El ángel de los parias

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Rafael Paredes Giraldo es más que un abogado para quienes le visitan. Dependiendo de ante quién está, según el problema que se le plantea, hace de padre, de médico, de amigo, de confesor, de hermano mayor, de psicólogo y, a veces, de experto en leyes

 

Cuando el abogado Rafael Paredes Giraldo le cuenta a uno de sus mejores clientes que se va a ir de vacaciones durante dos semanas, éste se muestra ofendido: “Tú no te puedes ir de vacaciones,” le dice a gritos. “No hasta agosto de 2012”. 

 

El cliente se llama Ibra, mide casi dos metros, es de Senegal y lleva cinco años en España sin papeles. Rafael le recibe casi todos los días. Y nunca le ha cobrado nada. Nada. Ni a él ni a ninguna de las casi 12.000 visitas de inmigrantes que ha recibido en su modesto despacho en el número 83 de la calle Jarauta, de Pamplona, en la región española de Navarra, desde el 1 de junio de 2009. 

 

Ibra estaba bromeando. Si no fuera por Rafa, como le conoce todo el mundo, estaría en Senegal hace años. Y no precisamente de vacaciones, sino deportado, deshonrado. Derrotado.

 

A sus 56 años, Rafa es un hombre menudo, de pelo blanco corto y escaso, con una cara redonda en la que destaca un prominente mentón, redondeado también. Sus cejas, pobladas, negras, vitalistas, y su mirada, camaleónica: penetrante a veces, tranquilizadora y paternalista, otras. Rafa es más que un abogado para quienes le visitan. Dependiendo de ante quién está, según el problema que se le plantea, hace de padre, de médico, de amigo, de confesor, de hermano mayor, de psicólogo y, solo a veces, de experto en leyes.

 

“Ana María, te han pillado”. Así reacciona a la lectura de la carta doblada y arrugada, que le ha traído la diminuta señora boliviana, de unos 55 años, que da un respingo al otro lado de la mesa. “Esto tiene muy mala solución”. Ana María aprieta sus gruesas manos. Lleva el pelo desaliñado y cuatro capas de abrigo. Tiene cara de no haber dormido en varias noches, y de estar enferma, de pena y de miedo. “Yo que creía que mis problemas estaban solucionados…”, alcanza a balbucear.

 

Después de emigrar a cinco países, recaló en Pamplona en una situación mejor que la de la mayoría de inmigrantes: había conseguido ahorrar 30.000 euros. Pero entonces conoció a un ghanés veinteañero que le juró amor eterno y le convenció para que se casase con él. Le pidió los 30.000 euros que había ahorrado, supuestamente para abrir una farmacia en Ghana. 

 

Ella, pese a los esfuerzos de Rafa para convencerle de que no lo hiciera, le entregó el dinero a su marido, que no se lo ha devuelto ni ha abierto ningún negocio en su país natal. “Después descubrimos que le daba unas palizas que la dejaban medio muerta. Nos costó mucho conseguir que le denunciase y que se le pusiera una orden de alejamiento, pero lo conseguimos”. 

 

La carta la remite el Gobierno de Navarra. Cuando vivía aún con el hombre que la maltrataba y la estafó, Ana María solicitó la renta básica y dijo que era soltera. Por mucho que debiera serlo, no lo era, y ahora le comunican por escrito que le retiran toda la ayuda que ha recibido en algo más de dos años, que asciende a 9.000 euros, por mentir sobre su estado civil y recibir ayuda fraudulenta (los casados no tienen derecho a recibir renta básica). La mujer no puede casi respirar.

 

Rafa toma aire. Hace algo más de un año sufrió un derrame cerebral que el médico achacó a lo muy en serio que se tomaba los problemas de los inmigrantes a los que atendía. Aquel día le prometió a su mujer que en lo sucesivo no se involucraría tanto emocionalmente.

