El ático

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Un rinconcito privado, una aventura en la casa: así entendía yo la vida en un ático.

 

Tal vez por mis lecturas o por las películas que vi de joven, yo relacionaba vivir en un ático con independencia. Me imaginaba la vista única y privilegiada desde la punta más alta de la casa; sospechaba que aquél era el lugar ideal para escapar de las visitas inesperadas; también para esconderse a leer en silencio.  Así que la tarde en que una tía, que sabía que yo pasaba por problemas de vivienda, me ofreció –a mí y a dos de mis amigos recién aterrizados en los suburbios de Newyópolis– mudarme a su casa vieja con ático (ella se mudaba a Texas); yo miré las escaleras cayéndose a pedazos hacia la parte más alta de su casa y exigí: ése es mi cuarto.

 

Mis dos amigos –que son hermanos– podrían compartir un cuarto amplio y con mejor iluminación. Estarían al lado del baño y cerca de las escaleras. No les parecería egoísta que me adueñara del pequeño espacio sobre sus cabezas. El ático no tenía calefacción; y sin embargo me parecía fuera de toda discusión, que aquella ratonera con una ventanita hacia una estrecha y arbolada calle de Westchester fuera mía.

 

Allí instalé mis cachivaches durante la breve estancia en aquella casa (el dueño, un italiano despreciable llamado Giovanni, aprovechó que nos acercamos a pedirle una extensión para completarle el pago de la renta –no conseguíamos trabajo– ; para exigir que desalojáramos en 24 horas). Echado sobre un catre barato, arropado en frazadas y sábanas que mis parientes habían dejado de usar, recuerdo haber vivido algunos de mis mejores días en Estados Unidos. Extrañaba mi tierra, pero estaba convencido –gracias a aquellos libros y películas de mi juventud– de que en aquel ático tendría más aventuras de las que era capaz de imaginar.

 

No todo era perfecto. El casero Giovanni había cortado los planes de renovación y mejoras: “No quiero ver a nadie viviendo en ese ático”, nos gritó al conocernos.  Al parecer yo no contaba con permiso para instalar ni una lámpara de lectura ni mi computadora, por temor a un corto circuito. Tampoco podía colocar ningún aparato de calefacción. Así que durante aquellos meses, mientras duró, mi iMac azul, mi lámpara y yo vivimos en ese ático con frío, semi escondidos y temerosos de una redada.

 

Me previnieron también sobre el material rosado que colgaba del techo del ático (una fibra que aislaba el calor, muy tóxica) y los pedacitos de caca de ratón (¿o de gato?) que se podía ver por aquí y por allá en los rincones de mi improvisada habitación. Al parecer, vivir allí me exponía a toda clase de alergias. Yo fui con suerte, pues sólo recuerdo historias felices de aquél rincón en las alturas: tardes escribiendo en privado, leyendo casi a oscuras; y algunas noches en que dormía amarrado de frío a otros cuerpos tan lejos de casa y solos como el mío.

 

Desde aquél ático, por una ventana tan estrecha como mis recursos,  veía caer las hojas secas e imaginaba mi futuro.

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