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ArpaEdith Stein. Judía, filósofa, santa

Edith Stein. Judía, filósofa, santa

Edith Stein

Suma de dificultades

En la medida de sus posibilidades, Edith Stein siguió activa en el ambiente católico de la época. También ayudaba a amigos y familiares perseguidos. Una de sus protegidas, Ruth Kantorowicz, quien hacía tiempo había perdido su trabajo como bibliotecaria, se alojó, en el verano de 1935, cerca del Carmelo de Colonia. Luego, en 1936, fue a los Países Bajos con la intención de ser admitida en el Carmelo de Maastricht, pero, aunque contó con el apoyo de la priora y la maestra de novicias, el resto de las carmelitas votó en contra de su ingreso. El hecho de su reciente conversión pudo pesar en este resultado adverso. Por su parte, imaginando a su amiga “desconcertada y desvalida”, en agosto de 1937 Edith le escribió a la artista plástica Hedwig Dülberg, preguntándole si podía viajar para encontrarse con ella y consolarla. Cada vez más preocupada, reiteró el pedido en diciembre, en tanto que Ruth se dirigía a probar suerte con las “ursulinas de Venlo”. Para alentarla, Edith le aconsejaba que aprendiera holandés y que buscara trabajo, pero su amiga argumentaba que de nada serviría, que solo había posibilidades en aquellos para los que no calificaba, e insistía en su decisión de ingresar en un convento. Temiendo que su estado de desamparo despertara “la sospecha” de que solo buscaba refugio, Edith insistió ante Hedwig Dülberg: “Usted es la persona que mejor podría ayudarle…”.

Edith también se dirigía a amigas, seculares y religiosas solicitando que visitaran a su hermana Rosa, que se sentía “muy sola”. “Tengo que cuidar de una larga lista de futuros sacerdotes y religiosas. Apenas si hay ahora intención más urgente”, comentaba Edith en una de sus cartas, replicando de alguna manera lo que había hecho una ilustre antecesora, Teresita de Lisieux, al rezar por misioneros y sacerdotes. A su vez, era consciente de que, en momentos de pobreza y oscuridad, cuando la ayuda material escaseaba, muchos se refugiaban en la religión y precisaban auxilio. Visto así, nada era “más urgente” que estos estuvieran a la altura de las circunstancias. Sobre todo cuando, en 1937, al mejorar la economía alemana, el régimen sumaba adeptos y los opositores eran perseguidos, encarcelados, torturados o asesinados.

En aquel contexto, Edith le aseguraba a conocida: “No estamos tan rigurosamente aisladas como usted imagina”. Incluso enterada del caso particular de su destinataria, la invitaba a tener “mucho valor, confianza en Dios y paciencia consigo misma”. Se trataba de un deseo, consejo o regla de comportamiento que ella misma había asimilado y en la que persistía cuando, a principios de septiembre de 1937, con escaso tiempo para el trabajo filosófico, debió oficiar como enfermera. Luego de diez semanas de aquí para allá (“el trabajo de enfermera es una ocupación ambulante”), y recordando tal vez la Primera Guerra Mundial, escribía:

“Que una carmelita filosofe, es algo inusual, y desde luego no es lo más importante en su vida. Y si construyera sobre ello su dicha, tendría muy mala base”. Aun así, en los dos últimos años había escrito “un grueso libro” que se encontraba en imprenta, en Salzburgo, aunque “obstáculos externos” paralizaban “el comienzo de la impresión”.

También recibía noticias de lo que atravesaba su familia. Los hijos de Erna, de 16 y 15 años, continuaban “acudiendo a la escuela ‘Viktoria’ y al instituto Friedrich, a pesar de todas las dificultades”. Aunque sus padres “a veces” pensaban en “planes de emigración”, el desarraigo les resultaba inimaginable. Tampoco Edith analizaba la perspectiva del exilio. Al mismo tiempo, no sentía “nostalgia” del pasado porque, decía, “esta desaparece cuando una aterriza en su verdadera patria”. Por lo pronto, pedir una foto del sepulcro de su madre y sostener correspondencia con sus familiares la ayudaba a sentirse cercana a todos ellos.

Entretanto, si bien la primera parte de su obra en dos volúmenes sobre Ser finito y ser eterno estaba en la imprenta, a mediados de 1937 consideraba que necesitaba “algún tiempo” para pulir el segundo tomo. Tiempo, precisamente, que no sobraba ese año de la celebración del tercer centenario del convento carmelita. El 20 de septiembre de 1937 Edith Stein envió el cronograma de las celebraciones a un profesor de filosofía de la Academia estatal de arte de Düsseldorf. Además, participó en tareas organizativas, encargándose de componer el índice y la bibliografía de la obra conmemorativa Bajo el cetro de la Reina de la paz. Trescientos años del Carmelo de Colonia, escrita por su superiora Teresia Renata del Espíritu Santo. Las actividades transcurrieron entre el jueves 30 de septiembre y el domingo 3 de octubre. Esos días, desde las seis hasta cerca de las once horas de la mañana se sucederían varias misas. Por la tarde, primero a las cinco y luego a las siete y media, tendrían lugar las predicaciones y otras actividades. El domingo 3 de octubre se realizó el acto de clausura. Una abigarrada pompa rodeaba las circunstancias. La iglesia Santa María de la Paz envió al Carmelo la imagen de “la Reina de la Paz”, que fue colocada en el altar mayor de la iglesia de las carmelitas, “magníficamente adornado” por “un sacerdote, popularmente llamado el ‘pastor artista’”. Cada día, se celebraron una misa pontifical, una misa solemne “y otras varias misas; tres veces hubo predicación diaria y mucho movimiento de gente”. Las carmelitas podían ver a las visitas a través de la reja. Al informar de estas actividades, Edith deslizaba: “Hay que estar contentos de que una cosa así aún sea posible”.

Unos quince días después, le escribía a una médica, amiga de Erna, que evaluaba emigrar a Palestina: “Yo a ningún otro lugar quisiera ir, si también a mí se me presentara alguna vez la necesidad de abandonar A[lemania]”. En esos años, y desde una perspectiva diferente, en su escrito Antisemitismo, Hannah Arendt, “histórica y políticamente, orientada hacia la cuestión judía”, analizaba el tema de la asimilación y la propuesta sionista. Siendo directora de la rama parisina de Aliyah y ayudando a los jóvenes exiliados a emigrar, conocía por experiencia que, al aproximarse una guerra, “el gobierno británico que controlaba la emigración a Palestina” se hacía cada vez más cauto. Después de 1933, “la consigna esparcida como un murmullo por toda Alemania era: T’schuwah, Regreso, Retorno al judaísmo, Reencuentro”; este llamamiento de “retorno al gueto”, argüía Arendt, era una reacción equivocada en 1937-1938, cuando el antijudaísmo había infectado “el mundo entero”.

