Drogas, mentira y gobierno

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En los últimos días, la capital mexicana ha registrado hechos criminales que destruyen la creencia de que, mientras el resto del país se halla bajo el control del crimen organizado o bajo el descontrol de las autoridades, la mayor urbe disfrutaba de una inmunidad funcional.

 

Aunque ya había evidencias de que las grandes organizaciones criminales actuaban en la Ciudad de México en tanto proveedores de drogas y de armas para distintas pandillas metropolitanas, e introducían en gran escala el saber-hacer de la industria de la extorsión entre industriales, comerciantes y profesionales, las autoridades capitalinas se negaban a aceptar tal actividad.

 

De hecho, negaron que aquella situación existiera.

 

En México, el gobierno actúa, al igual que en otros países del mundo, en el marco de dos niveles de gestión y comunicación: por una parte, la realidad, sus dificultades y contradicciones; por otra, la idea de que al manipular la percepción en el público, se influye en la realidad percibida por éste, e incluso puede revertir o contener al menos, se cree, fenómenos adversos a la estrategia gubernamental.

 

Ahora, el gobierno de la ciudad (en connivencia con el federal) busca repetir el recurso de manipular los hechos: por ejemplo, mientras asciende el peligro del crimen organizado y la delincuencia común, la autoridad logra que su jefe de Gobierno le sea otorgado el premio del mejor alcalde (aunque éste lleve apenas seis meses en el cargo y un periodo más conflictivo que eficiente, rodeado de escándalos de corrupción y negligencia de sus colaboradores).

 

En pocos días, la Ciudad de México registró en el barrio de la Condesa, de fuerte oferta de bares, cervecerías y restaurantes, el asesinato hasta ahora impune de un sujeto en el bar Black Horse; después, 12 personas fueron víctimas de un levantón (especie de secuestro realizado por el crimen organizado, a veces con la complicidad de autoridades corruptas o de criminales disfrazados de policías, que priva de la libertad a un individuo por motivos de venganza o presión) en un bar llamado Heaven de la Zona Rosa (que también presenta una abundancia de alternativas para la vida nocturna). Hasta el momento, se desconoce su destino.

 

Enseguida, cuatro sujetos fueron asesinados en un gimnasio de nombre Extreme Body, y sus ejecutores siguen libres. Ante la beligerancia criminal, las autoridades han buscado manipular la percepción de los hechos: 1) negaron que 12 personas hubiesen sido víctimas de secuestro o levantón; 2) debido a la presión de las familias de las víctimas y algunos medios, se vieron obligados a reconocer lo que antes negaron; 3) rechazan vincular los tres sucesos e insisten en atribuir causas diversas en cada uno de ellos.

 

Sin embargo, ha trascendido que la pugna de fondo en los tres asuntos es la misma: el control territorial para la venta de drogas entre las pandillas La Unión y Los Tepitos. El centro de la Ciudad de México es motivo de tal disputa, que corre el riesgo de convertirse en una guerra a escala si las autoridades no actúan en forma eficaz. El problema es la falta de capacidad investigadora, la corrupción de sus aparatos judiciales y de policía y la errada estrategia comunicativa.

 

Entre 1988 y 1997, la capital mexicana fue considerada una suerte de “ciudad blanca” por parte del entonces cártel dominante en todo México: El Cártel de Juárez. A la desaparición de la escena de su jefe, el sinaloense Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos (que ahora termina de entrar en la imaginería popular con una telenovela homónima producida entre Miami y Colombia), decía respetar el acuerdo con el gobierno para evitar que la capital mexicana fuera campo de guerra u operaciones de la droga, y cuyo mercado al menudeo era discreto y pequeño. A entrar el siglo XXI, la situación cambió por completo.

 

La Ciudad de México está en la mira de los grandes cárteles de la droga (sobre todo, el del Pacífico y Los Zetas, con presencia de La Federación, Nueva Generación, La Familia y otros grupos menores, que a su vez patrocinan las pandillas urbanas que tienden ya a controlar zonas completas a partir de organizaciones flexibles en cuanto a movilidad, armamento, mercadería narcótica y violencia activa o pasiva.

 

Contra la versión oficial, capitalina o federal, de que la violencia ha descendido y en México hay paz en relación al gobierno previo, los hechos muestran, más allá de las manipulaciones estadísticas, un panorama contrario.

Sergio González Rodríguez (Ciudad de México). Estudió Letras Modernas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es narrador y ensayista. Ha sido músico de rock, editor de libros y suplementos culturales y profesor en estudios de postgrado. Desde 1993 es consejero editorial y columnista del diario Reforma y del suplemento cultural El Angel. En 1992 fue Premio Anagrama de Ensayo (finalista ex aequo) en Barcelona, España, con la obra El centauro en el paisaje, y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Dos veces ha sido becario de la Fundación Rockefeller. Autor de diversos libros, en 2002 publicó su relato sobre violencia, narcotráfico y asesinatos contra mujeres en la frontera de México y Estados Unidos titulado Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Literario Lettre/Ulysses 2003 en Alemania, obra que se ha traducido al italiano y al francés. En 2004 publicó la nouvelle El plan Schreber, en 2005 una novela titulada La pandilla cósmica y en 2006 su ensayo narrativo De sangre y de sol. En 2008 publicó su novela El vuelo y en 2009 su crónica-ensayo sobre decapitaciones y usos rituales de la violencia El hombre sin cabeza, ya traducida al francés. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México.