Dionisio sin maletas. El Oasis, un albergue para seropositivos en México

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El día en que nació, el calendario maya yucateco le vaticinaba vida de pavo real. Su padre, en cambio, pensó que su hijo primogénito sería doctor, que hablaría perfecto español y que dejaría la vida del campo para vivir en la ciudad capital. Sin embargo, desde temprana edad Gerardo supo que no sería ni pavo real ni doctor; él quería ser cantante. A los 11 años de edad Gerardo confeccionó su primer vestido. Era similar al de una estrella de telenovela que había visto por televisión y quería utilizarlo en el festival de fin de curso de su escuela primaria. Su padre se lo impidió. Su madre no hizo nada. A partir de entonces, los problemas entre Gerardo y su padre empezaron

 

Al alba, el reloj señala las cinco y diez mientras Gerardo Chan Chan prepara una rebanada de pan con frijoles que le servirá de desayuno. Afuera el termómetro marca ya 28 grados centígrados, preludio de lo que será otra vez una jornada abrasadora. En la radio un adormecido locutor narra los titulares del día: “Un hombre acuchilla a su esposa en Maxcanú a causa de celos”, “Un homosexual es apresado en la Plaza Grande de Mérida por ofrecer favores sexuales”, “Los Leones jugarán esta noche en Kukulcán”. A las seis, el himno nacional resuena en la pequeña habitación mientras Gerardo toma su mochila y se dispone a salir rumbo al trabajo. Es viernes 8 de junio por lo que al mediodía deberá interrumpir su laboro para viajar a Mérida, al hospital general y cumplir con su cotidiana revisión mensual del VIH.

 

“El SIDA me ha traído más bien, que mal. Por él ahora aprecio más las pequeñas cosas de la vida: que el sol, que la lluvia, un amanecer, un nuevo amigo…”, musita Gerardo mientras remueve la tierra vieja. Se ocupa como jardinero desde hace tres años en casa de “unos ricos de la ciudad que se vinieron a vivir acá”. Es el pueblo de Sitpach, Yucatán, de apenas 1.500 habitantes y donde hasta hace no mucho tiempo se escuchaba de boca en boca la historia del Keken, el hombre puerco: la historia de Gerardo desnudo y maltrecho viviendo en un chiquero.

 

El día en que nació, el calendario maya yucateco le vaticinaba vida de pavo real. Su padre, en cambio, pensó que su hijo primogénito sería doctor, que hablaría perfecto español y que dejaría la vida del campo para vivir en la ciudad capital. Sin embargo, desde temprana edad Gerardo supo que no sería ni pavo real ni doctor; él quería ser cantante. A los 11 años de edad Gerardo confeccionó su primer vestido. Era similar al de una estrella de telenovela que había visto por televisión y quería utilizarlo en el festival de fin de curso de su escuela primaria. Su padre se lo impidió. Su madre no hizo nada. A partir de entonces, los problemas entre Gerardo y su padre empezaron.

 

“Mi homosexualidad inició cuando yo tenía

unos 7 años. Desde la primaria siempre me

cotorreaban mis compañeros diciéndome

que era yo un afeminado por lo que me

gustaban las cosas femeninas, como las

zapatillas, no sé, tenía yo algo de… me

gustaba jugar a las muñecas.

Me daba cuenta de que no era yo, bueno, se

decía que no era yo normal. Y poco a poco

empezaron mis compañeritos a

enamorarme y así, cuando me di cuenta, ya

estaba yo en el rol de la homosexualidad.

Obviamente no había yo, como decimos

ahora, salido del closet. Trataba de ocultar

mi homosexualidad, con eso de que la

religión que dice que “eso está mal” y que

me inculcaron esto… entonces como que

todavía yo no me descubría a mí mismo y

no quería salir. Me avergonzaba de mí

mismo”.

