Duelos

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Mi perro Teo murió de cáncer. El 20 de diciembre pasado tuve que armarme de valor y acompañarle a dormir para evitarle sufrimientos mayores. Tenía diez años. Un bóxer enorme, marrón y blanco, gran animal. Desde entonces he tenido la extraña sensación de estar incompleta, de caminar con triste incomodidad y de creer que, a mi lado, hay mucho espacio sin ocupar

Me pregunto si merezco mis manos

Fedosy Santaella

 

 

Sepan ustedes, que aún no me conocen, que si algún día llegan a verme con las uñas largas esmaltadas en algún tono de la popularísima gama Valmy o, lo que sería todavía más penoso, con unas postizas de acrílico con uno de esos diseños florales de efecto escarchado, como las he visto lucir a montones en mi ciudad natal, es momento de llamar al 112, a la Policía Nacional o a mi propia madre, porque habré perdido por completo y para siempre, el juicio y la razón.

 

Últimamente no las recordaba tan pálidas, tan arrugadas. Todo tiene su explicación, pero en general siempre he estado cómoda con mis manos. ¿Gigantescas, verdad? Y quizás masculinas para el gusto de algunos pero, sobre todo, útiles, inofensivas y eso, con un alto sentido del ridículo.

 

Entre el oro, las piedras preciosas, el brillo y ellas siempre ha existido una distancia estética infranqueable. No sucede lo mismo con la plata y el acero inoxidable, con estos sí ha habido sinergia. El platino es, digamos, un elemento que escapa de cualquier posibilidad; aun así mi muñeca izquierda aguarda paciente. Soy mujer de un solo reloj en la vida, desde los quince lo sé, pero, como todo, lo bueno requiere trabajo. Mientras tanto uso cualquier cosa.

 

Diestras en lo que saben, agarrar un lápiz, un libro, gesticular, prender un cigarrillo, teclear, consolar a alguien, lo básico; y siniestras, torpes en su propia ignorancia, como con las bellas artes, por ejemplo, que nunca se le han dado bien. Suaves y venosas, como el resto del cuerpo, de dedos largos y gruesos, jamás han portado un aro matrimonial y no por falta de compromiso, más bien ha sido falta de voluntad. Ellas saben de amor.

 

Con estas manos acaricié el pelo blanco de mis abuelas, sigo tocando a mis padres, a mis hermanos y he cargado a mis sobrinos, hecho irrepetible considerando que unas ya se fueron y otros han crecido demasiado. Todo un lujo y por decirlo de alguna otra manera, un récord personal en la historia familiar del toqueteo.

 

Hoy fui por la Tarjeta Sanitaria. Ahora tengo un médico de cabecera mujer y una enfermera hombre. ¿Se puede aspirar algo mejor en la vida? El asunto es que, durante la caminata de regreso vi una foto que llamó mi atención en La Fábrica y entré. Rápidamente, el encargado me invitó a ver la vídeo-instalación de una artista finlandesa llamada Athila y, aunque el audio no era del todo claro, a los pocos minutos de contemplar las imágenes comprendí. Se trataba de una mujer a quien se le había muerto su perro. Parte de la traducción decía “… cuando Luca murió el 11 de agosto, […] estar en casa se sentía vacío y sin sentido. Parecía que todos los objetos se habían alejado y convertido en anónimos. Sentí que una parte de mis sentidos habían sido amputados y que todo a mi alrededor había perdido su identidad. Pienso que la cosa más horrible que puede suceder es la muerte de un hijo. Yo nunca tuve hijos”.

 

Mi perro Teo también murió de cáncer. El 20 de diciembre pasado tuve que armarme de valor y acompañarle a dormir para evitarle sufrimientos mayores. Tenía diez años. Un bóxer enorme, marrón y blanco, gran animal. Desde entonces he tenido la extraña sensación de estar incompleta, de caminar con triste incomodidad y de creer que, a mi lado, hay mucho espacio sin ocupar.

 

Ahora sé por qué seguí el impulso de entrar en aquel lugar, sentada allí sola en el pequeño cuarto oscuro frente a esas imágenes. Sentí alivio. Tras la muerte de Luca, la artista viajó a África Occidental buscando consuelo y se refugió en una residencia ubicada en algún lugar de Benín, frente a una iglesia católica. Hacía mucho calor y dormía con las ventanas abiertas bajo un mosquitero para protegerse de la plaga. Todas las mañanas se despertaba escuchando el mismo ritual. Dice en el vídeo: “… las campanas de la iglesia comenzaban a sonar. Primero repicaban lentamente, cuatro veces en intervalos iguales ding-ding-ding-ding. Esto despertaba a los alrededores. Luego había una pausa. […] Durante esta pausa los perros de las casas cercanas se levantaban y corrían al camino frente a la iglesia. Después las campanas comenzaban a sonar más rápido y más fuerte ding-dong, ding-dong, ding-dong, ding-dong… y los perros a las puertas de la iglesia comenzaban a aullar con ellas aou, aouuuu, aou, aou, aouuuu, aouuuu… cada uno en su propia voz. Cada mañana desperté con esta oración canina, simplemente me quedaba allí, los ojos todavía cerrados, sonriendo a la oración de los perros”.

 

Porque hay veces en las que sólo se puede hablar de esas heridas que no causaron dolor, de cicatrices invisibles y rasguños de amor; sólo de aquellos besos húmedos, mordiscos involuntarios y de amistades verdaderas que unas manos no pueden olvidar tan fácilmente, aunque haya instantes como el de hoy, en los que la cotidianidad deja de serlo para dar lugar a lo maravilloso y recibir nuevamente el mensaje, claro y rotundo: todo va a estar bien, ¿sabían ustedes?

 

 

 

María Isabel González es egresada de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) de Venezuela. Vive en Madrid y es alumna regular de Fuentetaja (Escritura Creativa y Periodismo Literario)

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Autor: María Isabel González