‘El bazar de las palabras’, de José Antonio Lago, veinte años después

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A mí, pese a los años numerosos, me sigue pareciendo que la mayor virtud de un libro es la amenidad. No poder dejar de leer, navegar por la página como arrastrado por la corriente, ser de algún modo partícipe de una historia capaz de poner entre paréntesis la realidad, constituye, en mi opinión, el patrón oro de la lectura. Hay gente que piensa que esto sólo puede ocurrirle a lectores ingenuos o inexpertos con obras fáciles, ligeras y poco comprometidas con la realidad, pero no, no es verdad. Con la edad y la acumulación de lecturas puede que lo que era fácil y ligero se vuelva trivial y, por tanto, tedioso, pero salvo que se haya perdido completamente la luz del espíritu, nada impide continuar disfrutando de los libros, los buenos libros. Cierto que lo que encandilaba a los veinte, ahora tal vez aburra, igual que lo que entonces resultaba demasiado intrincado, hoy mantenga nuestra alma en vilo, pero ¿no es esto ley de vida? ¿A quién no le ha ocurrido bostezar con un libro que leyó con entusiasmo siendo joven y vibrar ahora con otro que tuvo que dejar por imposible?

Cuando un libro resiste la prueba del tiempo, de suerte que al leerlo de nuevo al cabo de los años nos sigue pareciendo tan ameno como la primera vez, hay buenas razones para suponer que se trata de un buen libro. Esto es lo que he pensado al concluir El bazar de las palabras, obra que leí en su primera edición, de 2001, y he vuelto a leer ahora, en 2022, con el mismo o quizás mayor gusto. Han transcurrido veintiún años, yo ya no soy el mismo que se bañó en aquel río, el río tampoco es el mismo, pero el placer …, el placer lo he repetido. 

¿Cuál es el secreto del que muy probablemente sea el libro más logrado de José Antonio Lago? ¿Qué es lo que hace que, después de abrirlo, siga resultando más fácil leerlo que dejar de hacerlo? Algo sencillo de decir, aunque no de poner en práctica, como ocurre con las virtudes de la moral: la combinación de un estilo elegante, preciso y diáfano con un perspicaz sentido de la realidad que permitió a su autor, después de haber visto todo lo que era menester para componer la obra, retener solo lo esencial, sin necesidad de echar mano a los típicos trucos del literato que, a fin de añadir interés al tema, se afana en convertir, como recomendaba Nabokov, las piedras en joyas. 

Sorprenderá que pondere de esta manera el equilibrio de un libro del cual dice su narrador que es hijo, al mismo tiempo, del hachís, cuyo humo cubre como una nube persistente la ciudad donde transcurre la acción, y del caprichoso viento del Rif, que es el vehículo en el que, según explica, viajan allí las leyendas. Y es que, pese a la multitud de personajes que nos salen al paso a lo largo de sus páginas, unos vivos, otros muertos, la protagonista absoluta de El bazar de las palabras es Xauen, ciudad marroquí hecha de miseria y resignación, de costumbres centenarias, leyendas alucinantes y una religión que, como todas, a veces ilumina y a veces ensombrece, algo que ni en un caso ni en otro socava la imparcialidad del autor. Que este haya titulado su obra como lo ha hecho es justamente una forma de destacar una de las peculiaridades culturales de la ciudad: la caótica multitud de vocablos en todos los idiomas que circulan en la lengua de sus habitantes, gente humildísima que vivió siempre sometida a poderes lejanos y que se gana la vida trapicheando con lo que puede. 

