Einsteins

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Los expertos, con lo inteligentes que son, a veces parecen tontos. Leía hace poco a uno diciendo que faltaba por ver cómo afectaría el uso constante de internet y las nuevas tecnologías a los más jóvenes. Pues que dejen de investigar porque está bastante claro: se han vuelto todos subnormales.

 

Con tanta lucecita, muñegotes saltando de tripi, ruiditos que te hinchan las pelotas, frases potosas de 38 caracteres, y hazañas anunciadas al mundo del calibre  “A Maripepi le gusta el pepino español” o  “Juani y Adefesio ya son amigos y también gilipollas”; con tanto click , tanto surfeo virtual y tanta ventana desde la que tirarse al vacío, al final ni Perry pueda centrarse de verdad en algo, sin distracciones. La capacidad de estudio está a punto de desaparecer de toda la cuenca del Mediterráneo.

 

Aquí todo quisqui exige ser “supermotivado”, pero sin más. A los nenes hay que motivarlos para que así se parezcan a Einstein, JO JO JO, a los que estudian español hay que entretenerlos a golpe de peineta y taconeo, a los adolescentes hay que mantenerlos ocupados con tenis, baloncesto, baile, fútbol y claqué para que no empiecen a meterse jaco antes de la comunión, a la morralla hay que darle circo no vaya a ser que se ponga a pensar y a mí…. ¿quién me motiva a mí?…. ¿no tengo yo también derecho a que me motiven? Un día me creí eso de que el mundo exterior iba o debía estimularme y, sin embargo, la realidad pronto se impuso y no tardaron en caerme hostias como panes de todas partes.

 

Me acuerdo en estos momentos de mi colegio de monjas, con la madre directora explicando ese truño elevado a la vigésima potencia que era la teoría de conjuntos. Eso sí que era estimulante, como mezclar LSD con whisky, y allí estábamos todas calladas como putas, sin rechistar, sin esperar, ni mucho menos, que la monja se sacase un par de pelotitas de debajo de la falda y empezase a hacer cabriolas para esclarecer qué coño era eso del diagrama de Venn. Las cosas entraban en la mollera por un tirón de orejas o porque tu padre estaba dispuesto a ridiculizarte ante toda la familia por seguir sumando con los deditos….

 

Pero aún mejor fue mi experiencia con el alemán. Tuve profesores de todo tipo: un judío violinista que ya se habrá suicidado, un hincha del Borussia Dortmund, una orientalista que no soportaba Alemania, una berlinesa divorciada de un guerrillero nicaragüense e incluso a Alfred, un cincuentón que después de las clases se calzaba una chaqueta de cuero con flecos y se iba a que le petasen el culo en algún antro de Schöneberg. Todos distintos, brillantes y unánimes en una cosa: el alemán, como todos los idiomas, había que estudiarlo y dejarse de mariconadas de que igual se te pegaba algo esquivando birras en un bar o viendo pelis de Klaus Kinski, por mucho que se cagase en un bellísimo, sonoro y audible alemán en la puta madre de todo dios. Todavía recuerdo la cara de bochorno del profesor cuando, después de cinco meses de arduo estudio, se vio obligado a ponernos un hit de la discografía alemana: el “Currywurst” o salchicha de curry. El cd sonó, solo una vez, estoico tradujo las palabras nuevas, lo apagó y los siguientes meses los pasamos declinando hasta el éxtasis.

 

Y esa es la única forma de aprender que conozco: estudiando, sentado en una silla, con un humilde papel y boli, repitiendo hasta la saciedad, renegando unos días, ilusionado otros, y continuando siempre, con constancia. Así que me descojono de todos los que quieren aprender ruso, la fisión del átomo o chino “con diversión”. Que se pillen un coma etílico o se droguen, que es lo que se ha hecho toda la vida para divertirse, y que den el callo si lo que quieren de verdad es estudiar.