 

Podar las ceibas, regar las rosas y cortar algunos geranios que le servirán para adornar la casa de los patrones. Se siente contento del jardín que ha logrado confeccionar. Particularmente le enorgullecen sus flores. Las hay de color amarillo, rosa, carmín y violetas. De entre todas ellas, sus preferidas son los girasoles porque dice que son como él mismo: se acoplan a la vida. A veces, mientras corta el césped o unta abono a la tierra negra, Gerardo recuerda los días difíciles: aquellos días cuando sus padres al enterarse que estaba contagiado con la mala enfermedad lo orillaron a vivir en el chiquero que está detrás de casa. Días de castigo. Días de nadie. Días en los cuales no podía relacionarse con sus queridas hermanas, ni con amigos del pueblo o vecinos. Días de ausencia. Condenado a un rudimentario cuartucho de 3 x 3 en el que sólo cabía él, un perro ocasional que le visitaba y las ganas de morir, Gerardo pasaba las horas

esperando la nada.

 

Se siente confuso al rememorar si fueron seis meses o un año los que vivió en esas condiciones. Sólo recuerda que se quedó sin ropa ya que su vestimenta era quemada inmediatamente después de cada vomito “para que no contagiara a nadie”. Recuerda también los platos desechables y un destartalado bote de plástico que en sus mejores días albergaba un yogur sabor fresa de la marca Danone. Ése era su vaso. Así eran sus utensilios para comer. Su mesa era el suelo rocoso y una vela a medio uso parecía ser la única luz que llegaba a su vida. Cuando la vela se acababa, la zozobra y soledad de Gerardo no tenían fin. “La pasé mal, pero los perdono y los comprendo: en ese tiempo, año 2001, nadie en el pueblo sabía nada sobre VIH y sus formas de contagio. Me convertí en la peste del pueblo”.

 

Mientras conduce su bicicleta rumbo al trabajo, Gerardo tararea esa canción de Willie Colón que resulta ser un himno: “No se puede corregir, a la naturaleza, árbol que nace doblao, jamás su tronco endereza”. Al llegar a su jardín, pregunta parsimoniosamente a las flores cómo fue la tarde del día anterior. El viento las mueve, como queriendo contestarle.

 

“En el 2001 llegó mi recaída; ya no me pude

levantar, se me caía el pelo, ya no podía

trabajar. Mi mamá ya sabía de mi

enfermedad para ese entonces, pero nadie

más. Vivía en casa con diarrea diaria y

medicamentos recetados por mi madre,

como pepto-bismol, hasta que llegó el

momento en que papá me preguntó: ‘¿Qué te

está pasando?’, a lo que respondí; ‘¿quieres

realmente saberlo?’. Siempre tuve mucho

pleito con él y por ello hasta con orgullo se lo

dije, por el rencor que le tenía: ‘Tengo SIDA’.

Enfadado me reviró; ‘¿Cómo va a ser? ¡Me

estás engañando!’. Nunca en mi vida lo

había visto llorar. Cuando se calmó me dijo:

‘Hoy vas a irte a vivir al fondo del patio, al

chiquero, donde los marranos. Ahí vas a

vivir’. Pintó una raya en el suelo y me dijo,

‘¡De aquí no pasas! Ahí se te va a llevar tu

comida’. Yo ya estaba cansado física y

emocionalmente, ya no podía yo rebelarme,

así que acepté”.

 

“Cuando supe qué es lo que está haciendo mi

hijo, pues me entristecí porque a nosotros

no nos está acostumbrado que un hijo se

trata como a una mujer cuando no es mujer;

pues nosotros cuando nace uno de tus hijos

estás contento porque sabes que es hombre

pero de un momento te dice ‘soy mujer’,

pues claro que no te lo va a decir rápido.

Pues de lo que yo no entendí es que entró a

trabajar en una casa y su trabajo, para

nosotros, no estaba acostumbrado porque es

trabajo de una mujer, entonces ¿cuál es su

oficio? En lugar que se vaya y busque

trabajo bien, porque dentro de nosotros no

se está acostumbrado, como campesinos que

somos, que un hombre vaya a trapear, para

nosotros no es trabajo de un hombre, es

trabajo de una mujer y empecé a mal

entenderlo”.

 

 

*     *     *

 

Junio del 2006

Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

 

El albergue Oasis ofrece atención y estancia a portadores y enfermos terminales de SIDA y es la última morada que brinda cariño y cobijo a quien ya nada tiene. Allí las necesidades son tantas y los medios son tan pocos que la realidad obliga al enfermo a servir como enfermero propio y de otros; a cocinar; a ser confidente y poner el hombro; a limpiar los pasillos y los pequeños cuartos; a buscar esa vena aún no tan maltratada para inyectar; a bañar a otros menos fuertes y a reír mientras se pueda: el interno en Oasis es todo y es nada.