 

Algo más calmado, adopta la pose didáctica y sobria que corresponde: “A ver, si no tienes ese dinero, no te lo van a cobrar. Pero esto no te lo van a perdonar y no podrás recibir renta básica nunca más. Siempre deberás al Gobierno de Navarra 9.000 euros”, dice forzando la sonrisa. Ana María camina despacio, arrastrando su escuálido esqueleto hasta la puerta. Se gira, y da las gracias.

 

Rafa espera hasta asegurarse de que la mujer haya salido del despacho, y se desahoga: “¡Sé lo dije! Y luego viene y me dice: ¿y ahora qué hago para recuperar el dinero? Estuve por decirle: ¡pero qué coño vas a hacer ya! No me has hecho ni puñetero caso en los meses que llevo diciéndote que no se lo dieras. No sé dónde acabará esta mujer”. 

 

Se disculpa y va al baño que tiene detrás de la mesa de despacho. Recupera la compostura y murmura: “Ya tengo algo sobre lo que pensar en vacaciones”, me confiesa. “No se lo he contado, pero voy a intentar conseguirle una ayuda del Estado por ser víctima de violencia de género. Porque las del Gobierno de Navarra ya las tiene completamente bloqueadas”.

 

A Ascen se le ha estropeado el ordenador, y me pide que se lo arregle. No soy ningún experto, pero intento echar una mano. Ascen es una religiosa que regresó a España hace un año, después de haber vivido, como misionera, los años de la emigración española en Suiza, y haber convivido con la pobreza en Japón y Ruanda. Al poco tiempo de volver, se enteró de lo que Rafa estaba haciendo y no dudó en ofrecerse como voluntaria para ayudarle en lo que fuera. “Estas monjas, cuando se jubilan, trabajan más que todos nosotros,” dice él entre risas. 

 

“Es un tema que me gusta, puedo aplicar algo de lo que aprendí cuando estudié relaciones laborales”, me cuenta ella. “Además, los problemas que tenían los españoles que iban a Suiza y los de los que vienen aquí se parecen mucho en lo profundo: el desarraigo, la necesidad de trabajo y de apoyo…”.

 

Con la cara triangular, y dos aristas en los mofletes abombados, Ascen viste ropa de calle algo anticuada y posee una mirada despierta y juguetona. Cuando acude al despacho de Rafa se sienta en la mesa en la que desemboca el estrecho y frío pasillo de entrada. 

 

Si las visitas vienen un martes o un viernes lo primero con lo que se encuentran es su cara sonriente, dispuesta a abrirles una ficha con los datos que deseen facilitar –Rafa no pregunta a nadie su nombre, ni su situación administrativa, ni sus antecedentes penales salvo que el caso en el que sea necesario para la ayuda que requiere-, y a atenderles mientras esperan su turno.

 

“Lo que hace aquí Rafa es buenísimo,” cuenta. “¡Y no cobra! Yo estoy ahí fuera y veo que le vienen buscando a él, porque han escuchado que ayuda a gente en su situación”. Los ojos de Ascen brillan cuando habla de Rafa, que  escucha los elogios y asoma la cabeza desde el despacho para cortarle, incómodo, diciendo que el sistema de ayuda a los inmigrantes depende de muchos otros además de él.

 

Cuando, no sé muy bien cómo, consigo arreglar el ordenador, una agradecida Ascen consulta su perfil de Facebook. “Está bien esto del Facebook. Mira, aquí me avisa que es el cumpleaños de un amigo”, comenta sonriente mientras escribe una felicitación. 

 

Tras la mesa de Ascen, una puerta de madera desgastada da paso a la sala en la que quienes entran dejan, al menso por un rato, de ser solo  inmigrantes. Las paredes están a medio pintar, una beis, la otra amarilla. Excepto el ordenador y el título de Derecho, todo lo que hay en la habitación ha sido donado o regalado: la mesa circular, presidida por una reproducción metálica de la Torre Eiffel, obsequio de unos chicos senegaleses que la construyeron en un curso de soldadura, después de que Rafa les consiguiera los papeles. Avanzando hacia el escritorio, fruto de los Traperos de Emaús, el visitante se topa con un mapamundi colgado en la pared, plagado de pequeñas banderas de color verde pinchadas sobre cada uno de los más de 70 países de origen de las personas que ha atendido Rafa en su despacho.

