El cártel de Bagram

0
612
A John no le preocupan esos chicos porque sabe que son adictos y que, probablemente, se estarían dando con alguna droga en cualquier lugar del mundo. Está intrigado con lo que están haciendo los que entran a la base con bolsas llevando kilos de heroína. Estamos en Bagram, base del ejército estadounidense en Afganistán. Y el relato novelesco hunde sus raíces en la realidad

 

Los katyusha pasan a la velocidad de un rayo por encima de su cabeza y van a dar directamente al techo del depósito de suministros. La explosión obliga a John, primero a agacharse y después a meterse debajo de un humvee. Su cabeza parece reventar por una mezcla de miedo, confusión, ruido y olor nauseabundo. El polvo se mezcla con el vapor de la gasolina barata. Uno, dos, tres. Fuuuuummm. Cuatro, cinco, seis. Brooouuuumm. Los misiles van pegando uno a uno contra la estructura de metal. La explosión deja un humo verde. Las chapas saltan para todos lados. Los guardias del portón de entrada a la base toman posición de inmediato pero no saben a qué disparar.

 

La sirena de alarma suena con cierta disfonía. Entra en los oídos como el chirrido del acero. Otros soldados corren de un lugar para otro. Una ametralladora pesada ubicada en una torreta a unos diez metros de altura comienza a disparar. Tacatetacatacatetaca. Y los guardias la siguen con sus M-16. Recién en ese momento, John logra ver una columna de humo negro que aparece por detrás de la colina de Mahigit, probablemente a un kilómetro o dos de distancia. Los disparos ahora son dirigidos hacia ese lugar. También son inútiles, en general los talibanes montan los pequeños misiles chinos en una lanzadera y escapan. Lo hacen muy frecuentemente. Hace dos semanas la lanzadera estaba arriba de un pequeño carro tirado por un burrito. La combustión de la salida de los katyusha prendió fuego a la cola del animal que comenzó a correr y los misiles se dispararon para cualquier lado. Murieron tres afganos inocentes que pasaban por allí de regreso de su trabajo en el campo, entre ellos una niña de once años. 

 

Esta vez, los misiles deben haber salido de un lugar más firme. Están dando en el blanco predeterminado pero no causan un daño severo. Los soldados de la guardia ya se preparan para ir tras los atacantes. Cuando John se da vuelta logra ver del otro lado, en la calle principal de la base, un movimiento absolutamente inusual. Dos hombres que parecen sargentos o cabos se mueven como si fueran comandos participando del ataque. Son claramente suboficiales estadounidenses. Van casi arrastrándose pero a gran velocidad. Parecen haber entrado en ese instante a la base. Llevan unas bolsas negras en la mano. Aprovechan la confusión para escabullirse entre los camiones estacionados y desaparecen en el camino que lleva al sector UXC-1, mejor conocido como la funeraria —donde apilan los cadáveres de los caídos en combate; allí los meten en cajones que subirán al Hércules o a un Galaxy más pequeño, que primero los llevará a una base en Alemania y luego a Dover, en Delaware, desde donde los repartirán a diferentes ciudades perdidas del medioeste y el sur de Estados Unidos. Muy pocos, casi ninguno, va hacia Washington, al más honorable cementerio de Arlington—. Los dos hombres no parecen estar huyendo del ataque. Están en una misión particular. “Fucking, hijos de puta”, piensa John. “¿Qué están haciendo estos? ¿Qué contienen esas bolsas? Seguramente es heroína. Tiene que ser heroína —se dice a sí mismo—, mientras recuerda que vio a un sargento charlando amablemente con un haji (como los soldados estadounidenses llaman a cualquier local) y recibiendo un paquete envuelto en una bolsa de plástico negra”. La heroína es el producto más valioso en poder de los afganos.

