Dramaturga y hermana gallinera

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Visita de Folguera a la casa de Lope de Vega, en la que conoce la existencia de una hija del poeta que una de las funciones que tenía en el convento era la de hermana gallinera. 

 

 jardín

Dejadme que os cuente; por fin visité la casa de Lope de Vega. Más o menos todos sabemos que está cerca de la calle Huertas, que tiene unos horarios extraños de acceso al público y que deberíamos ir. Pero habían pasado los años y yo no entraba, no entraba. Fue a raíz de una pequeña exposición, Es de Lope, que han instalado en una de las habitaciones, que escribí a mi tío Jaime contándoselo, y proponiéndole que fuéramos. Jaime recita muchos poemas de Lope, especialmente aquellos en los que el poeta mira atentamente abejas, naranjas y “güertecillos”. Tiene una cierta conexión, ahora que lo pienso, con Emily Dickinson, otra devota observadora de lo pequeño natural -también esta semana he ido a ver La Bella de Amherst, sobre ella, en La Guindalera, pero eso lo cuento en otro momento-. Total, que mi tío Jaime reservó, dos semanas antes, porque esto está muy solicitado, para una visita guiada, y allí fuimos.

 

El jardín de la casa de Lope está reconstruido según mencionó él en un poemilla:

 

                          Que mi jardín, más breve que cometa,
tiene solo dos árboles, diez flores,
dos parras, un naranjo, una mosqueta.

 

Y efectivamente, está el pozo, que, nos dicen, tiene más de veinte metros de profundidad, y el naranjo, y una higuera, y cuadrículas donde crecían las hierbas aromáticas. La señora que nos explica nos cuenta, antes que nada, cómo ha llegado esta casa hasta aquí a través de los siglos, y cómo todo casi todo en ella es una escenificación sobre las pistas que dejó Lope. La señora que nos guía se convierte en seguida en alguien muy admirado, por su capacidad de superponer estratos y permitirnos recordar en todo momento que esto es una reconstrucción, un juego, pero diseñado con atención y respeto a sus propias normas. Por ejemplo, en la casa hay tres espejos, pues así lo indicó Lope en su testamento; la distribución de los espejos sí ha sido intuida por los artífices del juego. En el escritorio hay libros de teología del siglo XVII, que reciben la visita cada semana de restauradores que evalúan su estado. Los libros también se han elegido de manera intuitiva. Lo que sí se sabe seguro es que la cocina estaba en la planta baja, dando al huerto; que el dormitorio de Lope es ese cuarto con un ventanuco que da directo a la capilla familiar, y que el despacho era esa amplia habitación con ventanales a la calle Cervantes, por aquel entonces calle Francos. Es una casa alegre, respira seguridad en sí misma. La luz recorre los pisos y las estancias y podemos decir que hace años fue tan admirada como hoy. Pero, ¿de dónde sacaba el dinero para este pedazo de casa?, nos preguntábamos. La venta de dieciocho comedias, los trabajillos para el duque de Sessa, decimos. No sé si quedan por el barrio casas parecidas, pero no estamos acostumbrados a ver estas proporciones y estas formas en el trazado. La suerte de que se haya conservado así la debemos, sencillamente, a que nadie la derruyó, como sí ha sucedido con la casa de Cervantes, un poco más arriba. El nieto de Lope la vendió y la familia siguiente la mantuvo hasta vendérsela a su vez a la Real Academia de la Lengua, en 1932.

 

Lope

 

La puesta en escena, tal y como nos recuerda la guía, incide mucho en el Lope-padre-cariñoso que parece que fue. Nos asomamos al cuarto donde dormirían Feliciana y Antonia Clara, y al cuarto de Lopico y Carlos Félix. Una cuna del siglo XVII para imaginarnos a ese niño que debió de ser tan dulce:

 

                          Llamábanme a comer; tal vez decía
que me dejasen, con algún despecho:
así el estudio vence, así porfía.

                          Pero de flores y de perlas hecho,
entraba Carlos a llamarme, y daba
luz a mis ojos, brazos a mi pecho.

                          Tal vez que de la mano me llevaba
me tiraba del alma, y a la mesa
al lado de su madre me sentaba.

 

El pobre Carlos Félix murió con seis años, y Lopico murió con treinta, quizá ahogado en la isla Margarita, donde fue a buscar perlas después de pelearse mucho con su padre. Seguramente no era fácil ser hijo de Lope de Vega y además llamarse igual que él.

 

Marcela

 

Las tres hijas que sobrevivieron al padre son, pues, Feliciana, hija de su esposa “oficial”, Juana de Guardo, Antonia Clara, hija de la hermosa y malograda Marta de Nevares, y Marcela, hija de la actriz Micaela Luján. Aquí quería yo llegar: en el escritorio de Lope hay un cuadro donado por el convento de las Trinitarias, muy cercano. En él está Marcela, sonriendo, con un libro en blanco detrás. Marcela se hizo monja en la adolescencia, apadrinada por el duque de Sessa y con cierto disgusto de Lope, que la quería mucho. En el convento, sor Marcela de San Félix se convirtió en dramaturga, y fue estrenada y representada entre las paredes de las Trinitarias. En la clase de la RESAD en la que supe por primera vez sobre su existencia (profesor Fernando Doménech, asignatura Seminario sobre Lope), comentamos en voz alta que ser dramaturga e hija de Lope tampoco debió ser fácil. Wikipedia nos dice que además de escribir teatro y teología fue hermana gallinera, refitolera y madre superiora por tres veces. Lo de refitolera he tenido que buscarlo,  me imaginé que tenía que ver con la repostería pero estaba equivocada, es la hermana responsable del comedor. Supongo que es porque se parece a la palabra profiterol y me tentó la imagen de Marcela con una manga pastelera, coronando buñuelos.

 

Ante ese carisma heredado -atención a la mirada, a la nariz y a los labios; esta tía tiene muy buena pinta, será un mito pero desde luego es verosímil esa lectura que la resume como conjunción del ingenio, chispa, y atractivo de sus padres-, desde aquí quiero lamentarme de la destrucción de la mayor parte de sus obras. Parece ser que escribió cinco libros y una autobiografía, y que antes de morir lo quemó todo por consejo de su confesor, salvo algunas piezas teatrales que se conservan. La autobiografía de Marcela, que tanto nos hubiera gustado leer, pasa entonces al panteón de documentos perdidos y añorados, como el tratado sobre la comedia de Aristóteles o la lista que hizo Johnny Cash para su hija Rosanne, Las 100 canciones esenciales que tienes que conocer para comprender la música sureña.

 

Folguera

 

El Gallinero es la bitácora de un grupo de dramaturgos que interpretan el papel de un periodista. Un espacio donde se informa del teatro que no acostumbra a salir en los medios de comunicación, de los recovecos que componen la vida teatral de Madrid y los espectáculos/ espacios/ creadores/ gestores menos conocidos.   En El Gallinero escribe nico guau, y en una época escribieron muchas más gallinas: Antonio García, El Trapo, Folguera, la señora del fondo, Manuel Rodríguez, Muflón Silvestre, Pelma y gris, Turuleta, Vera Yobardé... Si queréis contactar con nosotros, podéis hacerlo en elgallinerofronterad @ gmail.com, quitándo lo espacios alrededor de la @.