 

Una placa de la Asociación de Nigerianos de Navarra, que le tendió hace unas semanas una trampa al abogado, invitándole a lo que él creía que era una fiesta cultural y terminó convirtiéndose en un homenaje en el que le entregaron la condecoración por su apoyo a la comunidad de ese país africano.

 

No hay estanterías, lujo superfluo, y una pequeña repisa en un hueco de la pared sirve para que descansen los libros de leyes con los que Rafa trata de obrar milagros. Y más allá, el propio Rafa, con su sonrisa crónica, inexplicable a veces, sentado en la silla de la que muchas mañanas ni se levanta, flanqueado por su ordenador portátil y la impresora, algo anticuada, que alguien le regaló para que no tuviera que comprarse una, preguntándose quién será el siguiente: una mujer maltratada de El Salvador, un moldavo que teme ser desahuciado o un camerunés tramitando la doble nacionalidad.

 

Cuando Rafa nació, hace 56 años, no había en su Berriozar natal ningún inmigrante. Toda la gente en su entorno era de raza blanca. Cuenta que la primera vez que vio a un negro fue en la Universidad de Navarra, donde comenzó la carrera de Periodismo. 

 

“Cuando hay pocos (inmigrantes) no hay problemas. Hay curiosidad, ganas de conocer. Las complicaciones llegan cuando empiezan a llegar en un número importante. Entonces la gente piensa que vienen a quitarnos el trabajo, y surge el racismo”.

 

Rafa abandonó los estudios de Periodismo después de un año de carrera al no podérselos costear. Después de eso abrió una cafetería con la idea de ahorrar para abrir después una librería, junto con unos amigos y cumplir así la ilusión de su vida. “Cuando ya había ahorrado dinero, los amigos se echaron atrás y no pude montar la librería”. Entonces se casó con Arantxa, auxiliar de clínica y delegada sindical de ELA (Eusko Langileen Alkartasuna, en euskera, o Solidaridad de Trabajadores Vascos, STV) en el Hospital de Navarra, y decidió seguir trabajando, abandonado el sueño de la librería. A los 39 años, se embarcó en otra aventura al matricularse en la carrera de Derecho en la Universidad Española de Educación a Distancia (UNED). Estudió por las tardes, y compaginó los estudios con su trabajo en la cafetería y otros empleos diversos, en lo que describe como los años más duros de su vida.

 

“Lo hice para ocuparme de los trabajadores que estuvieran en situaciones exclusión y con problemas graves. Y luego me di cuenta de que aquí no hay tantos conflictos de derecho laboral”. Fue entonces cuando decidió ocuparse de los asuntos legales de los inmigrantes: “¡Que me va la marcha, vamos!”. Antes de fundar Etorkin, trabajó asesorando a inmigrantes en Cáritas durante cinco años. También ha estudiado tres años de la carrera de Antropología en la UNED, y espera terminarla pronto.

 

Es miércoles y, en lugar de Ascen, Mila recibe a quienes se acercan a pedir consejo a Rafa, que ha tenido que salir a la carrera, para atender un asunto personal relacionado con sus vacaciones, y le ha dicho que tardará cinco minutos en regresar.

 

Mila, una mujer delgada y fibrosa, de pelo canoso y muy corto, ronda los 60 años. Tiene un hablar tan claro y directo como su mirada. Ha pasado 35 años entre Ruanda y el Congo como misionera de Cristo Jesús. Fan declarada del periodista Iñaki Gabilondo, su discurso es a veces reivindicativo, sindicalista. Durante la ausencia de Rafa, charla con una chica boliviana y se queda horrorizada ante la situación laboral de cuasi-esclavitud en la que vive. Le pide los datos, y le promete que, si hay un hueco en su congregación en Javier le llamará para que pueda ir a trabajar allí y dejar a la familia que le explota.

