Diferencia horaria

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Acaba de despertar el día, aunque en la atemorizada Europa ya pase la siesta. Hoy veo los cerros de Bogotá desde la ventana privilegiada que un poeta me ha prestado. Faltan unas horas para tomar el enésimo avión de esta vida desenraizada y trato de poner orden en los encuentros, en las palabras, en la fuerza creadora de las urgencias, en la luz intermitente de las ciudades de altura.

 

Yo estaba ayer detrás de estos mismos cerros, cuando Fernando Vallejo hacía su espectáculo literario y sarcástico en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), un mercado de multinacionales del papel que algún día fue un buen punto de encuentro. Vallejo insultó e hirió a sus víctimas habituales creo que por coherencia y como por no desilusionar a su público. Me lo perdí, pero la verdad es que me importa poco. Cada vez tlero menos los gestos y las voces grandilocuentes y le apuesto a lo chiquito.

 

Quizá por eso yo estaba en la vereda El Verjón, allá donde no hay ruido de intelectuales ni bruma mediática que ciegue la vista. Y allí me alimenté con los gestos chiquitos de Tzie, el regalo de la vida en forma de ser humano que crece con mis amigos, la conversa con H. o con Z. sobre cómo cambiar esta civilización desde la mínima y terca acción cotidiana, los proyectos, el intercambio, el aire fresco de los 3.000 metros de altura sobre el mar…

 

Le apuesto a las personas y las voces cercanas. Unos días antes, en esa misma Filbo, participé en la presentación de un libro autobiográfico de un líder negro del Chocó colombiano, Nevaldo Perea. No había 1.000 personas como las que se golpearon por escuchar las estridencias calculadas de Vallejo. Sólo una treintena de amigos escuchaban la voz sincera y cercana de Nevaldo. Allí lo dije: «Si esta fuera una verdadera feria del libro, el trabajo de Nevaldo sería el mejor presentado». Pero ni esa es una verdadera feria del libro ni este es un mundo de verdad. Por eso los pequeños gestos se pierden en el marasmo diario; por eso, los periodistas como yo no sabemos contra la vida cercana; por eso, este post es víctima de la diferencia horaria y de la media de ron con la que sorteo todas estas trampas.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.