Diez años on-line (y 3)

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He descubierto que tengo un problema con los artículos seriados. Lo he descubierto sobre la marcha, que es como se descubren estas cosas. Llegaba el domingo y, a la obligación de escribir mi artículo, se unía la de hacerlo sobre el tema anunciado. He venido patinando desde entonces en mi conciencia de lunes, y hoy la escribo otra vez a toro pasado: en pleno martes. Pero esto tiene un enganche con el asunto que despediré hoy: esta la peculiaridad de las publicaciones on-line como FronteraD, que, aunque mantienen el ideal de la puntualidad (más que nada, por cortesía con el lector), no experimentan una catástrofe si alguno de sus articulistas se retrasa. La página electrónica, a diferencia de la de papel, se queda esperando al rezagado.

 

Ocurre además que mi artículo lo escribieron en parte dos admirados (¡y queridos!) articulistas, Elvira Lindo y Arcadi Espada, que trataron el domingo sobre las novedades aportadas por internet a, respectivamente, las cartas y el amor. Me queda hablar, pues, de la interacción a pelo; la multitudinaria.

 

El Cibercafé de Pombo es hoy un lugar desvencijado, y con su puerta de acceso escondida entre matorrales. Pero, si lo hubieran visitado ustedes cualquier noche (e incluso cualquier mañana, cualquier tarde) de 2001 ó 2002, se hubieran encontrado en un jacuzzi de chisporroteos. En el Taller Literario se colgaban textos y en La Tertulia se hablaba de ellos (no siempre halagadoramente) y de todas las demás cosas. Fue mi primera experiencia intensiva de chat. Recuerdo que, cuando se cumplió un año, mi memoria estaba rebosante. Era imposible que hubieran pasado tantas cosas en tan poco tiempo. La vida reducida a palabras (a palabras virtuales) semejaba la luz concentrada de una lupa. Luego llegaría a conocer también algunos de los cuerpos que había tras las palabras: pasé a las kddas y las citas. Hoy el Taller está vacío. La Tertulia sigue abierta, pero ya es como un bar en ruinas. A veces entro, miro un segundo y salgo sin decir nada: no es por nostalgia, sino porque me asombran sus escombros.

 

El Pombo fue, en escala pequeña, lo que luego sería el Nickjournal del blog de Arcadi Espada; con su prolongación alejandrina en el actual Nickjournal. Mi experiencia me ha hecho ver que las webs cumplen el ciclo de las civilizaciones: periodo arcaico, periodo clásico y periodo alejandrino (de decadencia larga, cansada, hastiada, ociosa y dulce). Siempre aprecié aquel dictamen precisamente de Espada sobre Houellebecq: “confunde sus crepúsculos personales con crepúsculos colectivos”. Quizá el mencionado ciclo se corresponda más bien con la curva personal de la atención, el interés, la sorpresa. Pero también con su traducción colectiva: el periodo clásico sería en la fase en la que hay una porción significativa de participantes subiendo.

 

Eso sucedió con el blog de Arcadi Espada en el milagroso año de 2005. El 2004 fue un prólogo, y el 2006 una continuación. ¡Pero ah, aquel 2005 en que el esplendor cuajó! Qué sensación de estar en el centro, donde se cocían los asuntos (retóricamente al menos). Si ha existido alguna vez un intelectual colectivo ha sido aquel. Lo era todo: el ágora, el patio de vecinas, el altar de los homenajes, el desolladero, la universidad, la tribuna poética, el más sofisticado y completo de los quioscos. Recuerdo las jornadas epilépticas metido en aquel berenjenal. Creo que mi cerebro nunca ha estado más desatado.

 

Pero todo se agota, y aquello también. No se puede ser eléctrico sin interrupción. Después ha venido el Facebook, que también ha sido divertido, pero en un plan más familiar: sólo con cómplices. No ha estado mal; pero anoche precisamente desactivé mi cuenta. Quizá lo hice para terminar con algo sólido este artículo retrasado. Tras diez años, necesito iniciar una etapa (no sé de cuánto tiempo) sin interacción: volver a la áspera soledad de la pantalla muda; restringir el burbujeo, tapar las goteras.