DNI

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El DNI es un artilugio extraño que los nacionalistas usan como arma arrojadiza –o le tapan la bandera española o directamente no lo asoman en público–, y que otro buen número de personas sólo lo sacan –nacionalistas incluidos– para picar lo blanco de la bolsa, que casi siempre se almacena en el chivato de un paquete de tabacos cualquiera.

 

El DNI es un artilugio extraño que los nacionalistas usan como arma arrojadiza –o le tapan la bandera española o directamente no lo asoman en público–, y que otro buen número de personas sólo lo sacan –nacionalistas incluidos– para picar lo blanco de la bolsa, que casi siempre se almacena en el chivato de un paquete de tabacos cualquiera. Luego se acartona el paquete humedeciéndose los cigarrillos que desmerecen la calada también diaria. Pero en Camboya el DNI se utiliza para otros menesteres mucho más agradables. Para empezar, en todo el país no hay independentistas ni farloperos. Asumiendo que para agacharse sobre la tapa del váter la totalidad de los que obedecen a la genuflexión por el pre-infarto son blanquitos-caucásicos. Por eso el DNI para un camboyano es una cosa seria. Si acaso, algo que vale para votar en unas elecciones clarificadas de antemano. O para abrirse una cuenta bancaria cuando la inmensa mayoría de la gente que dispone de DNI tiene menos dinero que ganas de aparentar. Luego llegan las tarjetas de crédito –o las de débito que te permiten sólo un pequeño agujero en tu caída libre vital– y las gentes se despeñan económicamente, algunos hasta compartiendo esas tarjetas con el DNI en el turbio arte de hacer tronchas. A veces también realizado a diario. Como la compra o el defecar. Que no hay más cruda moraleja que verte a las siete de la mañana en el cajero de Emilio Botín sacando 30 dólares más para el penúltimo medio cuando las ediciones de los diarios recién sacadas de las imprentas ya han sido colocadas en los quioscos con unas portadas que quitan el sentido: ‘Vuelve a subir el paro; el Santander gana un 456% en el primer trimestre del año; Messi vuelve a vomitar’.

 

Aban realmente era Visal. O para que nos entendamos en una traducción libre del jemer al español: Laura fue registrada en mi hotel como Aurelio. En los hoteles camboyanos, cuando tienes intención de subir a una muchacha a la habitación, esencialmente si es nativa, hay que dar el documento de identidad en la recepción, por si aquello fuera una menor o la invitada acabara descuartizada o trincándole al maromo no ya la cartera sino hasta las perchas vacías. Y por eso supe que ella era él. Otro milagro de esta globalización, donde con internet un oscense sabe la temperatura a tiempo real en Asunción mientras que una mujer que se identificó telefónicamente como tal resultó no serlo. O sí. Porque esto de los travestis, a veces, parece un concurso con cámara oculta. “Se parece a mi prima”, me dije nada más verla, cuando al entregar su documento al recepcionista comprendí mi escasa pericia visual; porque no se parecía en nada a mi primo. Aseguro.

 

Ya en la habitación procedimos a terminar de poner todas las cartas sobre la mesa. Ella las asomó, en forma de ingles tan parecidas a las mías, que no me dio tiempo ni a preguntarle si había acudido a Tailandia a saciar el sueño de todo muchacho que quiere ser muchacha, arrancándose el excedente de carne; algo parecido a la circuncisión pero mucho más a lo bestia. Como cuando el listo del carnicero te pone cuarto y mitad tras haberle pedido cien gramos justos.

 

Cuando era adolescente, sólo con las hormonas para hacerme crecer los pechos, casi me arruiné. ¡Como para haberme hipotecado cortándome el pene!

 

Y llevaba razón. Porque es mucho más fácil cambiarse el nombre que cortarse la minga. Y a los hechos me remito. Lo que no me cuadraba es que un travesti hubiera requerido mis servicios, cuando casi todos ellos hacen la calle, como yo, mientras la vida real y las instituciones tienen escaso apego por sus cualidades, que si lo pensamos bien son las perfectas, ya que un travesti arrampla con todo lo bueno de un hombre y de una mujer creando un milagro visual que atrapa a todo quisque, incluido heteros. Y Aban era tan perfecta que aquel colgajo la hacía única.

 

¿Por qué lo llamas colgajo? Tú también tienes otro.

 

Excepto en la previa de hacer el acto, y algunas veces a posteriori, todos poseemos un colgajo. A veces más grande, otra tantas más grueso, pero colgajo. Apéndice. Me identifico con él.

 

¿Y tú eres activo o pasivo?

 

Altruista. Yo soy altruista.

 

Fui decir altruista y Aban que saca el móvil del bolso y se conecta a internet.

 

¿Sabes la contraseña?

 

Sí, 0884429320.

 

Qué de números.

 

Es el número del teléfono fijo del hotel. Las claves del wifi, en este mundo, suelen ir asociadas a idioteces. Que no sé para qué ponen contraseñas si luego son tan fáciles de descifrar. Si usan el mismo método para sus cajas fuertes mal futuro les auguro.

 

La desnudez de Aban era memorable: de piel morena ejemplar, piernas sublimes, espalda de nadadora amateur, cabellos rizados artificiales, y pechos semejantes a los de una mujer. En realidad Aban era una mujer. Pero aún me quedaba por saber cómo, en un trozo del mundo donde el travelo abunda, había sido posible su llamada, a sabiendas de que ese acto iba a costarle 50 dólares.

