Drones de hielo sobre el Madrid de los Austrias

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Si las tormentas de verano suelen resultar reparadoras frente al mercurio derramado por el estío, la primera tormenta de granizo del verano de 2015 (cuando junio se convirtió en agosto, y julio se multiplicó a sí mismo), resultó una bendición para los vecinos del Madrid de los Austrias, el pasado 23 de julio.

 

Si las tormentas de verano suelen resultar reparadoras frente al mercurio derramado por el estío, la primera tormenta de granizo del verano de 2015 (cuando junio se convirtió en agosto, y julio se multiplicó a sí mismo), resultó una bendición para los vecinos del Madrid de los Austrias, el pasado 23 de julio. Cuando los truenos sonaron al sol, no sintieron ningún miedo, sino esperanza ante el descendimiento de tan esperado maná líquido. La lluvia reparadora cambió el orden de los factores, invirtiendo el clima. Lo que venía siendo canícula apretada con llave inglesa, se tornó baile de disfraces dentro de un palacio de hielo.

 

¡Oh, tormenta, felicidad liberadora de la asfixia! ¡Sed bienvenida!

 

¡Qué bombardeo de bolas de hielo, contra tejados, cúpulas y pavimentos! 

 

¡Qué retumbar de tambores bajando del cielo, como en un catártico concierto de pateos!

 

El ofidio del calor retrocedía ante aquel ejército líquido, que atacaba asistido por drones de granizo.

 

Parecía granizar con más fuerza que nunca, como si el Madrid de los Austrias, en vez de en una atalaya manchega, estuviera emplazado en las costas del mar Caribe.

 

Y no es que la tormenta resultara breve como un suspiro, duró como dos tormentas, lo que la hizo aún más deseable. Aunque no pasara de los 15 o 20 minutos, se formaron charcos, se escucharon sirenas de bomberos en lontananza, y alguna que otra voz de los viandantes refugiados bajo los aleros, o en los vanos de las puertas.

 

Antes de pasada media hora todo lucía seco, el cielo obscenamente azul, y la calor travestida de forzudo vengativo. Para más inri, a lo largo de la tarde se fue levantando bochorno, una indigna epidemia frente a la que suele estar inmunizada la capital de España.

 

A veces, que no se cumplan nuestros sueños, resulta menos pernicioso que el precio que debemos pagar por verlos cumplidos fugazmente.

 

 

Fotos: J.A. VIZCAÍNO C.