El capitalismo es sexy -o por qué reiniciar el mundo

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Con retraso pero con mucho entusiasmo, me he hecho fan incondicional de Jordi Évole y su magnífico equipo de Salvados, un programa de televisión que se ha convertido en todo un manual de la indignación para unos ciudadanos  que asisten, entre la impotencia y la frustración, al expolio de lo público. Muchas de sus ediciones se han dedicado al pedagógico esfuerzo de analizar la cadena de despropósitos de banqueros, políticos y de toda la sociedad, que nos han llevado a donde estamos –y estamos en un momento crítico-. Pero entre todos ellos destaco este programa, que hace de la crisis una oportunidad y de la esperanza, una bandera: Reiniciando España.

 

Este programa está tejido a base de historias de seres humanos excepcionales, que nos explican que es posible otra economía, otra empresa, otra política, incluso otra banca. Que sólo hay que querer ser el cambio que uno quiere ver en el mundo, como decía Gandhi, y ponerse manos a la obra. La mudanza no sólo es posible: es necesaria. Pero para ello habrá que vencer muchas resistencias, dentro y fuera de nosotros mismos; deberá producirse un cambio en las almas, porque lo que vivimos no es una crisis financiera, ni económica, ni siquiera política: vivimos una crisis moral, porque hemos hecho una escalada de codicia tan profunda como la depredación de un sistema basado en la acumulación de capital, y un día nos despertamos de resaca, y ya no había más que consumir, y entonces salimos a la calle a gritarle a los que mandan que las cosas no están como deberían estar. Están, también, como entre todos las hemos hecho. Porque nos comimos el cuento de que el capitalismo era el mejor de los mundos posibles. Y nos lo creímos porque nos dejamos seducir con productos muy brillantes, porque, como hace años me dijo un amigo, el capitalismo es sexy, y no nos hicimos preguntas incómodas.

 

Leo hoy que la segunda mayor cadena mundial de cafeterías –por detrás de McDonald´s- factura en Reino Unido 3.700 millones de euros, pero apenas pagó ocho millones a las arcas británicas, porque declaró pérdidas, aunque sus dirigentes declararon que la filial era rentable. Que nos suban el IVA y nos recorten mientras las grandes multinacionales zafan de Hacienda no debería sorprendernos, aunque sí indignarnos. No es la única; ni siquiera parece que haya quebrantado ninguna ley. Y he aquí uno de los grandes descubrimientos que vinimos a hacer con la crisis mal llamada financiera: las leyes están hechas para los ricos, para los dueños del dinero. Por eso Bankia desahucia y deja en la calle a los mismos que salvaron a la entidad con el dinero de sus impuestos. Por eso los banqueros se llevan millonarias indemnizaciones mientras familias enteras intentan sobrevivir con 400 euros en España o Grecia. Porque las leyes se hicieron para permitir al capitalismo cumplir su único objetivo como sistema económico: la acumulación de capital. Y no hace falta ser marxista para entender que toda acumulación de capital parte de un robo. Nadie se hace millonario siendo absolutamente honesto; harían falta muchas generaciones de trabajadores incansables para que que una familia se haga rica sin arrebatarle a otro lo que es suyo. 

 

Así que al final nos cae la ficha, y Marx tenía razón, y el robo es la propiedad de los medios de producción, de la tierra, del agua. Y el capitalismo sólo puede hacer que seguir escalando, y ser cada vez más depredador, porque para sobrevivir debe seguir acumulando capital, o sea, robando. Y no hay más salida que reiniciarnos, tal vez resetearnos, deconstruir todo lo que nos han enseñado hasta ahora y volver a escribir la historia con parámetros más humanos. Paco Álvarez lo resume así en Salvados: el sistema capitalista tiene por objetivo el lucro, y para ello se vale de la competencia; hemos de ir hacia un modelo que persiga el bien común basándose en la cooperación. Tan sencillo y tan lógico que es casi de mal gusto llamarlo utópico. 

 

¿Por dónde empezar? Por la educación. No queda otra. Como Paco, no creo que todos nazcamos creyendo que nuestro principal objetivo en la vida es ganar dinero: eso nos lo enseñan. Reiniciemos nuestro sistema educativo. Os cuelgo aquí el documental La educación prohibida, que espero que sirva a algunos de vosotros como una base para la reflexión sobre cómo el capitalismo engulló también nuestro sistema educativo para crear trabajadores y consumidores disciplinados, y no seres humanos capaces de crear y pensar con espíritu crítico, y cómo desde la infancia se nos inocula, calificaciones en mano, ese dañino -y tan poco humano- virus de la competitividad. 

Joan Antoni Melé, subdirector general de Triodos Bank -una de esas entidades que, bajo la etiqueta de banca ética, hacen de la responsabilidad social su bandera- interpela al ciudadano: ¿por qué la gente no se preocupa de lo que se hará con su dinero? ¿por qué los clientes de las cajas se dejaron seducir por los regalos, los intereses, la codicia? Ay, Joan, es que el capitalismo es muy sexy, muy seductor. Pero, aun consciente de que hay muchas resistencias, de que el cambio será lento, su mensaje es de optimismo, y lo lanza con lúcido entusiasmo: partamos del compromiso personal, del cambio interior, y esforcémonos por contagiarlo, por crear una epidemia de entusiasmo

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.

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