El asalto a la dignidad en Guinea

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Con un hecho que ocurrió hace poco comprendí un poco más la sensibilidad de los guineanos y de los extranjeros que por la razón que fuera se establecieran en Guinea. El hecho: una persona a la que podemos llamar artista concibió la idea de recoger la cotidianidad malabeña y de los barrios del entorno en forma de fotos. Pero las mismas expresarían el trajín de personas de todas las edades en busca del líquido primordial. Entonces, cuando aquel artista se diera por satisfecho con aquel proyecto, lo que se vería serían las fotos de niñas, niños, mujeres y hombres con sus cubos, garrafas, ollas, botellas, en la parte de su cuerpo que pudiera caber en un esfuerzo titánico por llevar un poco de agua de cualquier condición a su palacio, cuchitril, chabola, casa normal, chalet climatizado o cualquiera que fuera el tipo de casa que le recibe cuando no está en la calle. El muy artista, para poner en práctica sus ideas, fue a visitar a una persona extranjera cuyo trabajo consiste en escuchar a los artistas que pudieran demostrar que lo eran. Esa persona tendría, pues, oídos limpios, pero también medios económicos para que se le pudiera llamar mecenas sostenido por una potencia colonial.

 

            Discutieron el proyecto y parte de lo que transcendió durante aquella discusión fue que el artista tenía que tener respeto por los guineanos de ambos sexos, pues era la vida que vivían. ¿Pero por qué las oraciones encadenadas llegaron a tan práctica conclusión? Porque para realizar su trabajo, el artista tenía que ir a Colwatá, sitio del que ya dimos cuenta en otra entrega, y hacer las fotos del trasiego humano en busca del líquido elemento. Pero lo del respeto se mencionó, ay, porque desde cierto ángulo de la geografía costera se podría ver que los nativos recogían el agua, inclinados por la cintura, o agachados, en la parte baja de una pendiente convertida en vertedero. Los habitantes de aquel sitio, del que ya dijimos que está al noreste de Malabo, recogían el agua en la suciedad. En un montón de excrementos humanos, pieles de antílopes, tripas de chicharro, mondadura de plátano, huesos de gallo y restos de piel y de uña humanos (productos de la manicura urbana), y esputos. Pues si el artista hacía la foto desde cierto ángulo, lo que se vería en la exposición de fotos, cuando tuviera hecho el trabajo, atentaría contra la dignidad de los guineanos, y sería un acto propio de los enemigos de la paz. “Los detractores de la paz no tendrán ninguna página”, dijo hace mucho el General Obiang, y parecía que hacía especial énfasis en la primera sílaba de la última palabra. No se conformaba con que fuera esdrújula.  A lo que íbamos. El artista aquel tenía que poner mucho cuidado en que no se viera la realidad, porque eso hería la dignidad de los guineanos. ¡Pero si ya estamos heridos!

 

            Lo que pasa es que este no es un tema baladí, pues estamos tocando la fibra psicológica básica de la Guinea Ecuatorial actual. Y el mecenas no lo inventó, sino que lo aprendió durante su estancia aquí. Cuando aquí no era Guinea mejor, pero ya era país independiente, nadie podía  ir a ningún sitio con una cámara de fotos. El primer armado que te viera hacer foto a cualquier cosa te podía acusar de agente de los enemigos, y Guinea no los tenía, francamente. Ocurre que en nuestros tiempos actuales la mentalidad no ha cambiado y una cámara siempre es una amenaza, percibida así tanto por los agentes del poder como por los civiles que no tienen padrinos que les dé un arma. Con esta esquizofrenia casi instituyeron la tontería esa de los sitios estratégicos que ningún mortal podía fotografiar, como cuarteles, etc., porque podrían mandar las fotos hechas a nuestros enemigos para que nos bombardearan. Lo que querían decir era que todos los espías enemigos que viajan por nuestro país cierran los ojos cuando están enfrente de nuestros cuarteles, situados todos al borde de las carreteras. Y hablando de cuarteles, ¿nadie ha visto cierto un mini  poblado chabolista metido detrás de unas barracas que hay al borde de un sitio que llaman cuartel, en Ela Nguema? Es importante notificarlo porque está relacionado con lo que dijimos. Este lugar infame está habitado por militares y sus familiares de cuarto grado escapados de Río Muni y quien se atreviera a fotografiarlo incurriría en una falta doble. Primero pondría en peligro la seguridad nacional, y segundo, asaltaría la dignidad de todos los guineanos mostrando al mundo entero sus trapos sucísimos, grave delito en un país emergente. Pero ya que les molesta tanto que vean dónde y cómo viven, ¿por qué oscuras razones no dedican sus mayores esfuerzos a ponerlo mejor, y lo dedican a perseguir a los que lo quieran sacar a la luz, incluso sin ninguna intención dolosa? ¿Por qué no salimos a vender fotos de nuestra miseria, ya que creemos que se enriquecen con las mismas los extranjeros que las hacen, y de ahí nuestras airadas reprensiones?

 

            (Otro día hablaré de cuando el Gobierno creó la Comisión de Adecentamiento con el fin de ocultar los barrios pobres o eliminar, a golpe de excavadoras, las construcciones que “afeaban” la ciudad. Era una comisión formada por el alcalde y algunos miembros del Ejército. Iban cargados de latas de pintura y brocha para ordenar la edificación de muros o para pintar las paredes. Ponían así: Pintar 2 días, Destruir, Elevar muro.)

 

            A nivel de la política nacional, el asalto a nuestra dignidad es la idea que sostiene la política de la regeneración urbana de Guinea. Del hecho de que no queremos que nadie sepa que vivimos en la miseria y no solamente no nos quejamos a los responsables de la misma, sino que intentamos relegar a las mazmorras del olvido a los que osaran mostrarla. El resultado de nuestro vivir diario no puede ser más llamativo, como lo pueden ver: para un país en que no hay agua potable en ninguna ciudad principal, vemos monumentales edificios públicos, ostentosos arcos de triunfos, plazas con fuentes. Para un país con ciudades con chabolas de hojalata, monumentales salas de conferencias.  Es normal, no puede ser de otra manera si quieren que se tape lo mejorable de nuestras vidas. Vete al médico con una herida supurante y no se lo digas. Acabarás con la pierna gangrenada y comido por el pus, el pus que ciega a las autoridades y a los guineanos para que no vean la miseria en la que viven y salgan a la calle a pregonar el bienestar, un bienestar del que se benefician de oídas.

 

 

Juan Tomás Ávila Laurel. Es un joven y prolífico escritor, residente en Malabo, donde ejerce como técnico sanitario. Se ha convertido últimamente en un exitoso y asiduo conferenciante de numerosas universidades extranjeras. Ha representado a su país en importantes foros internacionales y ha sido conferenciante invitado en España, Reino Unido y Estados Unidos. Su obra se caracteriza por un compromiso crítico con la realidad social y politíca de su país y con las desigualdades económicas. Estas preocupaciones se traducen en una profunda conciencia histórica, sobre Guinea Ecuatorial en particular y sobe África en general. Tiene más de una docena de libros publicados y otros de inminente publicación, entre ellos las novelas y libros de relatos cortos La carga, El desmayo de Judas, Nadie tiene buena fama en este país y Cuentos crudos. Cuenta tambien con obras de tipo ensayístico, libros de poemas y obras de teatro.