Dos lecturas de verano

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He leído de un tirón dos libros esta semana y los dos son libros que relatan experiencias personales. El primero es Open: An Autobiography del tenista Andre Agassi y el otro, publicado hace escasamente dos meses, se titula Shit My Dad Says, aunque si yo lo tradujera al español lo titularía “Las chorradas que suelta mi padre”, porque si hay algo que no se puede traducir literalmente es el lenguaje soez.

 

El libro de Agassi encaja mucho mejor con el género autobiográfico que el otro, al que llamo libro por llamarlo de algún modo, porque en realidad es una recopilación de frases que Justin Halpern, un joven guionista de 29 años, fue colgando en su Twitter el año que se pasó en la casa del padre, un viejo atrabiliario incapaz de poner más de dos palabras juntas sin intercalar un “fucking” o un “shit”. Las frases no son especialmente ingeniosas ni iluminadoras, pero tienen el desgarro procaz e irreverente del habla oral que oigo continuamente en las calles de Brooklyn o en las mejores canciones de los raperos. Y de ahí mi interés, que es un interés que comparto con millones de lectores, por lo que se ve.

 

Según cuenta Halpern en el prólogo, todo empezó con una broma. Tras romper con su novia, se vio en la tesitura de pedir asilo en la casa de sus padres mientras buscaba sitio donde meterse. El padre, un profesor de ciencias jubilado sin otra cosa que hacer que ver la televisión, se dedicaba a darle la tabarra con sus peculiares comentarios de la mañana a la noche, hasta que un día, mientras trabajaba en el ordenador, Halpern abrió una cuenta en Twitter y empezó a colgar las frases que oía del padre, con el sugerente título “shit my dad says”. Al mes tenía mil seguidores; a los dos meses, diez mil; y en poco más de cuatro, había un millón de personas que seguían las chorradas del padre como si se tratara del oráculo de Delfos. El éxito fue inmediato, extraordinario, desbordante. Las mejores editoriales se disputaban los derechos del libro, que salió finalmente publicado en mayo y que se catapultó al número uno de la lista de ventas del NY Times este junio pasado. Por si ello no bastara, se prepara un sitcom para septiembre inspirado en el personaje del padre y que estará interpretado por William Shatner, el capitán Kirk de la mítica serie Star Trek.

 

El éxito de público, como todo éxito, es siempre un misterio, pero quizá aquí la explicación puede estar en la añoranza por el retorno del padre totémico sacrificado hace ya algunos lustros en Occidente. En efecto, la masculinidad bronca y hasta rancia representada por un padre tonante y malhablado parece atraer a muchos y a muchas, que tras años de corrección política y encorsetamiento feminista, echan en falta al viejo macho de la manada, que bosteza o lanza un rugido mientras se espulga la melena… o la calva.

 

Y hablando de calvas, me acuerdo de Agassi, cuya maravillosa biografía recomiendo a todo aquel que admire a este tenista y quiera ver de cerca –o en su misma piel- la formación de un deportista de élite, con todo lo que ello comporta. Agassi llegó a ser lo que fue como tenista gracias a un padre despótico, obsesionado por el triunfo de su hijo como lo estaba el capitán Ahab por cazar la ballena blanca. El retrato que hace de su padre no es precisamente halagüeño. Áspero, brutal en el trato, exageradamente competitivo, este padre tonante nos quita, de pronto, de nostalgias y añoranzas, y pensamos que el padre bonachón y complaciente, aunque no nos haga campeones de nada, sienta mucho mejor para el equilibrio mental y las buenas digestiones.

 

Toda autobiografía es una reconstrucción más o menos fantasiosa del pasado, sea para bien o para mal. Uno se sienta en el diván y se pone a ensartar los recuerdos como mejor le parece, y normalmente el retrato que sale es muy favorable, por más que aquí y allá haya alguna verruga o la confesión de algún pecadillo. Agassi no es muy diferente en esto, pero tiene una ventaja sobre casi todas las demás relaciones de famosos y famosillos, y es que la suya está muy bien escrita y lo que cuenta, de principio a final, remite a nombres propios que todos conocemos. Así que el morbo está garantizado, que es, sin duda, el ingrediente fundamental al abrir un diario o una autobiografía.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.