Al Gran Maestro del ajedrez y de la vida Alberto MacLean
Fiel lector de Harold Bloom, siempre me tomo con una pizca de sal, o para decirlo bajo el influjo de la no menos vasta y rica lengua inglesa, tomarlo con pinzas, cualquier incursión de Freud y del psicoanálisis en el arte que más me apasiona y que es el que practico: la escritura.
Sin embargo y por razones que desconozco, que no alcanzo a vislumbrar en mi propia psique, suelo pensar que hay un cierto vínculo, una asociación de orden diría que místico, entre los sueños y los recuerdos. A todas luces la relación es obvia, pero se trata de un nexo o nexos, si se quiere, así en plural, lo que antes se acostumbraba llamar vasos comunicantes, que ocurren o se manifiestan en la oscuridad del desierto –pues nadie que escriba lo hace sin que en el mundo subterráneo que existe y de hecho preexiste a la escritura, recurra a eso que llamamos indistintamente memoria, recuerdos, reminiscencias, resonancias o ecos del pasado.
En mi caso, tengo el problema, un tipo de problema que tampoco me impide escribir, pero que, digamos, se me ha presentado a lo largo del último año como un asunto físico antes que mental, o ambos a la par, no lo sé, y acerca del cual, sobra decirlo, no había reparado antes –si bien nunca se había manifestado como tal, al menos desde 1991, cuando publiqué una primera, modesta y con seguridad malinformada pero eso sí, honesta reseña de una película en el principal suplemento literario de la ciudad de México, a la sazón dirigido por ese gigante del pensamiento y estudioso de la melancolía en cualesquiera de sus ángulos (geográficos, topográfico-cerebrales, artísticos, en la biografía de personajes ilustres), el ensayista y académico Roger Bartra.
Cuando digo antes me estoy refiriendo no a un pasado remoto, sino, medido en mi tiempo de vida –hace poco cumplí 55 años de edad–, a un muy cercano pretérito, como ya lo mencioné antes: de poco menos de un año, en concreto el 30 de octubre de 2024, cuando mi pasado se volvió un insoportable presente.
Desde esa fecha, vivo o encarno algo semejante a lo que don Alfonso Reyes llamaba “la historia del presente”, y que en mi experiencia y entendimiento significa el súbito regreso al pasado –retorno es una palabra que remite a algo mucho más elevado, el Eterno Retorno, Nietzsche para empezar–, que como tal se hizo tiempo presente de manera intempestiva, en formato sunami de Hokusai, torrencial, caudaloso, del tipo que provoca el equivalente al rompimiento violentísimo de una ola sobre quien es o era uno al momento del impacto, del inclemente bombazo.
Y del cual uno, en caso de sobrevivir, nunca –por mucho lugar común o cliché que suene–, pero nunca, volverá a ser el mismo.
Y sin embargo, pasados los devastadores daños, muy desesperada y lentamente se aprende a convivir –eso espero, ese es mi ruego– con lo que queda después de haber recibido el inesperado y brutal impacto de noticias y hechos que resultan en la obliteración del que uno era o creía ser.
A saber cómo, un día menos nublado que el anterior, es posible volver a levantarse, poco a poco, con temor y angustias extremos pero con la esperanza –que se vuelve la necesaria y única vía de salida y salvación– de mutar en otro yo distinto, de aprovechar la implacable, dolorosa y, al final del día, irreversible lesión para transformarse casi hasta el punto de volverse irreconocible para con uno mismo, obligado por las circunstancias y las ganas de seguir haciendo lo que a uno le gusta, en mi caso escribir, respirar, convivir con los amigos y, de preferencia, tener un buen plato y un mejor vaso en la mesa.
En términos de la respiración no se registran cambios; sin embargo, en la escritura es de esperarse que, ahí también tendrán, estén teniendo lugar alteraciones y transformaciones de un calado todavía desconocido.
Lo único cierto es que no volverás a escribir como antes.
El vacío que ha dejado tras de sí la gigantesca abolladura en tu alma –esta última se recupera y rehabilita, el dolor permanece– por efecto del más calamitoso y trágico golpazo que te has llevado en tu vida, puedes estar seguro que no recibirás otro peor, que ha logrado descolocarte a tal punto y con tal fuerza que o te haces un trasplante de corazón o pereces.
Pienso, toda proporción guardada, en un músico contemporáneo, Nick Cave, cuya experiencia de la tragedia y/o del extremo accidente, me refiero la muerte de su hijo Arthur, lo llevó a entablar una relación muy distinta consigo mismo, con sus creencias religiosas, con su entorno, es decir su concepción del mundo y, por ende, con su música y la capacidad transformativa de la misma después de la inesperada y cruenta calamidad, del imborrable acontecimiento que, es inevitable, deja un tatuaje debajo de la piel y que el destino grafica todos los días de todas las semanas de todos los meses de todos los años, con escrupuloso y puntual detalle desde tu propio interior. Esa es la razón por la cual las cicatrices resultan invisibles a la vista de los demás, mientras por dentro la herida nunca acaba de cerrar: es una figura, un tattoo que también muta sin cesar y va dejando sus marcas con el paso del tiempo.
