El agua de planchar para los súbditos de Obiang. Los dólares al día

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Se escribe de cómo siendo pobres, han sido obligados a creer que consumir, y pagando caro, es lo mejor que puede ocurrir a los guineanos en el régimen de Obiang

 

Fui ayer al supermercado de Martínez, alias la Chupadora, y vi que estaban en venta unas botellas de agua perfumada para planchar. Estoy en Malabo, la capital. Horas antes, la calle aquella estuvo más de dos horas cortada porque iba a transitar por la misma un alto mando de la dictadura, creemos que el mismo general en jefe, o un amigo suyo. A lo que íbamos, vi las botellas e inmediatamente pensé en lo finos que se han puesto, para que los proveedores de la cadena de supermercados se preocuparan en traerlos para acá.

 

Qué finos, ¿eh?, tienes miles de iglesias de cualquier signo, no tienes apenas escuelas, los hospitales públicos son de pena, y los privatizados por Constancia Mangue son para los ministros, algunos, para los extranjeros y los que se despistan y no saben que ahí se les pide un ojo de la cara a los enfermos para ser curados. En Guinea la educación universitaria no existe, de hecho corre por la calle que el mismo Obiang recuerda de vez en cuando a los profesores que no tiene ahí a ningún hijo suyo.  La primaria, es de pena, de llorar todos los días del año. Hay en todo el país casas podridas, y ahora construyen algunas para los que digan esto de ¡PDGE OYE!, y Martínez les trae agua perfumada para planchar. (Esto de PDGE OYE es como decir ¡viva Franco!)

 

Yo tengo, plurales aparte, un amigo que cobra 170.000 francos CFA al mes, que arrojado a la aritmética simple hacen 260 euros. Tiene mujer joven, como él, una hija y otra personita a su cargo. Supongamos que sus jefes, españoles, pensaran en otra cosa, que se hubieran topado con la piedra, y decidieran pagarle el doble; entonces se llevaría 520 euros. Pero no es el caso, y 260/31 días del mes normal hacen 8,38, y si lo dividimos entre dos adultos, pues míseros 4 euros que gastan por cabeza. De esta exigua cantidad haremos los apartes para pagar electricidad y el alquiler. Si lo decimos, y aun estuviera cobrando el doble, quedaría tan poco que sería embarazoso contarlo. Pues 4 euros al día son más que los dos que leemos como umbral crítico de pobreza, y esto lo contamos para que la ONU abra los ojos de una vez. Hay gente guineana que cobra 17 euros al día que vive en la pobreza. Esto porque un animal, o varios animales juntos, les han metido en la cabeza que para ser alguien en su sociedad (¡¿¿¡!) tienen que meter mucha tontería en la mente y, además, gastar agua perfumada para planchar. Entonces no saben qué hacer para ser alguien, porque el sistema en el que viven no se lo pone fácil.

 

Imaginad en la tontería en la que viven que acá en Malabo no sabemos cuánto cobran los guineanos, pero vemos más cochazos que muchas urbanizaciones del norte de Madrid. ¿Qué milagro han hecho? Pues que mira, no entiendo cómo puedo ir a la calle sin una camisa de Zara, o esto de que mis amigas me vean sin un bolso de Luis Butón, o como se escriba, es una afrenta que no puedo soportar. De hecho, Guillermina Mekuy trabaja duro para comprarse un vestido de Dior, y no sabía que eran tan caros para que en todo el tiempo trabajado no haya comprado uno. ¿De qué estamos hablando? De que si los guineanos tuvieran más de un dólar, vivirían como viven ahora, sin colegios, sin hospital, sin párroco, sin juez, sin médico de guardia. Los guineanos no saben lo que son derechos humanos, encarcelan a uno y si no es posible ir a hablar con un alto mando del ejército, pues se queda ahí hasta que lo maten. De hecho, hay unos cuantos detenidos de Wele Nzas, relacionados con Cipriano Nguema, de cuyo caso nadie habla, que están en Blay Beach sin juicio ni promesa.