 

“Aquí tienen otras aspiraciones porque allí (en África) no tienen futuro. Me da mucha pena porque aquí vienen los mejores y luego se les trata como se les trata. Allí o se meten en la corrupción de la política o vienen aquí. Lo que hace Rafa por ellos es fantástico. Idealistas como él no hay muchos”.

 

Se abre la puerta y aparece él, sudoroso y agobiado. Ha tardado 45 minutos en volver. Tras repasar la cola que se ha formado y constatar la nacionalidad de los presentes, bromea: “Han sido cinco minutos bolivianos”.  

 

“Yo me voy”, se despide Mila. “Pero te traigo a tu amigo”.

 

“Egunon”, saluda Ibra con su voz de cantante de soul, luciendo una sonrisa que deja ver sus averiados dientes. Entra con una bolsa de la compra, llena de paquetes de azúcar. A Rafa se le ilumina la cara al ver a su amigo: chocan las manos y después frota su palma contra la del letrado como haría un rapero americano. Echa un vistazo a la hoja en la que está anotado el número de consultas que ha hecho en el día: “No mucho trabajo”, exclama. “Sólo dieciocho personas hoy”. 

 

Luego me mira a mí, y dice, señalándose a sí mismo primero y luego a Rafa: “Abogado-Ibra. Ibra-Abogado”. No viene por nada en especial. Sólo para saludar.

 

“¿Has comprado paraguas?”, se apresura a decirle Rafa. ”Han anunciado lluvia para el viernes. ¡La gente querrá comprar paraguas y gorros!”. Tras ese y algún otro consejo comercial, le pregunta a Ibra por su mujer, y bromea sobre lo mucho que comió cuando éste le invitó a celebrar con otros amigos musulmanes senegaleses la fiesta del cordero. La risa resuena por toda la calle Jarauta. 

 

La de Ibra es una historia plagada de infortunios y errores burocráticos con funestas consecuencias. La Policía le ha detenido unas cuantas veces en varios lugares de España. Ha sido arrestado en Madrid, en Jaca, en Tudela…, en el mejor de los casos por el vender CDs piratas, pulseras o sombreros para subsistir; en el peor, por una sospecha fundada en el color de su piel, al estilo Arizona. Y, cuenta Rafa, en cada lugar, le anotaban un nombre diferente, siempre erróneo, dado que no sabe leer ni escribir y los policías simplemente se aproximaban en lo que escribían a la pronunciación de Ibra en wólof, su idioma. Al cotejar los datos y ver hasta cuatro nombres diferentes con la misma huella, creyeron que se trataba de un peligroso falsificador que había mentido sobre su identidad. Ese es su delito. Por eso sigue siendo un indocumentado en España. 

 

En el lustro que ha pasado desde que dejó a sus tres hijos y a su mujer en Dahra, un pequeño pueblo en el interior de Senegal, camino de la patera que le conduciría hasta Canarias, Ibra no los ha vuelto a ver. Rafa ha intentado de todo, hasta convencer a unos amigos para que contrataran al senegalés, con su físico de Michael Jordan, como empleado de hogar. Pero sus intentos han fracasado. Lo que ha conseguido es que reciba el subsidio de renta básica y anular las múltiples órdenes de expulsión que pesaban sobre él. “Es el más miedoso de todos los senegaleses. No se atreve a salir a la calle sin un papel (que acredite que sus papeles están en trámite)”.

 

“Ya le han querido echar de tres habitaciones porque, como es musulmán y tiene que rezar a las cinco de la mañana, monta un cirio que los que viven en el piso terminan hartos de él”, dice entre carcajadas un relajado Rafa. Pero cuando esto sucede, él llama a los dueños del piso y les dice que, si no le han hecho un contrato en condiciones, tampoco le pueden echar. 

