El caballero inactual

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Tomemos un libro cualquiera de Azorín de nuestra biblioteca. No escogeremos hoy una de sus obras principales. En lugar de La voluntad o La ruta de don Quijote, tan dilectos para nosotros, preferiremos uno de sus títulos menos conocidos. Es en estas inclinaciones del gusto hacia obras sin renombre donde se expresa con más intensidad nuestra personalidad de lectores: Riofrío, Diario de un enfermo o Salvadora de Olbena contienen páginas que nos dejaron honda impresión.

Pero no elegiremos esta mañana, en el silencio de nuestro tabuco, ninguno de ellos. La mirada se ha detenido en el lomo de otro delgado volumen. ¿Qué libro es este que ha cautivado de manera tan poderosa nuestra volición? El librito misterioso se titula El caballero inactual y lleva como subtítulo el de “Etopeya”. ¿Y quién es el personaje de cuyo carácter, índole y costumbres nos da aquí Azorín descripción cumplida? El poeta Félix Vargas.

Tal vez no sea este uno de los libros más logrados del maestro: lo reconocemos sin empacho. Ocurre con Azorín, no obstante, que hasta cuando no da lo mejor de sí, da mucho más, y mejor, que tantos otros autores. Este librito nos gusta por su atrevimiento y por su finísima disección del proceso creativo. Acaso sea, además, porque también nosotros nos sentimos seres de nuestro tiempo ­y a la vez inactuales, con un algo —añadiríamos si no temiéramos incurrir en grandilocuencia—, con un algo que es de siempre.

Abrimos, pues, el tomito querido para volver a saber de Félix Vargas. Sus páginas acartonadas, un punto quebradizas, desprenden un leve aroma polvoroso. Cualquier cosa —nos decimos— que estuviera impresa en estas páginas, nos parecería más interesante que en un libro nuevo. Pero no es cosa cualquiera lo que encierra el enjuto volumen. “Tal vez el tejido de sensaciones, en lo que llamamos tiempo, no dura más que un segundo. Todo va a desvanecerse.”

Levantamos la mirada de la página degustando las evocaciones que suscitan en nosotros los pasajes leídos. Y nos sumimos un momento, como aquel personaje de otro libro de Azorín, “en dulce evagación”. ¿Por qué tiene su prosa siempre este efecto en nosotros? ¿Será por la armónica impresión de actualidad y atemporalidad? No lo sabemos bien, pero ha de ser algo así.

De nuestra evagación salimos con un pensamiento piadoso hacia aquellos que no gustan de nuestro autor, que incluso lo menosprecian. Está exenta de amargura nuestra reflexión: los años nos han ido tornando —lo pensamos sin vanidad alguna— más tolerantes. Sin embargo, no podemos evitar una irritación pasajera ante el desdén y la burla de algunas críticas a Azorín, formuladas con tonillo de arrogancia por quienes nunca alcanzarán su originalidad ni la calidad de su escritura.

«Pobres gentes», pensamos. Seguiremos nosotros leyendo uno, dos, tres azorines cada año. Como quien se reserva un licor exquisito para las ocasiones especiales, nos acercaremos a la biblioteca, elegiremos un delgado volumen —Pasos quedos, Tomás Rueda, Memorias inmemoriales— y lo degustaremos en el silencio inactual de nuestro blanco tabuco.

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