El carnaval y el carnicero

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El domingo de Carnaval, el carnicero divorciado se paseaba feliz con su hija por el concurrido centro urbano. La niña vestía de faisán, y el padre orgulloso iba disfrazado de gallo. Las cuatro carnicerías que poseía en la ciudad, le habían permitido adquirir esos exclusivos disfraces, traídos desde el mismo París hasta su pueblo. Merecían su precio. Formaban una pareja espectacular. No habrían desentonado en el mismo Carnaval de Venecia.

 

     -¡Demasiado calor está haciendo para un domingo de primeros de marzo! -pensó para sí el carnicero agobiado, bajo aquel disfraz de tan abundante plumaje-. Más que como un Principal, empezaba a sentirse como un pollo asado.

 

A sólo dos manzanas se encontraba una de sus carnicerías, y llevaba consigo las llaves. No podía resistirse a la tentación. Y cuando vio que su niña se faisaneaba con una amiguita vestida de abeja Maya, sentó a ambas en una mesa de la terraza del café de la plaza, y las dejó tomando un refresco, mientras él se acercaba a su comercio, para aligerarse de tan cálida vestimenta.    

 

Primero subió la persiana metálica, y después abrió las puertas de cristal de aquel centenario establecimiento cárnico. Una vez dentro, se quitó el dichoso abrigo de plumas multicolores, y lo colgó instintivamente en un perchero de caoba, que había junto a la entrada. Más aliviado, respiró profundamente la humedad y la frescura que se respiraba en aquella vieja y noble carnicería, heredada de sus ancestros. El mostrador -también de caoba- estaba cubierto por una gran losa de mármol de una sola pieza. Tras él se elevaba un testero con vitrinas, forradas en el interior con grandes espejos. Coronaba el laico retablo un vetusto reloj de esfera circular, con las horas en letras romanas. Era evidente que aquel negocio procedía de una época en que la carnicería era entendida como una sacristía de la carne.  

    

Por puro instinto profesional, se dirigió a la cámara frigorífica, para comprobar que todo estaba en orden. Un reforzado alivio sintió al entrar en esa cámara a cero grados centígrados, donde reposaban -colgadas de los ganchos- sus mejores piezas. Allí pendía una hermosa ternera desollada, como en el cuadro de Rembrandt; más allá unos cochinillos blancos abiertos en canal; y a su lado, un puñado de conejos y cabritos despellejados, con todas sus esferas oculares al descubierto. De otra barra más baja, pendía su magnífico lote de aves, todas desplumadas: perdices, gallitos camperos, codornices, gallinas viejas, y hasta un faisán, que un cazador furtivo le había vendido recientemente. A diferencia de los primeros, los ojos de las aves estaban todos cerrados, durmiendo su letal sueño sin sangre.

 

Le gustaba su trabajo. Sí, ganaba dinero. ¿Y qué? A diferencia de otros, lo hacía con una actividad comercial tan noble, como la de suministrar alimento a sus semejantes. Ya lo dice el refrán: «¡Hay que comer fuerte, para vencer a la muerte!”. «¿Qué tiene de malo ser carnicero?», se preguntaba. 

 

De pronto, sintió vibrar la melodía de su teléfono móvil en uno des sus bolsillos inferiores. Contestó con presteza, no ausente de alarma. ¡Era su pequeña, la que lo llamaba! Al otro lado del teléfono, su hijita querida -su única hija- lloraba desconsolada. Su amiguita, cansada de sus pavoneos de faisana veneciana, había terminado arrojándole a la cara el contenido del vaso de su refresco, y había salido corriendo. La pequeña se había llevado un gran susto, y ahora estaba sola, en medio de la gente, con su precioso traje y su tocado dorado, cubiertos de naranjada. El carnicero no se lo pensó dos veces. Salió disparado de la tienda hacia la plaza, para reunirse cuanto antes con su hija, y consolar a su preciosa faisana llorosa, mancillada por una abejamaya vulgar y corriente.

 

En su precipitada salida, aunque cerró con llave las puertas de la calle, no se percató el carnicero, de que la de la cámara frigorífica había quedado entreabierta. Valiéndose de este descuido, el frío comenzó a liberarse de las cuatro paredes en las que siempre había vivido encerrado, saliendo por la puerta para conocer -de una vez por todas- la carnicería, más allá de su helada residencia en la trastienda. Como una niebla invisible, el frío iba deslizándose por todo el espacio hacia la zona pública del establecimiento. Al entrar allí en contacto con el aire caliente, procedente de la calle, entre los dos se formó una natural corriente, que agitó el abrigo de plumas carnavalescas, colgado en la percha.

 

Al paso del aire, danzaron sus plumas estremecidas. La más lánguida de todas ellas se dejo caer en los brazos de la corriente, que la llevó volando con ligereza por toda la atmósfera del recinto. Cuando la airosa pluma penetró finalmente en la cámara frigorífica, fue a posarse azarosamente sobre el cuello de una de las aves colgadas de la barra. Ante el contacto de aquella pluma con su carne, el gallito muerto pareció esbozar una sonrisa.  

 

Al día siguiente, cuando el carnicero abrió su tienda, se quedó estupefacto al entrar. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Sobre el mostrador de mármol se erguían unos gallos de brillante y raro plumaje; mientras, por el suelo unas gallinas iban cacareando y picoteando el terrazo, buscando algo que echarse al estómago. Bajo las patas del mostrador, un puñado de codornices multicolores iban y venían, de un lado a otro, circulando como autómatas. Desde lo alto del testero de caoba, un faisán de larga cola -con todos los colores del arco iris en su plumaje- miraba profundamente al carnicero, con ese aire curioso y arrogante que despliegan los seres vivos, cuando entre ellos se observan.

 

Del abrigo de plumas, no quedaba ni rastro en la percha.