Dignidad salarial

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El 22 de febrero es el día en el que se reivindica la igualdad salarial entre hombres y mujeres, porque se ha calculado que una mujer debería trabajar un mes y veintidós días más que un hombre para ganar lo mismo. ¿Y cuántos días debe trabajar más una mujer para ganar lo mismo que un hombre hace cinco años? Ahora que se gana o se ganará poco, algunas ganaran menos; menos de menos suele ser muy poco.

 

Un treinta por ciento menos de un salario digno es una injusticia social que sufre la mitad de la población española. Un treinta por ciento menos de un salario mísero pasa a ser una condena social. Porque un treinta por ciento menos de media, en su extremo inferior, puede ser nada o casi nada.

 

Existe la crisis de la crisis. Los descensos nunca son igualatorios. Los del ático social siguen en sus alturas y los de los sótanos caen todavía un poco más de donde estaban.

 

Hay muchas formas de salario, de pagar el trabajo. Cuantos menos cuesten los bienes públicos esenciales menos posibilidad existe de abrir brechas que se precipiten entre los picos helados de los bancos suizos y el fondo de los barrancos de las pensiones mínimas de subsistencia.

 

La educación de calidad y gratuita, la sanidad universal, el transporte público barato y la vivienda digna subvencionada, son salarios sociales que no dejan caer a corto plazo a los colectivos más vulnerables de la sociedad, los que no trabajan, porque no pueden, o los que trabajan en el cuidado de otros sin que les paguen; tambien impiden a medio plazo que se derrumbe la paz social y con ella la posibilidad de mejorar como ciudadanía en nuestro bienestar colectivo y enriquecimiento personal. La fortaleza de cualquier estructura se debe medir por el peso que aguanta  su pilar más débil, y por eso estamos cada día un poco más en riesgo de derrumbamiento.

 

Si el proceso de empobrecimiento se produce a través del recorte de ambos salarios, el de los bienes públicos y el que ofrece el mercado de trabajo, nuestro edificio social pronto cambiará de forma, de contenido, y sus habitantes se sentirán cada vez más al borde del desahucio. Entre ellos siempre unos más que otros. Las mujeres más.

 

Las jerarquías siempre son voraces, no se puede ser equitativo, redistributivo, justo, dentro de una minoría o grupo social, el que sea, y mucho menos dividiendo la sociedad en dos mitades desiguales por razones de sexo. La igualdad fue y será siempre una revolución, y estamos en tiempos de contra. Nos queda la resistencia, la protesta y la lucha por un salario igual a trabajo de igual valor, y en 2013, también por un salario digno, para mujeres y hombres, sin brechas de género, sin 22 de febrero que reivindicar.

 

 



 


Pilar Pardo Rubio. Estudió Derecho en la Carlos III y continuó con la Sociología en la UCM, compaginando en la actualidad su trabajo de asesora jurídica en la Consejería de Educación y la investigación y formación en estudios de Género. Desde el 2006 colabora con el Máster Oficial de Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid que dirigen las profesoras Fátima Arranz y Cecilia Castaño. Ha participado en varias investigaciones de género, entre las que destacan la elaboración del Reglamento para la integración de la igualdad de género en el Poder Judicial de República Dominicana (2009), Políticas de Igualdad. Género y Ciencia. Un largo encuentro, publicada por el Instituto de la Mujer (2007), y La igualdad de género en las políticas audiovisuales, dentro del I+D: La Igualdad de Género en la ficción audiovisual: trayectorias y actividad de los/las profesionales de la televisión y el cine español, que ha publicado Cátedra, con el título "Cine y Género". (2009). La publicación ha recibido el Premio Ángeles Durán, por la Universidad Autónoma de Madrid y el Premio Muñoz Suay por la Academia de Cine.   La mirada cotidiana que dirigimos cada día al mundo en que vivimos es ciega a la las desigualdades que, sutiles o explícitas, perpetúan las relaciones entre hombres y mujeres; visibilizar los antiguos y nuevos mecanismos, que siguen haciendo del sexo una cuestión de jerarquía y no de diferencia, es el hilo conductor de "Entre Espejos". En sus líneas, a través del análisis de situaciones y vivencias cotidianas y extraordinarias, se ponen bajo sospecha los mandatos sociales que, directa o indirectamente, siguen subordinando a las mujeres e impidiendo que tomen decisiones, individuales y colectivas, críticas y libres, que siguen autorizando la violencia real y simbólica contra ellas, que siguen excluyendo sus intereses y necesidades de las agendas públicas, que siguen silenciando sus logros pasados y presentes, que, en definitiva, las siguen discriminando por razón de su sexo y hacen nuestra sociedad menos civilizada, a sus habitantes más pobres e infelices, y a nuestros sistemas políticos y sociales menos democráticos y justos.