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Disney: Corazón de las tinieblas, o el lugar más feliz de la tierra

A Disney hay que ir con la convencida autorregulación que practican los monjes tibetanos. El reino de Mickey Mouse es una moderna isla de Circe en la que el hedonismo y la frivolidad envuelven al visitante en una espiral descendente. Si no se cuidan las formas, y los bolsillos, se saldrá de allí con la firme convicción de que lo estafaron, pero, por vergüenza, se dirá a sí mismo que la experiencia fue maravillosa. El éxito de Disneyland, en Anaheim, como Disney World, en Orlando, dependen mucho de que nadie se atreva a romper el hechizo que sus mercadólogos han creado desde su fundación en 1955: son el lugar mas feliz de la tierra.

Si se va hasta allá, y se comete la insensatez de no disfrutarlo, el problema es de uno, no del parque. Pero, ¿en donde reside la magia de Disney? ¿En las obscenas cantidades de dinero que se pagan para entrar a un lugar en donde se pasa la mayoría del tiempo haciendo colas? Calculo que en un día normal –dependiendo de si es temporada alta o baja–, una estancia de ocho a diez horas equivaldrán a seis o siete de esas horas haciendo colas; para ir la baño, para comprar souvenirs, para encontrar un lugar donde sentarte a comer, y por supuesto para subirte a las atracciones. En un futuro no muy lejano creo que se establecerán filas hasta para el descanso. Adriana, mi esposa, una feligresa convencida, argumenta que parte de la diversión es encontrar formas innovadoras de entretenerse en las esperas. Me he visto tentado a preguntarle si uno no podría abocarse a encontrar esos mismos caminos inventivos desde la comodidad del hogar y sin tener que desembolsar miles de dólares por el privilegio de entretenerse a uno mismo.

Otras personas definen a Disney como un spot para probar speciality foods. Pienso que este argumento es consecuencia directa del paladar más bien simple que tiene la mayoría de los visitantes. La realidad es que Disney es un lugar en donde se come mal, y se paga mucho por esa mala comida. Adriana me dijo que la primera vez que ella fue a Disneylandia la llevaron sus abuelos, quienes al no contar con un amplio presupuesto se decidieron por llevar su propia comida y cargar botellas de agua. Habiendo comido unos nachos horrendos, y por los que pagué cerca de veinte dólares, la idea de un sandwich de jamón y queso comenzó a sonarme bastante más apetecible. Los parques de Disney se caracterizan por la ingesta desenfrenada de comida procesada, frita, y alta en azúcares. Toparse con un número inusualmente alto de personas con obesidad mórbida dejó de parecerme una coincidencia.

Creo que la principal razón por la que el fenómeno Disney, no solo no ha muerto, sino que se ha hecho más fuerte, es que la experiencia toca una fibra sensible de nuestro aspiracionismo. Ir a Disney, al menos para los latinoamericanos –para los estadounidenses es un poco más accesible– se ha convertido en un símbolo de estatus que se presume en redes sociales. Puede ser que uno no pueda pagarse la experiencia VIP –porque hay magia de Disney para ricos, y magia de Disney para clasemedieros–, o que no se compre nada en las tiendas de souvenirs, o que se coma una vez al día, pero que de esa comida se presuma en Instagram, aunque el resto del tiempo se consuman frutos secos y agua. Lo importante es tomarse la fotografía frente al castillo de Cenicienta, porque en las redes sociales, como en la vida misma, lo que cuenta son las apariencias. Una señal inequívoca de la decadencia moral de nuestras sociedades ultramodernas es cuando las personas empezamos a hacer las cosas no para disfrutarlas sino para presumir de ellas.

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La humanidad vive de los cuentos, algunos bien contados, otros calzados en el imaginario popular por la fuerza de las armas. Pienso en la Guerra Fría mientras hacemos cola para entrar al nuevo ride de Tron: una de las mas recientes adiciones a Magic Kingdom. La estructura es imponente, y hace que combine mis cavilaciones sobre la historia con la admiración que también sentí ayer cuando nos bajamos del Avatar: Flight of Passage. Es indudable que Disney representa uno de los bastiones de la guerra cultural mejor ejecutados en los últimos cincuenta años.

Los historiadores que analizan el ascenso y caída de los grandes imperios están de acuerdo en que una de las grandes preocupaciones de las metrópolis antiguas era conservar su atractivo para convencer a las provincias de seguir formando parte del imperio. Mantener a una entidad política unida con la fuerza de las armas es una solución en extremo costosa, y muy pocas veces perdurable. La caída del imperio ruso, a principios del siglo XX, no se debió tanto a la crisis económica, a la que habían estado sometida los campesinos desde tiempos inmemoriales, ni a la desigualdad social, ni a la política autoritaria del zar. Se dio porque las humillaciones sufridas en la Primera Guerra Mundial, combinadas con los rumores sobre su vida privada –la mayoría de los rusos, al igual que Boney M, creían que Rasputin era “lover of the Russian Queen”– transformaron al zar ante la opinión pública en un líder débil y sin carisma.

