El atleta imaginario

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Foto de Flickr Commons. Autor: tsu55

Él saltó de la cama. Tal vez era una locura pasajera, pensó. Buscó entre las sábanas enredadas esas medias que se ponía por las noches para espantar sus pesadillas. Se las puso.

Se calzó las zapatillas. Era muy temprano cuando salió a correr. Hacía frío. El aparato que llevaba en la muñeca empezó la cuenta: 50 calorías, 75 calorías, 100 calorías.

A los pocos minutos sus músculos se quejaron, quizás extrañando la posición cómoda en la cama o el clima ambientado de su habitación. Sin embargo, poco a poco, la máquina que era su cuerpo entró por fin en calor:125 calorías, 150 calorías.

Cruzó la calle por el mismo lugar donde alguna vez había visto perderse entre los arbustos a un venado. Dobló por una calle angosta en la que no había reparado hasta entonces. Apurando el paso, imaginó esta historia:

Hallaba una quinta que parecía abandonada. Curioso, decidía cruzar por el patio. Una loca y un mayordomo, como los de Sunset Boulevard, convivían adentro. Su mascota, un mono, acababa de morir y estaban enfrascados en la ceremonia del entierro. Él pasaba trotando y los sorprendía. Ambos volteaban a verlo: los dos estaban llorando.

Le quedó claro que no estaba inspirado.

Salió de esa calle hacia un sendero mucho más amplio, una cuesta con un paisaje hermoso de ese pequeño centro poblado de Westchester donde él vivía. A punto de cruzar un puente sobre la Saw Mill Parkway, un Tesla blanco se detuvo para que él pasara: 260 calorías, 280 calorías.

El atleta imaginario pensó en las coincidencias que su vida podría tener con la de otros cientos (¿miles?¿millones?) de seres humanos que también habían trotado en la mañana por esas rutas. En los otros ojos que habían mirado antes que él los puentes de piedra, las paredes de madera prensada, este barrio de los suburbios de Nueva York. Código ZIP: 10570.

El atleta calculó en ese momento los accidentes numéricos que marcarían los siguientes años su destino. Imaginó las conjuciones astrológicas que habían decidido su código postal. Pensó en las aventuras y desgracias que  podrían acarrearle esos cinco números decididos alguna vez, muchos años atrás, en algún directorio de los agentes del Servicio Postal de los Estados Unidos. 550 calorías.

Terminó de correr. Se detuvo frente a la casa, subió las gradas desde la entrada y apareció en la cocina. Estaba muy cansado, sudaba.

En ese instante se imaginó a Michael De Sisto, el constructor visionario que miró esas colinas y dijo que allí bien podría hacerse un nuevo barrio, mirando a Pleasantville desde lo alto. Le gustaría saber, pensó –mirando el pueblo desde la ventana de su cocina– si acaso ahí hubo otros hijos que esperaron al padre que llegaba. Saber si lo saludaron desde la ventana. Si lo recibieron con gritos. Si miraron con emoción, a lo lejos, los trenes que pasaban al lado de la Saw Mill Parkway: que llegaban desde Nueva York o se iban veloces hacia Grand Central.

Esa mañana había un gran silencio. “Todos duermen”, pensó el atleta. Se preparó un café. Otra vez los músculos se acomodaron a la temperatura de la casa. Pensó en bañarse y volverse a meter a la cama. Mientras se filtraban las gotas del líquido caliente, sus ojos se fijaron en el periódico sobre la mesa y en las maletas apoyadas en los respaldos de dos sillas pequeñas, en las loncheras abiertas, las zapatillas lanzadas sin orden por la sala.

Solo entonces reparó en que a ese espacio estrecho pero firme, él lo había convertido en un hogar.

 

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