 

Tomé el autobús de la capital Mérida hacia Conkal una mañana en que el sol ya empezaba a derretir el entusiasmo. Uno se acostumbra a respirar poco a poco a riesgo de sentir como si el hálito quemara las entrañas. A mi lado viajaba un joven de rasgos mayas y entonces se aviva la pregunta sobre qué significa ser maya hoy en día. El camión estaba repleto de gente, gallinas y nostalgias a Peón Contreras. Aunque el trayecto de la capital Mérida hacia Conkal no es largo, el autobús hacía múltiples paradas; ya sea para bajar a la señora que había viajado a la capital a vender hamacas el día anterior, o ya sea para subir al señor que llevaba su par de chivitos a vender al pueblo de Chicxulub, más al norte de Conkal.

 

Al llegar al pueblo se tiene la impresión de haber viajado en la máquina del tiempo. El municipio es prácticamente plano, formado por llanuras de barrera con piso rocoso y ceibas, el árbol sagrado de los mayas. De vez en cuando una chachalaca cantaba a lo lejos o una iguana cruzaba en mi camino y aunque el poblado de poco más de seis mil habitantes llegó a albergar el cuarto convento franciscano de los tiempos en que el catolicismo español evangelizaba indígenas, éste luce ahora abandonado y semidestruido. Según el historiador Manuel Rejón, el nombre de Conkal proviene de una hermosa flor que se llama cuunka o kahyuc, pero dicha flor se esconde al visitante.

 

Un frágil viejecillo me recibió en un tendejón; le pregunté por la ubicación del albergue Oasis a lo que me respondió “¡ah!, el lugar de los enfermitos”, así, en diminutivo. “Por diez pesos yo lo llevo en mi bici-taxi, el albergue está lejos”. Después supe que el anciano se llama Camilo, supe que tenía 74 años y que había nacido en Mocochá, pero Mocochá es muy pequeño y prefería venir a trabajar cada día hasta Conkal. “No se quede mucho tiempo allí joven, el lugar está lleno de muertitos en vida”, advirtió mientras pedaleaba.

 

Al llegar al albergue dos niñas me reciben gritando “¡allí viene el lobo, allí viene el lobo!”. Horas después, mientras me cuenta la historia de su vida, Gerardo me muestra el vivero que construye detrás de las ceibas que bordean al albergue:

 

“Ahora vivo más tranquilo.

Aprendí que hay que darse a la vida sin

esperar nada a cambio. Lo que viene lo acepto y los días

son

unos iguales a otros.

Pero ¿sabes?, algún día saldré de aquí.

Ya me siento fuerte, con ánimos.

Quisiera trabajar. Quizá cortando el pelo o

cuidando plantas: ¿conoces tú algún lugar en

Mérida donde

me quieran dar trabajo?”.

 

La mirada y fisionomía de Gerardo se asemejan al Bacchino malato (1593), de Caravaggio.

 

Su historia de vida también.

 

 

*     *     *

 

6 de agosto del 2012

Sitpach, Yucatán

 

“Sé que algún día, cuando ya no tenga más

fuerzas, entonces tendré que regresar al

Oasis. Mientras ese día llega, no dejaré que

nadie más me llame agachado, ni que me

pise, ni que me haga sentir menos. Yo sé

mis derechos”.

 

Gerardo guarda una cajita escondida debajo de su cama. En ella atesora una piedra de color grisáceo la cual, dice, era su única amiga en los días en que nadie quería hablar con él. “No tiene nombre, pero ni falta le hace, nos entendemos muy bien”.

 

El día que me despedí de Gerardo llovió como nunca. Después del aguacero me dijo con una grande sonrisa: “¡Mira!, la lluvia lavó el cielo”.

 

Entonces me sentí limpio.

 

 

Domingo, 23 de mayo del 2010

Albergue Oasis. Conkal, Yucatán, México

 

Morgan, el perro, es la mascota de la gran familia llamada Oasis. No tiene cola pero sí muchas garrapatas en las orejas. Cada vez que uno le pide la pata solo recibe como respuesta una juguetona mordida. A Morgan lo bañan cada domingo horas antes de que inicie la transmisión por televisión del partido de fútbol, es entonces cuando gran parte de los compañeros de Oasis se reúnen a ver la feria de goles. No son muchas ni comunes las actividades que congregan a los internos de este albergue; quizá sólo la misa de los miércoles, la comida al mediodía, el cumpleaños de alguien o el día en que la muerte y el virus vencen a otro compañero. Y es que portar VIH jode el ánimo y a veces sólo quedan ganas para dormir, dormir y dormir, esperando la lenta última hora.