 

Antes de despedirse de Ibra, Rafa le recuerda que esa tarde tiene que ir a clase de español a la librería La hormiga atómica, situada en la calle Curia. “Tú diles que te enseñen a hablar. A escribir ya aprenderás”.

 

“Ya estoy acostumbrado a no poderles ayudar en muchos casos”, me cuenta Rafa tras despedir a una de las visitas cuyos problemas jurídicos no ha podido solucionar. Su despacho se convierte a menudo en una válvula de escape freudiana para quienes se acercan, que protestan ante las injusticias, cuentan sus problemas, lloran, gritan, exorcizan sus males, escuchan los consejos de un Rafa que se vuelca con ellos y salen a la calle, con las mismas situaciones dramáticas sobre sus hombros, pero con la tranquilidad de espíritu y la dignidad de haber sido escuchados por alguien a quien le importan sus problemas, y que se partirá la cara por solucionarlos si cabe la mínima posibilidad.

 

“Muchas veces no hay nada que hacer. Pero me aprovecho de que la justicia es muy lenta y, tras presentar recursos y alargar al máximo los plazos, derivo los casos a los trabajadores sociales. Sacamos un delincuente de la calle”.

 

Uno de sus principales caballos de batalla últimamente es el subsidio de Renta Básica. Cuenta que es, fundamentalmente, lo que hace que la situación de los inmigrantes en Navarra sea más humana y digna que en otras partes de España. Se otorga a personas sin ingresos en situación de exclusión social o en riesgo de estarlo, lo que desde luego incluye a muchos inmigrantes sin papeles. Su importe ronda el del salario mínimo, con algunas deducciones según la situación particular de cada receptor. Gente como Ibra, que quisiera trabajar pero no puede hacerlo legalmente, tiene la renta básica como medio casi único de subsistencia, más ahora que la venta ambulante de sombreros, pulseras y carteras ha tocado fondo dada la situación de crisis económica.

 

Han llegado a sus oídos rumores fundados de que la nueva consejera de Política Social, la socialista Elena Torres, prepara una reforma de la ley que regula la renta básica, y que esta va a dejar de existir en la práctica, al menos para los inmigrantes sin papeles. Para Rafa, las consecuencias serán dramáticas, tanto para los inmigrantes como para la sociedad en general: “No tendrán absolutamente nada”, clama reivindicativo. “Tienes una familia, no tienes trabajo, quieres trabajar, y te quedas sin ninguna ayuda. Vas a dormir debajo de un puente. Y llega a mediodía y tienes hambre, y ves que en el supermercado hay de todo. ¿Pues qué vas a hacer?  Lo coges. Y luego que no se quejen (los políticos). Y de esos casos hay miles. Es que la renta básica está solucionando problemas sociales, como la pequeña delincuencia”.

 

No apoya a los inmigrantes por el hecho de serlo –“son como nosotros: hay buenas y malas personas, y yo tengo mi opinión particular sobre ciertas culturas”- pero si hay algo que le moleste, es que se les ataque con demagogia y se les utilice como arma arrojadiza con fines políticos. “Sacan en televisión las pateras y dicen: esto se va a llenar de negros. ¡Pero en las pateras vienen 20! Durante años, entre 2000 y 2005, se dejó entrar a todo el que quiso. Llegaban a Barajas 8 ó 10 aviones al día con 300 personas”. 

 

Sufre con cada caso que no consigue sacar adelante, porque es consciente de que es el último recurso para muchos. “Me fastidia mucho cuando los deportan. Después de intentarlo todo, de probar todas las vías el juez dice: ‘Nada, a su casa’. Ahí siento que le hemos destrozado todo, un proyecto, un sueño, una vida”.