 

Pero no pudo reparar en el asunto más que unas fracciones de segundo. Los muchachos de la patrulla de incendios ya están trabajando con el camión de espuma que tienen siempre estacionado en esa zona. En tres minutos todo es una gran humareda pero ya no hay fuego. John tiene que alistarse en ese lugar lo antes posible. Es el encargado de suministros y uno de los jefes del depósito más importante de la base de Bagram, en el corazón de Afganistán, y debe estimar los daños. Sale por debajo del humvee y da una última mirada hacia la funeraria. No ve nada que no sea una sombra gris amarronada de las que cubren el desierto afgano.

 

Una partida de colchones arruinados, también una tonelada de botellas de Coca-Cola alcanzadas de lleno por uno de los katyusha. El líquido marrón corre por las alcantarillas y las enormes moscas afganas ya están borrachas de azúcar. Varias cajas de botas, de esas de goma y lona que le dan a los reclutas, también quedaron estropeadas. Hay que reparar un sector importante del techo y limpiar. Habrá que fregar por al menos dos o tres días seguidos. John anota todo meticulosamente en unas planillas. Es contador. Logró estudiar entre su primera misión en Bosnia y este regreso forzado por las guerras de George W. Bush. Sabe que la clave de su trabajo y de la organización interna de la base y el ejército está en esos números precisos que él y muchos otros burócratas militares colocan en las planillas enviadas por el Pentágono. Mientras cuenta exactamente cuántas botellas de gaseosas se destruyeron ve en el fondo del galpón a un sargento negro que se llama Luther, pero que todos conocen como TJ, quien compone raps en los que se mofa de la vida militar y pone a parir a los jefes más duros. Los canta con voz de borracho cada vez que hay un momento de dispersión en la barraca de los chocolate.

 

Así le dicen los hispanos a los negros, generalmente precedido del clásico fucking. Curiosamente, los hispanos son los brownies para los blancos —como el viejo George Bush bautizó directamente a sus nietos, hijos de una colombiana— y los negros les lanzan algún wet back (espalda mojada) por haber cruzado ilegalmente el Río Bravo. Los negros tienen un estatus en el ejército estadounidense que les permite hacer lo que ya no pueden en las calles de los guetos de Nueva York, Chicago o Los Ángeles porque allí los latinos superan en número a los negros. Las bandas de los Bloods o los Crips fueron largamente sobrepasadas en violencia y horror por la Mara Salvatrucha o la Mara 18. En el ejército, los negros lograron mejores posiciones que los hispanos. Por ahora. Y ahí, a unos metros de donde está John, hay un ejemplo muy raro de convivencia, una escena pocas veces vista en la base. El sargento TJ está bromeando con un coronel blanco que lo dobla en edad. Y si la sombra gris amarronada no lo confunde, John cree que TJ es uno de los dos hombres que entraron a la base aprovechando la confusión del ataque de los talibanes y se perdieron en la zona de la funeraria.

 

 

* * * * *

 

Juan Torres, el cordobés, el padre de Juancito, de John como le dicen desde que llegaron a los Estados Unidos, está en la otra punta del mundo, sirviendo un banquete en el hotel donde trabaja en el centro de Chicago. Hace ya casi un año que no ve a su hijo pero piensa en él todo el tiempo. No deja de preocuparse nunca. Cada vez que escucha la palabra Afganistán en una radio o un televisor salta a subir el volumen. Hoy, una vez que pasen el postre va a hablar un famosísimo periodista del Chicago Tribune sobre la guerra y no quiere perderse nada. Él es el banquete captain y tiene a su cargo veinte camareros.

 

Debe lograr que todo salga perfecto para relajarse en el momento en que comiencen a servir el café. En ese instante, podrá pararse en un costado del salón y escuchar. Necesita saber qué le puede pasar a su hijo. Necesita entender por qué John y otros miles de chicos están en Afganistán. Juan es un tipo sencillo, de trabajo, asado argentino —cuando logra conseguir un poco de carne buena en un barrio latino del Este de Chicago—, partidos de fútbol, algún mate cuando se acuerda de comprar yerba y muchas, muchas horas de trabajo.