Ahora bien, al remontarse a la tierra donde la historia judía y cristiana echaba raíces, la tierra del profeta Elías, venerado por las tres religiones del libro, o al hablar de las fundadoras del Carmelo, especialmente de Santa Teresa de Ávila, pero también de Santa Teresita de Lisieux, cuya vulgata dio nuevo impulso a la Orden en el siglo XX, Edith Stein no pretendía compararse con ellas ni con las fundadoras del Carmelo de Colonia. En ese sentido, le decía a su amiga Petra Brüning: “No debe sacar consecuencias sobre nosotras de nuestras predecesoras. Ya fue bastante embarazoso para nosotras oír durante los días de fiesta del aniversario tan inmerecidas alabanzas. Aunque siempre está bien que, al menos por una vez, se aclaren las cosas diciendo cómo deberíamos ser”. En la misma carta, Edith dice que no ha “leído muchos” libros sobre Santa Teresita, y que “lo mejor” sería ir directamente a lo “escrito” por “la propia Santa”. En sus textos, la joven de Lisieux hace referencia a lo que denominó su pequeño camino, un camino que se convertiría en piedra de toque del existencialismo cristiano.

En 1937 Edith escribe la reseña ‘Nuevos libros sobre Santa Teresa de Jesús’. A fines de 1937, al tanto de que ni en Alemania ni en Salzburgo se publicaría Ser finito y ser eterno, mientras se pensaba en la editorial Jakob Hegner, de Viena, Edith escribía:

“Esperemos que todo salga bien. De todos modos, estas son dificultades que cuadran mal en el Carmelo. Necesito el tiempo para cosas más necesarias que para cartas de negocios.

Mi consuelo es que el Señor se cuidará del libro, si es que le puede servir. De lo contrario puede quedarse sin imprimir”.

La infatigable filósofa de otros tiempos dejaba lugar a una resignada carmelita. De todas maneras, a fines de diciembre, Edith pensaba que, si Hegner “lo aceptase, sería un bonito regalo de Navidad”. A fines de diciembre de 1937, cuando hacía tres meses que se desempeñaba nuevamente como enfermera, Edith intuía:

“Aún no sé si podré escribir alguna vez una obra de más envergadura. De momento me parece que son tareas completamente distintas las que me aguardan. Tomo lo que viene y solo pido que me sean concedidas las capacidades necesarias para ello. En todo caso es una buena escuela de humildad tener que hacer continuamente cosas que solo con gran esfuerzo una consigue llevar a cabo imperfectamente”.

A principios de 1938, relevada del cuidado de las enfermas, le asignaron “el oficio de tornera”. A los amigos que desconocían esta ocupación les explicaba: “Para esto se necesitan buenas piernas”. El oficio era una muestra de confianza: ocuparse del torno implicaba “tramitar toda la comunicación con el mundo externo con ayuda de las porteras”. Además, debía atender el teléfono, algo que solo podían hacer la priora y la subpriora, por eso solo terminaba “las cartas después de muchas interrupciones”.

Cumplidos cuatro años de su ingreso al convento, algunas cosas no habían cambiado en absoluto. Edith Stein seguía acumulando una “montaña” de cartas que responder. Incluso durante la recreación tenía “asuntos que resolver”, ya que por las tardes la responsable del “torno” y las porteras hacían “un balance del día”. En el espacio que quedaba en este constante ir y venir se daba tiempo para más de lo que cabría imaginar. Por una parte, afligida a “a causa del infeliz conejito”, como llamaba a Ruth Kantorowicz, respondía a su “nuevo grito de socorro”. En Maastricht habían dispuesto “pagarle solamente tres meses más de pensión”, por lo que antes de que se cumpliera ese plazo debía encontrar trabajo. Confiando en que Hedwig Dülberg podría ayudarla, a fines de mayo Edith le solicitaba que pasara por Colonia y “mantener, previamente, una conversación a fondo”. Al igual que muchos judíos que por disposición del gobierno no podían disponer de sus bienes, en 1936 y frente a un notario, Ruth había otorgado plenos poderes a un conocido, logrando así blanquear unos diez mil marcos que pasaron a la cuenta del doctor Paul Streratha, médico de confianza del Carmelo de Colonia.

En el ámbito comunitario, Edith contó que “la mayor de [sus] hermanas legas”, a quien había cuidado en su lecho de enferma y que falleció en marzo de 1938, había sido una mujer “incansable en los trabajos más humildes; un espíritu fuerte y viril que comprendió y vivió con decisión el ideal carmelitano”. Cuando esta falleció, en sus rezos le encomendó a su “querido Maestro” Husserl, cuya salud se deterioraba después de sufrir “una complicada pleuresía”. Ante lo inevitable, Edith pensaba:

No tengo preocupación alguna por el querido Maestro. He estado siempre muy lejos de pensar que la misericordia de Dios se redujese a las fronteras de la Iglesia visible. Dios es la Verdad. Quien busca la verdad busca a Dios, sea de ello consciente o no.

 

Votos perpetuos y “una muerte dichosa”

Mientras la salud de Husserl declinaba, Edith Stein se disponía para la “gran fiesta pública” con la que se celebrarían sus votos perpetuos, un acontecimiento al que podían asistir parientes y amigos. Por eso, le escribió a Hedwig Conrad-Martius que “no debería faltar la querida madrina”. Esperaba que, como había sucedido la vez anterior, la “Asociación universitaria” cubriera los gastos del viaje. Pero la situación económica de los Martius distaba de ser buena, y se habían trasladado a Múnich. Edith reconoció: “Me resulta muy difícil imaginar que la plantación y la casa de Eisbrünnel ya no existen”.

En su mente permanecían fijadas imágenes y situaciones de tiempos pasados. Pero su nueva vida la mantenía ocupada y sin “mucho tiempo para trabajar” filosóficamente. Así, durante gran parte de 1938 estaría atenta a la corrección de las pruebas del segundo tomo de Ser finito y ser eterno, e incluso, con la esperanza de que así se acelerara la publicación, pediría a varias de sus relaciones que escribieran a los editores solicitando información sobre el libro.

