‘The price of progress’, de Víctor Luengo. “El precio del progreso es un documental sobre el poder en mayúsculas”

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Entrevistamos al realizador Víctor Luengo, cuyo documental The Price of Progress aborda el lobby de la industria agroalimentaria y las políticas europeas al respecto. Esta semana se proyecta en cines, hoy lunes 22 de noviembre en Córdoba, mañana martes 23 en Cádiz y el jueves 25 en Sevilla y el martes 30 de noviembre en Madrid

Fotograma del documental.

El precio del progreso es un documental que habla de los lobbies de la industria agroalimentaria desde una perspectiva europea. Apoyado en  más de 40 entrevistas a expertos (científicos, periodistas, empresas, eurodiputados, etcétera), el precio del progreso tiene la virtud de mostrar todas las aristas de un tema espinoso como tan vital, logrando equilibrar argumentos y posiciones en aras de la objetividad. Engancha por su montaje, su fotografía y por el análisis exhaustivo de la cuestión.

Resulta además fundamental mostrar los entresijos de un tema que nos afecta de manera directa: a nuestra alimentación y al medio ambiente. Y coloca a este documental español realizado por Víctor Luengo, en un visionado de plena actualidad y obligada reflexión. El documental, empezó su recorrido por festivales en otoño de 2019, cosechando éxitos como la Espiga Verde de la Seminci o el premio al mejor documental de la FICMEC 2020 de Canarias. Pero también ha pasado por festivales de Estados Unidos (LA Festival of Cinema, Bushwick festival), México (Docs Mx), Reino Unido (Raindance Film Festival), Rusia, Croacia (Internation Fil Festival of Apox), Italia (Rome Independent Cinema Festival, Firenze Film Festival), Noruega (Arctic Film Festival) e India (All Living Things 2021). La pandemia retrasó su estreno en salas. El documental sigue teniendo plena actualidad. Ahora se estrena en Andalucía, hoy lunes 22 de noviembre en Cinesur El Tablero de Córdoba, mañana 23 en Cinesur Bahía de Cádiz, el jueves 25 en  Cinesur Nervión Plaza de Sevilla y el 30 de noviembre en los cines Paz de Madrid, con presencia del director y de invitados diferentes en cada ciudad (Ana Lamarca de Justicia Alimentaria en Córdoba; Aurora Carmona Hidalgo de Justicia Alimentaria en Cádiz; Elisa Oteros de Ecologistas en Acción y José María Pérez Hidalgo de Justicia Alimentaria en Sevilla; y con Tom Cucharz e Isabel Hernández de Ecologistas en Acción en Madrid).

The Price of Progress es un documental que le costó cerca de 5 o 6 años de esfuerzo. Me gusta esa voluntad, fuerza y capacidad para que pese a todos los obstáculos consiga uno llegar a su objetivo ¿En el audiovisual siempre está ese punto de querer tirar la toalla?

Por supuesto. Contestarte a esta pregunta me llevaría mucho. Resumiendo te diría que sí: totalmente. Una película es una carrera de fondo que te hace pasar por muchísimos altibajos… A nivel personal, me embarqué en el proyecto sin haber hecho nada antes, ni siquiera un cortometraje, pero con muchas ganas acumuladas con anterioridad. Por otro lado se sumó además que en este país las ayudas al cine son exiguas en comparación con los países de alrededor, y más aún si nos ceñimos al documental. El resultado fue que después de invertir los tres primeros años fortaleciendo la idea y presentándome a muchas convocatorias privadas y públicas, finalmente decidí grabarlo prácticamente con mis propios medios y la ayuda imprescindible de Virginia Díaz que estuvo hasta el final, de Tristan Rosa y Pablo Asset en un primer embrión, y de Pablo de la Chica que me apoyó y me aconsejó desde el principio. Luego todo vino rodado y la grabación fue mucho más fluida de lo que me había imaginado. Así, el 90% de la película lo grabamos en unos 5 meses repartidos entre el 2017 y 2018.

¿Qué le hizo seguir?

