El autor de viva voz

0
373

Ayer por la noche andaba yo aburrido y no se me ocurrió otra cosa que acudir a Youtube para buscar una entrevista que le había hecho Soler Serrano a Josep Pla en aquel mítico programa de televisión, A fondo, de mi ya lejana adolescencia. Di en seguida con ella y estaba toda enterita, sin anuncios ni recortes: más de una hora de conversación con el mejor prosista catalán del siglo XX.

 

Aplicando el cliché que se suele emplear en estos casos, la entrevista no tiene el menor desperdicio, por mucho que el viejo Pla manifieste en algún que otro momento signos de senilidad y en otros apenas se le entienda por el fuerte acento catalán que rezuma su parla castellana. Con todo, emociona escucharle cuando dice, de viva voz, que él sólo cree en la literatura de observación, o cuando lía parsimoniosamente un cigarrillo y añade que eso le sirve para dar con el adjetivo adecuado, o cuando aclara, al final de la entrevista, con sus ojillos burlones y achinados, que la mejor arma del escritor, si no la única, es la ironía, además de lanzar su conocido anatema de que sólo un cretino puede leer novelas pasados los treinta y cinco años.

 

Hay mucho más, naturalmente. La caricatura que hace del estilo de Azorín es desternillante (“La casa es verde. Punto. Hay dos ventanas. Punto. Por una de ellas asoma la cara de una mujer. Punto”). Esa prosa -añade con retranca- no es propia del castellano, sino que es “catalán traducido” (sic). No son de desdeñar tampoco las cosas que suelta sobre cada uno de los escritores que nombra el entrañable Joaquín Soler Serrano, quien en esta entrevista, además de entrevistador, se ve en la tesitura de actuar de “straight man”, o de augusto, frente al malicioso y burlón escritor catalán.

 

Un escritor está en sus obras, pero sólo se le puede entender y apreciar de verdad si se le escucha hablar. El narrador de la Recherche se llevará una desilusión tremenda al encontrarse con su admirado Bergotte en persona en una de las fiestas en casa de los Swann. Pues en lugar de un viejecito venerable de barba blanca, Marcel se encuentra con alguien mucho más joven de lo que se imaginaba, miope, con perilla, y cuya nariz colorada y respingona es casi tan vulgar como los comentarios que salen de sus labios. Sin embargo, a medida que escucha la entonación de su voz y va acostumbrándose a toda la gama de registros empieza realmente a penetrar en los secretos del estilo del escritor.

 

Yo diría que a mí me pasa igual con muchas de las voces de poetas y escritores que he tenido la fortuna de oír. Así, solamente he profundizado en la poesía de T.S. Eliot cuando escuché en una grabación la lectura que hace de algunos de sus poemas más conocidos. Salinas siempre me gustó, pero mucho más desde que escuché su recitación de El contemplado. Los silencios de Pedro Páramo tienen bastante más sentido para mí tras escuchar al silencioso Rulfo en otra de las entrevistas de A fondo. Añadiré que soy incapaz de leer a Borges sin imitar la cadencia de su acento rioplatense ni a Cortázar sin el arrastre de sus erres. Como contrapartida, puedo decir que me bastó asistir a un recital de Alberti o escuchar los Veinte poemas de amor recitados por Neruda para comprender que uno y otro eran dos farsantes de campeonato, además de grandísimos poetas.

 

La ausencia física del autor es la característica más notable de toda la literatura hasta hace muy poco. Uno se pregunta cómo serían las voces de Cervantes y de Quevedo, de Galdós o el autor del Lazarillo. Nada nos queda de sus voces y, al faltarnos esa referencia, creo que nos falta quizá lo más esencial de la persona. Aunque a lo mejor es al revés, y si son clásicos, es porque hemos perdido cualquier vestigio humano y tangible de lo que fueron.

 

En todo caso, clásico o no, recomiendo la entrevista que le hace Joaquín Soler Serrano al ya casi decrépito y siempre genial Pla; y luego propongo, a quien siga mi consejo, que abra, por ejemplo, El cuaderno gris por cualquiera de sus páginas. No creo engañarle si le digo que le sonará muchísimo mejor, aun si es en traducción.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.