El agua, los truenos y el día acá en la capital de Guinea

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Llovió en Malabo y se dasataron mis truenos, y los de todos, en versión cool.

 

Ayer, domingo, día del Señor, para los que han oído hablar a otros, llovió de lo lindo en Malabo. Fue, sin embargo, una lluvia prestada, pues lluvia todavía no toca en Bioko. El día nos dio tiempo a saludar, incluso tuvimos tiempo de dejar el testimonio de nuestro azaroso existir. Luego de estos prolegómenos, el cielo se abrió, incluso hubo truenos. De los mismos supimos que iban dirigidos a los miles de malos que han nacido en estas tierras.

 

Pero tuvimos una sensación rara, porque con tanta agua derramada, fue la primera vez que seguimos en nuestra tarea de amanuense en busca del subjuntivo perfecto sin que nuestro fenómeno meteorológico preferido lograra ponernos en pie. Y es que, tras muchos años de insistencia, fuimos uno de los pocos elegidos para disfrutar de lo que hemos dicha ya que recibe aquí el nombre de Agua Para todos.

 

Entonces llovía de lo lindo y nosotros a lo nuestro. Lo anterior fue que oyéramos sonar sobre el tejado el golpear de la lluvia y dejarlo todo y correr en busca de cubos, bidones, ollas. Y claro, en aquellos casos todo tenía que esperar, fuera la más florida de las redacciones de historias nuestras o ajenas. O que se hubiera puesto a llover a horas intempestivas, dos de la mañana, y dejaras la cama, abrieras la puerta con el peligro de que un enemigo distraído te diera un susto, y pusieras los cubos, y te resfriaras, que era un mal menor. Pues ayer fue la primera vez.

 

Llegado aquí, hemos de decir que tanto ajetreo moviendo cacharros para el acopio del agua ha dejado huellas muy profundas en nuestro vivir, y de ahí que la ya mencionada profesora alemana, docente en Humboldt, supiera la verdad y lo dijera en tono festivo: que nuestra literatura estaba plena de agua, hay en ella agua por todas partes. ¡Cómo no va a ser así si empeñamos nuestro sueño para ir en busca del vital líquido y casi durante nuestra vida entera!

 

Con el recuerdo de los miles de malos que hay en el Golfo de Biafra hemos de aclarar que no nos vamos a derretir con hecho de que hayamos visto acortada la distancia entre donde escribimos hasta la fuente de agua más próxima, ya que es noticia pública la cantidad de dinero que los detentores del poder africano malgastan en los países ricos, suficiente dinero para que si el único punto de África con agua fuera el Sahara, se usara del mismo para acoplar tubos para conducir la misma a todas las casas de la no-República de Guinea Ecuatorial. Además, que conste, y no seremos por hoy aguafiestas, el agua del que presumen en los predios del general-presidente Obiang es de una calidad dudosa. O sea, si nos quieren venir con el cuento este de que… si la dicha es buena, nos han pillado muy a contrapié. Ya no hay oportunidad para el armisticio.

 

 

Malabo, 3 de febrero de 2014

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.