 

Antes ni siquiera tenía tiempo para leer los diarios. A veces veía algún noticiero de televisión. En el auto, escuchaba las noticias locales por la radio. Pero ahora, se abalanza sobre cada periódico que dejan por ahí tirado los huéspedes. Y sigue las noticias con la atención de un chico de la Segunda Guerra Mundial que avanzaba banderitas sobre un mapa de Europa acompañando la movilización de las tropas y las descripciones de las batallas.

 

—Fijáte la mesa seis, Horace. Nilda, apuráte que ya están terminando el segundo plato —va ordenando y controlando Juan mientras los meseros pasan con las bandejas—. El equipo de banquetes tiene la misma composición racial que el resto de la fuerza laboral de los hoteles de Chicago. El 70% hispanos, 25% negros y algún estudiante blanco perdido por allí trabajando para pagarse la universidad. Juan es el jefe porque siempre fue el más trabajador y porque tiene más de veinte años de experiencia en desayunos, almuerzos, cenas, casamientos, despedidas y seminarios en varios hoteles de Houston, en Texas. Cambió la calidez del sur por el frío de Chicago cuando lo llamó un antiguo jefe para ofrecerle casi el doble de sueldo de lo que ganaba. No lo pensó. Tenía que pagar los estudios de sus dos hijos. La chica estudiaba arquitectura y es una carrera muy cara.

 

John cometió el error de enrolarse en el ejército cuando no había cumplido todavía 18 años, tuvo la suerte de que lo dejaran ir a estudiar y terminar su carrera de contador. Ahora, le faltan seis meses para cumplir con el contrato, planea casarse con una texana y trabajar en una de esas grandes firmas que hacen controles de empresas en todo el mundo desde algún pueblito en Arkansas u Ohio.

 

—¡Vamos, vamos, Erick! —ordena Juan en voz baja pero insistente y con un tono demasiado nervioso para este hombre muy calmo—. Hay tensión también en el auditorio cuando en general se trata de una formalidad: un almuerzo con un discurso al final de alguien que cuente algo que se pueda olvidar en un rato. El encuentro está organizado por los inversionistas de una compañía internacional de compra y venta de casas con sede aquí en Chicago. En la mañana, ya se dieron los balances y están todos contentos porque se van a llevar unas buenas ganancias este año. El consejero delegado, un gordo enorme de traje beige y corbata Dior rosa a rayas, ya dio su discurso y a todos les pareció que el plan de expansión que propone va a funcionar muy bien. También habló un economista sobre las subprime, quien explicó cómo las hipotecas van a estar disponibles para todos en los bancos con lo que la actividad de bienes raíces vivirá un boom extraordinario. Para los postres, los agentes inmobiliarios siempre se guardan a charla del invitado, un conferencista que los ilustra obre algún tema alejado de sus realidades cotidianas. Todavía recuerdan cuando, una vez, en los ochenta, trajeron  a Jane Fonda y los hizo hacer a todos un workout. Otra vez levaron a John Young, un ex astronauta del Apolo XVI, de quien nadie recuerda que fue uno de los hombres que más tiempo pasó caminando en la luna. Este año necesitaban a alguien que les hablara un poco de las guerras, ya pasaron más de dos años de la invasión a Afganistán y casi un año de la de Irak. Y las cosas no van muy bien. Para eso está ahí esperando pacientemente Ken Mattling, del Chicago Tribune, que acaba de regresar después de seis meses en Bagdad.

 

Y uno de los más entusiasmados por escucharlo no es ningún agente inmobiliario, sino el captain de este salón Nebraska del hotel Enterprise, cerca de la North Michigan Avenue. Cada vez que se menciona la guerra, a Juan le empieza a dar un dolor en la boca del estómago. Ya sabe que es nervioso. Cuando escucha algo sobre Afganistán, se le nubla la vista y se le aparece muy claramente la cara de su hijo John en uniforme en la base de Bagram. Y, ahora, para empeorar la situación, hace tres días que no recibe un correo electrónico de él.

