El bigote

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¿Qué podía salir mal? Sin embargo, cuando he terminado, he mirado mi reflejo con sospecha y me he percatado de algo importante. Me había dejado bigote. Ahora solo me queda asumir con serenidad mi nueva condición e intentar que no me afecte demasiado. C´est la vie, le he dicho a mi madre cuando me ha mirado con disgusto.

 

“Devino entonces en una costumbre esto de leer en voz alta –en voz baja- cada noche, antes de follar”.

Bonsái, Alejandro Zambra

 

 

Esta tarde paseaba por casa en calzoncillos, pensativo, balanceando en mi mano derecha la maquinilla de cortar el pelo echando un ojo desafiante de tanto en cuando hacia el espejo. Llevaba sin quitarme la barba por lo menos año y medio, de ahí tal desconsuelo. Temerario, me he lanzado a reiniciarme empezando por las patillas sin titubeos, y todo parecía ir sobre ruedas. ¿Qué podía salir mal? Sin embargo, cuando he terminado, he mirado mi reflejo con sospecha y me he percatado de algo importante. Me había dejado bigote. El bigote. Un bigote colocado sobre mi labio superior así sin previo aviso. Empiezas el día tan normal y lo terminas llevando bigote, tan impredecible es la vida supongo. Y no vayan a pensar que es un bigote estrecho y de puntas finas que me otorga un aire de pintor francés, ni mucho menos; es largo y grueso, como el de un mariachi mejicano que maldiciendo rompe su instrumento en la cabeza del de al lado. Ahora solo me queda asumir con serenidad mi nueva condición e intentar que no me afecte demasiado. C´est la vie, le he dicho a mi madre cuando me ha mirado con disgusto. En definitiva me he sentido bien, algo confuso pero ligero, despejado, como García Madero en Los detectives salvajes con todo el día por delante al amanecer después de desvirgarse con María en aquella cama a oscuras:

 

“Me dejé caer sobre un sillón y no supe qué iba a hacer. Tenía el resto de la mañana y el resto del día a mi disposición, es decir era consciente de que estaban a mi disposición y en esa medida se me antojaban distintos de otras mañanas y de otros días (en donde yo era un alma en pena, errando por la universidad o por mi virginidad), pero a las primeras de cambio no supe qué podía hacer, tantas eran las posibilidades que se me ofrecían”.

 

Mañana me voy diez días a Lanzarote y me llevo en la maleta calcetines largos, un peine para el bigote y los apuntes de Derecho. Me examino en septiembre. La asignatura de Derecho es una de esas cosas que ya va siempre conmigo, de la mano, con los dedos enlazados, supera con creces mi relación amorosa más larga, ya llevamos 4 años. No sé sí estaré preparado el día que la apruebe para seguir adelante solo. Ojalá pudiera presentar mi título universitario de la siguiente manera: Graduado en Comunicación audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid y estudiante eterno de la materia de Derecho (obligatoria, 2º curso). Si llego a aprobarla confío en que en las entrevistas de trabajo al menos me pidan que recite de memoria algunos principios constitucionales. Y creo que vuelvo demasiado al asunto del Derecho, pero es normal, todo el mundo termina escribiendo sobre su vida en pareja y yo ya me noto enamorado. Somos un poco como Emilia y Julio en Bonsái, leyéndonos siempre, pero sin follar. Lo extraño es que aun así me gusta creer que nos acabaremos distanciando, que pasaré un día al despacho de mi profesor después de que me haya aprobado y nos sentaremos alrededor de la mesa a jugar desinteresadamente una partida de cartas, y así podré decirle algo parecido a la frase final de Viridiana cuando Paco Rabal le dice a Silvia Lina después de invitarla a unirse a la mesa:

 

No me va a creer pero desde la primera vez que la vi supe que acabaría jugando al tute conmigo.

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.