Dos Lyndon

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Escena de Barry Lyndon (EE.UU., 1975)

Estamos tú y yo. Yo en mi silla, acurrucado, bajo una manta. Hay nieve allá afuera: los suburbios de la ciudad de Nueva York. Tú te llamas Barry Lyndon y estás mirándome desde la pantalla donde marchas con los soldados hacia la muerte. No mueres, claro. Lo sabemos: muere el que te ayudó. Luego, después de ser un mísero irlandés, te conviertes en alguien. Hasta que ese caballo ─de mierda─ tira al suelo a tu hijo. El dolor, la mirada vacía, la descomposición. Ella, Lyndon, la vida en tiempos de guerra. Yo seguía mirándote bajo la manta que cubría mis piernas. Extasiado, enfermo de Kubrick.

*

Lyndon Johnson, cuando todavía le producía algo de risa haber llegado a Presidente, llevó a los reporteros a su rancho en Texas. Les demostró que la vida podía ser muy simple: una cabaña, una escopeta, cocinar al carbón. Robert Caro llegó a ese pueblo buscando la verdad. Nadie quería hablar. Caro se fue a vivir a las heladas noches de Texas. A esas soledades. Mirando las luciérnagas, echado en medio de la nada: para poder entender al Presidente, al infame. Lo logró.

Robert Caro reproduce con enfermizo detalle los cálculos políticos de 1960, entre los pisos de un hotel, cuando JFK decide convocar a Lyndon como su vicepresidente. Caro describe la rabia infinita de Bobby, y el menosprecio que sufrió Lyndon de parte de los lacayos de Kennedy: se burlaban de su porte, de su acento desgarbado, de su provincialismo.

Después de terminar ese libro, bajo la manta, con el frío de Pleasantville metiéndose entre los vidrios de las mamparas, otra vez, extasiado, me vi en las madrugadas todo lo que encontré sobre JFK. Ese héroe de guerra, ese escritor con futuro en la Academia, ese tímido hijo de un multimillonario. Ese católico que supo calmar a los votantes. E inspirarlos.

Pero el foco del libro es el vicepresidente. Las humillaciones que debió sufrir para llegar a donde estuvo hasta que lo mató─politicamente─esa nube negra de apellido Vietnam. Gracias a Robert Caro, a la persistencia que fue construyendo bajo las noches sólidas de Texas, quienes conocieron de niño a ese pobre diablo llamado Lyndon B. Johnson, ese fabuloso animal político, empezaron a contar la verdad.

 

 

 

 

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