Un poco de todo, cabezonería personal, apoyo amigo y sobre todo una idea que literalmente se fue colándose en mis pensamientos: la responsabilidad que adquiría con cada entrevista. Era como si cada entrevistado me dijera algo así como: “Escucha, te doy mi tiempo y mi confianza para que acabes la película, ¿de acuerdo?”. Y yo no tuve más elección que tirar para adelante.

¿Cuál fue el detonante del proyecto?

Más allá de las ganas de involucrarme en un gran proyecto como reto personal fueron los grupos de consumo en Madrid. La idea original era grabar al sur de la capital los pequeños productores agroecológicos que estaban surgiendo. Ahí comencé a estudiar los conflictos agro-sociales y medioambientales. Fue como abrir un gran melón donde el fondo estaba un tema que me apasiona desde hace mucho: el poder. Cómo se ejerce, cómo manipula incluso a los que lo detentan, y cómo siempre su mayor fortaleza es su propio discurso. Y es que en el fondo, creo que El precio del progreso es un documental sobre el ‘Poder’ en mayúsculas.

¿Cuáles han sido las mayores dificultades para desarrollar el proyecto?

El mayor coste de la película fue el tiempo. prácticamente en dos años no tuve fines de semana ni más vida social que la que me daba el mismo trabajo al equilibrar encargos alimentarios paralelos al proyecto de la película. Sólo la edición fueron unas 20 semanas a tiempo completo, pero ahora visto en retrospectiva, fue todo un viaje de viajes. Una experiencia que recomiendo.

Me consta de su interés por el medio ambiente, por la salud, por la alimentación. De su conciencia con el mundo que nos rodea. Sin embargo, consigue un equilibrio para que el documental quiera ser abierto, plural y objetivo.

¿No quería posicionarse de una manera más directa?

La ‘neutralidad’ de la película puesta así, entre comillas, está muy buscada. Creo que si la película hubiera estado más claramente posicionada el recorrido habría sido mucho menor. Mi objetivo más que denunciar, ha sido el de provocar o a veces hasta enojar a la audiencia. Creo que es más efectivo que simplemente dar la información para convencer a los que ya están convencidos de algo.

Me sorprende que los lobbies de la industria agroalimentaria no hayan pedido cierto control ¿No quisieron ejercer ningún control en tu documental? ¿No marcaron ninguna línea roja?  

Cuando pensamos en un lobby nos suele venir la imagen de alguien astuto e inaccesible, cuando en realidad son gente adiestrada para ser encantadoramente abiertos y solícitos para contarte su versión del mundo. Después de contactar con ellos, una vez que vieron que el documental iba en serio, se apuntaron.

“Mi objetivo más que denunciar, ha sido el de provocar o a veces hasta enojar a la audiencia”

El todo gana en este largo documental. El ritmo. Las imágenes y la historia encajan. Casi como si fuese una alimentación saludable que fluye en nuestro cuerpo ¿Hay algo de ese símil?

Bueno, siguiendo la metáfora, igual que digerimos la comida digerimos historias. Y sí, durante esos 5 meses de edición nuestro propósito fue cocer a fuego lento las más de 40 entrevistas que hicimos para que pudieran digerirse bien. Pero a diferencia de la comida saludable, nosotros si queríamos que la audiencia no se durmiera del todo bien después de ver la película.

The Price of Progress muestra todo el entramado político y científico que hay en Europa entorno a la industria agroalimentaria.

¿Cree que Europa funciona eficazmente defendiendo la salud de los europeos?

No, claro que no. Tanto la salud como el medioambiente hoy son un Titanic que va haciendo agua por todos los flancos. Lo vemos con el calentamiento climático, la pérdida de biodiversidad o el abuso extractivo, lo vemos también con la cantidad de enfermedades nuevas y degenerativas que van apareciendo. Las instituciones europeas están demasiado condicionadas y limitadas por la lógica cortoplacista de los lobbies corporativos que son los que realmente deciden casi todo. Seguro que no tanto como en otras regiones del planeta como Asia, Estados Unidos, Australia o Sudamérica, pero por desgracia mucho más de lo que la publicidad institucional nos cuenta.