Con demasiado trabajo, cargando lo que un ser humano con un corazón todavía latiente apenas puede cargar después de haber visto, contra su voluntad y sin filtro protector alguno, de más está decirlo, el Rostro Oculto de la Muerte, pues esto es demasiado serio para ser una cuestión de mera mala suerte, la experiencia, por llamarla de alguna manera, también abre las puertas a un mundo no más luminoso, pero ciertamente menos sombrío dentro o al interior de la oscuridad que significa y se nos presenta, casi por definición, por el solo hecho de estar vivos, lo que el músico Nick Cave llama “el pacto”:
“Me parece que, si amamos, sufrimos. Es inevitable. Ese es el pacto […] Hay una inmensidad en el dolor que desborda nuestra propia pequeñez. Somos diminutos y temblorosos cúmulos de átomos, subsumidos por la devastadora presencia del dolor y del duelo […] Dentro de ese torbellino existen toda clase de locuras: fantasmas, espíritus, visitas oníricas y mucho más que, en nuestra angustia, deseamos que surjan, que se vuelvan tan existentes como el dolor mismo que les da vida. Estos son dones preciosos, tan válidos y reales, los necesitamos. Son las guías espirituales que nos conducen fuera de la oscuridad”.
De acuerdo con Emerson, en semejantes circunstancias no son raras las visitaciones oníricas a las que se refiere Nick Cave; tampoco la inscripción en la memoria –razona Emerson– “del resultado del día de hoy, que persigue a la mente y del que es imposible escapar”.
En su erudita historia de los sueños, El mundo bajo los párpados, Jacobo Siruela hace referencia a una tribu aborigen de Australia que se define a sí misma por su propia noción y sentido de intemporalidad: es decir, gente cuya existencia no está apegada ni sujeta al paso del tiempo: “En su cultura, la realidad (como para Jung y Dunne) tiene un carácter doble, o múltiple. En este contexto, multidimensional, la existencia, la experiencia del tiempo viene determinada por un modelo cosmológico que denominan tiempo del sueño […] Para los aborígenes australianos hay dos formas de temporalidad. Una la que constituye la vida objetiva y cotidiana, y la otra, un ciclo espiritual infinito al que llaman tiempo del sueño.”
Creo, o eso espero, empezar a explicarme cuando digo que, en lo personal, no es extraño que se me deslicen como agua jabonosa y a su propio antojo, las fronteras entre los recuerdos y los sueños. Creo también que ello se entenderá o se hará manifiesto al tratar de traer de vuelta del pozo de la memoria algunos recuerdos, muchos de ellos vividos –y vueltos a recordar– como en sueños y pesadillas.
En su imprescindible ensayo publicado en 2006, El Centauro en el paisaje, Sergio González Rodríguez (q.p.d), amigo y hermano, escritor todo-terreno, un valiente que no se arredraba ante la sevicia de los corruptos ni de ningún publirrelacionista, clown de segunda y escritor de bodrios y porquerías sentimentaloides –los charlatanes y cobardes temblaban a la espera de que sus engendros aparecieran como el peor libro del año en su famosa e irrepetible lista decembrina con los libros del año. En aquel libro legendario, el ensayista y periodista escribe con el tipo de lucidez que solo Serge tenía:
“Las personas que olvidan sus sueños son peligrosas. Los ocultan para tender un velo sobre sus convulsiones íntimas, los pequeños y grandes crímenes. O encierran sus delirios porque un mal día reaparecerán como amenaza de dominio y sufrimiento de otros, la pesadilla encarnada en las profundidades de la noche. El sueño es algo común y sacramental”.

Serge le pega dos veces al mismo clavo y acierta al señalar, sin tener que ir hasta Oceanía, el o los porqués de la naturaleza profunda, subterránea entre quienes no pueden recordar sus sueños, o no quieren recordarlos: a saber qué y cómo sucede eso, entiendo que existen estudios científicos que han dado cuenta del fenómeno.
En lugar de indagar en un campo de la ciencia que me es extraño por completo, prefiero imaginar la fenomenología operante en quien no puede recordar sus sueños y, quizás, tampoco sus recuerdos. Imagino entonces a una serpiente que habita la materia gris de semejante sujeto, que se desliza en húmedas ondulaciones al interior de su cerebro, en las partes donde ocurren los sueños, y que incluyen las cortezas cerebral y visual; el sistema límbico dentro de este, la amígdala; el hipocampo, que se supone es el depósito donde se almacenan los sueños y el recuerdo de los mismos; el lóbulo prefrontal; el hipotálamo y, el tronco encefálico, el cual me parece especialmente interesante e inquietante, en tanto su función es mantenernos dormidos, con los músculos relajados, y con ello impedir despertarse y, esto sí que es serio, prevenir que actuemos nuestros sueños –o peor, nuestras pesadillas.
Nick Cave y otro escritor –al igual que Sergio González Rodríguez– muy cercano a la persona que he sido, que soy y que seré hasta que el cuerpo se rinda, me refiero a Juan Villoro, coinciden en que la muerte, las visitaciones oníricas, el recuerdo, el olvido, en muchas ocasiones el necesario olvido, remiten, tienen que remitir a la vida. Que el lector me perdone por citar in extenso un pasaje entrañable referido al lado materno de la familia Ruiz Milán en su crónica de viaje al peninsular estado de Yucatán, Palmeras de la brisa rápida, imprescindible en mi intento por darme a entender:
La muerte, lo sabemos demasiado bien, tiene una poderosa capacidad recordatoria. Nos vestimos de negro para acercarnos a las cenizas del muerto y evocamos cada uno de sus actos. No pude pensar en mi abuela sin sentir que mi infancia entera estaba escrita con sus ojos. Para ella, querer a alguien significaba convertirlo en un personaje de la vida que vivía como una trama vastísima y no siempre verdadera. ‘La vida no acierta a terminar’, me decía, como quien desea salir de una obra inacabable.