 

 

* * * * *

 

Bagram fue un típico y muy antiguo pueblo de la Ruta de la Seda hasta que a los soviéticos se les ocurrió levantar ahí, en la conjunción de los valles de Ghorband y Panjshir, a 60 kilómetros de Kabul, su principal base aérea. El Kremlin había ordenado, en 1979, la invasión de su país vecino olvidando que los afganos jamás pudieron ser conquistados. Los británicos lo intentaron dos veces en el siglo XIX y fracasaron. Los soviéticos tuvieron que emprender una vergonzosa retirada en 1989 tras una guerra contra los muyahaidines (milicianos musulmanes) venidos de todo el mundo para pelear la Yihad (guerra santa) financiada por la CIA. Fue la última de las batallas de la Guerra Fría y Bagram, uno de los escenarios finales. En uno de los pocos viajes que John hizo hasta Kabul pudo ver toda la parafernalia militar soviética que todavía queda por ahí convertida en chatarra y desechada al costado de una ruta plagada de minas antipersonas.

 

De todos modos, como en el resto de Afganistán, en la memoria de los campesinos permanece el recuerdo de la grandeza de tiempos inmemoriales. Bagram ya existía cuando llegó Alejandro el Grande en el 320 A.C. y la rebautizó como Alejandría del Cáucaso. Antes había estado en manos persas y luego llegó a las de varias dinastías indias. En el primer siglo de nuestra era, pasó a denominarse Kapisa. Ese fue su nombre hasta el medievo. Los pashtunes, que aún dominan esa zona, le devolvieron su nombre. Los soviéticos la convirtieron en una fortaleza militar. Al finalizar la guerra afgano-soviética fue tomada en sucesivas olas por diferentes grupos de combatientes. Osama bin Laden la usó como uno de sus campos de entrenamiento entre 1995 y 2001. Las fuerzas especiales británicas se apoderaron de Bagram inmediatamente después de la caída el régimen talibán tras los atentados del 11-S. Los estadounidenses la convirtieron enseguida en su mayor base de operaciones, centro de detención e interrogatorio de prisioneros.

 

Comenzó a conocerse como el otro Guantánamo. John, así como el 90% de los soldados y oficiales de la base, tiene prohibido traspasar el muro beige y el portón verde que es el corazón del JSOC, el Joint Special Operations Command, y la DIA, la Defense Intelligence Agency, que custodia a los prisioneros de guerra que llegan a la cárcel negra para ser interrogados.

 

Es un lugar amplio repleto de pasillos, recovecos y subsuelos donde se contaron hasta setecientos prisioneros en un mismo momento. Nadie sabe muy bien cuántos hombres pasaron por esas mazmorras en los últimos años. Los más importantes, o a los que se cree que les pueden sacar más información sobre las actividades de la red terrorista Al Qaeda, van a Guantánamo. El resto puede pasar ahí años sin una sola visita y sin que el Comité Internacional de la Cruz Roja los pueda ver. Todo eso está muy por encima de la nariz de John. Nunca se cruza con los interrogadores o guardias de la prisión negra. Ellos viven, comen y tienen sus recreaciones fuera del alcance de los soldados, suboficiales y oficiales que deben mantener en funcionamiento esta enorme base de 132.000 metros cuadrados, sus tres hangares, el edificio de la aduana, la torre de control reconstruida después de ser impactada por misiles de todos lados, y la pista capaz de recibir hasta los Boeing 747 de la transportadora de carga Kalitta Air —una de las tantas compañías de la CIA—, además de toda la flota aérea estadounidense estacionada junto a los 53.000 soldados que llegaron a Afganistán. John no está preocupado por todo eso. Sabe que forma parte de la operación para destruir las redes terroristas de los radicales islámicos y él es apenas un pequeño engranaje dedicado a contabilizar la entrada y salida de suministros. Lo que le preocupa a este soldado de origen argentino son esos raros movimientos de suboficiales entrando y saliendo de la base con bolsas de heroína. En algún momento podría venirse todo contra él. ¿Qué pasaría si descubren en su galpón que alguien ocultó drogas? Conoce muy bien a sus compañeros que salen casi todos los sábados a comprar heroína a treinta dólares la bolsa, en el mercado que está ahí nomás en la puerta de la base. Sabe que muchas veces esos mismos muchachos se roban equipos y ropa para cambiarla por la droga. Eso es evidente por la cantidad de chalecos antibalas, cuchillos de guerra, binoculares, botas y hasta chaquetas del uniforme que están a la vista para la venta en los puestitos del mercado.