 

No es extraño escuchar de su boca consejos que trascienden lo jurídico, como cuando le dice a un chico nigeriano que entregue su piso al banco sin pelear por él si se va a sentir “más tranquilo” no debiendo nada a nadie; cuando receta a Michelle, joven camerunesa sin papeles, que duerma más. O cuando se torna Salomón y anima a Johnny, un treintañero boliviano a pedir disculpas al compatriota con el que se peleó en una noche de borrachera para evitar la vía judicial: “Tráelo aquí, hacéis las paces delante de mí, y retiráis las denuncias. Si no esto os va a perjudicar a los dos”.  

 

Como en la de todos los hombres buenos, hay instalada en la vida diaria de Rafa una naturalidad, una aparente sencillez, que hace que el observador pierda la perspectiva de lo formidable de lo que presencia, de lo extraordinario de lo que hace este hombre día tras día, minuto tras minuto; mes sí, y mes también. No se detiene a contemplar lo que ha conseguido: es un hombre con una misión, aunque él, desde luego, jamás lo admitiría. 

 

“Yo tengo ganas de jubilarme ya, sí, sí. Me iré a la playa, a Alicante, a tumbarme al sol y ya tengo hablado con el párroco de Torrevieja que allí no tienen los inmigrantes ni asesorías, ni nada… Así que ya enredaremos también por allá”.

 

La asesoría jurídica Etorkin subsiste a base de donativos desde que fue fundada hace más de dos años en paralelo al proyecto del comedor solidario Gizakia Herritar, situado en la calle París. Entre semana, Rafa madruga, se levanta a las seis, y escudriña la prensa nacional e internacional en busca de alguna noticia relacionada con la inmigración. Recibe a todo el que quiera acercarse para realizar una gestión jurídica entre las 9 de la mañana y las 2 del mediodía. 

 

Etorkin cuenta también con un equipo de Psicólogos Sin Fronteras, que atienden por las tardes a aquellas personas que lo requieren. Al frente de ese equipo está Félix Esparza, de 52 años, de profesión técnico de bomberos, y uno de los socios fundadores de la sociedad. Esparza explica que los inmigrantes han sufrido más que nadie las consecuencias de la crisis, al carecer de las redes sociales, de familia y amigos, que tienen los españoles que se quedan sin trabajo. Además, añade, la razón fundamental para estar aquí es para ellos trabajar, así que sufren más si no lo pueden hacer que algunos nacionales, que pueden tener otras prioridades. Sin embargo, cuenta Esparza, “están tan centrados en su problemática concreta que no hay críticas respecto de la sociedad de acogida”.

 

Rafa está de acuerdo: “La primera generación que viene, los sociólogos la llaman la generación del agradecimiento. Siempre están agradecidos. El encontrarse con una sanidad gratuita cuando están enfermos, con una educación gratuita, o aquí, en Navarra, de momento, con una renta básica… Eso no lo han visto ni por televisión”.

 

Aunque matiza que el problema puede llegar cuando los hijos de los inmigrantes que han venido, ya españoles, reciban maltrato y discriminación “Podemos tener problemas como han tenido en Francia, como han tenido en Inglaterra, que son segunda y tercera generación y no se sienten franceses o ingleses, porque no les han hecho sentirse”.

 

“Nuestra propia sociedad les echa la culpa de la crisis”, continúa. “Se dice que nos quieren quitar trabajos, y demás… Cuando en realidad se quedan con lo que sobra. Y tenemos casi un millón ya de nacionalizados, que tienen su pasaporte español y su carné de identidad. Pero no son españoles socialmente. ¿Y a esos qué les vas a decir? ¿Los vas a echar?”.

 

Dentro de los inmigrantes, me explica, hay varios escalafones, que coinciden con los momentos en los que fueron llegando. “Los subsaharianos y bolivianos, que fueron los últimos en llegar, son los que peor lo pasan, los que tienen los peores trabajos, a quienes no quiere nadie”. Ni que decir tiene que son esas nacionalidades con las que más se vuelca, y de las que más peticiones de ayuda y consulta atiende.

