detrás de ellos, veo árboles de hojas amarillentas, la luz del ocaso que cae sobre las colinas. Además del hotdog, Lorenzo y Bernardo se han comido un plato de mac and cheese (orgánico, de Trader Joe’s). Los dos suelen comer vegetales pero hoy no le hacen caso ni a la espinaca ni a las lechugas. En unas semanas van a cumplir cuatro años.

Reviso y edito esas notas originales escritas en Lancaster, casi todas en la habitación del hospital de Lititz: el pueblo pequeño más cool de los Estados Unidos (Es verdad. Lo busqué en Google). Pienso en lo lejos que han quedado aquellos primeros días: las cajas de fórmula suiza que traía el camión amarillo de DHL, la máquina para hervir los biberones, las bolsas de leche de teta congelada que nos regaló una amiga, los recipientes que compramos─carísimos─en un banco de leche de Philipse Manor. Recuerdo también la máquina succionadora que rentamos del Phelps Hospital, que Frances se llevaba en el auto, para que le sacara leche mientras iba y regresaba del trabajo.También el viaje a Albany, para que les cortaran el cartílago bajo la lengua. (Sí, mejoró la lactancia). Qué lejos en el tiempo quedaron las miradas maliciosas de la pediatra china que los vió por primera vez en Nueva York y sugirió que estaban flacos, que necesitaban Enfamil o Similac. Nunca regresamos. Qué lejos parece haber quedado aquella angustia por los kilos menos.

Hoy me doy cuenta que las hojas han empezado a caerse y a cambiar de color. Se me ocurre que ya debería de cerrar la ventana porque las tardes empiezan a refrescar. Mis hijos se levantan de la mesa y van a lavarse las manos. Lorenzo quiere un vaso de leche. Bernard también se antoja. “Ya es hora de dormir”, les digo. “Si se acuestan, se los llevo a la cama”. Aceptan y empiezan a subir las escaleras. ¿Cómo estará el clima en Lancaster? Recuerdo la impresión que me causaban las camisetas, trapos y ropa interior de colores iguales, colgadas sobre los cordeles afuera de las casas; los campos con bueyes tirando el arado, las familias Amish en sus carretas jaladas por caballos que hacían tiqui-toc, tiqui toc sobre el asfalto. Recuerdo que tengo que comprar comida para mañana: leche, cereal, panqueques, mantequilla de maní ─que les fascina comer, mezclada con la miel y con la avena. Trato de recordar los trucos para que se coman toda la espinaca. Mientras están subiendo a su dormitorio, suena a lo lejos un traqueteo de rieles y un silbato. “¡Papá! El tren, el tren” gritan felices los dos, al mismo tiempo. Yo subo detrás de ellos. Asiento. “Son los trenes que vienen de Nueva York”, les digo. Acaricio su cabeza y me pregunto si me dará tristeza cuando dejen de gritarlo.

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