A veces la veo en sueños. Me habla en su lenguaje peculiar y opina cosas que aún para la lógica de los sueños son extrañas, recupero su infinita capacidad de intriga, su humor (no siempre voluntario), sus desplantes operísticos, las historias de turcos, esclavos, hombres buenos derrotados como héroes de Conrad y sátrapas envueltos en el lujo de la decencia. La vida no acierta a terminar”.

En 1986, Leonardo Sciascia, apenas tres años de haber dejado su escaño como diputado de la República Italiana, publicó una intrigante novela basada en el controvertido caso Bruneri-Canella, llevado ante la Corte entre 1927 y 1931.
Gracias a El teatro de la memoria, Sciascia logró, además de reconstruir con detalle los pormenores de un caso real, plantear en su novela una serie de inquietantes preguntas acerca de la identidad, o identidades, que puede mantener un mismo individuo. En 1926, un ex combatiente de la Primera Guerra Mundial es detenido en un cementerio de Turín, acusado de robo. El personaje en cuestión presenta un severo cuadro de amnesia, por lo cual se decide recluirlo en un manicomio en lugar de la prisión. Una pareja lo reconoce al ver su fotografía publicada en un diario: se trata del profesor Giulio Canella, desaparecido entre las nieblas de la Gran Guerra. Sin embargo, el aparato de justicia tiene otra opinión y pruebas fehacientes, huellas dactilares, registros varios, interrogatorios: en realidad, el amnésico catedrático Canella es, todo parece indicarlo –y aquí la voz parecer remite a su origen griego, דָמָָה: actuar o simular ser otro– un tipógrafo turinés de nombre Mario Bruneri, buscado por estafador y por cometer otros delitos menores. En la trama de Sciasicia van desfilando una variedad de personajes, autoridades, familiares, conocidos, desconocidos; todos ellos participan en juicios, asisten a los tribunales, y es así como el novelista da cuenta de las artimañas e intereses de unos y otros, logran poner en entredicho y echar por tierra el recuerdo como recurso jurídico y, en consecuencia, la verdad acerca de la identidad de Bruneri-Canella.
Francis A. Yates (1889-1981), eminente estudiosa del ocultismo y el arte de la memoria durante el Renacimiento, notabilísima investigadora del Warburg Institute, encontró en un célebre personaje del siglo XVI, Giulo Camillo, corresponsal epistolar de Erasmo, preferido de reyes, príncipes y otras figuras lo mismo destacadas en las artes y el pensamiento del Renacimiento, al más singular de los genios fracasados.
La historia y proyecto de vida de Giulo Camillo, se centraron en erigir, tal cual, un Teatro de la Memoria.
Gracias a una estancia como profesor en Bolonia, el embajador de Francisco I en Venecia informó a su jefe del asunto. El rey de Francia se interesó a tal grado en la empresa del Teatro de la Memoria, que decidió financiar el proyecto de Giulo Camillo y llevarlo a Francia para llevar a cabo el proyecto hacia el año 1530. Otro corresponsal de Erasmo, Viglius Zuichemius, le escribió desde Padua al autor de Elogio de la locura en los siguientes términos: “Dicen que este hombre ha construido una especie de anfiteatro, obra de habilidad admirable, y quien quiera sea admitido en él como espectador será capaz de discurrir sobre cualquier materia no menos fluidamente que Cicerón. Al principio pensé que esto era una fábula, hasta que me instruyó más por extenso Baptista Egnatio”.
Más pronto que tarde, se sabría que el Teatro de la Memoria de Giulo Camillo, un semi círculo en el cual, a partir del escenario, se distribuían equitativa y simétricamente lo que su creador designaba como “los siete pilares de la casa de la sabiduría de Salomón”, se reducía a una maqueta en la cual, con dificultades, cabían dos personas.
Sin embargo, Viglius se encargó de seguir reportándole a Erasmo las maravillas y peculiaridades contenidas en el Teatro de la Memoria de su colega, Giulo Camillo:
“Llama a su teatro con muchos nombres, ya dice que es una mente y alma edificada o construida, ya que es un alma con ventanas. Pretende que todas las cosas que la mente humana puede concebir y que no podemos ver con los ojos corporales, una vez que se las ha congregado con diligente meditación, puedan ser expresadas con determinados signos corporales, de tal suerte que el espectador pueda al instante percibir con sus ojos todo lo que de otro modo quedaría oculto en las profundidades de la mente humana. Y es por causa de su aspecto corpóreo por lo que lo llama teatro”.