El zarismo murió porque cambió la percepción social acerca del emperador. Los humanos estamos hechos para soportar –o aguantar, si uno le cree a Calle 13–, hambres, inequidades, abusos y autoritarismos. Pero lo que no podemos tolerar es vivir dentro de un cuento cuya premisa no nos convence. Setenta y dos años después de la revolución que fusiló al zar Nicolás II, otro imperio ruso, aunque este socialista y soviético se derrumbó junto al muro de Berlín porque sus habitantes habían sido seducidos por la promesa de las lucecitas resplandecientes de Occidente.

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Bruno es bastante considerado con mi visión pesimista del mundo. Le admiro sus grandes esfuerzos por recordarle a su padre el lado amable de las cosas, aunque esto signifique lidiar con mi sarcasmo y mal humor.

—Yo sé que no te gusta mucho Disney –me dijo–, pero quiero que te subas conmigo a la esfera de EPCOT, porque ahí enseñan de historia.

Me gustó que utilizara mis intereses profesionales como táctica de convencimiento, muy al estilo de la retórica de Séneca.

Cuando salimos del ride no tuve corazón para desestimar la historia de la humanidad contada en la esfera, la cual era una versión clásica y eurocéntrica que pone a Estados Unidos como el heredero de las sociedades blancas que liderarán el futuro a través de la tecnología. Le dije a Bruno que me gustó la manera en que Disney traía a la vida la historia que aprendemos en los libros. Esta respuesta pareció emocionarle y corrió a presumirle a su mamá que había encontrado la forma de hacer que me gustara Disney. Tal vez en eso reside la magia, en los momentos que uno crea con sus hijos.

EPCOT me abrió los ojos a una verdad inquietante. Disney, como Las Vegas, plantea la posibilidad de viajar sin dejar Estados Unidos. En un mundo en el que los detalles poco importan, y las personas observan las pinturas en los museos desde el filtro de sus celulares, ¿Cuál es el punto de ir a Venecia si uno puede viajar en góndola por los caminos de agua del hotel y casino Venetian sin dejar el Strip? ¿Para que ir a las pirámides de Chichen Itzá si puedes visitar réplicas en EPCOT, cerca de un puesto de Frozen Margaritas de todos los sabores, y en donde puedes subirte al Grand Fiesta Tour, el ride dentro de la pirámide?

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Disney es heredero de la propaganda y el marketing de mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado mostrada en la serie Mad men. Esta corporación sabe muy bien que los héroes de acción son mucho mejores que los hombres de carne y hueso para interpretar y vender los “auténticos valores” de una determinada sociedad. Los rusos aprendieron a las malas que romantizar la imagen de Lenin, quien sufrió tres derrames cerebrales antes de su rápida muerte, y que no pudo siquiera advertir a los rusos sobre el desastre estaliniano por venir, o la de Trotsky, célebre pensador que terminó sus días en el exilio seduciendo a las esposas de sus camaradas: aunque funcionaban a nivel local, no eran lo suficientemente atractivas para expandir la III Internacional. Aunque se hubieran dado cuenta de esto antes, y quisieran adecuar el discurso a preceptos más atractivos, los soviéticos nunca contaron con la fábrica de sueños que es Hollywood, o con la tierra en donde esos sueños se hacen realidad, que es Disneylandia.

Les aseguro irresponsablemente a mis alumnos que la URSS perdió la guerra porque no pudieron responder de forma contundente a la obra maestra de propaganda que es Rocky IV. Y si a esas vamos, no pudieron responder tampoco al Supermán de Cristopher Reeve que luchaba a favor de tres valores esenciales: Truth, Justice and the American Way. Tampoco sacaron alguna respuesta retórica en contra de Batman, un millonario autoritario al que le parece mejor idea invertir grandes cantidades de su herencia familiar en armamento especializado para combatir el crimen en lugar de invertir esas mismas cantidades en restablecer el tejido social roto por la desigualdad económica. Es cómico pensar en niños vestidos de millonarios filántropos queriendo salvar al mundo a través de la condescendencia, y no de murciélagos que le rompen la clavícula a los criminales como forma de escarmiento por robar un banco –en el que seguramente la familia Wayne es dueña de bastantes acciones–.

