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Mientras tantoEcos de Delibes

Ecos de Delibes


Da comienzo El camino con una de esas grandes frases destinadas a dejar huella en la literatura y la conciencia colectiva, a la altura de Cervantes o Espronceda: “Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo, sucedieron así”.

Algo parecido podría decirse de la biografía de Miguel Delibes. Licenciado y doctor en Derecho, catedrático de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid, periodista y caricaturista, director de El Norte de Castilla, cazador y ecologista —algo que, a diferencia de lo que la mayoría, hoy día, opinaría, no resulta contradictorio—; esposo, padre, hermano, amigo. Infinitud de roles que, sin embargo, nunca lo alejaron de la escritura. Podía haber sucedido de cualquier otra manera y, sin embargo —por suerte—, no sucedió así.

Una serie de temas pueblan la obra de Delibes —la infancia, la muerte, el progreso, la defensa de la naturaleza—, hilos que recorren su narrativa, se entrelazan con sus personajes y acompañan la vida y el pensamiento del propio autor. Como afirmó en el discurso de entrega del Premio Cervantes: “Mis personajes son, en buena parte, mi biografía”. Cada uno de ellos encierra en sí pequeños fragmentos del autor, tal como él mismo explicó: “Toda novela, todo protagonista de novela lleva dentro de sí mucho de la vida del autor. Vivir es un constante determinarse entre diversas alternativas (…) debe contar el novelista con la facultad de desdoblamiento: no soy así, pero pude ser así”. 

Esta capacidad de desdoblarse le permitió dar voz a la infancia, a la que otorgó un singular protagonismo, transmitiendo, de un modo que escapa a la mayoría de quienes han alcanzado la edad adulta, su realidad y sus misterios. Como ya afirmó Rainer Maria Rilke “la verdadera patria del hombre es su infancia”, algo que Delibes compartía y a lo que añadió “es la patria común de todos los mortales”. Por eso sus héroes son muchas veces niños, una rara avis en la literatura. Son personajes entrañables como Daniel, el Mochuelo, Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, (El camino), Quico (El príncipe destronado), Nini (Las ratas) y hasta Azarías (Los Santos inocentes) que, sin ser estrictamente un niño, en el fondo, también lo es. Seres únicos, irrepetibles, que sufren la dificultad que supone vivir en un mundo dictado por normas y estructuras adultas, tan irracional y muchas veces incomprensible para un niño: “Los grandes raramente se percatan del dolor acerbo y sutil de los pequeños” (El camino). 

Este dolor nace también, con frecuencia, del choque entre idealismo y realidad. La realidad se impone inevitablemente y obliga a dejar atrás la niñez, muchas veces de forma truncada y prematura. La conciencia de la muerte, al igual que la miseria que acompaña a la mayoría de sus protagonistas, es, en muchos casos, un motivo que les empuja a abandonarla. Revela a sus personajes la existencia del sufrimiento, la implacable marcha del tiempo y la pérdida de la inocencia infantil, marcando el tránsito hacia la vida adulta: “Algo se marchitó de repente muy dentro de su ser: quizá la fe en la perennidad de la infancia. Advirtió que todos acabarían muriendo, los viejos y los niños (…) Vivir era ir muriendo día a día, poquito a poquito, inexorablemente”, “en adelante nada sería como había sido” (El camino).

La muerte obsesionó a Delibes desde niño y se concretaba en la conciencia del futuro e inevitable fallecimiento de su padre, por quien sentía un profundo afecto: “Cuando comencé a discernir sobre la vida y la muerte, él contaba ya cerca de sesenta años, la edad prácticamente de la muerte (…) Sin embargo, no me planteaba el problema económico, aunque mi padre era el único sostén de la familia, sino el amargo problema del desasimiento: el dejar o ser dejado”.

Esta filosofía del desasimiento, del “dejar o ser dejado”, la vivió también de primera mano cuando le fue arrebatado su “equilibrio”, Ángeles, su mujer y la auténtica Señora de rojo sobre fondo gris, “cuya sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”. Ese dolor lo comparten también muchos de sus personajes y está especialmente presente en La sombra del ciprés es alargada, tanto por la metáfora que encierra el propio título —el ciprés, asociado tradicionalmente a los cementerios, cuya alargada sombra simboliza la omnipresencia de la muerte— como por la visión del mundo de sus personajes, como la de Pedro, que está sumido en un pesimismo existencial marcado por la tristeza y el desengaño que provoca la pérdida. Así, sus héroes, como la gran mayoría de sus personajes, distan mucho de aquellos que forman el imaginario tradicional. Su novela, como él mismo afirmó, es, en general, “novela de perdedores, de seres humillados y ofendidos, pobres seres marginados que se debaten en un mundo irracional”. 

