El alma clara de Stalin

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Hubo
hace tres años en Madrid una exposición poco habitual de
fotografía,

Europeas.
Retratos de Bettina Flitner
.
Poco habitual, digo, porque eran sólo retratos de mujeres
importantes, importantes de verdad y no por lo que normalmente suelen
serlo las mujeres a quienes acostumbramos a ver retratadas. Ninguna
era modelo, actriz de televisión, presentadora de programas rosa,
sino economistas, políticas, astronautas, jueces, presidentes de su
país, defensoras de derechos humanas, escritoras, cocineras,
editoras, coreógrafas…; apenas algunas de las que suelen aparecer
en este blog: Pina Bausch, Chantal Akerman, Magdalena Abakanovicz,
Ruth Rendell. La mayoría mujeres atractivas, no sólo por sí mismas
y por el peso de su trabajo y de su vida sino por la mirada digna y
respetuosa de Bettina Flitner: en casi todos los casos dos fotos de
cada una, un retrato
close-up
en blanco y negro y otra más creativa en color. Y entre estas
mujeres una de mirada fija, y triste,
Herta
Müller. Escritora. Alemania / Rumanía,

que nadie entonces podía imaginar, ni por asomo, que iba a ser
Premio Nobel de Literatura dos años y medio después.

Herta
Müller ha estado en Madrid y yo fui hace unos días a oírla leer
capítulos de su última novela,
Atemschaukel
(“Todo
lo que tengo lo llevo conmigo”) en el Goethe Institut.

Es, creo,
la tercer premio Nobel a quien conozco en persona (no sé muy bien
cómo escribir esta frase cuando los otros dos son hombres: ¿el
tercer premio Nobel, siendo ella mujer?, ¿la tercera premio Nobel,
siendo hombres los otros dos?). He tratado varias veces a uno
colombiano y he estado en dos ocasiones en ruedas de prensa de otro
portugués. Ninguno de los dos gente sencilla, lo que no es desde
luego exigible ni enjuiciable cuando uno es nada menos que Premio
Nobel de Literatura y, además, el único titular en su país de tan
importante galardón. El portugués dejó de ser santo de mi devoción
hace unos años por
razones
muy parecidas

a las que en esta misma revista expone, sin pretensiones de sistema,
mi ya otras veces mentado Ricardo Bada. Con la única diferencia de
que en mi caso la falta de aprecio es sobrevenida: yo sí llegué a
admirarlo mucho y leerlo aun más, hasta que se me cayó al
meterme
el primer tomo de sus diarios isleños: ¿no se darían él, su
traductora y sus editores cuenta de que retrataba a un personaje
pagado de sí mismo, sobrado, envidioso y obsesionado con los
premios, sobre todo con ese sueco que al final logró?

Müller es
en cambio una mujer tranquila que no parece ir de nada y que escribe
sobre algunas de esas cosas terribles que pasaban en la Europa de
mitad del siglo XX y sobre las que yo, como les contaba hace unas
semanas (
¿Cosas
del pasado?: escribir y leer después de Auschwitz
),
llevo meses leyendo:

Llevo un
tiempo leyendo casi solamente, como atrapado por el horror, crónicas
de ese siglo tremendo, de la barbarie de gente como nosotros capaz de
cosas de las que nosotros nos consideramos incapaces y del
sufrimiento de gente como nosotros que nosotros no podemos llegar a
imaginar. Margarete Buber-Neumann, comunista rusa presa de Stalin en
Siberia y entregada luego a Hitler que la envió al Campo de
Ravensbrück (
Prisionera
de Stalin y Hitler
);
el niño que vive Auschwitz y nos lo cuenta con la distancia y el
sarcasmo con que se puede contar lo que uno ha vivido cuando es niño
y lo que le pasa es, nada menos, que lo mandan a Auschwitz y logra
sobrevivir (
Sin
destino
,
Imre Kertész); la degradación inimaginable, inconcebible, de la
vida en el gulag (
Relatos
de Kolymá
,
Varlam Shalamov); el Director de orquesta empeñado en montar el
Réquiem de Verdi en medio del horror del Campo de Terezín y que
logra que se respete hasta el estreno la vida de unos cuantos de sus
músicos (
Le
Requiem de Terezin
,
Josef Bor); la escritora rusa que llega a Francia con su familia
huyendo de los bolcheviques y nos cuenta de la invasión alemana
hasta que ella misma es detenida -por franceses- y deportada y
asesinada en Auschwitz (
Suite
francesa
,
Iréne Némirovsky); la desesperanza y el tedio angustiosos de una
vida cotidiana sin futuro ni más presente que levantarse de
madrugada y caminar para deslomarse a trabajar en sitios lejanos,
congelados, asquerosos, donde no se produce realmente más que la
ficción de hacer algo para mantener toda una maquinaria de opresión
y terror, una vida cotidiana tan desesperante y tan angustiosamente
tediosa en la Rumanía opresiva de Ceaucescu que hasta son capaces
unos padres de dejar que las autoridades -el policía, el cura-
violen a su hija con tal de conseguir el pasaporte y escapar (
El
hombre es un gran faisán en el mundo,

Herta
Müller
).

