Efraín Ríos (de sangre) Montt

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Leo en El País un interesante artículo sobre el general guatemalteco Efraín Ríos Montt, con el afortunado título de ‘Ríos (de sangre) Montt’, firmado por el jurista y especialista en sociología militar Prudencio García. Sobre el genocidio maya 1982-83 por el que ahora está siendo juzgado, basta para conocer al personaje esta frase: “Hubo desmanes, pero yo no estuve enterado”. El autor del artículo incluye esta frase: “…dentro de esa sociedad todavía atemorizada existen algunos jueces y juezas, fiscales, abogados y testigos, capaces de afrontar juicios como éste, a pesar de las amenazas y presiones…”. Aparte de mi reconocida fobia al término jueza, innecesario y feo donde los haya, es que en este caso falla la lógica: no hay un criterio, sino tres. Si quería incluir a los dos géneros, hubiera sido mucho más lógico decir (por ejemplo): “algunas y algunos jueces, fiscales, abogados y testigos”; él mete ese juezas tan discutible, pero se olvida de las abogadas tan normalmente  aceptadas y cambia de criterio otra vez al aceptar fiscales para los dos sexos, lo cual desde luego aplaudo con entusiasmo (¡esa espeluznante “fiscala”!). En ese pantanal estamos los castellanohablantes chapoteando desde hace tiempo, y este señor, que nos cuenta cosas tan importantes y justas, no es una excepción. 

 

Yo sigo con mis obsesiones, o ellas me siguen a mí, y me sigo preguntando qué pasa con ese sobreuso del verbo poder, utilizado como pantalla, freno, escape, mediación en todo caso; me viene a la boca lo de ¡Jesús del Gran Poder!, así con exclamaciones, muy a tono con la semana que está terminando. Lo último que pillé, creo que fue en la radio (el lenguaje oral es bastante más descuidado) fue esto: “La hermandad les dio permiso para poder marcharse a casa”. Es clarito como el agua clara: permiso para marcharse, no para poder marcharse; si tienes permiso, es que ya puedes. ¿De qué tienen miedo quienes hablan así?

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.