Paladín del alma rural, vio como esta irracionalidad y la injusticia se sufría especialmente en el mundo rural, lugar al que iba alienando el progreso. Por eso su obra, es, con frecuencia, más denuncia que relato, y sus personajes también la encarnan. Sufren profundamente y se rebelan contra las consecuencias de este progreso, aun viéndose obligados a afrontarlas, “A Daniel, el Mochuelo, le dolía esta despedida como nunca sospechara. (…) No le interesaba el progreso. El progreso, en verdad, no le importaba un ardite. Y, en cambio, le importaban los trenes diminutos en la distancia y los caseríos blancos y los prados y los maizales parcelados (….) y el rincón melancólico donde su amigo Germán, el Tiñoso, dormía el sueño eterno (…) y los movimientos lentos de su madre en los quehaceres domésticos (…) y tantas y tantas otras cosas del valle. Sin embargo, todo había de dejarlo por el progreso”.

El éxodo rural, amparado en esta idea de progreso, marcó gran parte del siglo XX, dejando una profunda huella en la vida de muchos españoles. Forma parte de la historia de numerosas regiones, no solo de la Castilla de Delibes. Afectó a innumerables personas, especialmente a quienes nunca pudieron volver a su tierra natal o a quienes sí lo hicieron, pero demasiado tarde: “Gerardo se fue y a los veinte años de su marcha regresó rico. No hubo ninguna carta de por medio, y cuando el Indiano se presentó en el valle, los gusanos ya se habían comido el solomillo, el hígado y los riñones de su madre, la carnicera” (El camino).

Pero a Gerardo, igual que a Daniel, no se le ofrecía ninguna elección; el mundo rural se volvía cada vez más inhóspito, y las familias pensaban únicamente en salvar a sus hijos del drama, aun a costa del sacrificio a pagar: “No, el chico será otra cosa. No lo dudes —decía su padre—. No pasará la vida amarrado a este banco como un esclavo. Bueno, como un esclavo y como yo” (El camino). 

Sin embargo, de manera contradictoria, ese mismo progreso empuja a menudo a los seres humanos hacia la incertidumbre y ha terminado engendrando nuevas formas de esclavitud y nuevos éxodos. Aún hoy provoca otro tipo de emigración —la económica— y ha dado lugar a lo que Zygmunt Bauman bautizó como tiempos líquidos: “el paso de la fase sólida de la modernidad a la líquida (…) en la que las formas sociales se descomponen y se derriten antes de que se cuente con el tiempo necesario para asumirlas”. Algo similar advertía Delibes al señalar la gran distopía hacia la que avanzamos, que, a su juicio, parece conducirnos a escenarios próximos a los de Huxley y Orwell, y al plantear la gran pregunta: “¿No se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?”. 

Durante años vio cómo su férrea defensa a favor de la naturaleza iba sigilosamente siendo minada por el progreso y su ímpetu arrollador. Como planteó en Un mundo que agoniza, título que en sí mismo ya es un lamento por el rumbo del mundo, “no importa tanto la inminencia del drama como la certidumbre, que casi nadie cuestiona, de que caminamos hacia él”. Vaticinó lo que el nobel de química Paul Crutzen y el ecólogo Eugene Stoermer bautizarían como el Antropoceno, para designar una nueva época geológica que se caracteriza por el impacto de las actividades humanas, convertidas también en fuerzas geológicas significativas.

Vio también cómo esta nueva dirección que se imponía no solo transformaba y degradaba la naturaleza, sino que arrebataba al mundo rural la posibilidad de avanzar hacia sus propios protagonismos, obligándolo a adaptarse a estructuras impuestas desde fuera —las definidas por las urbes y el progreso— y forzándolo a una disyuntiva: alienarse o ser alienado. El mundo rural se vio así empujado a abandonar su camino y, en cierto modo, a traicionarlo. “Hijos, en realidad, todos tenemos un camino marcado en la vida. Debemos seguir siempre nuestro camino, sin renegar de él —decía don José— (…) Algunos —dijo— por ambición, pierden la parte de felicidad que Dios les tenía asignada en un camino más sencillo. La felicidad —concluyó— no está, en realidad, en lo más alto, en lo más grande, en lo más apetitoso, en lo más excelso; está en acomodar nuestros pasos al camino que el Señor nos ha señalado en la Tierra. Aunque sea humilde” (El camino). 

Y ese camino —El Camino— es precisamente el que Daniel, el Mochuelo, como tantos otros antes y después de él, se ve obligado a abandonar: “Cuando empezó a vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin”. 

La lección de Delibes permanece intacta. Anticipó con lucidez las consecuencias del rumbo que íbamos tomando. Su literatura, aún hoy —quince años después de su muerte— , en un tiempo en el que además el progreso avanza a un ritmo cada vez más acelerado y los campos y la vida natural se agotan, continúa advirtiéndonos de la fragilidad del mundo, del eterno sufrimiento humano y, sobre todo, de la urgencia de proteger lo poco que aún conserva su autenticidad. Ojalá todavía queden mochuelos en el mundo a los que no obliguemos a echar a volar. 

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