A pesar de las dudas que cualquier racionalista del Renacimiento pudiera tener luego de leer estos informes, por un tiempo hubo quien no dejó de apoyar el estrafalario proyecto –uso el adjetivo plenamente consciente de vivir en el siglo XXI, un siglo en el cual la mística, la imaginación puesta al servicio de la mente, resulta un anatema– del Teatro de la Memoria. Así por ejemplo, una vez desacreditado y expulsado de la corte de Francisco I, Giulo Camillo recibió, hasta su muerte en 1544, el patrocinio del marqués del Vasto, de nombre Alfonso Dávalos, gobernador español de Milán que también había fungido como mesías de Ariosto. Desde el Warburg Institute de Londres, Francis Yates concluyó, no sin cierto y genuino desconsuelo: “¡Pobre Camillo! Su Teatro nunca llegó a estar completamente terminado; su gran obra nunca fue escrita. Aun en circunstancias normales, es ésta una situación que da origen a una gran aflicción”.
Tratándose del elusivo tema de los recuerdos, del pozo turbio de la memoria, del peligro implícito en no recordar nuestros sueños, no hay lugar para circunstancia normal alguna; y sin embargo, el Anfiteatro de la Memoria es el sitio mejor acondicionado para traer de vuelta lo mismo las grandes aflicciones que las pequeñas, diminutas, escurridizas y fugaces, tal como lo lamentó Francis Yates –pienso en un colibrí atrapado en el Anfiteatro, a la busca casi imperceptible del menor resquicio, del diminuto punto de fuga por el cual salir de ahí tal como entró: por efecto de la naturaleza y sin darse por enterado.
San Luis
Recuerdo la llegada a Saint Louis, estado de Missouri, poco antes del mediodía.
Descendí del Greyhound en el que llevaba viajando casi ocho horas desde Tulsa, Oklahoma, las cuales hoy me parecerían tan imposibles de aguantar como infinitas –This is a trip to Hell!, le escuché gritar, con certera elocuencia, a un güero desesperado y fuera de sí–, pero no a los diecisiete años, cuando todo, o casi todo, es emoción: sea de la buena, de la regular, de la mala, de la pésima, o bien de la que o importa y se desliza como un par de patines sobre el hielo: más allá del bien y del mal.
Si me sumerjo en el pozo de la memoria e intentó distinguir algo en esas aguas espesas, de colores que van del rojo pardo al negro –como las emociones y el petróleo: los hay buenos, de refinación aceptable, hasta la basura líquida que corroe los pistones del alma y del motor que te permiten ir de un lado a otro–, no sin dificultad alcanzo a vislumbrar los valles rasos de la nación Cherokee, seguidos del parque nacional al que algún burócrata con sentido del humor bautizó como The Mark Twain National Forest, un bosque de más de 60 mil hectáreas de las cuales, pegado a la ventana del autobús, no vi más que sus bordes, que por cierto colindan con los Ozarcks, esa extensa comunidad de red necks que viven a las orillas del agua y que una popular, siniestra, aburrida e interminable serie de televisión puso en el mapa hace algunos años –aquí resulta más que pertinente, en tanto los escritores que antes lo hacían con el cine, se han vuelto igualmente soporíferos críticos de series de televisión, traer a cuento el ensayo El ojo de la casa, de la escritora y polemista colombiana Carolina Sanín, en el que reconstruye su vida a partir del recuerdo de las series de televisión que veía durante su infancia y adolescencia, y que ya adulta, saturado el mundo de series en streaming, siguió viendo y comentado para las revistas Arcadia y Credencial, que y siguió viendo y comentado: se trata de una sugerente, me atrevo a calificar de indispensable, lectura, que por supuesto jamás harán esas hordas de supuestos críticos, enganchados a sus series una después de otra, beuna, mala o pésima.
Esto, me refiero al extenso bosque que lleva el nombre de Mark Twain, tiene cierto sentido que no excluye al humor característico de ese genio de la literatura estadounidense del siglo XIX, pues Twain nació ni lejos ni cerca del bosque que lleva su nombre –tomando en cuenta que Estados Unidos tiene dimensiones continentales, con costas lo mismo en el Pacífico que en el Atlántico y el Golfo de México: a unas 130 millas al noreste del estado en la ciudad de Florida, que en el censo de 2010 reportó cero habitantes y en 2023, la última vez que un despistado o un extraviado pisó la ciudad, tampoco encontró a nadie, cero personas o especies análogas, ni un espíritu o siquiera algo parecido a un fantasma.
No muy distinta resulta mi experiencia al salir de la estación de autobuses en pleno downtown Saint Louis, por cuyas aceras –sobre las cuales se levantan los usuales rascacielos que uno supone ocupadas por gente que labora en oficinas– corre el nulo viento de los mausoleos.
Esto es un cementerio, en el cual deambulan, expuestos al rayo solar veraniego, unas pocas almas en pena, sea cargando bolsas y costales sobre sus espaldas, sea empujando con dificultad carros de supermercado destartalados, faltos de una rueda, repletos de bártulos y chácharas cuyo valor solamente conoce su poseedor, un hombre de piel oscura, que camina descalzo y habla solo, o habla para sí mismo a falta de alguien con la suficiente paciencia o compasión para escucharlo.
Estoy acostumbrado al fragor y estridencia de las ciudades. El barrio donde vivo en la ciudad de México, es más ruidoso que el centro de Saint Louis.