De pronto, a causa de las Leyes de Núremberg, específicamente la disposición que prohibía a los ciudadanos judíos el derecho a voto, las carmelitas de Colonia vieron alterado su ritmo corriente. En las votaciones de 1936, cuando habían dejado la clausura para votar en las elecciones parlamentarias, Edith Stein permaneció en el convento. Pensaban que esta vez sucedería lo mismo, pero el 10 de abril de 1938, momentos antes de que las monjas salieran para ir a votar, una delegación oficial, con cruces gamadas en sus uniformes, se presentó en el convento con una urna precintada aduciendo que así se les ahorraba concurrir a la votación. Aunque había un solo partido, se pedía a los ciudadanos responder: “¿Votas a favor de la lista presentada por nuestro Führer?”. Se sospechaba que habría fraude electoral, por otra parte, una votación negativa exponía a las religiosas, que estaban en un dilema. Había quienes les decían que no se arriesgaran, que votaran unánimemente por el “sí”. Pero Edith, que estaba a punto de comenzar sus ejercicios espirituales para la profesión perpetua, “con extrema excitación conjuró a las religiosas a que, bajo ninguna circunstancia, emitieran un voto a favor de Hitler: era un enemigo de Dios y de la Iglesia”. Al revisar los documentos de identidad, los hombres preguntaron por qué no acudía a votar una de las religiosas. La respuesta fue que no podía “porque está algo débil de la cabeza […]; después vino la tan temida: ‘¿Y la doctora Stein?’”. Debieron responder: “No es aria”; entonces, mientras los tres emisarios se marchaban, uno gritó al otro: “‘Anota que no es aria’. Abrieron precipitadamente y con gran fuerza la puerta, y dejaron el Carmelo”. Como la Gestapo ya había desalojado conventos dejando a los religiosos en la calle, luego de esta experiencia, Edith pensó que era peligrosa su presencia en el convento y comenzó a pensar en su traslado.

A todo esto, los primeros meses del año 1938 precedieron un gran acontecimiento en su vida. Fueron muchas las invitaciones para la profesión de votos perpetuos y para “la fiesta de imposición de velo” enviadas desde el Carmelo de Colonia. En algunos casos, Edith mandó convocatorias impresas escritas a máquina, a las que agregaba alguna que otra frase manuscrita. En otros casos, estampas religiosas que contenían algunas frases impresas a las que sumó a mano algunos datos. Finalmente, el 21 de abril de 1938, un jueves de Pascua, Edith hizo sus votos perpetuos ante la priora y la comunidad conventual. Se dijo que durante “la habitual acción de gracias por la celebración de aquel día, la aprovecha Edith para hacer ver a las hermanas la gravedad de las circunstancias”. Había escrito, en Ser finito y ser eterno: “Es ‘malo’ en el sentido riguroso y propio del término solo algo que proviene de la voluntad libre, en efecto, la libertad de lo creado es la condición de la posibilidad del mal”. Que un animal devore a otro en la línea de subsistencia es una cuestión instintiva, que un hombre torture o asesine a otro es una acción libre, así “el mal en cuanto perversión de la voluntad de lo creado es un cierre de la fuente de la gracia y con ello anulación de la elevación del ser por la gracia”. Para Edith Stein, lo que sucede en el mundo debe motivar una toma de posición: “En la voz de la conciencia que la guía hacia el acto justo y la retiene frente a la injusticia”. En el apartado Poder, deber y vida interior, nuestra filósofa asocia el acto libre con la máxima expresada por Kant en Crítica de la razón práctica: “Tú puedes porque debes”. Volviendo a la votación por el sí o por el no en apoyo al Führer, si relacionamos lo anterior con el mandamiento bíblico “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, lo que Edith les pedía a las carmelitas era una toma de posición respecto de las medidas contra los judíos y los perseguidos, porque el prójimo no es necesariamente aquel con quien “simpatizo” o que comparte mis ideas, mi religión, el prójimo “es todo hombre que se acerca a mí, sin excepción, y de nuevo se dice: tú puedes, porque debes”.

El primero de mayo, Edith recibió el velo negro, que había sido dispuesto “con una corona de rosas blancas sobre el Altar”, de manos de Wilhelm Stockums, obispo auxiliar de Colonia, quien presidió la misa solemne y predicó durante la ceremonia. Este tipo de celebraciones traían consigo “muchos huéspedes y también mucho trabajo”. Fue cuantiosa la asistencia ese día, pero también fueron muchos los amigos que habían abandonado el país y los que al no poder asistir enviaron sus buenos deseos y también regalos, lo que obligó a Edith a escribir un sinfín de “cartas de gratitud”. Entre los buenos deseos, las palabras de Malwine Husserl significaron para ella un “fabuloso regalo de profesión”. Había intuido que, al igual que con la muerte de su madre, acaecida el día de su renovación de votos, la de Husserl se daría en “circunstancias parecidas”. Y así fue: Husserl falleció apenas unos días después, el 27 de abril.

A causa de las medidas contra los judíos, al final de su vida Husserl había tenido que abandonar la casa en la que habían estado los últimos veinte años. Atendido por su mujer, una enfermera de la Cruz Roja y por Adelgundis Jaegerschmid, cinco semanas antes de morir le habría dicho a esta última: “‘Antes de todo comienzo se encuentra siempre el Yo, que es y piensa y busca relaciones en el pasado, en el presente y en el futuro. Pero he ahí precisamente el difícil problema. ¿Qué había antes del comienzo?… La filosofía es la voluntad apasionada de llegar a conocer el ente… Toda filosofía es filosofía del comienzo, filosofía de la vida y de la muerte”. La misma testigo envió a Edith un detallado relato de esos días, que ella “guardó como un precioso recuerdo”; allí Husserl habría vertido su opinión sobre su recorrido:

“Es notable ver cómo Edith sabe descubrir, como desde la cima de una montaña, la claridad y amplitud del horizonte con una maravillosa agilidad y transparencia; y, al mismo tiempo, sabe volverse hacia dentro y guardar la perspectiva de su yo. En ella todo es auténtico. Si no, yo diría que su conversión y su vocación han sido arregladas y fabricadas”.

El 14 de abril, Jueves Santo, cuando se recitó el salmo 23, “Yahvé es mi pastor, nada me faltará”, Husserl dijo: “Sí, esto es lo que yo quiero, deseo que Él esté cerca de mí, pero no siento su proximidad”, y agregó: “Es preciso rezar por mí”. El viernes por la mañana, cuando su mujer le dijo “hoy es viernes Santo”, Husserl respondió: “¡Qué bello día, ¡Viernes Santo! Cristo nos perdonó todo”. Más adelante, Husserl hizo gestos “como para espantar una visión horrible. Interrogado por lo que veía, dijo: ‘Luz y tinieblas, muchas tinieblas, y nuevamente luz’. Después de esto cayó en una especie de coma que se prolongó hasta el 27 de abril. Ese día, volviéndose súbitamente hacia su enfermera, gritó: ‘He visto algo magnífico, rápido, ¡escriba!’. Cuando ella volvió con el cuaderno de notas, ya había muerto”.