 

Todo eso salió de la base y fue transado por la mercadería más valiosa que tienen para ofrecer los afganos. Este es el país con la mayor plantación de amapolas en todo el mundo. Aquí se produce opio desde que el rey mongol Babur dominaba estas tierras. El opio se fumó en Asia por siglos hasta que llegó a Europa. Del opio se destiló el láudano en la Edad Media hasta que se descubrió la morfina y posteriormente la heroína. Hoy, Afganistán produce 90% de toda la heroína que anda por el mundo. Y se puede conseguir en Bagram o Kabul o Kandahar a menos de un dólar la dosis. Trasladada a las calles de París o Nueva York, el mismo sobrecito puede costar más de cien dólares. Afganistán es el paraíso de los heroinómanos y si encima se consiguen un pasaje gratis para llegar hasta allí y la cobertura de un uniforme militar, es mejor que Disneylandia para un niño de ocho años. John leyó en internet reportes de que en Vietnam hasta 20% de los soldados se convirtieron en adictos. Y dicen que en Irak y Afganistán se ocultan los datos pero hay al menos 5% de veteranos tratados en las clínicas de rehabilitación. Él mismo tiene un compañero de unidad que fue enviado de urgencia a Los Ángeles para recibir un tratamiento con metadona. Y hay otros tres que se inyectan cada dos o tres días cuando tienen guardia o los envían a patrullar. “¡Mata el miedo, brother!”, dice siempre uno de los chicos, un hispano de origen nicaragüense criado en California.

 

Pero a John tampoco le preocupan tanto esos chicos porque sabe que son adictos y que, probablemente, se estarían dando con alguna droga en cualquier lugar del mundo. Está intrigado con lo que están haciendo los que entran a la base con bolsas llevando kilos de heroína. “Eso no es para uso personal. Eso es para traficar. ¿Para qué llevan las bolsas hasta la funeraria? ¿Cómo las sacan de la base? ¿A dónde las trasladan?”.

 

Todas esas preguntas le dan vueltas por la cabeza cada vez que se topa con una escena como la del ataque de los talibanes, aprovechado por los sargentos para ingresar la droga sin ser revisados. Y son los mismos cuestionamientos que lo perturban cada vez que se tira en su camastro por la noche. Respira profundo en un ejercicio improvisado para relajarse y olvidar. Abre el frasco que le dio esa mañana el médico de la base y se toma la pastilla para prevenir la malaria. Las tiene que tomar todas las semanas. A veces, también usa el inhalador que tiene para cuando se está quedando sin aire por el asma. Es un chico absolutamente sistemático. Es un buen contador hasta para seguir las órdenes de los médicos. Está más tranquilo. Se duerme y sueña con mujeres que vuelan envueltas en bolsas de plástico hasta que llegan a un paraíso blanco, tan blanco que todo se desvanece.