 

Situado a las afueras del poblado, para llegar a Oasis hay que pasar justo a un lado de la iglesia del Sagrado Corazón, en la Plaza Central, donde el párroco local, Jesús R., en su homilía de hace no muchos días dijo que los homosexuales son un problema para nuestra sociedad; que ofenden, atacan y destruyen la familia; que son peligrosos para la sociedad y que representan un problema social que hay que atacar; que la ley de Dios no perdona a los homosexuales y que éstos no van a entrar al reino de los cielos, por lo que no deben entrar a la misa. El domingo que el cura Jesús R. pronunció estas palabras en Oasis el televisor proyectó un partido en el que el Atlante ganaba 3-1 al Santos.

 

 

Martes, 12 de abril del 2011

Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

 

Algunos mejor que otros pero todos ayudan.

 

Se limpia el baño cada segundo día, el chiquero de los puercos cada fin de semana y el depósito de agua cada dos semanas. Aunque no está escrito en ningún lugar, los internos dividen sus tareas no acorde a sus conocimientos y habilidades sino a su estado de salud: los más fuertes dan de comer a los puercos y lavan los baños; los menos fuertes se encargan de la cocina y de barrer. Los que ya no tienen mucho camino por seguir, ellos descansan en una habitación especial a la que llaman el cuarto X o cuarto de salida. Allí llegan pacientes en fase terminal más o menos conscientes de que viven sus últimos momentos.

 

Después de ello, la nada.

 

La estancia es pequeña, con paredes de color verde turquesa y dos ventanas sin cortinas. Pocos sonidos llenan la sala; sólo un parsimonioso ventilador y un único paciente que más que respirar, jadea. Carlos es su nombre pero nadie conoce su apellido. Pasa ya de los cuarenta años y fue llevado a Oasis desde el hospital general apenas el viernes pasado. Él quería morir en paz, lejos del anonimato y la frialdad del hospital. La gente de Oasis ya le conocía. Carlangas le llamaban con cariño.

 

Amarillo. Todo alrededor del albergue Oasis es amarillo: sus paredes, los platos viejos, el cielo del atardecer, el papel corroído del primer análisis con el que Carlos se enteró que era seropositivo, la dosis de Efavirenz que Juan olvidó ingerir, los ojos de Manuel quien descansa en el cuarto “de salida” destinado a quienes sus respiros están ya contados. Amarillo, en Oasis todo es amarillo. Del color de la orina cuyo olor invade la bodega cuando el calor arrecia en Yucatán. Del color de los días iguales, unos tras otros a la espera de que algo cambie.

 

Oasis es amarillo.

 

Son las cinco de la tarde y Reyna Patricia esboza una sonrisa apretada. “Estoy hasta la madre de este lugar, ya me quiero ir, pero no sé a dónde…”.

 

“No hay ninguna guerra. O sea yo siempre he

tenido clara esa, esa…

las dos facetas de mi vida, las he tenido siempre

bien claras.

O sea la prostitución es un hobby,

la prostitución es diversión,

la prostitución es pasarla bien,

la prostitución es placer,

la prostitución me da un poco de satisfacción

sexual,

y nada más.

La cocina es mi vida, la cocina es arte, la cocina

es lo que me apasiona,

lo que amo, lo que disfruto, lo que gozo. Pero

interno, me explico? Porque nace desde muy

dentro. O sea nace desde adentro”.

 

“…disfruto las dos facetas de mi vida,

ser Rey y ser Reyna Patricia.

Es siempre estar en medio del camino”.

 

“O sea, vivo ese momento, lo disfruto, vivo toda

esa faceta, vivo toda esa

transformación. Vivo esa emoción, esa

adrenalina,

eso que se siente dentro de mí.

Y se termina, vuelvo a regresar a casa, vuelvo a

regresar al cuarto,

me vuelvo a desmaquillar, vuelvo a quitar todo,

me vuelvo a

poner la ropa normal, y amanece

y soy Rey”.