Algo de enojo mundano se trasluce en Edith Stein, cuando apenas una semana después de la muerte de Husserl le escribe a Emil Vierneisel, director de la delegación de Heidelberg de la Asociación de Universitarios Católicos:

“¿Han dado los periódicos de Baden la noticia de la muerte de Husserl? Hoy me han enviado una escueta noticia del Hamburger Fremdemblat de asombrosa frialdad. Al querido profesor esto ya no puede hacerle daño. Cuando falleció, estaba, desprendido de todo lo terreno. Pero a la posteridad una casi quisiera dirigir las palabras de Goethe sobre los ignorantes de Hans- Sachsa”.

El desprecio que había sufrido Husserl la afectaba profundamente. Por eso, pese a la censura y a la inexistencia del secreto postal, confiando en la incultura de los censores, y valiéndose de una escondida alusión a su admirado Goethe, expresó contundentemente su dolor. También un vaticinio que no suele ser común en las cartas escritas luego de su conversión, ya que las palabras de Goethe a las que Edith se refiere son: “Sea desterrado al cenagal el pueblo que ignora a su maestro”.

Convencida de que ningún reconocimiento podría esperarse en Alemania, el 6 de mayo Edith le escribió a Ingarden: “Sé muy bien lo que la muerte de Husserl significa para usted”. Y, después de detallar que en los últimos momentos el Maestro “únicamente estaba lleno del deseo de la patria eterna”, recalcó:

“Fue una muerte dichosa, que no quiere ningún luto de los que aquí quedan. Pero con ello no queda saldada la debida gratitud con relación a la obra de su vida. Precisamente ahora sería muy oportuno exteriorizarla en un escrito conmemorativo. Pero ¿quién se encargará de editarlo? ¿En qué país debe aparecer? ¡Nosotros estamos tan diseminados por el mundo y unidos por medio de tantas dificultades!”.

Imposible publicar en Alemania un homenaje a un filósofo que, si bien se había convertido al protestantismo hacía décadas, por ser de ascendencia judía calificaba como “no ario”. Por esto, cuando Edith Stein le propone a Ingarden que “quizás le sea a usted posible acercarse a Colonia y Friburgo para debatir de viva voz lo necesario”, parecía no darse cuenta de lo ineficaz de cualquier intento. Los discípulos leales estaban diseminados por el mundo, muchos habían emigrado, otros no podían alzar la voz. De la primera generación de fenomenólogos, Alexandre Koyré había conseguido una cátedra en el Cairo, mientras que Ingarden vivía en Polonia, Dietrich von Hildenbrand y Siegfried Hamburger, convertidos al catolicismo, tampoco podían hacer nada y finalmente consiguieron exiliarse, en tanto que Johannes Hering estaba en Francia. Y aunque los Conrad-Martius eran protestantes y permanecieron en Alemania, tampoco contaban con medios suficientes para publicar.

Además de pedir que Malwine Husserl le envíe algunas fotos recientes de su marido, en una de las cartas de la época Edith Stein preguntaba: “¿Cómo se ha comportado la universidad? ¿Y cómo Heidegger?”. Ella no se engañaba, un testigo recordó “que cuando se valoraba a Martin Heidegger nunca estuvo de acuerdo con su oportunismo en su relación con Edmund Husserl durante la época hitleriana”. También quería saber qué sucedía con el más estrecho colaborador de Husserl de los últimos tiempos, el profesor Eugen Fink. Fue él quien pronunció el discurso fúnebre, el 29 de abril. En cuanto a Heidegger, no asistió al entierro de Husserl. El único miembro de la facultad que estuvo presente fue Gerhard Ritter. Estos hechos no le pasaron inadvertidos a nadie, sobre todo a Malwine, cuyos dos hijos sobrevivientes de la Primera Guerra Mundial (el tercero había fallecido en el frente), habían logrado emigrar dejando a sus padres en una gran soledad, pero internamente aliviados de que pudieran vivir fuera de Alemania.

Este tipo de actitudes de Heidegger hicieron que Hannah Arendt creyera y divulgara el rumor, no cierto, de que siendo rector había prohibido la entrada de Husserl a la biblioteca de la Universidad de Friburgo2418. Representando a la universidad, fue Karl Diehl, un economista, quien rodeado de un pequeño número de personas a los que él llamaba “la facultad de los hombres decentes”, pronunció unas palabras sobre Husserl. Muchos años después, en una famosa entrevista de la revista Der Spiegel, realizada el 23 de septiembre de 1966, cuando le preguntaron a Heidegger acerca de su distanciamiento de Husserl, sus respuestas fueron elípticas, trató evadir cualquier tipo de responsabilidad respecto de sus propias actitudes y de la universidad.

Volviendo a 1938, los años que habían pasado sin verse no había disminuido el cariño entre los Husserl y Stein. Por eso, al día siguiente de fallecer su marido, Malwine escribió:

“Querida hermana Benedicta:

Tengo que responder inmediatamente a su amable carta y proporcionarle ya las fotografías que yo había destinado para usted hacía ya mucho tiempo. Quédese con ellas.

Todo el que guarde una respetuosa fidelidad al que se nos ha ido –y entre ellos se encuentra usted en el más genuino sentido de la palabra– tiene derecho a poder verle constantemente. Usted verá su querido rostro, tal como en los días sanos resplandecía lleno de espíritu y bondad, cómo soportó con piadosa humildad los sufrimientos de la grave prueba, y cómo refleja la paz y la transfiguración de alguien que muere como un bienaventurado”.

La inclinación de Husserl y de su mujer al catolicismo se fue operando paulatinamente, y si bien él no llegó a convertirse, sí lo haría su esposa, quien además pudo ocuparse personalmente del legado filosófico de su marido.

Los tiempos se precipitaban: en mayo de 1938 el papa Pío XI comienza a escribir la encíclica Humani generis unitas. Para Müller y Neyer, “su lenguaje es ambiguo: por un lado, se advierte a los católicos que tengan cuidado con los judíos, ‘mientras perdure la incredulidad del pueblo y su hostilidad hacia el cristianismo’; por otro lado, el papa condena ‘especialmente el odio al que se denomina con el nombre de Antisemitismo’”. No hay referencia, en cambio, a las hostilidades contra los judíos ni ninguna autocrítica por las persecuciones y atentados a la comunidad judía, desde tiempos inmemoriales, en nombre del cristianismo. Al morir el papa, esta encíclica no llegó a publicarse y el borrador se consideró perdido hasta 1995.

