Durmiéndonos camino al Bronx

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Solo recuerdo habernos pasado de la estación de Bryant Park donde teníamos que hacer un cambio de trenes y habernos despertado al final de una línea en Brooklyn que exigía salir a la calle y cruzar al otro lado para tomar el tren de vuelta. "Nada nuevo, nada mal", pienso. Me encanta caminar de noche.

 

«Nos quedamos dormidos». Solo así se explica que saliéramos del Bembe a las 3 y llegáramos a mi depa en el Bronx a las 7. Solo recuerdo habernos pasado de la estación de Bryant Park donde teníamos que hacer un cambio de trenes y habernos despertado al final de una línea en Brooklyn que exigía salir a la calle y cruzar al otro lado para tomar el tren de vuelta. «Nada nuevo, nada mal», pienso. Me encanta caminar de noche.

 

Mi primo asiente. Aquella madrugada hemos sido el típico espectáculo neoyorquino de dos amigos extenuados, durmiendo junto al otro en un vagón semivacío. Bembe ha estado bien, el DJ es amigo del grupo, un muchacho de Túnez que nos ha ido llevando durante la semana a los clubes donde lo dejan poner música.

 

«¿Estuvimos en el depa de Mariela?» le pregunto. Él asiente. Vagamente recuerdo un departamento estrecho al que llegamos subiendo unas largas escaleras de madera. Mariela, muy gorda, apretaba su cuerpo contra mi primo mientras entrábamos a su sala, como si no pudieran pasar por allí los dos juntos, y le jalaba la mano queriendo llevárselo al dormitorio. Yo me estaba acomodando para dormir en un sofá cuando mi primo me dijo «Vamos» y escapamos a la noche del Village a buscar un tren.

 

Hemos salido las tres noches seguidas y nos ha sentado bien. Ambos ya pasamos de la edad en que no se veía mal eso de estar borrachos en el tren y tambaleándose con los ojos semicerrados en busca de un café. Mi primo quería estudiar inglés. Se fue a vivir a un pueblo universitario en el estado de Nueva York. Después de un semestre ya se quería regresar a Lima porque se dio cuenta de que aprenderlo bien le iba a tomar demasiado tiempo. Ésa era su última semana en Nueva York.

 

Nos sentamos en el Diner de Bedford Park Boulevard con Jerome y pedimos hamburguesas. Durante la semana en que se ha quedado conmigo, mi primo ha desarrollado─o ha dejado salir─su pasión por la comida americana. Hamburguesas con papas fritas es el menú de toda la semana. Mientras desayunamos, él me recuerda que el domingo iremos a ver una carrera de NASCAR, que el lunes llega su novia de Lima ─Leyla─, y que se muda con ella a un hotel en Manhattan hasta el próximo viernes, en que Leyla vuelve y él se queda tres días más conmigo antes de viajar al Perú.


Nos turnamos manejando hasta el circuito NASCAR. Es un viaje de un par de horas hasta el área de las montañas Pocono en Pennsylvania. Sentados en las escalinatas frente a la pista, compruebo que el sonido de la velocidad tiene cierta cualidad hipnotizante. Sin embargo, después de las 50 vueltas tendría que ocurrir un choque con mucho ruido de fierro─y mucha sangre─para que ese espectáculo tan monótono se volviera interesante. Alrededor de la pista de carreras hay una playa de estacionamiento gigante donde los dueños de camionetas enormes, conversan junto a una parrilla y toman cerveza. Después de la vuelta 60 nos vamos a caminar entre una ferie de puestos de venta donde se vende todo tipo de comida americana. Pedimos hamburguesas, tomamos cerveza y comprobamos que somos muchos los que no estamos sobre las gradas mirando a los autos dar una vuelta tras otra. Mi primo maneja de regreso al Bronx, llegamos ya de noche y nos vamos a dormir temprano porque mi primo debe ir a recibir a Leyla al aeropuerto. «Si ella te pregunta qué hicimos, no le digas que hemos salido de noche» Me dice algo acerca de sus celos enfermizos. Acostumbrado a levantarse de madrugada para ir a trabajar en Lima, mi primo se despide en la oscuridad. Se ha duchado y se va al aeropuerto.

 

Imaginé que no lo vería durante la semana. Sin embargo, el lunes me llama para invitarme a ver una obra recién estrenada en Broadway: The Drowsy Chaperone. Estaba bien, los tres nos reímos mucho. Mi primo está feliz porque comprueba que ese semestre de inglés intensivo ha rendido algún fruto. Converso con Leyla, que no es─ni de cara ni de cuerpo─nada del otro mundo, y compruebo que cuando mira a mi primo y le habla, sostiene la mirada de manera manipuladora. Vamos a cenar a un Fridays, pedimos hamburguesas.

 

Allí compruebo que era cierto lo de los celos: tras agarrarme confianza, ella intenta sacarme ─oblicuamente, mientras él está en el baño─,  información sobre nuestro fin de semana. Habíamos estado hablando de mi primo como yo, tal vez por una cuestión genética, tendemos a quedarnos dormidos mientras manejamos. Zanjo el tema diciéndole que todos los días mi primo se duerme después de caminar por la ciudad. «No hemos podido salir ninguna de las noches porque a las 9 tu novio ya se quedó jato».

 

La mañana siguiente me citan para tomar el bote que va hasta la Estatua de la Libertad. Vamos a Ellis Island. Tomamos el último ferry de regreso a Battery Park y allí me dice mi primo que ya no nos veremos hasta Lima, porque Leyla lo ha convencido de tomar el avión juntos al día siguiente e irse a pasar el resto de la semana de vacaciones que le queda a ella en Máncora. Han reservado y pagado los pasajes a Tumbes y el hotel en Máncora, así que no hay nada que hacer. Los convenzo de acompañarme y tomarnos unas cervezas de despedida en McSorleys, y estando allí mi primo tendrá que fingir, pretender como que jamás ha estado antes en ese lugar y escuchar con atención, otra vez, las pocas cosas que sé acerca de la historia del bar irlandés más antiguo de Nueva York. Cosas como «hasta los 70s aquí no podían entrar las mujeres», «al piso no le han pasado un trapo desde que se inauguró el local, solo le tiran aserrín y lo barren», etc. Mi primo responderá a todo con un «No juegues» y yo me aguantaré la risa. 

 

Nos despedimos en Manhattan con un abrazo, que en ese momento pretende abarcar nuestras aventuras de infancia entre las peñas de una playa en la costa de Arequipa, y aquellos regresos ─las 8 largas horas de viaje a Lima por la carretera Panamericana─ en que los primos viajábamos apretados, en la tolva de la camioneta que su padre utilizaba en Lima para ganarse la vida distribuyendo mercadería de bodega en bodega. El abrazo de despedida también quiere incluir aquellas conversaciones de nuestros 13, 14 y 15 años que hicieron que nos volviéramos amigos. Mando con él saludos a toda la familia: le pido que les informe que acá en Nueva York, yo estoy muy bien.

 

Y después de dejarlos, en el tren que va hacia mi departamento en el Bronx, me quedaré dormido.