El Bombón de Murcia

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La encuentro en una calle estrecha que desemboca cerca de la Puerta del Sol, una calle repleta de bares y de personas encargadas de cazar clientes. Ofrecen pequeñas tarjetas brillantes, folletos multicolores que contienen el sueño de la ebriedad y la saciedad: licores, trozos de carne sazonados, hongos a la plancha, cerveza doble a mitad de precio, crustáceos cocidos, la piel del cerdo frita en tiras. Los turistas y los ciudadanos recorren la calle como si no fueran miembros de una misma especie, en la ficción de ser ajenos los unos a los otros, convencidos de que el mutuo e irónico desprecio no está relacionado con un instinto territorial.

 

A diferencia del resto de los cazadores –que no me tocan-, ella me detiene agarrándome suavemente del brazo. Ha realizado un movimiento tímido, lisonjero, sensual con la misma mano con la que ahora se toca el pelo, rizado y quemado varias veces en la habitación donde vive. Los ojos se mueven oscuros y nerviosos dentro de la piel muy blanca. Intentan acompañar brillando la bonita sonrisa de sus labios pintados. Me invita a entrar en uno de los bares. Enumera la lista de viandas, el humo, la intimidad donde un hombre puede charlar con una chica como ella. Niego con la cabeza, sonrío, me despido sin moverme y atrapado por el péndulo vivo de sus ojos. «Me llaman el Bombón de Murcia», termina diciendo para que pregunte por ella la próxima vez. Es entonces cuando vuelvo a caminar y cuando la noche perfila los escaparates iluminados de los bares.

 

Me la encuentro otra vez a las diez de la mañana en un paso de peatones, esperando a que el semáforo luzca verde. Es el Bombón de Murcia, no hay duda. Sus ojos se mueven a una gran velocidad nerviosa observando los coches que pasan. No me reconoce, desde luego, entre tantos rostros que ha tenido delante del suyo, escépticos, impacientes, halagados. Su pie derecho, con tacones de plástico, avanza y retrocede sobre la acera, con un ritmo similar al de sus globos oculares. Tiene prisa. De pronto los coches se ausentan, aunque el semáforo sigue en rojo para los peatones. A pesar de ello, cruzamos. Sólo ella se queda atrás; adelantando y escondiendo, una y otra vez, su débil zapato de tacón. 

Ernesto Pérez Zúñiga (1971) creció en Granada y nació en Madrid, ciudad donde vive actualmente. Como narrador es autor del conjunto de relatos Las botas de siete leguas y otras maneras de morir (2002) y de las novelas Santo Diablo (2004) , El segundo circulo (2007), Premio Internacional de Novela Luis Berenguer, y El juego del mono (2011) . Entre sus libros de poemas, destacan Ella cena de día (2000), Calles para un pez luna (2002), Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid, y Cuadernos del hábito oscuro (2007).

1 COMENTARIO

  1. Muy bella estampa. Me

    Muy bella estampa. Me recuerda otra, del gran novelista brasileño Ignacio de Loyola Brandão, en su libro de recuerdos del Berlín donde pasó un año con una beca del DAAD. Cuenta Loyola que una noche llegó donde un semáforo en rojo y lo cruzó, en una calle desierta (lo que en Berlín es doblemente desértico) y en la que al otro lado, pese a la ausencia de todo tráfico, había un joven punkie que era la encarnación vivita y coleando de la anarquía y de la negación al sistema: la ropa descuidada y estrafalaria, zarcillos en las orejas, el pelo rapado a excepción de una cresta como de gallo y teñida en color escarlata vivísimo, en fin, la imagen viva de la contestación… que seguía esperando a que el semáforo se pusiera en verde. Y es que, como ya Lenin dijo alguna vez, si la revolución llegase a Alemania y los revolucionarios se lanzaran a apoderarse de una estación de ferrocarril, comenzarían por comprar en taquilla su correspondiente billete de acceso a los andenes. Vale.

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