Faltan algunas horas para tomar de nuevo el autobús, esta vez en dirección norte, hacia Chicago, así que decido tomar una caminata sin rumbo fijo, si acaso buscando qué hay después de la estricta cuadrícula de calles que conforman el downtown. Por fortuna, en lugar de caminar en dirección a los slumbs y la marginación urbana en las zonas céntricas típicas de los años 80 y 90 del siglo pasado –aquello, como en todas las ciudades del país, debe ser ahora una zona gentrificada con alto valor de plusvalía–, comienzo a descender hacia un extenso recodo del río Mississippi que bordea una buena parte del centro de la ciudad. Ahí doy un paseo por una rambla bien acondicionada e igualmente desolada. Desde lejos avisto el imponente Gateway Arch, una estructura pronunciadamente angular, hecha de refulgente y perfecto acero inoxidable que se levanta a una altura de 192 metros. Está pulido a la perfección, de manera tal que el cielo y el sol se reflejan –se fundan– prístinos en el Arco.

A menos que uno camine varios kilómetros en dirección contraria, estando al pie del Arco resulta imposible no levantar la mirada y quedar medio hechizado por su sencillez y aparente ligereza –en las antípodas de la pesada, abigarrada estructura de la Torre Eiffel.
Después de Reagan, de sus guerras floridas en Centroamérica y sus intríngulis en Irán para asegurar ocho largos y transformativos años en la Casa Blanca; luego del breve periodo de cuatro años de la presidencia de un empresario petrolero, posteriormente representante tejano en el Congreso, embajador ante las Naciones Unidas, director de la CIA, vicepresidente de la nación, el halcón que dirigió al ejército más poderoso del mundo contra Saddam Hussein en la que fue llamada la primera Guerra del Golfo, aterrizó en el cargo de emperador sobre la faz de la Tierra un ambiciosos joven sureño, el hijo predilecto del estado de Arkansas y de su madre, que lo dejó en manos de sus abuelos mientras ella estudiaba enfermería para más tarde volver a casarse y darle a su único hijo el apellido de su padrastro; se trataba de un abogado y activista demócrata de Yale, viajado, Rhodes Scholar en Oxford, que además tocaba con competencias aceptables el saxofón.
Eran los años en que un tal Bono y su grupo irlandés, simulaban ser auténticos y le cantaban a América Rattle and Hum.
Eran también los años de búsqueda –o del comienzo de un extravío– en que un chaval de diecisiete años que había descendido del autobús Greyhound procedente de Tulsa y veía o creyó ver pasar, con una mezcla de asombro y temor, el resto de su existencia a través del Arco de Entrada a la Vida, así, sin más, al pie del Gateway Arch como si estuviera parado ante el infinito, sin darse cuenta que estaba ante el comienzo del fin. El joven de entonces fue testigo de su propia finitud: nunca se adaptó al mundo adulto.
Lucky Luke
Mi padre prohibía que sus hijos pequeños leyeran comics, quizá le parecía que, ya habiendo aprendido a leer, era nuestro deber leer tempranamente a los clásicos: El Quijote, Madame Bovary, Oliver Twist, lecturas que él jamás hizo y cuyos ejemplares se encontraban botados en lo que llamaba su biblioteca. En su secreto desafío a la autoridad –cómo le gustaba la autoridad, pero ejercida como por un niño de cinco años–, mi abuela materna fungía como traficante de los fantásticos comics locales de la época, y que de hecho hicieron época: Fantomas, Kalimán, Chanoc y la Familia Burrón. Mi padre, el adulto de cinco años de edad, supongo que gozaba cada minuto tener que responsabilizarse de nada ni de nadienadie, esa era su especialidad, cada viernes por la tarde, cuando nos botaba a mis hermanos y a mí con mi abuela Ramona, a quien nos referíamos tal cual como suena, La Abuela –nunca en la popular voz diminutiva de “abuelita”– en su departamento en San Pedro de los Pinos, un barrio que, a la fecha, mantiene el mismo carácter de clase media alta, media y baja y, a dios gracias, no se ha gentrificado. Durante un par de años, enorme La Abuela, no dejó de comprar esos fanzines en el puesto de los diarios y las revistas, hoy desde luego inexistente, y cada viernes a nuestra llegada nos recibía con el más reciente número de, por ejemplo, Chanoc –todas esas publicaciones se publicaban semanalmente–, un héroe y joven pescador de origen nahua ―dicho sea de paso, no he escuchado en los últimos siete años desde que empezó la gran transformación, a ningún político hablar ni mencionar a Chanoc, ellos que dicen reivindicar las lenguas originarias: el náhuatl, el mixe, el zapoteco, el maya, el seri, ni una sola de las más de 68 lenguas que se ramifican en once familias lingüísticas con 364 variantes. Ni a uno solo. Pero regresando al tema que sí importa, no a esos zoquetes, esa sí era la felicidad, o parafraseando al poeta cubano Eliseo Diego: la eternidad comenzaba cada viernes. Hasta que un domingo la eternidad, y la dicha que le proveía a La Abuela comprarnos esas lecturas a hurtadillas, recibió el más cruel de los finales: a saber cómo el viejo dio con el rincón de un amplio clóset donde, de manera diestra y eficientísima, La Abuela ocultaba esos tesoros que se fueron en el acto a la basura y que hoy, a mis 55, no me disgustaría conservar aunque fuera una par de ellos entre los poco papeles de valor que, durante demasiados años, más de los que pude soportar, viajaron conmigo a distintos puntos del orbe.
