El álbum de la posguerra es el verdadero álbum de la memoria

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Dice Josef Koudelka que una buena foto es la que no puedes olvidar.

Hay fotos de Gervasio Sánchez (algunas se las he visto hacer) que no voy a olvidar nunca.

¿Qué fotógrafo vuelve año tras año al lugar del crimen a preguntar por las vidas de los que captó con su cámara cuando la guerra y el consiguiente peligro de morir acechaba en cada esquina? ¿Cuando apenas le prestaba atención a ese riesgo, o lo dejaba acostado al margen como un sensor más de los que sirven para medir la luz? Siempre alerta, con un juicio moral impecable y una intuición indiscutible sabía que aquellas fotos que estaba tomando podían servir no solo de testimonios preciosos de un tiempo doloroso, sino la prueba para muchos cuyos nombres no conocía: fragmentos clave de su existencia, y un camino poco transitado para entender quiénes eran, quiénes se perdieron en el camino, cómo ha sido su vida desde entonces, en qué se han convertido.

Son fotos de niños y adolescentes que tomó durante el cerco de Sarajevo. Y que sobrevivieron. Y ahora, fotógrafo y fotografiados, durante un tiempo anónimos protagonistas de las fotos, se reconocen, se encuentran, reviven el pasado, y recuerdan.

Todo eso y algo más lo hace mi amigo Gervasio Sánchez en Álbum de posguerra, documental que se estrena el martes 27 de abril en Movistar+.

Edo en las ruinas de la biblioteca.

Edo y su hijo, Amer.

(Me gustan las crónicas de agencia porque los editores obligan a abrir párrafos. A pensar en párrafos. Breves. A concretar una idea en cada párrafo. Y así la crónica respira. Y la noticia se instala en la mente olvidadiza del lector. A veces trato de imitarles, pero me cuesta. Prefiero los párrafos densos, de comas como estacas, donde cada punto y seguido es otra suerte de estaca también sutil, que pasan casi inadvertidos, como si escuchara el ritmo callado e implacable de alguien que no deja de leer a Franz Kafka. Murallas de texto, en las que uno se encierra como un albañil de la tinta china que intentar descifrar el sentido del mundo con el sentido de la prosodia, con el ritmo de la sintaxis, como si todos fuéramos en realidad personajes de una cábala que escribimos con nuestras vidas, con nuestros actos, con nuestras decisiones, y esa es nuestra condena, o nuestra salvación).

En junio se cumplen treinta años del inicio de las guerras de Eslovenia y Croacia. Y en 2022 se cumplirán treinta del inicio de la guerra de Bosnia, donde nos conocimos.

Damir y Jasmin.

Damir y Jasmin, con Gervasio en la misma improvisada cancha de baloncesto de la que no queda más rastro que la memoria.

Este Álbum de posguerra recoge con las manos hacia el cielo la cosecha de muchos viajes a Sarajevo durante y sobre todo después de una guerra cuyas huellas y estigmas no se han ni mucho menos borrado, y si lo han hecho han sido más de las fachadas y del pavimento que de las pieles y de la memoria de quienes empezaron a padecerla hace mañana (el año que viene) 30 años. Es él quien ha seguido la peripecia de seres como Edo, al que bautizamos como “el guardián de las cenizas” de la destruida Biblioteca de Sarajevo, que formó parte de mi vida durante un breve instante, y cuyos vaivenes vitales ha perseguido Gervasio como un fotógrafo que necesita que la verdad y la memoria venzan a la mentira y al olvido. Edo, que entonces era niño y ahora, tras muchas vicisitudes, es padre, y trata de ser un buen guardameta para Amer, su hijo.

Es uno de los muchos vecinos de Sarajevo que dormían en sus fotos y que esta película despierta. En otros casos la película da nombre, es decir, cuerpo y alma, biografía, a quienes jugaban en un columpio o al baloncesto mientras su ciudad era bombardeada, martirizada en el mismo suelo europeo donde tras la Segunda Guerra Mundial nos habíamos solemnemente prometido que el flagelo de la guerra no volvería a asomar jamás su horrendo hocico. Jamás. ¡Qué sarcasmo!

