Diez de septiembre

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Para Tamara

Me escribe para decirme que se han ido las últimas golondrinas. ¿Va a acabarse el verano? No quiere que termine todavía. Tiene miedo y me pregunta: «¿Volverán el año que viene? ¿Quién nos lo asegura?».

Me cuenta que ayer llovió un rato, que los cardos resplandecen al sol y de la tierra se levanta un perfume —«se llama petricor»— que ella aspira con deleite, aunque sea otro signo del fin. Desde el adarve la llanura se extiende hasta donde le alcanza la vista: retales tostados, ocres, pardos, ambarinos, bajo una luz dorada en la que hay ya hilos de plata invisibles.

«Es que el verano es mi estación», me declara en un impulso. «No quiero que se acabe». Y como yo le cito un poema de Cardarelli (“Autunno. Già lo sentimmo venire / nel vento d’agosto…”) y le digo que según algunos el uno de septiembre termina el verano y empieza la vida de verdad, me pide, o más bien me suplica: «No lo mates todavía, por favor».

Me llama al día siguiente emocionada: acaba de descubrir una pareja de golondrinas que aún resiste. Entran y salen de su nido, en el techo del cobertizo, trisando felices. O puede que inquietas, porque todas sus compañeras marcharon ayer. No sabe cuánto aguantarán.

En una foto me envía un tabaque de manzanas perfectas, y me explica con orgullo que son de su manzano, pero sabiendo lo que eso significa. Me cuenta también que una vecina le ha regalado tres racimos de uvas, y que cuando se mete una en la boca, su sabor vuelve a recordarle que el verano se está yendo, y se pregunta si volverá.

Me escribe para decirme que lo ha retrasado todo lo que ha podido, pero que hace ya dos noches tendió una manta en la cama. Que los crepúsculos son más cortos y se nota el relente, y donde antes sonaban las golondrinas hay ahora un silencio que es como un vacío. ¿Quién lo llenará?

«No lo mates todavía, que es mi estación», me pide, y me envía un vídeo de su paseo al trabajo por fuera de la muralla: el camino, los campos, la ermita, un cardo solitario y, en un trozo de cielo azul, galeones de nubes blancas y plateadas. (La escucho y sonrío, pero yo ya espero al otoño: he cargado cartuchos de tinta marrón en las plumas, y en mi mesa de escribidor, junto a la foto del casco de un guerrero antiguo, he puesto el catálogo de la exposición sobre la melancolía que vimos Nacho y yo en Valladolid).

Me llama y me cuenta: «¡Se han ido las golondrinas! Fui a buscarlas esta mañana y ya no están, cuando hace solo unas horas andaban ahí. Qué puntualidad, ¡justo el diez de septiembre, el mismo día en que se fueron el año pasado! Es que son mágicas. Y ya las echo de menos. Ahora sí se acaba el verano, ahora sí…».

 

NOTA: Una crónica más o menos verídica de la visita a la exposición sobre la melancolía que aquí se menciona, puede encontrarse en “Luz de azabache“.

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