 

‘Ser finito y ser eterno’ 

La tardanza con la que la Iglesia concedió el imprimatur, obtenido recién el 3 de noviembre de 1938, complicó la publicación de este libro que no consiguió salir a la luz hasta 1950. El manuscrito de Ser finito y ser eterno. Una ascensión al sentido del ser, resultado de la reelaboración de Acto y potencia, consta de más de mil páginas, está dividido en dos tomos, “tal como se quería publicar”, y consta de dos apéndices: ‘El castillo interior’ y ‘La filosofía existencial de Martin Heidegger. Ser y tiempo’. Alois Dempf había tranquilizado a su autora al decir que le parecía “muy exacto el tratamiento de las cuestiones escolásticas”. Aunque en el prólogo Stein señala que se trata de un libro “escrito por una principiante para principiantes”, para muchos es “con toda razón su obra principal” y en él se retoma “el pensamiento occidental, judío y cristiano y de la historia de la revelación”. Después de constatar que fue “formada en la escuela de Edmund Husserl”, Stein explica que, como filósofa, Santo Tomás encontró en ella a una alumna llena de respeto y de buena voluntad, pero no podía hacer tabla rasa de su intelecto, pues este ya estaba marcado con una fuerte impronta, que no se podía negar. El encuentro de los dos mundos filosófico exigía una confrontación.

Desde el comienzo aclara que “ningún sistema de pensamiento humano alcanzará jamás un punto de perfección tal que no se pueda sentir necesidad de más claridad”. De ahí, surge como camino posible realizar “un vivo intercambio de pareceres con los antiguos pensadores” ya que, cree, hay algo común “a todos los que buscan lealmente la verdad”. En ese camino, además de Aristóteles, Platón y Santo Tomás, se convoca a Heráclito, Parménides, Plotino, San Pablo, San Anselmo, Avicena, Averroes, San Agustín, Duns Scoto, Teresa de Ávila, Kant, Husserl, Max Scheler, Heidegger, entre otros. Además de dialogar con “las mejores exégesis neoescolásticas de la época”, entre sus contemporáneas Stein menciona especialmente el intercambio de ideas con P. E. Przywara, que “tuvo una influencia determinante sobre los planteamientos de ambos”. También reconoce que “recibió mucho” de su amiga Hedwig Conrad-Martius.

Leída en relación con su biografía, esta monumental obra presenta reflexiones ligadas a intereses vitales de Stein y a sus experiencias. Es así cuando retoma a Séneca o Boecio, para explicar las dificultades de traducción de términos griegos y latinos al alemán. También dice (hablando de sí misma en tercera persona):

“Los filósofos en los que la cuestión del ser se ha manifestado de nuevo, por una necesidad interna […] viven muy cercanos a la antigüedad y pueden ayudarnos a comprender los impulsos originarios de los antiguos maestros. Este camino se impone a la autora, puesto que la escuela de Edmund Husserl es su patria filosófica y el lenguaje de los fenomenólogos, su lengua filosófica materna”.

A este diálogo también convoca a los filósofos de las Jornadas de Juvisy, Daniel Feuling y Jacques Maritain, y a pensadores como Gabriel Marcel, Martin Grabmann, Jean Hering, Alexandre Koyré. Para Stein, “una filosofía cristiana considerará como su más noble tarea preparar el camino de la fe”, lo que implicaría “un trayecto común con los incrédulos”. Apelando al terreno cultural común, en sus ejemplos refleja sus intereses literarios, desde Homero a Schiller, o trata con personajes históricos como Napoleón y Bismarck. Y no elude definir la verdad de la obra de arte: “Significa que la obra es lo que debía ser”. En el mismo sentido, la vida plena consistiría en alcanzar un grado de realización de lo que debe ser: “Lo que cada hombre debe llegar a ser –su determinación personal– forma parte de su esencia”. Desde esta posición esencialista, Stein explica que “unidad, verdad, bondad, belleza, pertenecen al significado del ser mismo”.

Habiendo trabajado la cuestión de analogía entis, y luego de hacer comprensible a través de una mirada fenomenológica a Santo Tomás, Stein parece estar hablando de su propio camino cuando dice, sobre la capacidad de autoconfiguración del alma:

“Para que esta configuración sea una configuración libre y no un evento involuntario como la configuración del alma animal por el proceso de su desarrollo natural, es necesario que el alma pueda poseer un conocimiento sobre sí misma y que pueda tomar posición frente a sí misma. El alma debe “llegar hasta sí misma” en dos sentidos: conocerse ella misma y llegar a ser lo que ella debe ser”.

Cuando Stein asegura que “la oscuridad iluminable del alma hace comprender que el conocimiento de sí debe considerarse como una posesión que aumenta poco a poco”, nos recuerda el camino que proponen Las moradas, de Santa Teresa. Para Moreno Sanz, luego de realizar “la tremenda ascesis racional” que le supone la ascensión al sentido del ser, Stein da un giro por entero agustiniano para culminar “con una fenomenología del amor y del puro sentido amoroso de toda la creación”. A fines biográficos resultan significativos los apartados en los que la autora trata “lo íntimo del alma”, especialmente cuando alude a experiencias místicas:

“Si uno se atiene a los testimonios de los místicos […] en esos estados de éxtasis en los cuales [el alma] es “arrebatada”, los sentidos no son receptivos a las impresiones externas. El cuerpo está como muerto, pero el espíritu llega a la contemplación de la vida más alta y a la plenitud del ser”.

En otro orden de cosas, Stein también retoma un tema que le es cercano, las relaciones del individuo con la comunidad: “Si se trata de comprender a la humanidad en cuanto totalidad que nos rodea y nos sostiene, es importante la experiencia de lo común que, a pesar de toda diversidad, nos une a los hombres de todos los tiempos y de todos los horizontes, así como el enriquecimiento y el complemento que podemos experimentar por ese contacto con la humanidad diferente a la nuestra”.

Al final de su trabajo, Stein se propone mostrar que sus “explicaciones sobre la estructura del alma humana” conectan con la obra Castillo interior, de Teresa de Ávila. En cuanto al apéndice sobre Heidegger, se ha destacado que la exposición que hace de Ser y tiempo debe ser considerada “como una de las primeras y mejores interpretaciones de este libro” o, como sostiene H. B. Gerl: “Una síntesis modélica de comprensión empática” que permite a los lectores acceder de modo “inusitadamente claro a las complejidades conceptuales y terminológicas de Heidegger”.