Las fotos son un testimonio de cargo, ahora redoblado por las voces de quienes nos miran a los ojos y nos interpelan. Un revelado extra que traspasa el espejo de la fantasmagoría. Son palabras cargadas de pesadumbre, es decir, de razones fundadas en la propia experiencia, en el sufrimiento, en la injusticia, en la derrota. Es como si el aprendizaje tan duro de la vida les hubiera hecho mucho más conscientes de la fragilidad de la existencia, de su valor. Y les hubiera proporcionado una gramática en la que el dolor cuenta. Como cuando se quedaron solos, y no entendían que algo así pudiera ocurrir ante los ojos del mundo sin que las fuerzas del bien intervinieran. Como confiesa uno de ellos, “la tristeza hace de ti lo que eres. La felicidad no forma parte de una persona. Lo que nos forma es la tristeza y el drama de la vida”.

Tristeza que impregnaba el aire que respirábamos. Y que impregnó Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995. Como sigue ocurriendo y seguirá ocurriendo en tantos lugares desamparados de la tierra a los que no prestamos la debida atención. Y sin que haya fotógrafos ni plumillas que den cuenta, que vuelvan al lugar del crimen, que verifiquen lo que ocurre, y que dejen constancia.

Escuchar lo que nos tienen que decir esas fotografías es la parte que nos toca. Cobran vida gracias a la perseverancia de un fotógrafo que no se conforma con ir, tomar la foto, y desaparecer para siempre.

No eran fotos para un instante decisivo que olvida enseguida para pasar a otro asunto, a otra guerra, a otro olvido. Todo lo contrario. Álbum de posguerra es todo lo contrario.

Son fotos de ayer pero que en realidad son fotos para la posteridad, para ahora mismo. Son una apelación a prestar atención, una manera de aguijar (como solía escribir Juan Goytisolo, con quien tanto compartimos en las calles de Sarajevo) la conciencia dormida de la humanidad, la que nos recuerda que nada humano nos puede ni nos debe ser ajeno. No querer saber no hace desaparecer el mal, ni la injusticia, ni el dolor. Cada muerte, cada crimen, nos disminuye. Este Álbum de posguerra es una suerte de restitución.

Selma y Alma.

Selma y Alma con el fotógrafo que fijó aquel columpio (entonces se escaparon para jugar) para siempre, del que no queda ni rastro. Y sin embargo…

(La productora de este Álbum que cobra vida ante nuestros ojos es Lukimedia y la productora ejecutiva Stephanie von Lukowicz, y en algún lugar debe constar. Dirigida por Ángel Leiro y Airy Maragall, con guion de ambos y de Amanda Sans Pantling, la fotografía es de Juan González, el montaje de Marc Capdevilla y la música original de Xavier Capellas).

Las fotos en blanco y negro (salvo la del pálido color de Edo, en pijama, con el brazo en cabestrillo), que parecen de alguna manera haberse vuelto sepia, son de Gervasio Sánchez. Las fotos en color son las que este extraño y conmovedor filme revive, nombra, anima, son de la productora. Tenían entre 5 y 14 años cuando empezó la guerra y ahora aparecen con entre 33 y 43 años. El tiempo ha seguido corriendo para todos, para ellos y para nosotros. Para alentar la sorpresa, y añadir verdad a la verdad, los directores propiciaron que los reencuentros se produjeran ante la cámara. Y esa emoción nos caza.

El pasado 6 de abril este Álbum de posguerra se emitió en la televisión bosnia, coincidiendo con el 29 aniversario del inicio de la guerra, el 6 de abril de 1992. Bosnia sigue siendo un país roto, que nosotros vimos cómo rompían a martillazos ante nuestros ojos, y así lo contamos. Como tantos compañeros inolvidables. Mientras los dirigentes europeos y de las Naciones Unidas miraban hacia otro lado, hasta que fue demasiado tarde.

¿Vamos a recordar ahora? ¿Vamos a evitar que vuelva a ocurrir lo que ocurrió?

Nadie podrá decir que no supo. Y a pesar de todo volvió a ocurrir.

 

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