 

Entonces quieres ir a la calle a hacer tus gestiones y te topas con 100 de estos coches llamativos tapándote la carretera, y no avanzas. Tampoco se estila lo del turismo de toda la vida. Un coche grande, grande, grande, mejor. Lo que pasa es que luego ves aparcado estos cochazos en cualquier garito de Ela Nguema y a sus dueños tragando San Miguel en estos puestos de mala muerte, estos sin baño y con el agua sucia para los vasos, porque no vayamos a creer que tienen tampoco agua corriente. Entonces no sabes qué decir. Pues imaginad que uno sea avispado y coja la dirección de una de las empresas fabricantes de coches y le escriba en inglés para compartir una idea. Mirad, fabricante, aquí los mozos guineanos son muy suyos a la hora de presumir, pero nada de mucha cabeza; entonces, fabricad una bacinita para el pis de las damas. Cuando no sepan dónde aliviar la vejiga y estuvieran en estos «bares», se meten en el coche, se sientan donde siempre y luego ponen los pies sobre el volante y acercan la bacinita, orinal, al sitio del desagüe. Sería genial, y así hasta que entiendan que no se puede presumir de cochazo si lo demás es cuartomundista, por Alá y la virgen.

 

Los chicos tendrían una solución más fácil, y nada de buscar cualquier pared de una casa ajena como la de mi amigo, que son tablas bastas compradas sólo para cobijar, sino un dispositivo que les permita aliviarse estando delante de la puerta abierta. Luego el tubo meado podría introducirse debajo del salpicadero y conectado a otros tubos para que sirva de limpiaparabrisas. Sería la primera vez que se hiciera esto con el ácido úrico de un ser humano que sabe meter la primera y nada más. Es decir, ¿os acordáis del gran daño hecho a los guineanos con la idea de que acá es un sitio para hacer negocios, y ya se puede morir quien sea en la incultura, que la pasta es la pasta? O sea, que se gastan más de 20 dólares al día y están en la indigencia. «Pasan penurias», según el ínclito dictador Obiang Nguema.

 

Me he escapado de términos raros y técnicos al hablar de temas económicos, pero ya va siendo hora de que la ONU, y las agencias anexas, de las que no sabemos a lo que se dedican, digan las cosas como corresponde. Y sí, es una lástima que estés en la cárcel y si te acusan de querer dar el golpe de estado o algo similar, no tengas a nadie que hable de tu caso y estés, estés, estés, como si la gente fuera completamente muda en este lugar. Claro, por esto de presumir en cochazos, buscan excusas para mantenerse callados, aunque vengan los cuerpos de seguridad, se llaman así, te buscan, no te encuentren y se lleven a tu bebé de seis meses y a su madre porque te acusan de no estar contento con el hecho de que aquí la gente no sepa que hay un asunto importante que se llama derechos humanos. Eso pasó a un amigo. O que digas que ya está bien de tanta falta de democracia, joder. Incluso que no digas joder. Bueno, la gente guineana está fatal, aunque me hayan hecho ver que es signo de distinción social llevarse una camisa de Zara, y un servidor sin enterarse.

 

Pues ya lo dijimos la otra vez, basta con tenernos idiotizados para que dentro de unos años, volado el dinero, puedan justificar por qué vivimos en la pobreza, con menos de un dólar al día: es que África es Tercer Mundo. ¿No ves acaso los miles que se escapan de ella? Y así. No sé qué harán los guineanos de hoy cuando participen de la comunidad que discuta el probable hecho de que la ropa de Zara se paga a precio de esclavitud en fábricas de naciones pobres de Asia. Sería una manera de que se les llamara esclavos sin que se sintieran ofendidos. Al tiempo muerto, y ojalá.

 

Nota posterior: una botella de agua perfumada para planchar cuesta en Martínez 1000 FCFA. O sea, dos dólares exactos, el umbral crítico para dejar la tontería y vivir una pobreza atroz. Es una compra, pues, que debe mover conciencias. La fecha reclama el cierre, pero hay una cosa que debemos recordar a los damas barbudas de Guinea y a los chicos que siguen sus vidas: El lujo es el refinamiento de la comodidad, que se acompaña de formas delicadas de relacionarse con otros. Es imposible vivir en el lujo si el entorno en que vivís es de menos de un dólar el día, y por más dinero que tengáis. Es como alguien que al día de hoy sólo hablara latín y no conociera ninguna de las lenguas actuales, el francés incluido. Ya tenéis edad de saber que todos los intentos africanos por vivir en el lujo, ajeno a la miseria circundante, acabaron en fracasos estrepitosos.

 

Malabo, 18 de marzo de 2010

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.