El arte de apartar a la gente de sus asuntos

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La cita de Paul Valéry «la política es el arte de apartar a la gente de los asuntos que propiamente les conciernen» me recuerda esa otra del marketing, no menos cínica, que lo define como «el arte de separar a la gente de su dinero». Claro que una cosa lleva a la otra.

 

Cuando era adolescente, en Bilbao, la política estaba muy presente
pero no se hablaba de ella… porque había miedo. De universitario, en
Madrid, en la calle no se hablaba de política porque era aburrido, y con
los compañeros tampoco porque… “eramos de ciencias”.

 

20 años después, he seguido apartado de la política, por falta de
interés. No es de extrañar, pues lo que llega fuera de ella es un
espectáculo muy desnaturalizado. Digamos que es un género fusión de
Wrestling-Catch y la “lectura fría
que practican los adivinos telefónicos. Lo primero para mantener unida
la parroquia apelando al “cerebro reptiliano” de lucha (y por tanto con
el menor coste en desempeño y argumentos racionales). Lo segundo, para
captar feligreses mediante la ambigüedad calculada en los
mensajes… Quizá el sabor acre de nuestra política es intencionado,
para apartar a los no iniciados. 

 

Las bases de ese espectáculo hacen que en nuestro país la campaña sea el estado permanente y no el mecanismo de selección. Ascienden los fajadores y no los políticos de raza o estadistas. Por no hablar de los opacos mecanismos de selección internos. 

 

Es natural que este ambiente haya causado la desidia en mí y en
muchos más. Estos años nos hemos dedicado a estudiar, trabajar, y a
familia, aficiones y amigos, y hemos asumido que la política era una
cuota que se pagaba en el IRPF y que nos ocupaba apenas unas horas cada
pocos años y alguna conversación de sobremesa. Criticábamos, pero no nos
sentíamos responsables.

 

Mal hecho y quizá mi generación debiera pedir disculpas a la siguiente. ¿Por
qué? Porque estoy convencido de que gran parte de nuestros males de hoy
vienen de nuestra falta de interés en la política. Eso ha impedido la
vigilancia crítica de los dirigentes y también ha reducido las
vocaciones de gente valiosa, espantadas con las dinámicas internas de
los partidos y sobre todo, la falta de reputación de la profesión,
enfangada en casos de corrupción. En paralelo, tampoco hemos sido muy
dados a construir una » sociedad civil» que actuara de contrapeso, que es otro tema en el que tenemos déficit con otras sociedades.

 

Dicen que la palabra “idiota” viene del nombre que utilizaban los griegos para quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de implicarse en lo público… En este sentido, el historiador Toynbee observó que el mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por los que sí se interesan,
que no suelen ser los mejores de cada casa. También advertía que una
nación permanece fuerte mientras se preocupa de sus problemas reales, y
comienza su decadencia cuando se ocupa de los detalles accesorios (o
incluso inventados, me atrevería a añadir)… Alexis de Tocqueville, en su perspicaz y visionario análisis de la joven democracia americana, veía que la
prosperidad traía el peligro de que la política acabara en manos justo
de quienes menos tenían que ganar mediante el trabajo o el negocio, y
que acabarían “sobornando a los ciudadanos con su propio dinero”. ¿Suena algo de esto?

 

En definitiva, con la política pasa como con la salud: si te olvidas de ella, ella viene a por ti. Creo que mi generación cometió el error de hacer «outsourcing» de la política, y eso ha contribuido a lo que vemos hoy. 

 

No seré yo el que haga un atestado de los desperfectos y vicios de
crecimiento de nuestro país, que ya tenemos para eso a los medios de
comunicación para amedrentarnos. Si quisiera resaltar uno de nuestros
activos: un sistema democrático, pese a todo, consolidado.
Una sociedad que, a diferencia de sus dirigentes, ha sido capaz dar
lecciones de sacrificio, sentido común y convivencia en esta y en
pasadas crisis. El vandalismo de algunos gremios, como recientemente los
controladores, no debe borrar, por ejemplo, la ejemplaridad de 2,5
millones de funcionarios cuyo sueldo ha sido recortado, la salida en su
día de la reconversión industrial o el temple ante las provocaciones del
terrorismo. 

Parte de eso es herencia de una transición llevada a cabo hace más de 30 años por políticos brillantes y generosos, que olvidaron sus radicales diferencias ideológicas y alcanzaron un consenso constructivo. El culmen de ese proceso fue la Constitución que precisamente se celebra hoy.

 

Nuestros políticos de hoy tienen menos diferencias de base que
aquellos, si hay alguna. Sin embargo, no es posible hacerles salir de la
suma cero”.
Decía Machado que en España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una
piensa. En política española, de cada diez cabezas, nueve embisten y
una piensa… a quién le conviene embestir.

 

Dos factores creo que están detrás de este enroque: miran hacia el
pasado y no hacia el futuro, y simple mezquindad (o al menos, no la
grandeza que requieren los tiempos).

 

Respecto a lo primero, escuché hace unos días a José María Fidalgo advertir de lo peligroso que puede ser que una sociedad se enfoque en el pasado.
Puso el ejemplo de la “Generación del 98”, cuyo pesimismo y orientación
al pasado contribuyó a una actitud que impidió que España aprovechara
los beneficios de no participar en la 1ª Guerra Mundial.

 

Los “padres de la Constitución” tenían visión de futuro. Cabe
quizá sólo reprocharles que dieron por supuesto que sus sucesores
tendrían la misma altura de miras y capacidad de diálogo que ellos
mismos, y por tanto nuestra constitución dejó cuestiones abiertas y no
incluyó los mismos mecanismos de filtro (por ejemplo, respecto a las
opciones minoritarias) que tienen otras más pesimistas respecto a la
condición política, como la norteamericana.

 

En este momento complicado es pretencioso hablar de «soluciones a la
crisis». Pero sí me atrevo a identificar dos factores que creo muy
positivos a medio plazo: (1) llamar a las cosas por su nombre, como primer paso hacia la mejora y pese a quien no le interese (“rectificar los nombres”) y (2) aumentar la generosidad y la visión de futuro en política: empezando por nosotros mismos, y votando a los que la demuestren.