Dictadura

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Saltando por You Tube encuentro un video que me resulta estremecedor. Es de Iñaki Gabilondo. Se trata del programa Hoy, el último antes del verano (Gabilondo se despide, de hecho, hasta la vuelta de las vacaciones). El gran periodista hace un comentario libre sobre un tema de su interés. Y el tema que elige en esta ocasión no puede ser más pertinente y más claro.

 

Comienza Gabilondo haciendo una referencia al “curso” en que nos encontramos (el video es de hace unos años), y afirma que las cosas que han sucedido durante ese curso marcan “un antes y un después”, sobre todo por la facilidad con que ha impuesto sus puntos de vista “la doctrina que nos arrastró al abismo”, lo cual ha tenido el efecto de “descorrer el cortinón que ocultaba una gran verdad”. La verdad es esta: “somos súbditos de los mercados; es decir, que el régimen en que vivimos es una dictadura. Una dictadura muy particular, disfrazada con los ropajes de la democracia”.


Dice Iñaki Gabilondo que la mayoría de nosotros, así como los políticos y los gobiernos, fingimos no darnos cuenta de esta situación y seguimos hablando como si todo fuera normal y la democracia funcionara, aunque lo cierto es que tenemos sólo un pequeño margen de libertad, que se nos permite tan sólo un mínimo campo de acción y de expresión. “En los últimos meses hemos comprobado que se ha decretado un modelo obligatorio de gobernación”, dice Gabilondo. “La socialdemocracia, por ejemplo, ha quedado prohibida de facto. Se le permite gobernar. Eso sí, con tal de que no sea con sus propios puntos de vista”.

 

Esto ya lo sabíamos, por supuesto, pero ahora la verdad ha estallado con más fuerza que nunca. Y lo único que queda plantearse es qué hacemos: si aceptamos esta dictadura sin discusión, o si nos decidimos a reflexionar profundamente sobre la democracia y sobre su futuro. Esta reflexión, advierte Gabilondo, corresponde sobre todo (aunque no solamente) a la izquierda, que tiene la obligación de encontrar cuál es su sentido y su papel en esta nueva realidad “o estará condenada a marchitarse y a desdibujarse”.


Decimos (añado yo) que esta crisis ha sido creada por los bancos, y es cierto. Pero hay otra verdad igualmente evidente: que ha sido creada por los bancos y por la derecha. Esta crisis que amenaza no sólo a la economía, sino a la totalidad del sistema de valores que solemos denominar “cultura occidental”, no sólo es una consecuencia de la avaricia de unos sinvergüenzas, sino también consecuencia de las ideas políticas de aquellos que defienden el capitalismo sin control y la “libertad” (nunca una palabra se pervirtió tanto) de los mercados.

 

No se puede decir más claro. Vivimos en una dictadura. Tenemos que empezar a pensar y a actuar en consecuencia.

 

Sólo les daré un dato. Me da un poco de miedo escribir estos párrafos. Y yo reconozco este miedo. Es el mismo que sentía cuando era niño, durante el franquismo, y alguien me preguntaba que por qué no iba a la iglesia, o si mis padres no eran “practicantes”. Yo era un niño entonces, pero recuerdo perfectamente la sensación de la dictadura. Es un miedo informe, un deseo de pasar desapercibido. Una voz interior que te dice “no seas tonto, no te metas en líos”. Conozco esa voz, y por eso escribo esto.

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Andrés Ibáñez
Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.