¿Dónde están los recuerdos?

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Adriana Salazar

 

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A veces se siente uno desconectado del (y desconcertado por el) mundo. Y se piensa enseguida en el monismo holista (todo está vinculado con todo). Y se le cae a uno enseguida a las mientes Gustavo Bueno, cuando dice, siguiendo a Platón, que es incompatible con el discurso lógico de la razón humana.

Pero no estoy hoy para monsergas. Y solo con otear en el horizonte la Teoría del Cierre Categorial ya me da como un jamacuco.

Así que dejémoslo estar. Y olvidémonos también del pluralismo radical (nada está vinculado -al menos internamente- con nada), porque nos vamos a meter con un jardín lleno de senderos (y para senderos ya tengo yo este mapa de estrellas que en la noche me desoyen).

Lo que al final quería contar es algo mucho más prosaico (y si se quiere sentimental). Tiene que ver con el desapego que hemos venido desarrollando últimamente. De los unos hacia los otros. Por la falta de trato, hábito y regularidad.

Si hacia finales de la primera década del siglo teníamos hambre de realidad (más, más, queremos más) ahora estamos huérfanos de ella. De ahí que el gótico, la fantasía y una cierta crítica contra el idealismo, que viene de la parte de los realistas especulativos, haya tomado parte central en nuestro mundo paradójicamente des-conectado.

 

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En Carne de píxel (DVD Ediciones, 2008) escribía Agustín Fernández Mayo que “partir de un recuerdo equivale a partir del fin, los recuerdos se construyen para el último día aunque nos engañe su gen de pasado”

 

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¿Significa entonces que nuestro fin pandémico todavía no ha llegado?

 

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Escribe Pilar Carrera en Basado en hechos reales (Cátedra, 2020) que “Internet es un medio que anula las distancias. Lo vivido directamente ya no se aparta en una representación, sino que se acerca en una representación […] la distancia con la pantalla de un móvil o de un ordenador es prácticamente nula. Esa progresiva anulación de la distancia física y espectatorial con las pantallas corre pareja con la anulación de la distancia retórica […] Internet se experimenta como una extensión de nuestra cotidianeidad que entra en el medio de múltiples maneras […] Con Internet asistimos al primado de lo inaparente, de la escenografía mediática filtrada por la lógica de la cotidianeidad […] Se experimenta desde una disposición desocializada y despolitizada de la recepción”. Por lo que “la mediación crea sus formas propias de experiencia”.

 

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Así las cosas noto últimamente un cierto desencantamiento de los entornos digitales. Y no digo que se estén abandonando, sino que sí percibo una mayor pasividad en los mismos: quizá la presencia sea más o menos igual, pero la actividad es menor. Se mira más, se actúa menos. Por lo tanto, se está menos presente.

Dicho en otros términos, y por ponerlo en la órbita sartreana: el para sí no puede hacerse, porque no somos libres y por lo tanto no podemos ser fundamento para nosotros mismos.

Según Sartre el hombre habría de convertirse en el ente por el que la nada adviene al mundo. Y es esa nada la que le hace ser libre. Pero no estamos abiertos al futuro y, por el contrario, nos identificamos completamente con nuestro ser actual (lo único que tenemos). De lo que se puede colegir que el para sí es precisamente lo que es: un recuerdo de sí mismo, una recurrencia. Una tumba.

¿Un recuerdo?

 

 

 

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