 

Males mayores

Meses después de los votos, Edith Stein seguía respondiendo saludos y felicitaciones por ellos. También le escribían por su trabajo filosófico, o solicitando consejos, por lo que una “montaña” de cartas se apilaba en su pequeña mesa de trabajo. A las personas de fe con las que se relacionaba les encomendaba rezar por “algunas intenciones difíciles de nuestra casa”. Y, con especial énfasis, a medida que la situación de los judíos se agravaba, también pedía por sus familiares. Así, a una conocida que por motivos de salud no había podido ingresar al Carmelo, dirigiéndose por el nombre de religión que había elegido, le escribía: “Quisiera encomendarles encarecidamente a mis familiares. Cada vez se ponen peor las cosas para ellos”.

Este tipo de expresiones se repiten constantemente a partir de 1938. “Fuera, en el mundo, ahora lo tienen todo muy difícil”, explica Edith una y otra vez. También comenta que los hijos de Erna, Susel y Ernst Ludwig:

«Tienen ahora 16 y 17 años, y ambos están en los últimos cursos de la escuela. Mis hermanos quieren permanecer tanto tiempo como sea posible en Alemania, y retener a los hijos consigo. Pero ahora tienen que darse cuenta de que ya no será por mucho tiempo. Alguna esperanza tienen de poder enviarlos a Inglaterra”.

Cada uno de los millones de fotos y objetos personales de las víctimas del genocidio nazi que pueblan los museos alrededor del mundo, cada una de estas cartas es testimonio de su tiempo. La familia Stein todavía tenía esperanzas de que algo cambiara positivamente en Alemania. En paralelo, miles de personas, como Erna y su marido, meditaban planes de emigración. Lamentablemente, pocos países estuvieron dispuestos a recibir a los judíos emigrados, por más calificados que estuviesen. Edith Stein escribía: “Todos mis hermanos y sus hijos están en gran apuro. He de pedir para ellos una patria en la tierra y la patria eterna”. En contraposición con estas noticias, la comunicación con otros alemanes que no sufrían persecución y cuyos problemas cotidianos no revestían esa gravedad, corría por otros carriles. Pensando en religiosas que habían fallecido y en aquellos a los que, como su madre y Husserl, la muerte había liberado de estas preocupaciones, Edith expresaba una pena que no mermaba su fe: “Hoy, más que nunca una desea a cada cual el descanso eterno, y da gracias por todos los que han sido liberados del sufrimiento de este tiempo”.

Afirmada sólidamente en su fe cuando millones de personas perdían la suya, Edith Stein retomaba a Santa Teresa de Ávila y a San Juan de la Cruz, e insistía en que “lo decisivo sería la unión con Dios por la voluntad, esto es, la conformidad con la voluntad divina”. En aquellos tiempos oscuros, Edith Stein se apoyaba en Teresa de Ávila, a quien citaba en una carta, el 20 de octubre de 1938:

“¿Que si la vida mística está reservada a unos pocos? Su hermano en religión Garrigou-Lagrange ha tratado de demostrar con toda energía (y muchos le han seguido) que sería solo el desarrollo de las tres virtudes teologales, y que todos los cristianos están llamados a lo que es lo esencial, a saber, la unión con Dios. Esto no sería nada extraordinario; extraordinario sería solo aquello que se da en algunos casos: éxtasis, visiones y cosas por el estilo. Que realmente pocos llegan ahí, se explica por los obstáculos de parte del hombre. Los santos Padres de nuestra Orden [Teresa de Jesús y Juan de la Cruz] no son, del todo, de este parecer. De todos modos, para consuelo de los no agraciados místicamente, los dos acentúan que lo decisivo sería la unión con Dios por la voluntad, esto es, la conformidad con la voluntad divina”.

“El camino más seguro”, subrayaba, era “hacer de nuestra parte todo lo posible, a fin de llegar a ser un vaso vacío para la gracia divina”. Esto implicaba, desde una perspectiva kenótica, un consejo presente en muchas religiones: “Despega tu corazón de todas las cosas. Busca a Dios, y lo hallarás”.

Cuando se cerraron definitivamente las escuelas religiosas, y muchas de sus excompañeras debieron abandonar la enseñanza, vivir lejos de sus conventos y dar clases particulares en sus casas, Edith Stein les recordaba:

“Dios, toda la Santísima Trinidad, está en nosotros. Si llegamos a comprender que podemos construirnos una celda cerrada en nuestro interior y recogernos allí tan a menudo como sea posible, entonces en ningún lugar del mundo nos faltará nada”.

Con esta imagen de la Trinidad, en cada ser humano, Edith Stein se diferencia de Santo Tomás de Aquino. Lo que para el aquinatense son huellas o vestigios de Dios, para ella es imagen reflejada (San Pablo 1, Corintios 13, 12). Pero lo que podía experimentar una carmelita despegada del mundo resultaba un sacrificio para aquellos que, sin el consuelo de la fe, veían sufrir a sus hijos, padres y parientes.

El 14 de octubre, su hermano Arno, a quien no veía desde hacía cinco años, pasó por Colonia para despedirse de ella antes de abandonar Alemania para siempre. Por su parte, Hans Biberstein, el marido de Erna, dejando a su esposa e hijos a la expectativa, también viajó a Norteamérica para buscar “un medio de existencia para su familia”. Para ese entonces, sus hijos adolescentes habían tenido que dejar los estudios, Susel trabajaba “duro como sirvienta en casa de una familia conocida”, en tanto que Ernst Ludwig estaba en una finca aprendiendo agricultura. También su sobrino mayor, Wolfgang Stein, evaluaba la posibilidad de establecerse en la Argentina.

Luego de recibir una carta de su cuñado desde Nueva York, seguramente afligido porque sus hijos no podían terminar su formación escolar, Edith le decía: “Esto es algo que hoy no entra en consideración. Pienso que esto pertenece también a las cosas que hemos de aprender de nuevo”. Comparando sus experiencias, continúa diciendo:

“Que nosotros hemos pensado y hecho muchas cosas al revés, lo podemos constatar a diario, si nos examinamos sobre ello. Es muy provechoso hacerlo. Nos daría en las narices ver que no podemos abandonarnos a nosotros mismos y estaríamos abandonados, si uno no se preocupara por nosotros, el cual tiene una visión más clara y amplia que nosotros”.