 

Mira Aspersor. Hice la calle sin pechos, con sujetadores rellenos de algodón, hasta que las hormonas hicieron efecto. En esas, un holandés retirado, ex jefe de la banca de no sé dónde, perdió los estribos por mí. Y yo, acentuando mis necesidades, le di todo lo que tenía, mi cuerpo, a cambio de todo lo que necesitaba: su dinero. Pero Vik murió. De un infarto. Hace un año. Su edad, 68, y sus hábitos, vodka Ketel One y Viagra, además de sus desayunos, basados en el beicon más grasiento y las grasas más peligrosas, sumados a los cafés dobles, más horas y horas en el sofá, y nada de deporte. De hecho se tiró el último medio año practicándome sexo oral en una clara anunciación de todo lo que estaba llegando: ni la dosis reglamentaria de Viagra le surtía efecto. Por lo que al doblarla, temiendo que tuviera que buscarme fuera de casa quien me saciara mis necesidades, cayó en redondo. Y estas cosas son muy normales que ocurran. Que nadie muere de cáncer de pulmón dándose el gusto de la última calada. Mi Vik no murió besándome el culo en plena fase de excitación tras doble dosis de Viagra, que se dedicaba a eso el 70% del tiempo que estábamos juntos, llegándome a plantear que se le había perdido algo aquí dentro. Mi Vik murió abriendo, una mañana, el buzón de casa. Y mira que el correo ordinario tiende a desaparecer. Pero cayó desplomado. Curiosamente agarrando unas estúpidas cartas del banco camboyano donde teníamos un dinerillo guardado. Por supuesto, todo lo suyo pasó a mi propiedad, porque Vik fue el clásico holandés errante: gastó casi toda su vida en amasar una fortuna sin tiempo para amar, follar y saber comer. Que cuando le abrí la bragueta por primera vez sentí que aquello era una conserva. La entrepierna de un niño. El buzón de voz de un tartamudo. Y hoy, aquí donde me ves, busco a gente que me saque orgasmos fuera de todo riesgo. Y tú, Aspersor, eres el único que presume de ello. Vik, que pagó por anticipado la suscripción anual al Cambodia Times, convirtió cada una de mis mañanas, en ese buzón donde dejó de vivir, en un asunto personal: me leo los clasificados y sólo tú, siempre, eres el único que me avisa, al menos a mí, de que alguien sacia por dinero. Y aquí me tienes. Empleando el dinero que me dejó, que no era poco, en lo que más le gustaba: hacer el acto. No era muy celoso. Y ya muerto, no es más que un recuerdo. Si de verdad existe otra vida seguro que se masturbará viendo cómo lo hacemos.

 

¿Visitaste Holanda?

 

Qué preguntas tienes.

 

Lo hice para romper el hielo. Porque tanta explicación me estaba enloqueciendo. Yo siempre he sido un tipo de los que quería saber. Todo. A cualquier precio. De hecho mis mayores problemas se produjeron cuando hice la pregunta incorrecta o abrí la puerta equivocada. Pero verla desnuda, explicándome todo tan minuciosamente, con el aire acondicionado congelado afilando sus pezones post-operados, me hizo saltarme, como raras veces hago, la fase de enriquecimiento personal para brincando sobre ella, raptarla hasta una ducha de agua fría donde lo que previamente tomaba forma espigada directamente se hizo granito.

 

Oye, ¿y qué hacías cuando Vik no daba para más?

 

Una vez se lo hice al vecino, pero debió gustarle tanto que no me lo podía quitar de encima. Su hijo me miraba mal. Aunque un día en el ascensor, para no ser menos, me tocó. Otra vez, como tú, puse un anuncio en el periódico. Pero aquello fue un triste volver a empezar en donde no quería volver a hacer de mala. Por lo que esta vez me decidí a llamarte.

 

¿Ahora que has heredado piensas pasar las tijeras de podar?

 

¿Sabes? El poder te retrae de lo que soñaste cuando eras pobre. Algo así como el amor imaginado que se deshace en tu lengua en el momento que dices el cuarto ‘te quiero’.

 

Hueles a poetisa.

 

Es cierto. Desde que supe que le gustaba a Vik luché porque él también me atrajera. Y cuando ya éramos uña y carne y se fue al otro barrio decidí vivir de su fortuna leyendo, viajando, aprendiendo.

 

Ya, pero pusiste un anuncio buscando clientes.

 

Una recaída la tiene cualquiera.

 

A la mañana siguiente nos besamos a tornillo –porque dormimos abrazados de manera casi violenta, con su codo en mi boca y mi melena en su rostro– demostrándose que no a todo el mundo le molesta al despertar el aliento del contrario. Luego, de la manera que me tiró los 50 dólares sobre la mesilla de noche, supe que Aban era de las mías.

 

No te operes.

 

Lo pensaré.

 

Y al cerrar la puerta debí caer en un profundo sueño que quedó cancelado en el momento que la señora de la limpieza entró sin saber que un hombre extranjero que cobra por hacer el acto yacía desnudo sobre un camastro que seguía oliendo a Aban. Casi le mando al móvil un mensaje de ‘buenos días’. Me tuve que contener.

 

 

Joaquín Campos, 08/04/14, Phnom Penh