Dr. George Hill Hodel

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El gran esteta de los asesinos del siglo XX, el Dr George Hill Hodel, resume su aportación a la contra-ética y a la a-estética del crimen. Desde su postura, las víctimas serán los esclavos del victimario en el más allá. Esto implicaría un nuevo detectivismo.

 

Todos aquellos que he matado serán mis esclavos. En 1969, y después examinar los mensajes del asesino autodenominado Zodiaco, un profesor del Stanford Research Center alertó a los detectives del caso que la referencia del victimario a la recolección de esclavos para el más allá era un concepto originado en el sudeste de África. Con mayor exactitud, en el sudeste de Filipinas. El académico detalló que el sospechoso podría provenir de tal región o ser alguien conocedor de ésta. Tal era la circunstancia del Dr. George Hill Hodel, a quien incrimina aquél y muchos otros indicios, pruebas grafológicas, análisis criptográficos y semánticos aportados por su propio hijo, el ex detective Steve Hodel con ayuda de diversos expertos.

 

Mis esclavos me esperan en el paraíso. El Dr. George Hill Hodel logró fundir el esteticismo criminal con la razón instrumental que lo condujo a la impunidad absoluta. Un vanguardista que quiso dejar constancia en los cuerpos de la víctimas de sus conocimientos del arte moderno, por ejemplo, el cadáver de Elizabeth Short (La Dalia Negra) seccionado a la mitad reproducía en su parte superior una fotografía de su amigo Man Ray. En la obra Exquisit Corpse. Surrealism and the Black Dahlia Murder (Bulfinch, 2006), Mark Nelson y Sarah Hudson Bayliss reconstruyen todo el tejido de alusiones y resonancias entre el arte y el crimen en relación a dicho asesinato legendario.

 

Todos aquellos que he matado serán mis esclavos. El radiante de campo de los crímenes del Dr. George Hill Hodel fue una macro-instalación, en el peso más artístico del término, que le lleva décadas consumar en un territorio cuyo vértice se origina en el Monte Diablo, en California. Aparte están, desde luego, los asesinatos que habría cometido en otras latitudes, por ejemplo, Filipinas. Su estética de las resonancias, el pastiche, la cita, la parodia, el alcance global de sus propósitos y su sentido expansivo de la acción criminal, que imagina trascender lo mundano y ubicarse en una dimensión ultraterrena, configuran a este genio de la oscuridad como un emblema de la voluntad de poder en la ultramodernidad. En 1990 quiso cumplirse un deseo: compró una estrella y la bautizó con su nombre. La estrella se encuentra en la Constelación del Zodiaco Águila. El trámite se registra en Suiza y consta en el Registro de la Oficina de Derechos de Autor de Estados Unidos.

 

Mis esclavos me esperan en el paraíso. Para lograr que el Dr George Hill Hodel pagara sus crímenes tendría contarse con la posibilidad de entrar en el reino de los muertos. Y disponer de una detective como Natalie Lindstrom, de la que habla Ojos violeta (Roja & Negra Mondadori) de Steve Woodsworth. Ella forma parte de una serie de personas que han nacido con la aptitud de hablar con los muertos. Se caracterizan por tener los ojos de color violeta y se han incorporado, después de recibir instrucción especial, el Cuerpo de Comunicaciones Ultraterrenas Norteamericano, que tiene reconocimiento oficial del sistema judicial para presentar en los tribunales el testimonio de las víctimas de asesinato.

 

Todos aquellos que he matado serán mis esclavos. Puesto a explicar su libro, Steve Woodsworth apunta: “decidí escribir sobre y a partir de una realidad donde, desde el principio, nadie dudara de ello, y que la intriga pasara por otro lado. Y, cuando comencé, enseguida me di cuenta de las innumerables posibilidades dramáticas que me ofrecía un mundo en el que la puerta que separa a los vivos de los muertos está siempre entreabierta”.

 

Una realidad alternativa, añade, en la que cualquier persona podría comprar un cuadro recién pintado por Picasso, o escuchar un cedé de una sinfonía de Beethoven compuesta en ultratumba. El umbral de la codicia y los afectos entrañables, de la ambición y del desinterés. El mundo en su puesta en abismo más complicada: el tiempo reversible y sus costos inimaginables.

Mis esclavos me esperan en el paraíso. En 1983 el Dr George Hill Hodel invitó a su hijo Steve, entonces detective de homicidios en Los Ángeles, a realizar un viaje en globo aeroestático sobre San Francisco: quería mostrarle, sin que él lo advirtiera entonces, la vista desde el aire del territorio de sus asesinatos en serie. Pasarían veinticinco años más antes de que el hijo comprendiera la intención oblicua de su padre. El animal: “la gran ignorancia” filosófica, recuerda Giorgio Agamben (Lo abierto, Adriana Hidalgo, 2006). Y también el fantasma. O el extraterrestre, habría que añadir.

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Sergio González
Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.