El capital mira a África como la nueva fábrica mundial

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Nada nuevo bajo el sol, pero me sigue chocando cuando los que nos dominan son tan descarados. Leo que el Banco Mundial (BM), en su informe Todo sobre empleos: de Asia a África, señala que el continente africano tiene la oportunidad de apoderarse de unos 85 millones de empleos que previsiblemente perderá China porque allí “los salarios reales están creciendo y las empresas buscan fuera para recolocarse”. Comenzaron buscando países con esclavos aún más baratos, como Vietnam, pero ahora han puesto los ojos en la olvidada África, pues, como recuerda el BM, los salarios son la mitad que en Vietnam y la cuarta parte que en China.

 

Así que el Banco Mundial, siempre atento por mejorar la vida de quienes habitan en los rincones más empobrecidos del planeta, alienta a los africanos –y sobre todo a algunos alumnos aventajados, como Etiopía- a que este nuevo proceso de deslocalización sirva al continente negro para lanzar la “largamente retrasada” transformación económica de la región. Está en juego la creación de unos 85 millones de empleos, calcula el Banco. Para que nos entendamos: como los asiáticos, por el propio proceso de crecimiento económico de los últimos años, se han puesto muy caros, nos marchamos a fabricar a África, y aún tenemos el cinismo de decir que es por su bien, que más vale tener trabajo aunque sea por un plato de arroz, como dirían insignes cargos del gobierno y la patronal española.

 

Esta información me llega gracias al blog Imaginar y pensar el futuro, en el que Juliana Luisa ofrece en cada post pildorazos que agitan la conciencia y mueven el corazón al cambio. En esta ocasión nos recuerda cómo la deslocalización afecta a la clase trabajadora en todos los rincones del globo: los antes primermundistas, hoy quién sabe, se quedan sin trabajo; los países pobres consiguen empleos siempre que soporten unas condiciones deplorables. Porque aquí es donde estamos: en una competición mundial por los salarios más bajos. Y no hay que ser muy inteligente para saber quién gana esta guerra; no somos los trabajadores europeos, que compramos zapatos baratísimos pero no tenemos trabajo. Una paradoja, por cierto, que durante estos últimos años se ha resuelto tirando de crédito, pero, ¿y ahora?

 

El capital va buscando por el globo no sólo salarios miserables, sino también, como recuerda Juliana a través de las palabras de Galeano, “libertad de contaminación”. Lo dijo a las claras, de nuevo, el Banco Mundial en 1991, en un informe esta vez interno, pero que se filtró a la prensa: según aquel documento, “el BM debe estimular la migración de las industrias sucias hacia los países menos desarrollados, por tres razones: la lógica económica, que aconseja volcar los desperdicios tóxicos sobre los países de menores ingresos; los bajos niveles de polución de las países más despoblados; y la escasa incidencia de cáncer sobre la gente que muere temprano”.

 

La última cita de Juliana se refiere a un estudio de la socióloga colombiana María Cristina Salazar, que evidencia el absurdo ambiental y económico –sí, también económico, porque economía no es cómo hacer más dinero, sino cómo gestionar mejor los recursos- del sistema del capital globalizado: “Colombia cría tulipanes para Holanda y rosas para Alemania. Empresas holandesas envían los bulbos de tulipán a la sabana de Bogotá, empresas alemanas envían esquejes de rosas a Boyacá. Holanda recibe los tulipanes, Alemania recibe las rosas y Colombia se queda con los bajos salarios, la tierra lastimada y el agua muda y envenenada”.

 

No hay mucho que decir ante tanto sinsentido. Tan solo espero que ahora que no sólo los pueblos tanto tiempo silenciados, sino también los europeos, comienzan a sentir en sus carnes las consecuencias del sistema depredador en el que nos hemos acostumbrado a vivir, nos sentemos a reflexionar sobre todo esto para imaginar un futuro mejor, más justo, más lógico. Quizá no utópico, pero que por lo menos no camine al revés. Y les pido a mis compatriotas, que mientras yo estoy lejos llenan las plazas de indignación en su justa batalla, que no se olviden de que la guerra es mundial, y que hace mucho tiempo que, aunque muchos no se diesen cuenta, la estamos perdiendo por goleada.

 

* Este artículo forma parte de la iniciativa Carro de Combate, un nuevo blog en que la compañera Laura Villadiego y yo intentamos lanzar un foro de debate e intercambio de información sobre el trabajo esclavo en el siglo XXI, la cadena productiva, los dramas humanos que crea la deslocalización y, en general, los sinsentidos de un sistema enloquecido.


Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.