El Aleph de la telefonía móvil

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Comencé a hacerme misántropo cuando ejercía como crítico de teatro. La culpa no la tuvieron sólo las amistades teatrales que me surgían espontáneamente, por ejercer ese cargo en un diario nacional; ni tampoco las aglomeraciones en los vestíbulos, las noches de estreno; sino la desaforada carga de mensajes que se acumulaban en mi contestador automático. No había Compañía que estrenase en la capital, que no dejase un aviso en mi teléfono privado. Si escucharlas, procesarlas, y seleccionarlas ya exigía todo un trabajo, cualquiera puede imaginarse el anhelo de aquel crítico por adquirir un teléfono móvil. ¿Para que hubiera otra forma de localizarlo, e invadir su escaso tiempo libre?

 

No tuve móvil, cuando todos mis amigos y colegas hacía ya años que lo venían usando. He sido un acérrimo defensor de esa parcela de intimidad telefónica. Cuando habíamos conseguido el mejor mayordomo electrónico que nunca tendríamos en nuestro hogar: el contestador de llamadas; ¿íbamos a prescindir de él, para entregarnos a la esclavitud de un telefonillo, que te obligaba a contestar a todo el que llamara?

 

Me ratifiqué en mi independencia, cuando comencé a leer y ver en televisión reportajes sobre el yugo del móvil en las vidas de sus usuarios. Los Presidentes de empresas y corporaciones, así como de naciones o gobiernos, estaban exentos de móvil; no tenían tiempo para eso. Y como se sabe que el tiempo es oro, y que el verdadero poder es ser dueño de tu tiempo, la primera regla del hombre poderoso era seguir inmune ante el virus del nuevo telefonillo.

 

Sin teléfono móvil, me sentía liberado -además- de la tiranía de las altas facturas que sufrían mis amigos. La tarifa de los nuevos teléfonos resultaban proporcionales a las de los implantes dentales frente a los clásicos empastes, o a los precios del AVE frente a los del Talgo.

 

Entre dimes, diretes, infartos y exilio voluntario de la prensa, he podido mantenerme virgen frente al ariete ineluctable de la telefonía móvil, a la par que caía de bruces ante el seductor y lubricado empuje de Internet. Y ahí, sólo ahí, entre el arrullo de los manantiales y las olas internauticas, comenzaron a germinar todos mis males.

 

El lobo vampiro de Internet nos engañó a todos, bajo la piel de cordero de las enciclopedias sin peso, (Santa Wikipedia y San Google); el encanto de los exóticos contactos, o sus infinitos resplandores pornográficos. Por puro placer picamos su cebo, y nos hicimos adictos, sin regreso posible. Si engancharse a Internet resultaba como tener una imprenta, una estafeta de correos y un videoclub en casa, ¿quién podía resistírsele?

 

Por culpa suya me alejé de libreros, de traficantes de video porno del Rastro; e incluso de mis propios amigos fui también apartándome, para vivir más que en la agorafobia que me produce la gran ciudad, en el paraíso internáutico donde nada ocupa espacio, sin dejar de funcionar.

 

Pero como no hay felicidad completa, primero llegó el ADSL, y más tarde el litigio de los megas necesarios para una navegación correcta. El caso es que un día, mi utilitario ordenador, (con el que me había paseado por todos los rincones prohibidos del mundo internaútico,) quedó tan desfasado, como un seiscientos en un circuito de Fórmula 1. Alarmado, consulté con mi Informático (que a todas luces es el brujo contemporáneo que tenemos más cercano,) y siguiendo su consejo, cambié de compañía telefónica, abandonando la de siempre, para entrar en el reino múltiple de los megas necesarios.

 

A la semana del cambio, me quedé sin línea. Descolgaba el teléfono y estaba muerto. No podía llamar ni recibir llamadas. Menuda catástrofe me había agenciado con aquel cambio, -pensé en el primer momento-. Aunque debo confesar que me sentí muy feliz mientras estuve incomunicado. Despertarse y mirar al teléfono, sabiendo que no va a sonar en todo el día, y con suerte en toda la semana, es una experiencia similar a que te toque la lotería, y poder disfrutar de tu tiempo completo, como hacen los ricos.

 

Por culpa de este paraíso de la incomunicación, terminé viéndome sometido a graves conflictos laborales, que me llevaron a tomar tan drástica decisión: «Mi infancia sin móvil había terminado». Flanqueado por un par de amigos, penetré en el concesionario más cercano a mi casa, resuelto a ingresar en la secta de la telefonía sin hilos.

 

El mismo día que recogí mi primer móvil, vino mi brujo a casa con un técnico, y entre ambos consiguieron restablecer la línea de mi teléfono fijo. Por esta razón, el nuevo telefonillo lleva casi dos meses conmigo, y apenas lo he utilizado. No ha sido hasta hoy cuando por primera vez he sido suyo.

 

Esta mañana, al finalizar mis clases, y quedarme solo en el aula, he podido realizar mi primera llamada íntima, fuera de casa, sin moverme del asiento. La emoción ha sido deslumbrante. La primera vez resulta la más excitante. Gracias a él, he podido hablar -como nunca- con sentimiento de privacidad total, sin tener cerca a un compañero en el despacho, ni desde un teléfono público en el pasillo. Soledad absoluta con teléfono…, y todas las gozosas posibilidades que tal situación entraña. Un maravilloso sentimiento de libertad me ha embriagado. En la soledad dorada del espacio pedagógico, he comenzado a sentir y  vislumbrar un Aleph maravilloso de pasiones inalámbricas, gravitando suspendido en el centro del aula.

 

        – Y si yo sabía que existía esto, ¿cómo he podido pasar tantos años sin experimentarlo? –me he preguntado-.

 

Aunque no he vuelto a llamar por él,  siento que ahora llevo en mi bolsa un nuevo peso amigo, que me protege como una pistola de palabras. A pesar de los pesares, tengo que reconocer mi felicidad nueva, no por poseer un telefonillo mágico, (casi un satélite artificial en mis manos,) sino por haber comenzado a formar parte de sus esclavos.

 

Espero que este reconocimiento escrito, no sea el primer indicio de que pronto me vea convertido de nuevo en crítico de teatro, y por tanto en hombre público. No está mi corazón -de momento- para sufrir tantos atascos, tanto los del tráfico madrileño, como los de los cerebros que pergeñan lo que se cuece en los escenarios. Sin teatros, mi salud se reconforta en la Huerta del Retiro de mi Quinta de Santiago.