Don Quijote y La Celestina en cajas y en Harlem

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Tratando de registrar la experiencia única y salvaje de tener frente a los ojos la primera página del primer libro impreso con la historia de Don Quijote de La Mancha, o la primera edición de La Celestina, con sus grabados originales de Calisto y Melibea. Una aventura en la sala de lectura de manuscritos de la Hispanic Society of America en Nueva York

 

Es otoño. Es una tarde de calles iluminadas en Harlem. Hemos entrado por un portal enfrentado a la estatua de un guerrero montado a caballo, ofreciendo batalla. Debajo de las patas, inscrito en el pedestal se lee: El Cid. Nos sentamos en la sala de lectura de la Hispanic Society of America, donde el Dr. O’Neill, bibliotecario jefe, nos presentó una de las mayores fortunas de aquella nación llamada España.

 

Estamos sentados, rodeados por los retratos y los bustos de algunos de los notables de la ilustración ibérica. En uno reconozco a Pérez Galdós, en otro a Pardo Bazán. Desde el techo de vidrio llega una luz tenue, amenazando con deteriorar las páginas de cuero o los papeles de aquellos ejemplares mitológicos que el bibliotecario saca de sus cajas. Él ha jurado resguardarlos.

 

Sostiene la leyenda que Archer Huntington, el fundador de la Hispanic Society, al encontrar la primera edición de La Celestina –ejemplar que se creía perdido para siempre– se arrodilló frente a ella y besó la mesa donde se apoyaba. “La Hispanic Society respalda, con fervor, esta leyenda”, dice O’Neill.

 

“La venta de los manuscritos españoles a la Hispanic Society of America es una tragedia de mayores proporciones que la pérdida de la isla de Cuba”, se habría quejado Menéndez y Pelayo cuando un coleccionista decidió venderle sus manuscritos a la institución neoyorquina. En este edificio se guarda la colección más importante de textos hispanos fuera de España.

 

Para quienes amamos los libros, no resulta desproporcionado el fervor y el cuidado con que se nos enseñan los tesoros de la casa: una primera edición de El lazarillo de Tormes–la de Amberes, la primera edición de los textos de Sor Juana Inés de la Cruz, la ya mencionada famosa primera edición de La Celestina –un regalo para su amigo Huntington del millonario J. Piermont Morgan, el de la Morgan Library, quien se permitió garabatear, con lápiz, unas palabras que acompañaron la generosa donación–y, la primera edición –bien diferenciable por una coma en la portada que se pierde en las siguientes impresiones– de Don Quijote de La Mancha.

 

Estos tesoros: manuscritos, incunables y primeras ediciones, algunos de ellos con anotaciones al margen, no sólo son amuletos mágicos, contenedores de historias que han sido repetidas durante siglos por un pueblo cuyos reyes controlaron el destino del mundo occidental (La Celestina tuvo una influencia trascendental en las formas de escribir del siglo XV, no sólo en los reinos de la península ibérica, lo mismo en Francia, en la península italiana y más allá); también son el certificado de calidad de un idioma que llega al  presente siglo constituído en uno de los de mayor prestigio y crecimiento.

 

O’Neill utiliza un delicado peso forrado en cuero para sostener las páginas abiertas, mientras el libro se desliza alrededor de la mesa y nuestros ojos se apoyan en esas historias que, extraña virtud, hoy nos siguen conversando. Algunas de ellas tuvieron tanto poder que convocaron a tribus lejanas (pienso en Jonathan Swifft, que leyó a Don Quijote y empezó a pensar en las aventuras de su Gulliver). Se nos enseñan detalles de La Celestina que nunca se pudieron ver en la edición facsimilar, tomamos el pequeño texto encuadernado del Lazarillo de Tormes y lo leemos, apreciamos los colores de unos dibujos muy elementales, sobre un papel hecho con fibra de maguey, de un pueblo cuyos habitantes acababan de presenciar el derrumbe de un imperio que de allí para adelante se llamaría azteca.

 

Por último, develando el misterio detrás de una cortina que lo ha protegido durante las horas de nuestra reunión, aparece el famoso mapamundi de Juan Vespucci, de 1526, donde los galeones descansan en un espacio de mar frente a las tierras que España ha descubierto. Sobre el Caribe destaca una punta de tierra que ya lleva en buena letra la inscripción: Floryda. Hacia la derecha, en el oeste, llama mi atención un espacio en blanco, no definido aún, a la espera de las expediciones de Pizarro y de otros cazadores de fortuna.

 

Al salir de aquel lugar, Newyópolis tiene otra luz. El Cid sigue sobre Babieca, las hojas de los árboles sobre Broadway cambian de color, los libros españoles descansan en su caja.

 

Primera edición de Don Quijote, Hispanic Society, NY