 

Rafa se lleva los casos sin resolver a casa, y los estudia en un despacho que tiene allí por las tardes. “Le dedico incluso algún fin de semana”. Acude a fiestas organizadas por colectivos de bolivianos, nigerianos; da charlas sobre temas jurídicos que les afectan; incuso se reúne con representantes políticos, para intentar que estos defiendan los derechos de la población inmigrante. 

 

Aproximadamente un 30% de las consultas que atiende le llegan por teléfono. Recibe además llamadas de trabajadores sociales y de ONGs que le trasladan casos y problemas de inmigrantes. A todos les responde con su voz aguda, ligeramente rota y cálida, y, tras intercambiar un par de bromas, atiende diligente los asuntos que le encomiendan.

Cuando se le presenta un caso, asesora, presenta el recurso administrativo si procede, y después se aparta y deriva el caso a los abogados de oficio. “Hay mucho abogado joven que quiere empezar y tiene que comer”, me cuenta. Si los abogados de oficio fallan, retoma las riendas del caso.

 

Por esa dedicación absoluta a los problemas del colectivo inmigrante, recibe 800 euros, con los que debe cubrir los gastos de colegiación, del local, la luz y el transporte. Le sobran migajas. Cuando le pregunto como subsiste, me responde: “Es muy sencillo, como habrás podido comprobar no tengo mucho tiempo para gastar dinero así que, aunque cobre poco, por lo menos no pierdo dinero. Por supuesto no vivo de eso, durante años (tengo bastantes) trabajé para poder disfrutar ahora de lo que me gusta. La clave está en no ser avaricioso ni tener la necesidad de ser rico. Me basta con lo que tengo y no quiero más”.

 

Además, confiesa, sentirse querido por aquellos a quienes ayuda le produce una gran satisfacción. “Son muy cariñosos. Lo mismo te traen una postal de una puesta del sol, que un chorizo. El otro día vino una boliviana india, india, que no sabe casi español. Habla solo quechua, y trabaja en el campo, me trajo una bolsita llena de guindillas”, me cuenta antes de explotar en una de sus contagiosas carcajadas. “¡De las cosas más surrealistas que me han pasado nunca!”.

 

Las vacaciones que está a punto de comenzar con su mujer y una pareja amiga, le llevarán a Cuba, país que visita cada dos años desde hace más de veinte. Van allí para visitar a unos amigos que conoció a través de su mayor pasión: la filatelia. Coleccionista de sellos desde los diez años, se muestra orgulloso de su colección de estampas cubanas y portuguesas. El ocio llena el espacio no ocupado por el altruismo en su vida. Además de disfrutar de la lectura y la música, es un apasionado cinéfilo. Últimamente, ha convertido su colección de más de 1.500 películas a formato DVD. Entre sus directores favoritos están Truffaut, Woody Allen o Ken Loach, aunque confiesa que no le gustan las películas de “bichitos, ni de ciencia ficción”.

 

Le pregunto a Rafa por qué hace tanto a cambio de tan poco, por gente que ni siquiera conoce. Tarda un poco en responder, se ruboriza y me dice: “Me gusta. Me lo puedo permitir: Hay gente que lo pasa mal y que cuesta mucho conseguir ayudarles, y cuando vienen a enseñarme la tarjeta pues… me alegro por lo contentos que están ellos. Yo no puedo llegar a entender la importancia que le llegan a dar a un chisme de plástico”.

 

¿Que cuál es la mayor satisfacción que le ha proporcionado un caso? “Todavía no se ha dado”, me dice con una sonrisa. “Será el día que le consiga papeles a Ibra”.

 

 

 

Álvaro Guzmán Bastida es periodista. En FronteraD ha publicado ¿Y si tienen razón? El decrecimiento en Navarra

Autor: Álvaro Guzmán Bastida