Es mucho más sencillo vender un discurso que niegue el cambio climático, pugne por el despilfarro y oriente nuestros esfuerzos a ser cada vez más individualistas, menos conscientes, y más felices. En este sentido, los discursos anti-Disney, que pugnan por la moderación de recursos, advierten sobre la infantilización de la sociedad y nos quieren hacer sensibles ante el dolor ajeno, tienen que nadar cuesta arriba para vencer a una propaganda con la fuerza ametralladora de sus modern marbles y su promesa de confort a meses sin intereses. Si lo vemos a corto plazo lo primero es mucho más seductor que lo segundo, pero esto quiere decir que será sustentable, y si es así ¿por cuánto tiempo? ¿Qué tan conveniente es pensar en el futuro? Y quizá la más importante, ¿seré el único que piense sobre estos asuntos en la cola que se llevó dos horas y media? Volteo a mi alrededor, observó a todos en la pantalla de sus celulares e intuyó la respuesta. El incongruente aquí, soy yo.

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Escribo desde la plaza central en Disney Hollywood Studios. Sentado en medio de un enjambre de luminosidad visible desde el espacio, es fácil entender la atracción que sentía Nikola Tesla por la electricidad. Hace tiempo que la noche dejo de ser la región incierta habitada por nuestros miedos, y pasó a convertirse en el lienzo en el que la humanidad proyecta su megalomanía. Le hemos ganado la batalla a la naturaleza de la misma forma que le ganamos la batalla a nuestra alma: alumbramos las oscuridades con luces baratas y ánimos de vibrar alto.

Crecí en el seno de una familia de comunistas acérrimos –al menos en el discurso–, por lo que no puedo evitar sentir vergüenza por encontrarme en el “corazón de las tinieblas”, que es como mis padres y sus amigos le llamaban a Disney. A veces evoco a José Martí para justificarme: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”. En otras ocasiones siento que voy perdiendo la batalla contra la asimilación cultural, y pongo cada vez menos resistencias a la gruesa capa de extranjería que se me va pegando a la piel desde que me mudé a Estados Unidos.

Dicho lo anterior, es preciso aclarar que Disney tiene su encanto. Es imposible no maravillarse ante los millones de dólares invertidos para burlar la línea entre lo real y lo fantástico. Los detalles están cuidados al milímetro. Incluso los más escépticos nos sentimos sobrecogidos al contemplar la combinación entre ingeniería punta y la más refinada teatralidad hollywodense, que brindan una experiencia extrañísima, como de enajenación. Cuando entras a cualquiera de sus parques sientes que llegaste a una realidad alterna, o mejor dicho, en palabras del filósofo Jean Baudrillard, a una hiperrealidad en la que a uno le cuesta distinguir lo que es real y lo que no. Los arquitectos de la experiencia Disney saben que la magia reside en involucrar a los visitantes activamente en las historias que se cuentan en el parque. El secreto de la formula está contenido dentro del vocablo inglés actual, que se puede traducir al español como de verdad. En nuestro mundo de reality shows ya no nos conformamos con ver el espectáculo, sino que ahora queremos formar parte de él. To actually be in it.

La primera vez que se abrieron las puertas del Rise of the Resistance y apareció ante mí un “actual” Star Destroyer –y no una serie de set prefabricados–, me fue imposible contener las lágrimas. Mi sueño de infancia se había cumplido. Era parte de la Resistencia, y como tal estaba siendo escoltado a mi celda por oficiales imperiales malencarados que me trataban con violencia y desdén. Cuando mis camaradas rebeldes vinieron a rescatarme sentí una emoción desbordada al escapar de aquellas instalaciones a toda velocidad y en medio de la más espectacular batalla en el espacio. Se me olvidaron las tres horas de cola que hice para subirme al juego. No estaba viéndolo en la pantalla, ahora era –actually– parte del mundo de Star Wars.

Disney es un crisol para examinar la idiosincrasia de nuestro mundo, en el que pretendemos vivir en aras del confort y el consumo, sin pagar ningún tipo de consecuencia, y enarbolando discursos negacionistas para justificar nuestras acciones. Para disfrutar plenamente de la experiencia Disney uno debe de tenerle suficiente fe en la tarjeta de crédito y dar un salto al vacío. Dentro de la fiesta del hedonismo no existe lugar para el recato. Me causa gracia ver a mi Adriana, siempre tan previsora con el presupuesto de la casa, exclamar cuando ya no le salen los números:

—Ya no hay que hacer cuentas, hay que divertirnos.

El gasto para mantener las luces encendidas en Disney es descomunal, y el diezmo no es voluntario. Para que los parques sigan funcionando fuera de la lógica de la austeridad y la previsión –es decir, fuera de la lógica del mundo real–, hace falta que cientos de miles de feligreses vayamos todos los años, hagamos colas larguísimas y nos convenzamos a nosotros mismos de que hemos llegado al lugar más feliz sobre la tierra.

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