“Todo está en un clima de desintegración y cambio”, escribía Edith poco antes de la noche de los cristales rotos. Por su ahijada de bautismo, Hedwig Spiegel, casada con un abogado judío, que la visitaba constantemente en el locutorio, estaba enterada de las grandes dificultades que tenían para emigrar. Mientras tanto, en el convento, las carmelitas seguían con sus obligaciones rituales, que abarcaban desde las reglas de la más estricta observancia, hasta el envío de estampitas o “rosas bendecidas de Santa Teresita”. En ese ambiente, al conmemorarse los sesenta años del ingreso de una de ellas al Carmelo, Edith escribió una pieza teatral, una entre las muchas que solían representar para este tipo de acontecimientos.

Estas ocupaciones debían conciliarse con el interés por sus parientes. Entre ellos, quienes corrían más peligro y quedaban “en peor situación”, eran sus hermanas Frieda y Rosa que, instaladas en la casa familiar de Breslau, intentaban liquidar el negocio familiar. En consideración a la situación de sus hermanas, Edith obtuvo permiso de escribir con más regularidad, pero aquello era “solo una débil sustitución”. Todavía se tenía la esperanza de que Hans Biberstein lograra el permiso para llevarlas a Estados Unidos. Por su parte, no ajena al padecer general, Ruth Kantorowicz se desempeñaba como “muchacha para todo” en un convento de ursulinas. Ante estas circunstancias, a una amiga que había perdido recientemente a su madre, Edith le escribía:

“El día de los difuntos recordaremos las dos a nuestras madres. Este recuerdo es siempre para mí muy consolador. Confío firmemente en que mi madre ahora tiene poder para ayudar a sus hijos en los grandes apuros del momento presente”.

Esta convicción es personal, dado que dominaba en la Iglesia la idea de que los no bautizados, en este caso su propia madre, no alcanzarían la bienaventuranza eterna. Finalizando 1938, Edith explicaba que, debido a que los judíos no podían hacer uso del dinero para nuevas inversiones o para llevarlo al exterior, para sus familiares no tenía “ningún sentido ahorrar”. Por esas razones, tampoco valía la pena que intentaran vender el negocio o la propiedad familiar. Con pesar, Edith le escribía a Petra Brüning: “Confío en que, desde la eternidad, la madre vela por ellos. Y, además en que el Señor ha aceptado mi vida por todos”. Y, recurriendo a un personaje bíblico muy caro al mundo judío, agrega:

“Una y otra vez he de pensar en la reina Ester, que justamente para esto fue sacada de su pueblo, para interceder por él ante el rey. Yo soy una pobre, impotente y pequeña Ester, pero el rey que me ha elegido es inmensamente más grande y misericordioso. Esto es un gran consuelo”.

 

La oscuridad de la razón

Mientras la Alemania que había conocido se transformaba, Edith siguió escribiéndose con editores y filósofos durante gran parte de 1938. Entre ellos, Walter Warnach, profesor en la Academia de Artes de Düsseldorf, quien colaboró con la corrección de pruebas de Ser finito y ser eterno. Warnach también le enviaba sus poesías. En sus respuestas, combinando el rol de crítica literaria con el de especialista en temas religiosos, Edith interpretaba que no eran “fácilmente accesibles”, aunque a través de ellos creía “comprender algo de la condición anímica” del autor. Con relación al poema titulado ‘Plegaria pidiendo consuelo’, se sentía llamada a “romper una lanza a favor de los ángeles”, afirmando: “Ellos no se interponen entre nosotros y Dios. El rayo de luz que (según Dionisio), a través de los nueve coros, nos alcanza, abraza a todo el mundo espiritual…”. Siendo un tema de su interés, se ocupó del pseudo-Dionisio en uno de sus últimos escritos, ‘Caminos del conocimiento de Dios. Dionisio el Aeropagita y su teología simbólica’.

Mientras tanto, tropas alemanas entraron a Austria, al plebiscitarse en 1938 la anexión al Tercer Reich, y la publicación de su libro quedó en la nada. A pesar de la intención del editor, tampoco pudo realizarse en Breslau, debido a que solo se publicaban a los miembros de la cámara de literatura del Reich y, por supuesto, los “no arios” estaban excluidos. Aun así, hasta bien entrado ese año, pensando que con ello podría dar “un empujoncito para seguir imprimiendo”, Edith hacía que sus amigos interrogaran a Borgmeyer sobre los avances en la impresión de su libro. Este año también redacta dos breves artículos biográficos sobre dos carmelitas en los que pudo sentirse reflejada. El primero, sobre Catalina Esser, que introdujo el nuevo Carmelo de Colonia en 1850 (escritora y, como ella misma, con la “capacidad de pasar desde el silencio de su vida escondida al diálogo con las altas esferas de la Iglesia y del Estado”). El segundo texto es sobre el reformador conventual P. Andrés de San Romualdo, a quien compara con San Juan de la Cruz por su “pureza y ternura”. Para Moreno Sanz, “en su casi esquemática brevedad, esta semblanza destila ya algunas de las gotas que irán a dar al caudaloso río interpretativo que es Ciencia de la Cruz”. 

Las semanas que preceden a Navidad corresponden al tiempo de Adviento. En la actualidad, en algunos países, como Alemania, cada día los niños reciben un pequeño regalo. En la época de Edith Stein, a menos que se tratara de cuestiones urgentes, las carmelitas dejaban de escribir cartas y tampoco iban al locutorio. Los acontecimientos hicieron que ese año cambiaran las costumbres. En la fatídica noche del 9 de noviembre, conocida como noche de los cristales rotos, 400 sinagogas fueron incendiadas, entre ellas la de Colonia; 7.000 negocios saqueados y destruidos, mientras la policía miraba sin actuar y los bomberos cuidaban que no se expandiera el fuego a barrios no judíos. Esa noche, más de noventa personas fueron asesinadas y 35.000 judíos fueron apresados y enviados a campos de concentración.

Pocos días antes, Erich Przywara había visitado por primera vez a Edith Stein en el Carmelo de Colonia. ¿Se habría presentado para conversar personalmente acerca del clima social y político, y sobre las posibles consecuencias? El caso es que, previendo los riesgos de su estadía por más tiempo en Alemania, las carmelitas decidieron que Edith abandonara Colonia. La priora escribió al Carmelo de Echt diciendo que Sor Benedicta necesitaba “urgentemente un cambio de aires”. Las monjas comprendieron inmediatamente lo que eso significaba y la invitaron cordialmente. Rápidamente se consiguieron los permisos para su viaje a Echt. Para su pasaporte se necesitaba una fotografía. En la puerta de la clausura Edith Stein recibió al fotógrafo. Cuando la priora vio su escapulario zurcido, se sacó el suyo de los hombros y se lo entregó. Así salió en la última foto que se tiene de ella.

