Dios en las arenas

Donde se recuerda la vasta influencia del hechizo desértico en la fe, intentando no ser muy excesivo y acabar presentando un libro en “Tipos Infames”

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“Y en la arena encontraron a su señor en el manto lapislázuli que cubría los anocheceres oceánicos…” esta frase, inventada por el creador de este blog en un arrebato lírico después de un Red Bull, podría resumir las decenas de libros sobre el desierto y los creyentes. Género literario inacabable, tiene en las excepcionales memorias de T. E. Lawrence Los siete pilares de la sabiduría su primer baldón en occidente.

Apaga tu mente y ríndela al vacío…

Recuerdo leer estas memorias, apenas el primer tomo, y quedarme prendado por sus descripciones oníricas del desierto. Llegué al libro a través de una referencia de algún libro de viajes de Paul Theroux -mi favorito eterno para el Nobel- y quedé sorprendido por el exceso de metáforas en un libro de memorias. Un siempre imaginaba el romanticismo en frondosos bosques, acantilados en punta y el sempiterno suspirito de los Soto Ivars del tiempo (¿Qué fue antes? ¿la sensiblería o el flequillo?). La capacidad de Lawrence de Arabia de crear imágenes con relativa gracia, con un conocimiento envidiable de la flora y fauna, salvan esos excesos  y engatusan a cualquier lector distraído :

“Las arenas arrastradas por el viento habían trabajado su superficie hasta darle el aspecto de una corteza de naranja, y la luz del sol había hecho desvanecerse su color azul, transformado en un gris sin esperanza”.

El sentido panteísta de una naturaleza solitaria que ejerce como divinidad, algo que asociamos a entornos más verdes, elige a Lawrence como su gurú particular. Así, David Lean en su filme de 1962 no fue más grandilocuente que el texto en sí. Esa prosa campanuda, que provocó no pocos enemigos a T. E. Lawrence, fue trasladada a versión ciencia ficción por Frank Herbert que copia en muchas descripciones la fascinación del extraño por el paisaje desértico:

“Y, por alguna razón, recordó dos versos de un poema (…) que se repetía a menudo. Mis pulmones respiran el aire del Tiempo que sopla entre las flotantes arenas”.

Y el caballero encontró su babieca

No hay que ser un gran analista para ver que este exceso de significados, de imágenes líricas, esconden el inicio de la creencia en muchos. Al fin y al cabo, “Dios creó Arrakis para probar a los fieles” y según T. E. Lawrence “los que permanecían en el desierto el tiempo suficiente para olvidar sus espacios abiertos y su vacuidad eran inevitablemente empujados a Dios como el único refugio y ritmo de la existencia”. En la Biblia el desierto es tentación para Jesús luego de un ayuno que ahora vemos como la inevitable pérdida de visión por falta de alimento. Más cínico, Zaratustra y su confesor Friedrich Nietzsche quitan sustento a esas doctrinas propias de viejos megalómanos embebidos del filósofo Plotino :

“En la soledad crece lo que cada uno ha llevado a ella, incluso la bestia interior. Por ello hay que apartar a muchas personas de la soledad. ¿Ha habido hasta el presente sobre la tierra algo más impuro que un santo del desierto? Alrededor de semejantes seres no era el diablo el único que andaba suelto, sino también el cerdo”.

Y, con todo, nos siguen fascinando las arenas: los ojos azules que brillan en las películas de Denis Villeneuve y David Lynch son los reflejos de la fe ante la especia como incienso natural de la divinidad. Y los temibles gusanos ejercen de querubines destructores de un planeta que a la vez es nuestro señor. ¿Quién quiere explicaciones científicas cuando las imágenes apabullan?

Kurtz vive, la lucha continúa

Las arenas, ¿espejo de Dios o reflejo del delirio? Quizá la sentencia melancólica de la novela de Francisco Serrano Perros del desierto sea su mejor resumen: “muchos de ellos fueron al desierto, donde se volvían locos…”

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