Mi madre, por su origen y obligada por el mandato de la curricula escolar, nos surtía de cuanto Obélix, Tintín y Lucky Luke quisiéramos, todos impresos en papel más caro, debidamente encuadernados con tapas duras. Coleccionables. Esos, que también, by all means, califican como comics, eran aprobados por mi padre, si bien tampoco sobrevivió un solo ejemplar de los mismos. Debieron haber sido muy grandes, enormes, de dimensiones suficientes para funcionar como arrebatador de infancias, los vertederos, rellenos sanitarios y basurales a cielo abierto que poseía mi padre para tirar las inocentes revistas que leían sus hijos. Nunca tuvo fondo, mi padre, caía en vertical abriendo boquetes, fondo tras fondo.
De mi infancia conservo un solo libro. No revelaré cuál. Ahí está, en mis libreros, ocupando su lugar junto a libros vastos, novelas, mucha poesía, que me proveen vida, pero nunca me regresarán al goce infantil de leer aquellas páginas con superhéroes y simpáticos personajes.
Existe en algún lugar al que se me ha cerrado el paso de manera unilateral, una fotografía mía de esos años, en tono sepia, la recuerdo bien. Debo de tener entre siete y ocho años a lo más, estoy en el amplio jardín de lo que fue una de las primeras casas familiares. Llevo el cabello largo, entonces lo tenía mucho más claro, con fleco a la Ringo, típico de quienes vivimos la infancia durante la década de los 1970s. Estoy sonriendo, lo recuerdo porque me falta un diente, un incisivo frontal –estoy, supongo que ya no se dice para no traumatizar a los pequeños, “chimuelo”.
En este caso, me refiero a algo más que a una fotografía y un recuerdo. Estoy hablando de un mundo, poblado de jardines verdes a mis espaldas, y de alguien juguetón detrás de la cámara: un mundo no sólo extinto; si realmente ocurrió, debió de haber sido en un sueño.
Mis hermanos y yo nunca jugamos a lo que hoy sería considerado un anatema: indios contra vaqueros. Sin embargo, en la fotografía a la que hago referencia, una polaroid quizás, aparezco sosteniendo con ambas manos un revolver vaquero de plástico.
Supongo que, al igual que los comics con que nos consentía La Abuela, la pila de literatura ilustrada en lengua francesa –si bien es fama que Tintín y Lucky Luck eran obra de artistas belgas– que igualmente consumí como una droga durante mi infancia, aquellos juguetes, que llegaron a incluir el set entero de Star Wars, yacen en el basurero de la memoria y de la Tierra; nadie, me refiero a los adultos de la familia, se ocupó de conservar esos tesoros para que pasaran de generación en generación. Mis dos hermanos y yo somos el último eslabón. Me temo que, al igual que mi padre, tampoco nos limitaremos, evidencia hay de sobra, a conocer el fondo de los fondos.

Joy
Unos meses después de regresar a México tras una ausencia de más de cuatro años, el día 2 de octubre de 2018 no me uní a la marcha que todos los años se lleva a cabo para recordar la represión estudiantil por el gobierno mexicano en 1968 y que actualmente se ha vuelto motivo para vandalizar y destruir cuanto encuentran su paso los manifestantes, opté por ir al concierto que esa misma noche ofrecían Nick Cave & The Bad Seeds en un foro al sur de la ciudad, lleno a tope. Había comprado antes de mi arribo tres boletos, se apersonó solo un amigo y revendimos el tercero en tres segundos.
La idea original había sido asistir, meses antes, al mítico Fox Theatre de Detroit y ver a este músico, poeta, novelista, místico, sobreviviente de la peor catástrofe que puede caer sobre la vida de un padre –y una madre, quizás aún peor– y arrasar por completo con ella, la vida como la conocían ambos, madre y padre, hasta entonces, demolida en tan solo cuestión de horas, o menos. A saber, se preguntaba todo mundo, cómo le hacía este hombre, golpeado ferozmente, para salir cada noche y enfrentar a la multitud; hoy sabemos que su contacto con el público mientras se acerca hasta la orilla del escenario y ofrece manos y brazos que, sin euforia, más bien con empatía, devuelven los fans el gesto de buscar el calor humano de quienes asisten a sus conciertos, fue, ha sido y sigue siendo la gasolina que alimenta a este artista mayor que, además, literal, espiritual y musicalmente se transformó sin dejar de ser Nick Cave, pero sí lo suficiente para que, el hombre que responde al nombre de Nick Cave, no se obliterara a sí mismo sino que mutara de tal forma que pudiera segur siendo el músico, el novelista, el poeta y compositor, Nick Cave. Y sin embargo, otro Nick Cave.
La razón por la que no pude llegar a tiempo al concierto en el Fox Theatre de Detroit se debió a un urgente e inaplazable asunto de trabajo, una dizque profesión que, en buena medida arruinó incontables años de mi vida, pero era mi trabajo y me lo tomaba en serio. Ingenuamente creí que, con salir temprano a la pequeña ciudad de Muskegon, ubicada justo al otro extremo del estado de Michigan, que no es digamos que pequeño: es tan ancho que tiene costa en el lago Erie al este, y lo mismo al oeste, el lago Michigan, en dirección hacia donde había que manejar para tener un primer contacto y atender a una joven mujer que, tras un accidente en automóvil, había quedado parapléjica. Su marido había muerto al instante, vivía con un familiar más bien lejano y fastidiado de tener a una persona completamente discapacitada en su casa –en cuanto lo vi supe que se trataba de un tipo avieso, a la espera de sacar alguna ventaja, es decir dinero, de una tragedia conyugal y personal de dimensiones no mayores, sino cósmicas. Fue mi decisión ir y presentarme personalmente, pues el funcionario, para decirlo d manera caritativa hacia el imbécil, era un zorro, una lacra en la que no podía confiar.