El 16 de diciembre, Edith Stein pidió a Walter Warnach el envío de las pruebas de imprenta de su libro. Asimismo, se encargó de comunicar su traslado y de despedirse de su querida amiga Petra Brúning. Durante los últimos meses había meditado en profundidad sobre el significado del nombre que había elegido al hacerse carmelita, y conectando su resolución personal con el espíritu de los tiempos que le tocaban vivir, el 9 de diciembre escribió:

“He de decirle que mi nombre de religión lo traje ya conmigo cuando llegué de postulante al convento. Conseguí exactamente lo que pedí. Bajo la cruz comprendí el destino del pueblo de Dios, que ya entonces comenzó a preanunciarse. Pensé que quienes comprendieran que esto era la cruz de Cristo deberían tomarla sobre sí en nombre de todos. Ciertamente, hoy sé mucho mejor lo que significa haberse desposado con el Señor bajo el signo de la cruz. Desde luego, nunca se llegará a comprender, porque es un misterio”.

Imposible no recordar esas líneas citadas en la mayor parte de las biografías dedicadas a Edith Stein. Así se asumía entre los millones de inocentes injustamente condenados. Pero, al ofrecerse a tomar sobre sí “la cruz de Cristo”, relacionando esta decisión con el “destino del pueblo de Dios”, expresaba una convicción que, desde el pueblo judío, no podría interpretarse unívocamente. Hay que recordar que en Ser finito y ser eterno había escrito que, en cierto sentido, desde la creación del primer hombre, “toda la humanidad es la humanidad de Cristo… y la humanidad comienza en el primer hombre”. Desde una perspectiva contemporánea, Avenatti de Palumbo y Bertolini explican que la decisión de Stein de “ir hacia el pueblo es ir hacia el Amado porque, en sentido estricto, el cuerpo de Cristo en dimensión social hay que entenderlo, no referido a la Iglesia sino a la humanidad sin más”.

Dos meses y medio antes de abandonar el Carmelo, Edith Stein escribió la meditación sobre la Sancta Discretio benedictina. En este como en posteriores escritos espirituales, diferencia lo que según ella es alcanzable por la vía natural y sobrenatural. Entre 1936 y finales de 1938 también escribe trece poemas religiosos que se han relacionado con decisiones personales, y en los que, como en la obrita teatral Ante el trono de Dios, hay “elementos muy trágicos de aquel momento histórico del nazismo en el poder” que se contraponen con elementos beatíficos:

“¿Quién eleva aún su mirada hacia las colinas eternas?/ Bajo el hechizo del poder de las tinieblas permanecen los pueblos./ Por sus esclavos reina el Anticristo,/ ríos de sangre y lágrimas por todas partes,/ un océano de sufrimiento y culpa cubre el mundo”.

El 18 de diciembre de 1938, Edith Stein escribe su texto autobiográfico ‘Cómo llegué al Carmelo de Colonia’, en donde percibe “una profunda conexión” entre las condiciones de ese momento y las que la llevan al Carmelo de Echt. Por entonces, tal vez con un dejo de melancolía alcanza a deslizar que su libro (Ser finito y ser eterno) sería su “regalo de despedida a Alemania”. Su primera biógrafa recordó que la fiesta de Navidad transcurrió aquel año empapada “con la amargura y nostalgia de la despedida”. Otra de las carmelitas recordaría: “Cuando me abrazó a mí, no pude ya contener las lágrimas. No pronuncié otra palabra que su nombre. Cuando vio mi congoja, también ella perdió por un momento la serenidad y suspiró en voz alta. Pero se recuperó enseguida y se despidió de nosotras”.

Con una celeridad que demuestra la intervención de una red de amigos puestos a disposición, por la mañana del 31 de diciembre de 1938 Edith Stein obtuvo su pasaporte y ese mismo día abandonó el Carmelo de Colonia. Había sido “una decisión dura” para las carmelitas, pero ella “tenía la firme convicción de que era la voluntad de Dios y de que así se evitarían cosas peores”. Un médico, amigo del Carmelo, la condujo al convento de Echt. Curiosamente, ese Carmelo había sido fundado en 1875 por las carmelitas de Colonia expulsadas durante Kulturkampf. Una vez en Holanda, Edith recibió noticias de sus familiares. Desde Breslau, Erna le comunicaba que se disponía a emigrar junto con sus hijos; hubiera querido verla y despedirse, pero, por disposiciones burocráticas, solo si emigraba a Holanda o utilizaba un barco de una compañía holandesa hubiera podido acercarse a Echt. Dado que su barco salió del puerto de Bremen, las hermanas nunca más volvieron a verse. También enviaron noticias Else y Max Gordon, que pensaban viajar en marzo del siguiente año junto con su hija mayor, para “reunirse con su hijo en Colombia. Por su parte, el 31 de diciembre, el mismo día en que su tía Edith dejaba Alemania, Annie Gordon se encaminaba a Noruega, donde unos amigos le proporcionaron trabajo y le consiguieron el complicado “permiso de entrada”.

El primero de enero de 1939 entraría en vigor “una orden por la cual todas las mujeres judías debían añadir el nombre ‘Sara’ a su nombre de pila. Además, se marcaba los pasaportes de judíos con una gran ‘J’”. Por ello, se presume que “las prisas de la evacuación” tuvieron como objetivo evitar que Edith Stein y el doctor Paul Strerath, quien la llevó en su auto, tuvieran que pasar la aduana luego de esas medidas. “La familia se dispersa por la tierra, pero sabe Dios con qué finalidad”, escribía Edith en enero, desde Holanda, preocupada por los que permanecerían en su tierra natal. Por entonces, confiaba en que su hermana Rosa obtendría ayuda de la Unión San Rafael, una organización de católicos alemanes fundada en 1841, que orientaba y auxiliaba a los emigrantes. En 1941, la Gestapo disolvió las sedes de la unión que se encontraban en Alemania y los bienes de la asociación fueron confiscados. En 1942, el mismo año en que Edith Stein fue asesinada, la iglesia y la imagen de la Reina de la Paz, que ella había pedido ver por última vez antes de dejar Alemania, fueron víctimas de las llamas.

 

Este fragmento corresponde al libro del mismo título que ha publicado la editorial Taurus.

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