El ángel de Leonardo

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La culpa de que este dibujo esté aquí, la  tuvo la tía Isabel. Para los de mi generación, tener una tía pintora resultaba mucho más improbable que tener una tía monja; un tío pintor… hubiera sido más posible; tanto, que Faba lo tuvo, y se llamaba Juan Gómez, pero eso ya es otra entrada.

 

Cuando sus sobrinos acudían a su casa, para que les enseñara a pintar, la tía Isabel -ni corta, ni perezosa- los ponía a copiar algún cuadro de Leonardo. ¡Ahí es nada! O no regresaban tras la primera clase, o se curtían en la disciplina rigurosa de los clásicos en su primer baño plástico.

 

Nunca se había atrevido Faba en su dilatada actividad de copista, (la escuela de los autodidactas), a intentarlo con los grandes pintores del Renacimiento. Cuando en su adolescencia se inició con el óleo, los Impresionistas y los pintores del S. XX le parecían pan comido, comparados con Leonardo. Fabita se desvirgó sobre lienzo con Pissarro, Gauguin y Modigliani; con Van Gogh no pasó de un conato de dibujo a la cera, de uno de sus famosos cuadros de puentes. Picasso y Braque eran como sus colegas: no sólo se atrevía a copiarlos, sino que hasta los corregía y reinterpretaba sobre la marcha.

 

Fue la tía Isabel quien lo puso en un brete, sin haber mediado con ella una sola palabra, (en realidad su vínculo familiar le llegaba por vía matrimonial). Sin embargo, en su mente le reconcomía el relato escuchado en su estudio de Alcázar: “Si lo habían hecho sus sobrinos, antes de haber aprendido a trazar una sola línea, ¿cómo no iba él a atreverse, a estas alturas de la vida?”

 

Para dibujar a Leonardo, antes de nada, hay que aprender a relajar los brazos y los hombros. No puede quedar una sola tensión en los músculos de una mano, que comenzará a mover un lápiz grueso sobre un papel basto, como quien acaricia el lomo de un gato, o la espalda de un amante relajado tras el embate amoroso. El dibujo final es la huella de este acto de intimidad y ternura entre el dibujante, su lápiz, y la imagen ideal de una emoción compartida.

 

En honor a la verdad, hay que decir que esta angélica cabeza de leonardesca sonrisa, fue el quinto dibujo que copió Faba en la primavera de 2006 de Leonardo da Vinci. Según avanzaba en la realización de las piezas anteriores a este ángel, fue dándose cuenta de que los seres de Leonardo, flotaban; todos eran -y son- ángeles, incluidos los más ancianos o terrenales. Para poder transmitirlo, más que acumular esfuerzos sobre el papel, era necesario despojarse de todos ellos, y quedarse a solas, desnudo con el cuadro, y lanzarse a disfrutarlo. Sólo así podía enfrentarse uno al reto de dibujar a Leonardo.

 

El ángel de Leonardo

Gabriel Faba. 2007

Copia -a lápiz de grafito- de un dibujo de Da Vinci,

sobre papel recio de ferretería.

75 X 40 cms.