El precedente de todo el debate está en los transgénicos fertilizantes, los químicos anti plagas,… Y claro está la necesidad de producir más.

¿Cuáles han sido los precedentes, o las estructuras básicas, para construir una industria agroalimentaria tan potente?

Hasta donde sé, el precedente claro fue la mal llamada revolución verde entre los años 50 y extendida en la década siguiente. Se unieron la necesidad de generar alimento rápido y barato en un mundo cada vez más poblado tras la segunda guerra mundial, unido a la globalización de los mercados que por aquel entonces debió descubrir que podría convertir la agricultura y ganadería en un gigantesco nicho de mercado a explotar. Una oportunidad única que fue financiada por las fundaciones Ford y Rockefeller. Con esto ya estaría dicho casi todo. Era el modelo perfecto para transformar un modelo históricamente descentralizado en el monopolio industrial fordista y mecanizado que es ahora. Una proeza y un gran engaño desde un punto de vista militar cuya factura la estamos empezando a pagar ahora en moneda medioambiental, social y de salud. Sin ir más lejos, estos días estoy grabando unos reportajes en el valle del Guadalquivir y un ingeniero agrónomo me contaba como toda la vega del río, a su paso entre Sevilla y Córdoba, era un vergel húmedo y fuente centenaria de vida hasta hace sólo unas décadas. Hoy es un desierto agrario yermo, y dependiente cada año de toneladas de fertilizantes para los cultivos cuyos componentes empiezan a escasear en los mercados.

¿Falta transparencia en la UE en este tipo de asuntos, verdad?

Las cosas de palacio nunca son transparentes. El principal problema hasta donde veo, con humildad, es que no hay presión social. Los debates políticos contemporáneos por ejemplo se enfocan en su mayoría en temas culturales como los de identidades, nacionalismos o de género. Sólo una minoría muy pequeña está pendiente de cómo funciona la gestión de los recursos, de las dinámicas logísticas, el uso del patrimonio público, la regulación de la salud de la población. Por eso no se exige transparencia en los debates políticos, y las empresas y el sistema en general actúa en consecuencia. Un ejemplo perfecto lo tenemos con el glifosato, ese principio activo del herbicida más usado en el mundo. Parece que le quedan pocos años de vigencia antes de prohibirse tras décadas de protestas y avisos por sus efectos cancerígenos de esa minoría. Sin embargo pocos saben que se ha usado desde los años 70 y está por todas partes: desde los setos y jardines públicos, en las carreteras, caminos rurales y por supuesto en una gran parte de los campos de agricultura convencional. ¿Por qué no se prohibió antes? Seguramente porque no se ha protestado lo suficiente. No es un tema tan sexy o mediático para los debates políticos como los culturales.

¿El mercado, el capital y las megacorporaciones tienen gran influencia en los grupos de poder político?

Yo hubiera dicho la pregunta al revés: ¿los grupos de poder político, tienen ‘alguna’ influencia sobre el mercado, el capital y las megacorporaciones? siendo optimistas diría, que alguna tienen pero no mucha, y cada vez menos. La COP 26, sobre el calentamiento climático, celebrada en Glasgow es un claro ejemplo de ello. No hay apenas control real sobre los mercados.

¿Qué tiene para usted de atractivo el género documental?

Son un arma de comunicación muy poderoso. Personalmente me gustan los documentales con un trasfondo periodístico. Quiero que me cuenten cosas, pero además que me las cuenten bien en términos cinematográficos. Aunque disfruto los de corte más poético, contemplativos o literarios si son de factura impecable, me emocionan los que logran combinar cine y documento.

¿Qué documentales recomendaría como imprescindibles?

Hay muchos y para todos los gustos. Puedo mencionar los que me vienen ahora a la cabeza y recuerdo con gran emoción: La pesadilla de Darwin de Hubert Sauper, Confesiones de un banquero de Marc Bauder, Freightened de Denis Delestrac, y más recientemente El año del descubrimiento de Luis López Carrasco.

+ info en https://thepriceofprogress.eu/

 

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