Además del rufián encargado de la protección a mexicanos, le pedí a un ayuda personal, amante del volante, que nos acompañara. Y, desde luego, el asunto requirió no solo acceder al domicilio donde se hospedaba la joven viuda, sino aprovechar el viaje para movilizar todos los recursos médicos públicos o privados y de trabajo social locales a los que pudiera tener acceso con el fin de auxiliar de inmediato a la infortunada joven mujer en estado parapléjico.

Evidentemente, me olvidé por completo del concierto de Nick Cave & The Bad Seeds en Detroit: ya tenía frente a mi otra tragedia del tipo que descarrilan de manera violenta y permanente la vida.
Como señalé antes, regresé a México con boletos comprados para no volver a perderme el anhelado espectáculo, pues en el caso del músico australiano, no se trata de un simple concierto, sino de una experiencia compartida y única con Nick Cave –el tipo de acto que asocio con el teatro: ninguna función de cualquier obra en particular es la misma obra ni la misma función.
Pasaron los años, ya lo mencioné al principio, yo mismo tuve que ser impactado por mi propia cuota de catástrofe, en este caso familiar.
El 2 de octubre de 2018, Nick Cave seguía en zozobra. Pero seguía creando y creyendo.
Estoy seguro, a mi nadie me va a decir lo contrario, que por su alma y su corazón ya se escuchaban las notas de una canción de su álbum más reciente, aparecida hasta el año 2024 –su hijo murió en 2015– en la que, sin por supuesto olvidar la pérdida, es posible, si no es que milagroso, ser testigo y compañero del regreso –no exento de un dolor permanente– de Nick Cave a la vida, a una peculiar, única e irrepetible forma de alegría llamada “Joy”:
“Desperté esta mañana con la cabeza atiborrada de tristeza
Sentía como si alguien de mi familia hubiera fallecido
Salté de la cama como un conejo y caí de rodillas
Llamé a quien estuviera a mi alrededor, implorando piedad
Y desde la ventana se adentró una voz grave y como hueca
Le habló a mi dolor, a mi ansia de tristeza
¿Quién es?, grité, ¿qué fantasma salvaje ha venido con esa agitación?
¡Es pasada la medianoche! ¡Por qué perturbarme a estas horas!
Y entonces vi un movimiento alrededor de mi estrecha cama
Un fantasma, zapatillas deportivas gigantes en los pies, y estrellas riendo alrededor de su cabeza
¿Quién se sentó en mi estrecha cama? El chico llameante
dijo: ‘Hemos pasado por demasiado sufrimiento, ahora es tiempo de alegría’
Y alrededor del mundo todos gritan imprecaciones, gritan palabras de ira
Que hablan del fin del amor, pero las estrellas brillan sobre la Tierra
Brillantes y triunfantes metáforas de amor
Cegándonos a todos los que nos atrevemos a mirar más allá
Y salté como un conejo y caí de rodillas
Grité a mi alrededor: ‘¡Ten piedad de mí, por favor!’
Alegría. Alegría. Alegría. Alegría”.

Ojos de animal disecado
En el living en la casa de montaña de mi abuelo Jean siempre hubo una cabeza inmensa de un reno colocada en una de las paredes de madera –que con toda certeza habrá sido su presa de caza. Sin que me viera el abuelo, me subía al sofá desde el cual alcanzaba a tocar el áspero pelaje disecado, semejante al tacto a las cerdas de una brocha, color marrón claro, castaño, de la colosal cabeza.
Los ojos eran dos oscuras e impenetrables esferas, dentro de las cuales, ahora lo pienso, flotaban mundos enteros. Nunca me atreví a tocarlos, me daba miedo poner siquiera la yema del dedo en esos órganos globulares que parecían mantener todavía algo de vida: lo que habrán visto en las profundidades del bosque, la nieve cayendo inmutable, la calma absoluta de la montaña, el momento en que el reno vislumbró entre las hojas de los árboles el cañón de la escopeta del abuelo.
La ciudad de México
La casa de la familia, es decir de mis padres, entonces llamado el Distrito Federal, se hallaba en un antiguo pueblo de tepanecas y otomíes, Tlapan, que proviene del náhuatl tlalli y significa “en tierra firme” o “sobre la tierra” –seguramente porque se hallaba lejísimos del sistema de canales que conformaban la gran Tenochtitlán. Con la llegada de los españoles, quizás por tratarse de una zona a la fecha densamente arboleada, que procura frescura en los infernales meses de mayo y junio, el pueblo de Tlalpan pasó directamente a manos del Marquesado del Valle de Oaxaca.
Durante mi infancia y adolescencia, Tlalpan siguió manteniendo su carácter más o menos rural, más o menos marginalizado del resto de la ciudad. Solamente quienes habitábamos el barrio poníamos el pie en el barrio –esto desde luego cambió radicalmente en menos de un par de décadas, cuando se parcelaron terrenos para provecho de algún político y sus secuaces y Tlalpan terminó siendo absorbido por la gran ciudad.