 

“Un buen cliente, uno que lleve toda su semana,

con una cartera llena de dinero y se la pueda robar.

Entonces

ese es un buen cliente,

no importa que sea gordo, joven, viejo, chaparro,

una verga grande, una chiquita, gruesa, delgada, lo

que sea.

Lo importante es eso; que lleve eso, ¿me explico?

Con que lleve eso

sería suficiente, seria excelente una noche.

¿Pero y si no?”.

 

 

Viernes, 29 de julio del 2012

Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

 

Reyna Patricia tiene miedo a morir.

 

Frente a un ruinoso espejo en el que se observa un poster de Shakira, Rey abre su estuche de maquillaje mientras se mira con orgullo los pechos que aun conserva en su rechoncho cuerpo de varón maduro: “la cosecha de hormonas inyectadas en mis tiempos de juventud”, dice con una sonrisa.

 

Reyna Patricia es baja, espigada, y tiene la piel del color del chocolate. Su verdadero nombre es Reynaldo, tiene 40 años y desde hace cinco sabe que es seropositivo. Se pavonea caminando con pasos felinos, ondeando de lado a lado una peluca negra en forma de cola de caballo que le llega hasta los hombros y vestida con una minifalda y una blusa carmesí. Domina con glamour de reina de belleza unas sandalias de tacón alto del mismo color; vuelve al espejo y se pinta los labios gruesos de rojo escarlata.

 

Reyna Patricia sólo quiere regresar al tiempo en que no era portadora del HIV.

 

“¿Qué si en dónde obtuve el virus de…?,

creo, que en Ciudad del Carmen, Campeche,

creo.

No estoy al cien por ciento seguro,

ya que en ese entonces viajaban por varios lugares

de la República, Estados.

Así que no puedo tener una certeza si fue en alguno

de esos viajes,

si fue en la Isla, si fue a bordo de barcazas o barcos.

No hay una seguridad en donde fue.

Lo que sí sé que a la edad de… a los treinta y seis

años, en una prueba de VIH

que se hizo en el hospital general de la Ciudad del

Carmen, Campeche, al ir a recoger los exámenes,

me dieron la noticia de que era seropositivo.

Fue la peor noticia del mundo, lo… lo más espantoso que

se pudo haber escuchado,

lo más horrendo que me pudo haber pasado.

No me quedó más que escapar. Escapar de la

realidad

porque no puedo decir que enfrenté en esos

momentos la situación, sino que la esquivé,

la evité, traté de olvidarla. Así fue mi salida de la

Isla (de Campeche)

a la ciudad de Cancún en donde empecé a

dedicarme a la hotelería

y a la prostitución.

Y empecé a vivir mi vida dándole rienda suelta a

todo. No me importaba nada en ese momento. Lo

que quería era autodestruirme,

acabar conmigo mismo, acabar con mi existencia,

acabar con todo porque

me decía que ya no tenía caso seguir viviendo.

No asimilaba, no aceptaba vivir con el VIH”.

 

“Fue una época bastante difícil, fue una época

bastante mala.

Guardando un secreto tan grande; no se lo podía

platicar a nadie.

No tenía el valor para hacerlo. Ni amistades ni

compañeros, nadie. No.

Ni a mi familia, porque ni a mi familia le dije nada.

Hasta el momento no le he dicho nada.

Mucho menos se lo iba a platicar a un extraño en

aquel se entonces.

Viví ese tipo de vida allá en Cancún; arrastrando ese

secreto, arrastrando esa frustración.

Eso fue lo que me llevó a hundirme más en las

drogas: meterme en la piedra, consumir más

cocaína,

inyectarme heroína… o sea quería acabar con mi

existencia. Pero al final a lo único que

me llevó fue a desgastarme más hasta el grado de

llegar a hospitalizarme”.

 

“Fue que llegué en aquel entonces, 28 de febrero

llegue a Oasis por primera vez”.

 

“Oasis… A veces yo he dicho que… Es un lugar

que existe.

¡Qué bueno que existan lugares como ese! Porque

verdaderamente puede

ser de ayuda a mucha gente con necesidades. Yo

Oasis lo he agarrado

como botiquín de último recurso. Hasta cierto

punto a veces me siento bien ahí,

y hay momentos en que me asfixia la vida de

Oasis,

a veces me desagrada todo lo que pasa, todo lo

que… Ver tanto sufrimiento de los demás, tanta

hipocresía…

me hace impotente”.