El pretexto de la narración es sencillo: un escritor se enamora de una ciudad, la visita en diferentes ocasiones, entabla relaciones con sus habitantes y, un día, retorna con la decisión de escribir sobre ella, sobre ellos. El resultado, aparentemente improvisado, como al hilo de la vida que pasa, es un fresco apasionante, que poco a poco pone ante nosotros sin ninguna ambición explicativa los secretos y misterios de Xauen. Desconozco si hay libros de pretensiones similares sobre la ciudad marroquí, pero me cuesta creer que alcancen la altura de este. La receta que ha seguido Lago es mantener a lo largo de toda la narración la ecuanimidad estética y estilística, sin renunciar en ningún momento a la ficción para hablar de esas cosas que nunca aparecen en las guías, los tratados de historia y los libros de viajes.

En estos últimos se estila ahora el narrador ensimismado (quizá fuera más preciso escribir “narcisista”) al que interesan mucho más sus sentimientos e impresiones particulares que el lugar visitado. Se viaja para encontrarse, no para encontrar mundo. La objetividad, el realismo, aquello que decía Stendhal de ser un espejo en movimiento, gozan hoy de poco predicamento. Alguien nos lleva hasta Leópolis o Minsk y, después de varios cientos de páginas, lo único que sacamos en claro de su aventura por aquellos lugares es que le sirvieron el café frío, que no iba internet y que los álamos del parque le recordaron un amor juvenil. El narrador de El bazar de las palabras pertenece por suerte a otra clase de autores, quizá a otro tiempo, cuando se viajaba con los ojos abiertos, y era el mundo y sus pobladores lo que interesa al viajero. La ciudad visitada no es para él un pretexto, sino un destino.

No se crea, sin embargo, que practica un realismo superficial. Ya me he referido al poder de la ficción, asociado en esta obra, por razones que no necesitan aclaración, al de las drogas. Nuestro narrador tropieza en varias ocasiones con columnas de almas en pena y muertos de todo tipo. La primera vez se desconcierta un poco y atribuye sus visiones a un cólico nefrítico, pero a partir de ese momento acepta que allí las cosas son así y que no vale la pena tratar de esforzarse en buscarles encaje racional. Su decisión, que sigue a rajatabla, es ocuparse de ello igual que de todo lo demás. Resuelto a ser un espejo fidedigno de lo que está viendo, acepta desde el primer momento que los criterios lógicos propios del mundo occidental de que procede no funcionan en Xauen, una ciudad donde todavía se percibe, aunque venido a menos, el aroma estupefaciente de las mil y una noches.

Pero si brillante es la manera en que se sirve de la ficción para levantar la alfombra de lo cotidiano y descubrir lo que no lo es, no menos notable es la forma en que se hace cargo de lo que está a la vista de todo el mundo. Unas fotos extendidas sobre la sucia mesa de un café son la excusa para rememorar viejas leyendas religiosas o patrióticas, una visita circunstancial a unos conocidos le permite explicarnos los secretos del kif y del ilícito tráfico de drogas, un paseo por el mercado nos enseña cuáles son las costumbres de la población con relación a los animales, la voz del muecín le incita a contar la historia de varios clérigos formidables, alejados por supuesto de la ortodoxia; incluso encuentra la manera, sin interrumpir el relato, de enseñarnos la receta del tayín de sardinas, plato fácil y sabrosísimo que hará a buen seguro las delicias del lector que se decida a cocinarlo. Difícilmente se puede ofrecer una visión más natural y deslumbrante de una ciudad. Aunque el libro no llega a las trescientas páginas, uno sale de él con la impresión de haber entrado en el mundo de los cuentos orientales, donde constantemente se abren puertas que conducen a lugares insospechados.

Creo que ha quedado claro: El bazar de las palabras es un libro gozoso y perfectamente armado, claro y complejo, pero sin sofisticaciones vanas, un libro en el que no faltan, además, páginas realmente memorables. Yo recomiendo, en particular, las dedicadas a Amar Amesdoy, almuédano de una mezquita abandonada que, a falta de feligreses, predicó a los animales y no dudó, ya muerto, en sacrificar la salvación de su alma por dar oportunidad a un amigo hebreo de salir del infierno al que lo condenaba su fe. Difícilmente se encontrará una refutación más bella de la trascendencia y la teología.

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