El
empleado de seguros noruego que durante los siete meses preso en el
cuartel general de la Gestapo en Oslo escribía con un clavo sobre
papel higiénico un diario que iba enrollando y tirando por la
rendija del ventilador de su celda sin saber que un conocido volvería
a buscarlo y se publicaría (
Diario,
Petter Moen
),
un diario en que cuenta que “Lo que temo más que la muerte es la
tortura” y se atormenta por no haber sido capaz de resistir al
tormento (“Tendría que haber dejado que las bestias salvajes de VT
me despellejaran vivo y haber callado. No pude. La angustia y el
dolor me quebrantaron”); la vergüenza de las violaciones masivas
de mujeres tras la caída de Berlín (
Berlín,
la caída: 1945
,
Antony Beevor); la anormalidad kafkiana (que Kafka previó) de una
vida cotidiana cuya normalidad es estar sometido a vigilancia, a
acoso, a denuncia permanente (
El
hombre vigilado
,
Vesko Branev
);
la joven judía holandesa que pudiendo evitarlo decide compartir el
destino de su pueblo, ser exterminado, y se presenta para ser
internada en un Campo y después deportada y asesinada finalmente en
Auschwitz (Etty Hillesum, sobre quien leo en
La
herencia del olvido
,
Reyes Mate
);
Walter Benjamin atravesando Francia cada vez con menos equipaje para
acabar suicidándose a las puertas de España la única noche en que
la frontera, esas cosas de la vida, estuvo cerrada (
La
última frontera
,
Bruno Arpaia)…

Atrapado
por el horror de ese siglo cruel, sigo con ella y leo ahora en esta
nueva novela sobre el

Ángel del hambre

que acompañaba a los deportados alemanes durante los cinco
interminables años en que el Padrecito los tuvo matándose
literalmente a trabajar en campos soviéticos y sobre los demás
recuerdos que su amigo Oskar Pastior, que estuvo allí y tuvo la
suerte de poder volver para contarlo, le fue contando antes de
morirse hace unos años para que ella lo escribiera y nosotros
podamos leerlo ahora y no se nos olvide: los traslados en camiones de
ganado, la pérdida de la dignidad, el frío, la congelación, las
enfermedades, el sufrimiento indecible…

Oskar
Pastior tuvo, sí, la suerte de poder volver para contarlo, no como
decenas de miles de esos alemanes y como millones de rusos enviados
sin retorno al gulag por Stalin, ese hombre, el Padrecito,
el
más grande de los hombres sencillos
,
como lo llamó Pablo Neruda, otro Premio Nobel. Debe de ser, claro,
que hacía falta el castigo:

Stalin
alza, limpia, construye, fortifica
preserva, mira, protege,
alimenta,
pero también castiga.
Y esto es cuanto quería
deciros, camaradas:
hace falta el castigo

                                                     
(Pablo
Neruda,
Canto
General
)

Ese hombre
de alma clara al que cantaba Alberti, poeta este, esta vez, sin el
Nobel:

José
Stalin ha muerto.

Padre y
maestro y camarada:
quiero llorar, quiero cantar.
Que el agua
clara me ilumine,
que tu alma clara me ilumine
en esta noche en
que te vas.

Se ha detenido un corazón.
Se ha detenido un
pensamiento.
Un árbol grande se ha doblado.
Un árbol grande
se ha callado.
Mas ya se escucha en el silencio.

Padre y
maestro y camarada:
solo parece que está el mar.
Pero las olas
se levantan,
pero en las olas te levantas
y riges ya en la
inmensidad.

(Rafael
Alberti,
Redoble
lento por la muerte de Stalin
)

En estas
mismas semanas, más o menos, en que Müller ha venido por Madrid a
contarnos esta parte de los horrores de Stalin, han polemizado en
El
País

dos escritores sobre la actitud de Rafael Alberti y recordado uno de
ellos estos versos encomiásticos.

Y en estas
semanas también ha aparecido en Francia
Retour
à l´Ouest. Chroniques (juin 1936-mai 1940)
,
de Victor Serge, una recopilación de una centena de sus artículos
en el periódico belga
La
Wallonie
,
el único que le dio la hora cuando fue liberado por fin de las
cárceles de Stalin, él, que no era ningún facha reaccionario sino
alguien que venía del anarquismo y había sido revolucionario,
bolchevique y trotskista, admirador de Rosa Luxemburgo y de Gramsci,
defensor de nuestra República (está enterrado en el Panteón
Francés de México como “republicano español”); pero alguien
también que se dio cuenta a tiempo de la naturaleza criminal del
estalinismo y se dedicó desde entonces a denunciarla.
El
caso Tulayev

es otra de esas novelas imprescindibles para entender, como las de
Shalamov, Koestler, Solzhenitsyn… En
Retour
à l´Ouest

lo leemos ahora indignándose con un artículo de una revista que
afirmaba la compatibilidad entre estalinismo y libertad de
pensamiento:

Frente
a los hechos, los hechos, los hechos sangrantes, los hechos
flagrantes, esta barbaridad implica una impostura intelectual. Antes
de tomar así, con asombrosa ignorancia, la defensa del régimen más
totalitario y más inhumano que hay aquí abajo hoy en día, el autor
de esas líneas debería, honestamente, informarse un poco…

Cuando
Neruda y Alberti escribían sus cantos, odas, elegías y redobles
laudatorios ya sabían lo que habían sido la turbia alma de Stalin y
el estalinismo, no necesitaban informarse de los Juicios de Moscú,
las purgas, el gulag, las torturas, las deportaciones…, la
oscuridad a medianoche. Y sin embargo prefirieron seguirlo alabando y
encomiando hasta después de muerto.

José Antonio de Ory es escritor, entre otros oficios que lo han llevado a vivir de un lado a otro del mundo: Colombia (en tres ocasiones), la India y Nueva York. Ahora en Madrid, continúa escribiendo cuando le da el tiempo sobre cultura y otras cosas de la vida en este blog, donde se permite contar, y opinar, cómo ve las cosas. Es autor de Ángeles Clandestinos. Una memoria oral del poeta Raúl Gómez Jattin (Ed. Norma, Bogotá, 2004).