 

“Llego en un cuarto, me encierro. Llego, me

encierro, veo las cuatro paredes, me siento solo.

Una soledad que te cala, que te frustra, que a

veces me hace pensar para qué luchar,

para qué seguir.

Hay momentos en que no se le ve sentido a la

vida.

Luego con esta chingada enfermedad

vivir a base de pura chingada pastilla, llega un

momento en que te sientes agotado,

te sientes cansado”.

 

 

Martes, 7 de agosto del 2012

Albergue Oasis, Conkal, Yucatán

 

Reynaldo. Rey. Reyna Patricia. Reynita. De ojos como espejo y manos de hombre de mar, me abrió su vida de par en par. Así supe que en los días en que se siente triste Reyna cierra los ojos e imagina otros ayeres, cuando trabajaba como cocinero en una plataforma petrolera en medio del Golfo de México. Entonces era ella la única diva en medio de un mar de obreros: 60 días a la mitad de la grande mar vendiendo favores a quien quisiera y en cuánto quisiera. Era ella quien manejaba gustos, tiempos y caprichos. Era ella quien manejaba al destino.

 

Hoy su agenda es distinta, el virus le recuerda que debe desvelarse poco, tomar los medicamentos, comprar decenas de condones e intentar comer bien. Pasa su vida entre el albergue Oasis y Playa del Carmen, Quintana Roo, a donde siempre regresa en cuanto su fuerza se lo permite y su falta de dinero se lo exige.

 

Así han sido ya los últimos cinco años de su vida: lejos del mar de su juventud y cercana al farol de cualquier esquina.

 

“No creo llegar a diez años.

O sea no es mi meta en la vida llegar a esa edad.

Siempre he deseado acabar joven,

bella y hermosa”.

 

 

*     *     *

 

—Compa, ¿me da chance de partirle la madre a este putito? –preguntó Alex al chófer del taxi que los llevaba de regreso a casa. Sus ojos estaban llenos de ira, de celos, de coraje.

—Mientras no me ensucien el asiento, yo no veo ni digo nada –respondió indiferente el conductor.

 

Entonces Deborah sintió caer sobre sí años de maltratos de su padre, reclamos de su novio Alex y todos los leñazos que la vida le había propinado. Todo allí, en ese momento, en ese taxi de color verde. Fue cuando lo decidió. Pensó para sí misma, en medio de aquel torbellino de golpes, que no tenía por qué seguir soportando más. Como pudo, abrió la portezuela del taxi y se aventó a la orilla del camino mientras el taxi seguía su rumbo.

 

Ensangrentada a altas horas de la noche y con la ropa maltrecha, Deborah se acercó al Hotel Paraíso y tuvo la suerte de encontrar a Manuel, su amigo de la infancia quien trabajaba allí como velador del estacionamiento.

 

— Préstame dinero, no seas malito.

— Chingado Deborah, ora sí que te partieron la madre. Toma, es todo lo que tengo.

 

Deborah recordó a María quien le había platicado del Oasis.

 

Al amanecer, con hambre, desecha y con frío, Deborah tomó el primer autobús que le llevaría de Mérida a Conkal. Al llegar, Carlos Méndez, director del albergue, le extendió una frazada.

 

— Claro que te puedes quedar aquí. ¿Qué sabes hacer?

— Pues la verdad nada, respondió Deborah.

 

A partir de entonces Deborah comprendió que cuando decidió huir de ese taxi huyó también de toda una vida pasada.

 

Aprendió a cocinar y a coser. Conoció a José y al amor. Empezó su rutina médica e intentó, sin éxito completo, dejar las drogas.

 

“Ahora ya sólo fumo churro y chemo.

Ya dejé las duras”.

 

Un día en que Carlos Méndez la regañaba por haber quemado el pavo de Navidad a la hora de cocinarlo, Deborah supo que era el momento de saltar de nuevo por la portezuela. Ahora era más fuerte. Ahora tenía ya un amor.

