Edgar Allan Poe, un maestro del suspenso

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Cuando Edgar Allan Poe escribió el poema “El cuervo”, su vida cambió para siempre. Los niños norteamericanos lo seguían por las calles imitando el vuelo y el graznido del pájaro negro que inmortalizó con sus letras. Poe fue el primer escritor de la literatura contemporánea que procuró vivir exclusivamente de su pluma, creando: “Las cuatro condiciones para la felicidad son el amor de una mujer, la vida al aire libre, la ausencia de toda ambición y la creación de una belleza nueva”.

 

Edgar tuvo una infancia muy difícil. Sus padres actores murieron cuando apenas era un niño y fue adoptado por Frances y John Allan, un matrimonio acaudalado de Virginia, Estados Unidos. Su madrastra fue un ángel en su vida y su muerte tiempo después lo acongojará por años enteros. Con su padrastro John jamás intercambiará más que las palabras necesarias de convivencia.

 

Su carrera literaria comenzó con un libro de poemas, “Tamerlane and other poems”, en 1827. Por motivos meramente económicos, comenzó a escribir textos más largos y poco a poco sus cuentos cortos comenzaron a ser reconocidos en el ambiente de las letras. Pese a todo, Poe fue mucho más reconocido en vida por sus críticas literarias que por sus relatos. En sus análisis literarios era mordaz e incisivo, por lo que un cierto círculo de escritores no le tuvo nunca demasiado aprecio.

 

Colaboró activamente en diarios y revistas locales, hasta llegar a ser jefe de edición de una de las revistas literarias más importantes de la época, la Burton’s Gentleman’s Magazine. Sus problemas de depresión le causaron otros con el alcohol, que ya se había llevado a su hermano mayor Henry tras una penosa muerte.

 

Luego de alistarse en el ejército por algunos años y estudiar Letras en la Universidad de Virginia por una temporada, Edgar se casó a los veintiséis años con su prima de trece, Virginia Eliza Clemm. Pese a lo extraño de la situación, Poe buscará en el matrimonio la figura de mujer ausente en su vida. Pero Virginia vivirá unos años más y morirá de tuberculosis, situación que sumió a Edgar en una profundad depresión y debilidad vital. Pese a todo, siguió adelante como siempre: “La muerte de una mujer hermosa es, sin duda, el tema más poético del mundo”.

 

Una legión de escritores admiró a Poe. El francés Charles Baudelaire se obsesionó con su obra y fue el impulsor de la traducción de sus escritos al francés y de su creciente fama en toda Europa. Arthur Conan Doyle se inspirará en su personaje Auguste Dupin para crear al detective más famoso de todos los tiempos, Sherlock Holmes. Julio Verne encontrará inspiración para sus ficciones y Stephan Mallarmé dirá que Poe “es el dios intelectual de su siglo”.

 

El argentino Julio Cortázar fue el principal impulsor de la traducción de sus obras a la lengua castellana. Y Jorge Luis Borges uno de sus fervientes admiradores: “Poe indisolublemente pertenece a la historia de las letras occidentales, que no se comprende sin él. También, y esto es más importante y más íntimo, pertenece a lo intemporal y a lo eterno, por algún verso y por muchas páginas incomparables”.

 

Edgar era un hombre atlético y apuesto. Las mujeres morían por él y dejaban escapar cientos de suspiros cuando el escritor aparecía por alguna fiesta social o recitaba sus poemas en voz alta. Era un hombre inquieto intelectualmente, interesado en muchos otros temas más allá de la literatura, como la criptografía, el mundo del cosmos, la pintura y el arte. Pero nada lo hacía disfrutar más que la escritura de sus relatos: “No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es  un sueño”.

 

Sencillo y de una sensibilidad apabullante y sincera, poseía una cultura general que impresionaba: “Puede decirse que es un defecto ser demasiado profundo. La verdad no siempre está dentro de un pozo”. Maestro del suspenso, escribió cuentos memorables como “El gato negro”, “El pozo y el péndulo” y “Manuscrito hallado en una botella”, entre otros tantos relatos memorables.

 

Poco antes de morir, en 1849 a los cuarenta años, la vida le regaló a Edgar la promesa de un nuevo amor, Sarah Elmira Royster, una amiga de su juventud. Sarah lo alejó de los vicios y las depresiones, pero poco antes de su casamiento, Edgar desapareció unos días y fue hallado en las calles de Baltimore en estado de delirio y luego trasladado al hospital donde murió una semana después. Las causas de su muerte jamás se esclarecieron.

 

Dejó escrito en una de sus últimas cartas: “Mi vida ha sido capricho, impulso, pasión, anhelo de la soledad, mofa de las cosas de este mundo; un honesto deseo de futuro”. Auténtico maestro literario de escritores como Dostoyevski, Faulkner, Kafka, Lovecraft, Bierce y Mann, no perdió nunca el sentido del humor en medio de la adversidad: “Nunca he llegado a saber si la risa engorda a la gente o si la gordura predispone a la risa”.

 

Y su legado es haber sido, además de un excelente escritor, un perpetuo contemplador de la naturaleza humana. Un visionario y un hombre sin temor a soñar. Un hombre decidido a vivir para cumplir sus sueños: “Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan solo de noche”.

 

 

 

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