Donde los ángeles no se aventuran

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Esta vez había transcurrido aún más tiempo desde la última vez que estuve en San Gimignano delle Alte Torre, el Manhattan de Toscana, como lo llama M. debido al impresionante skyline del burgo entre las colinas del Vall d’Else con sus altísimas torres, y eso que solo deben de quedar en pie una cuarta parte de las más de setenta que llegó a tener. La altura de cada torre solía ir pareja con el tamaño del orgullo de la estirpe que la levantaba, en una perpetua carrera entre los linajes locales para ver quién la tenía más alta. Aquel frenesí constructor terminó salomónicamente cuando el comune o gobierno comunal decidió que ninguna torre podrían ser más alta que la torre adyacente al propio Palazzo del Comune. Sí, había pasado tiempo, demasiado tiempo. Me llevó durante mi otoño romano en 1994 mi amigo calabrés de Roma, Fabio Brosio. Algo he tenido que hacer mal en mi vida y algún pecado grave debo de estar expiando para tardar veintiséis años en volver a ver esta maravilla. Tal vez haya de dar la razón a M. y aceptar que no sea demasiado tarde para, como en Torso de Apolo arcaico de Rilke, cambiar de vida: “debes cambiar tu vida”. Aunque solo sea para hacer el firme propósito de regresar a la Toscana todos los años. Y allí estábamos, en la Piazza della cisterna, él en la parte de abajo, escribiendo sus poemas, con su rilkeano aspecto de poeta alemán en Italia, y yo en la parte de arriba, contemplando el panorama, muchísimo más turístico que el de Massa Marittima, que parece ser que no ha recibido las dudosas bendiciones del turismo de masas, sin pretender hacer un juego de palabras.

Antes de visitar San Gimignano conocía el burgo medieval por la película Donde los ángeles no se aventuran, basada en otra novela italiana de E.M. Forster menos famosa que Una habitación con vistas: Monteriano. Where angels fear to tread. La frase es proverbial en inglés y procede de un verso de Alexander Pope: Fools rush in where angels fear to tread, que podría traducirse en castizo como “solo los imbéciles se meten en camisas de once varas”. Y como los ingleses de las novelas de Forster que no pueden dejar de ejercer de ingleses en la Toscana, nosotros paseamos por San Gimignano sin dejar de ser lo que somos: peregrinos de la belleza. Forster fue miembro de los Apóstoles de Cambridge, aquella sociedad secreta dedicada, entre otros menesteres, al culto a la belleza, y cuando se incorporó al círculo de Bloomsbury ya era un autor reconocido de varias novelas, entre ellas las dos de ambiente italiano.

La ciudad toma su nombre de un obispo ilustre, San Gimignano de Módena, quien fue para esta villa lo mismo que Santa Genoveva para París: evitó con sus buenos oficios que Atila la dejase reducida a cenizas. Dante visitó la ciudad en mayo de 1380 en calidad de embajador de la liga güelfa encabezada por Florencia; poco después su ciudad le recompensaría sus sercicios diplomáticos con la pena de un destierro que se demostraría definitivo. No resulta descabellado pensar que Dante se inspiró en las imponentes murallas de San Gimignano y la vecina Monterrigioni para concebir las murallas de la ciudad de Dite en el Averno:

Después a la ciudad nos dirigimos
por las palabras santas confortados.
Entramos sin que nadie lo impidiera.
yo, por el ansia que de ver tenía
el interior de aquella fortaleza,
en cuanto entré, extendí mi vista en torno:
se divisaba una llanura inmensa,
rebosante de penas y tormentos.
Inferno IX, 104-111
Traducción de José María Micó

Nosotros desandamos nuestro camino por la Via San Giovanni, hasta la porta homónima y el baluarte de San Francesco, tomando el camino de Monteriggioni y Siena por la Via Francigena, el itinerario de todos los peregrinos hacia el sur, pues bien sabemos que todos los caminos llevan a Roma.

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