 

 

Sábado, 26 de febrero del 2012

Motul, Yucatán

 

Mientras un pequeño perro ruano lame sus pies, Eyder Manzanero se dispone a iniciar el ritual de lo habitual. Es sábado y hace falta dinero para pagar la renta pasado mañana. José, su pareja, tuvo la mala hora de gastarse en cervezas el poco dinero que había ahorrado este mes, producto de un trabajo ocasional como albañil en una escuela del pueblo vecino, Tixkokob. Ahora Eyder –o más bien Deborah- tiene que enmendar la resaca de José.

 

Con la delicadeza de una quinceañera, Eyder aplica una base de maquillaje en su rostro. Después la distribuye uniformemente hasta que su cacariza piel de hombre adquiere una tonalidad similar a la de “una doncella maya, ¿o no lo parezco?”, me pregunta desafiante con esos grandes labios carmines. Me pide le ayude a escoger sus aretes aunque le confieso que los adornos me dan lo mismo. Entonces me responde ya no como Eyder, sino como Deborah: “Ustedes los hombres no saben nada de nada”.

 

Tacones con plataforma alta resuenan en las banquetas del pueblo de Motul. El autobús que viaja a la capital Mérida no tarda en llegar y Deborah apresura el paso rumbo a la parada oficial. Una vez dentro, y ya que el trayecto toma poco más de una hora, Deborah aprovechará para darse los últimos retoques y además hojear la revista Vanidades que guarda en su bolso de color vino. Mientras ella intenta responder un test de opción múltiple que se titula ¿Eres lo suficientemente cool?, un par de viejecillas del asiento vecino cuchichean algo que parecería estar destinado a Deborah. Ella parece hacer oídos sordos a todo. Su mundo es su cabeza.

 

Nuestra primer parada es el bar La Oficina. Dos cervezas de litro y música de los años setentas invaden mi cabeza. Deborah ha dejado de poner atención al periodista y a la fotógrafa que estamos frente a ella en la misma mesa. Aunque no lo parezca, está ya trabajando: lanza miradas como anzuelos y parecería que un hombre de una mesa contigua a la nuestra será el primero a quien venderá sus amores peregrinos a cambio de una sonrisa y 200 pesos. Mismos que le servirán para completar la renta de pasado mañana lunes, cuando Eyder empiece de nuevo su semana normal en Motul.

 

 

*     *     *

 

Después de tres días de amnesia a causa de los muchos sicotrópicos que ingirió dentro del penal a donde había caído por tercera vez, Deborah se despertó con una nueva sorpresa: un tatuaje en forma de flor en su espalda donde se alcanza a leer Eyder / Chako, en referencia a sus dos vidas.

 

 

*     *     *

 

Mientras los habitantes del pueblo de Motul se preparan para regresar del trabajo a casa, Deborah se alista para salir a trabajar a las calles de la capital Mérida. 200 pesos servicio completo; 70 pesos una cachucha (sexo oral).

 

“Mis compañeras fueron las que me

empezaron a inyectar hormonas y aceite

comestible en forma de triángulo en cada

pompi. Luego íbamos a talonear y me

gustó: nunca olvidaré la primer noche,

gane 1.500 porque me metí con tres

hombres, así empecé y ya luego la escuela

no me importó, ¿pa’ qué?”.

 

“Por mil pesos. Dejé que me infectaran de

VIH por mil pesos. Por tener un poquito

más que las demás esa noche”.

 

“Quisiera hablar con mis familiares, hablar

de en dónde me van a enterrar cuando yo

ya no esté aquí. 16 años ya que me

diagnosticaron, desde que tenía yo 19

años”.

 

 

17:30

Motul, Yucatán

 

José, pareja de Eyder, espera sentado en la hamaca a que su pareja se convierta en Deborah.

 

Ya en Mérida, la Calle 58 es el paraíso de la prostitución: las hay jóvenes y guapas que desertan de Cancún ante la dura competencia: las hay locales y maricas. Eyder, Deborah, ocupa el último escalafón en la pirámide del sexo-servicio. El final de la Calle 58 así se lo recuerda. El ambiente es pesado, huele a licor mal destilado y lujurias por cumplir. Payaso, de José-José, suena en la rocola mientras Deborah hace cuentas en voz alta: “con esto tengo para un churro y unas guamas. Condones y medicinas. La renta y tortillas. ¡Hasta pollo alcanzaré!”.