En Tlalpan fui al kínder, a la escuela primaria y secundaria. En Tlalpan había un cine, avenida de San Fernando, justo junto a un reformatorio juvenil, donde lo mismo pasaban las películas de vedettes que enseñaban media nalga, insinuaban un pezón, que filmes de la talla de Once Upon A Time in America, la interminable historia de Noodles y sus secuaces, desde la infancia hasta la tercera edad, o Blade Runner, la obra maestra de Ridley Scott que vi en 1982, a los doce años gracias a la tolerancia del gordo en bata de un desteñido color guinda que mantenía la taquilla, cuando se estrenó y me dejó hechizado para siempre.
En mis intentos por conocer la vida del Distrito Federal, más allá de los confines de Tlalpan, leí La región más transparente, y como casi todas las novelas de Fuentes, no me dijo mucho, más bien me dejó indiferente: esa era una ciudad literaria, de hecho una ciudad literaria fallidamente construida.
El día que al fin salí de Tlalpan y pude conocer la ciudad fue cuando, viviendo fuera de México, leí El disparo de argón, de Juan Villoro. Por primera vez pude asomarme a los barrios populosos donde la actividad empieza antes de que se levante el sol; de igual manera, saber a qué huelen las aceras ocupadas por humeantes puestos de comida, de tacos, tamales, tortas que los transeúntes devoran con dichosa avidez al tiempo que se trasladan al sitio donde laborarán sus respectivas diez a doce horas de esclavitud –lo que hoy, eufemísticamente se le designa, como si con ello se solucionara algo: trabajo precario.
A diferencia de La región más transparente –entiendo que es considerada una obra mayor de la literatura mexicana: no lo fue para mí. Algo distinto ocurre con –y– en el Distrito Federal de El disparo de Argón, algo real cuyo sostén, es, en primerísimo lugar, un estilo logrado, de frases que se enganchan una tras otra en la construcción –totalmente alejada de cualquier costumbrismo– de la ciudad y de la trama de la novela. No resulta necesario redactar/montar un circo descriptivo, sino inventarlo en términos literarios ―lo que cualquiera espera de una buena, en este caso, espléndida, novela. El inicio de una novela no determina a priori su calidad y excelencia literarias, pero conozco suficientes inicios de novelas, por ejemplo The Adventures of Augie March, de Saul Bellow; Moby Dick, de Melville; A Tale of Two Cities, de Dickens, que citan hasta quienes no la han leído; el Quijote, naturalmente; Todo por la patria, de Martín Caparrós; Money, de Martin Amis; Diario de la guerra del cerdo, de Bioy Casares; Degenerado, de Ariana Harwicz; Ciudades desiertas, de José Agustín; Blanco nocturno y El camino de Ida, de Ricardo Piglia… la lista es larga, pero sin jactancias ni falsas modestias, puedo decir que sé de lo que hablo.
Así arranca, como una lenta bala, El disparo de argón:
Era de mañana, pero no de día. Un cielo cerrado, artificial. Las cosas aún no ganaban su espesura; intuí a la bailarina en el escaparate, la zapatilla rosácea apuntando hacia el cristal, las pestañas sedosas, los párpados bajos, ajenos a las sombras de la calle. Normalmente, lo primero que veo en San Lorenzo es una explosión de rótulos, cables de luz, ropas encendidas en rojo, verde, anaranjado. Ahora el cielo aplastaba las casas de dos pisos; las azoteas eran miradores a una catástrofe negra y segura”.

Jack & Diane
Fue el primer video de MTV que vi, 1982, el mismo año que la canción del mismo título, Jack & Diane, de John Cougar, sacó la pelota del parque y se mantuvo entre los primeros lugares de popularidad en los charts y billboards de Estados Unidos, Canadá, Australia, Irlanda y no sé cuántos países más.
“Oh yeah life goes on
Long after the thrill of livin is gone
Oh yeay say life goes on
Long after the thrill of livin is gone
[…]
Hold on to 16 as long as you can
Changes come around real soon
Make us women and men”
También fue mi primer atisbo a la decepción, a que la vida no me iba a ofrecer –no lo ha hecho– lo que yo más deseaba de ella.
Un finale molto espiacevole
Se suponía desde un principio que esto, estás páginas –agradezco al lector y a mi editor su infinita paciencia– irían de recuerdos. Sin embargo, ¿qué haces cuando estos se te confunden con los sueños, o peor todavía, con las más escabrosas pesadillas? ¿Poseen, entonces, los recuerdos, el mismo lugar que los sueños y las pesadillas?
Hugo Hiriart, maestro obligado de cualquiera que aspire a escribir una frase mínimamente clara e inteligente, no una babosada, escribió en un libro interminable –como lo puede ser el acto de recordar, de soñar y hasta de, deseablemente, olvidar–, 226 páginas impresas, Sobre la naturaleza de los sueños (1995): “En los sueños no hay ni puede haber sorpresas. Con excepción de las pesadillas: si en un sueño aparece la posibilidad de una sorpresa, el sueño degenera en pesadilla”.
En definitiva, querido Hugo, me quedo con los sueños: les dejo las pesadillas a quienes se las merecen.




