El año en que los europeos nos caímos del guindo

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Será deformación profesional, pero cada año, según avanza diciembre, me entran unas irreprimibles ganas de hacer balances, de resumir lo que dieron de sí esos 365 días al tiempo que el año nuevo, aún por comenzar, se presenta tan inocente y esperanzador como un cuaderno con las hojas en blanco. Mucho tiene que mejorar el mundo para que lleguemos al señalado 2012 con un mínimo de sentido común entre nuestro bagaje, pero es necesario creer un poquito en la utopía para no desfallecer, aunque sea sabiendo que, como dijo Galeano, sirve más para seguir caminando que para llegar a algún lugar.

 

2010 ha sido, sobre todo, o al menos a ese lado del Atlántico, el año de la crisis, el año en que Europa descubrió que su estabilidad, su primacía, su imperio no son eternos; el año en que se dudó, una década después de su nacimiento, de la propia existencia del euro, y en que los tiburones de las finanzas obligaron a estados europeos de 40 millones de habitantes a implementar medidas draconianas a la medida de los intereses del capital. Los griegos y los franceses salieron a las calles a romperlo todo mientras los españoles, tímidos, europeístas como nosotros solos, organizábamos huelgas generales tan milimétricamente orquestadas que parecían cualquier cosa menos subversivas, y ni siquiera contestatarias. Los banqueros reían, ahora que aquello de “privatizar los beneficios y socializar las pérdidas” se hacía con mayor descaro que nunca antes sin que siquiera fuese necesario demasiado maquillaje. Los sindicatos interpretaban su papel, su impostura. Los gobiernos socialistas hacían el mayor de los ridículos al decirle al mundo, y a los ciudadanos, que no valen para casi nada. Mientras, el yuan seguía por los suelos, comenzaba a hablarse de guerra de divisas (¿¿??) y cada vez más analistas situaban a China como primera potencia mundial en un horizonte temporal cada vez más corto. Mañana. Casi, casi hoy. Europa y Estados Unidos despertaban juntos de la inocencia de quien, criado entre la comodidad y la seguridad, comprende de pronto que aquella torre de marfil no es tan inquebrantable. Cura de humildad. Golpe de vanidad. El imperio yanqui, aunque todavía poderoso, fue vislumbrando en 2010 el horizonte de la decadencia, en medio de dos guerras absurdas y una economía todavía estancada, un dólar dubitativo, un tío Sam menos pretencioso que se defiende como gato panza arriba y, como tantas veces, lo hace sacando lo peor de sí mismo. A una izquierda confusa, casi inexistente, a un Obama exhausto, absurdamente quemado por la batalla de la sanidad pública, se opone el auge del Tea Party, al tiempo que en Europa Sarkozy y Berlusconi dan una clase magistral de cómo encontrar chivos expiatorios para canalizar el malestar social –y escogen, con poca originalidad, a los gitanos, quizá el pueblo más perseguido de la historia de la humanidad- y de cómo aprovechar los tiempos adversos para dejarse crecer el bigote. Malos tiempos para la lírica. ¿Y cuándo fueron buenos tiempos?, me pregunta un pesimista disfrazado de cínico, o puede que viceversa.

 

Para mí, 2010 fue, también, el año en que descubrí que mis euros no son tan seguros como yo pensaba y la Argentina me enseñó cómo se crea una espiral inflacionista. El año en que España ganó su primer Mundial, y sentí cómo el fútbol es mucho más que un deporte en el Río de la Plata. El año en que el mundo siguió olvidándose de Haití –menos Forges-. El año en Lula se despidió de su pueblo, dejando como legado a una dama de hierro al frente, y en que me dejé encantar –esta vez sí- por Rio de Janeiro y sus radicales contradicciones. El año en que Kirchner le regaló otro mito a la argentinidad. El año en que me bañé por primera vez en las cálidas aguas del Caribe. Un año de hallazgos decisivos, de almas hermanas encontradas. El año en que comprendí que la vida es el arte del encuentro, aunque haya tantos desencuentros por la vida. El año en que descubrí que la libertad me sienta tan bien.

 

Inexplicablemente, algo me dice que 2011 será un buen año. Hoy no dejo entrar a los cínicos. Por hoy, quiero ser optimista.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.