 

Deborah; maya, homosexual y seropositiva, vio en la prostitución la única puerta de salida para una vida de condena continua. Orgullosos de los indígenas solo cuando aparecen en los libros de historia, la sociedad mexicana ha orillado a ésta cultura a trabajos de mierda: construyendo hoteles de lujo para turistas o limpiando casas de ricos al norte de la ciudad.

 

“Es difícil ser maya, marica y tener sida. Jodida está la cosa”, nos dice Deborah antes de levantarse de nuestra mesa para empezar su jornada de trabajo.

 

 

Reynaldo López Chablé, Rey o Reyna Patricia.

 

40 años.

 

6 años de ser seropositivo.

 

Nacido en la Isla de Ciudad del Carmen, Campeche.

 

Pasó gran parte de su juventud trabajando como cocinero en las plataformas petroleras de PEMEX hasta que el diagnóstico de VIH lo orilló a renunciar a su empleo. Huyó a Cancún en donde se dedicó a la prostitución. Actualmente alterna su vida entre el albergue Oasis de Conkal, Yucatán, y cuando las fuerzas se lo permiten y el bolsillo se lo exige su vida gira hacia el destino turístico de Playa del Carmen, en el Caribe mexicano, en donde se dedica a la prostitución y a trabajar ocasionalmente en un puesto de tacos y hamburguesas. Rey es el cocinero estrella de la Colonia Colosio por las tardes y la travesti prostituta más barata en la Quinta Avenida por las noches.

 

Durante el tiempo que duró este proyecto, Reyna me contaba cada mañana lo que había visto en sus sueños la noche anterior.

 

Las más de las veces sus sueños tenían que ver con el mar de su niñez.

 

 

Eyder Manzanero Sanzores, Deborah.

 

31 años.

 

11 años de ser seropositivo.

 

De lunes a viernes Deborah es la enamorada más dedicada que he conocido en mi vida: su vida gira en torno a José, su pareja, también seropositivo y a quien conoció en el albergue Oasis.

 

Deborah aprendió a cocinar y enmendar ropa en Oasis. También aprendió a inyectar y curar la fiebre con hojas de chaya acorde a las tradiciones de los antiguos mayas.

 

Aprendió también que no tiene paciencia para soportar los regaños de don Carlos, el director del albergue y que la vida no deja de darle patadas.

 

A los 14 años huyó de casa cansada de los golpes que su papá le propinaba para que se le quite lo mariconsito. Desde entonces supo que la prostitución es su trabajo, que robar le da de comer y que drogándose viaja a mejores lugares.

 

“Alejandro, ¿cómo es la nieve? Me

encantaría tocarla algún día”.

 

Los sábados Eyder se convierte en Deborah y viaja de su pueblo Motul rumbo a Mérida/Capital a trabajar en la Calle 58. Los Flamboyanes es su cantina favorita ya que en el baño siempre encuentra al dealer más barato de la ciudad: un porro de mariguana a cambio de 50 pesos o una mamada.

 

 

Albergue Oasis de San Juan de Dios

Conkal, Yucatán

 

De población flotante, Oasis brinda atención médica a portadores de VIH, a quien ya nada tiene: ni apoyo familiar, ni del Estado, ni de la Iglesia. Aquí no se enjuicia la vestimenta o el día que se decide salir para intentar reintegrarse a la sociedad. Lo único que se pide es ayuda.

 

“Las necesidades son tantas y las manos son tan pocas”, me dijo una tarde de verano Carlos Méndez, el director del lugar, mientras Morgan el perro asentía como queriendo confirmar las palabras que su amo decía. En Oasis el tiempo corre tan lento que casi se puede tocar.

 

 

Gerardo Chan Chan.

 

43 años.

 

12 años de ser seropositivo.

 

 

 

 

Alejandro Cárdenas es periodista. Oasis está publicado en español, inglés y finés y se puede comprar aquí. Una parte importante de las ganancias por la venta van destinadas al albergue Oasis. También es posible adquirirlo dirigiéndose directamente a la autora de la fotos, Meeri Koutaniemi (meeri.koutaniemi@gmail.com), quien desde Finlandia puede enviar el libro a cualquier lugar del mundo

 

 

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Autor: Texto: Alejandro Cárdenas / Fotos: Meeri Koutaniemi