 

 

* * * * *

 

Cuando anuncian a Ken Mattling del Chicago Tribune se escucha un aplauso débil en el salón Nebraska. El propio Juan se tiene que reprimir y deja de aplaudir porque no ve a nadie a su alrededor que se haya preocupado por dejar la charla con los de su mesa. Juan se acomoda la manga derecha del saco negro que siempre lleva en estas ocasiones, da una última mirada para estar seguro de que no haya nadie que se quede sin café. Se ocupa de ordenar a Melanie —una estudiante de artes de la Universidad de Chicago que se gana unos dólares sirviendo en el hotel dos o tres veces a la semana—, que haga otra ronda de café para los que están en una mesa de la punta y que parecen más distraídos que el resto. El periodista ya está en el pódium contando el primer chiste de rigor acerca de lo bueno que estuvo el almuerzo y la porquería que tenía que comer en Irak cada vez que salía embedded —empotrado, una figura inventada por el Pentágono para los periodistas que acompañan a las tropas— con alguna unidad de combate. “Me traje una de las bolsas a casa. En la parte externa decía que se trataba de un meatloaf (pan de carne) con puré de patatas y strudel de manzana. La abrí para impresionar a mi mujer y mis hijos. Melanie corrió al teléfono para llamar a emergencias. Los chicos dijeron que se irían a dormir sin comer. Vic, mi perro ovejero alemán, salió gimiendo con la cola entre las patas. Tuve que llamar a una unidad de la alcaldía especializada en recoger residuos tóxicos para que se llevaran la bolsa. Los vecinos creen que me traje material radioactivo de Irak”, dice Ken haciéndose el gracioso para matizar la charla porque sabe que lo que viene puede deprimir a más de uno.

 

Hace una larga pausa. Espera que haya un silencio profundo y comienza con una frase muy dura pero que es la más directa que encontró para esta ocasión: “La guerra es sólo muerte y destrucción; lo que se come o si directamente no se come, es absolutamente irrelevante”. La audiencia se paraliza. Juan se refriega las manos en forma nerviosa. “Lo que está ocurriendo en Irak y Afganistán es la prueba clara de que los estrategas de la administración Bush no tenían idea de dónde se iban a meter cuando ordenaron lanzar las ofensivas, para luego estacionar en esos países a cien mil soldados”, continúa Ken con una voz pausada y firme. “Ahora, estamos atrapados en un pantano tan grande como el del sureste asiático, del que salimos hace treinta años y éste, paradójicamente, se encuentra en medio de un desierto de arena”, agrega el periodista mientras ve cómo las caras de las primeras filas que habían estado escuchando con atención, comienzan a fruncir el ceño porque no es lo que querían recibir en sus oídos políticamente correctos. Ken sabe que en ese momento tiene que expresar algo que suene un poco más dulce y menos apocalíptico. “Se necesita un cambio de estrategia inmediato. Tenemos que ganar los corazones y las mentes de los iraquíes y los afganos. Sólo en ese momento podremos combatir con éxito a los rebeldes y podremos evitar cualquier otro ataque como el del infierno del 11-S”. Luego, se adentra en cifras y alguna anécdota de combate. Ya los tiene atrapados. Ahora, Ken, con su chaqueta marrón de tweed y sus pantalones de corderoy, con la camisa celeste desabotonada en el cuello y sin corbata, se apresta a lanzar su discurso personal, el único momento del que disfruta en estas charlas más allá de cuando le entregan el cheque por su trabajo. Esta vez serán unos magníficos tres mil dólares con los que va a cambiar las llantas al auto de Melanie que ya están muy gastadas y patinan en la nieve. “Nunca debimos habernos envuelto en estas guerras. Teníamos que haber vengado el ataque a las torres de Nueva York y el Pentágono de Washington con bombardeos y persiguiendo a los cabecillas de Al Qaeda con fuerzas especiales. Invadir Afganistán e Irak es un error histórico. Pero ya estamos allí. Ahora hay que apoyar absolutamente a nuestros muchachos. Y, al mismo tiempo, debemos decirle a la administración Bush que tiene la obligación de buscar la forma de salir de ese laberinto en que nos metió con la mayor dignidad posible. Gracias”. Los aplausos vuelven a ser débiles. Otra vez es Juan el que más aplaude cuando se entiende que debe mantener un comportamiento más recatado. Ya está más tranquilo. Se le fue el dolor de estómago. Ken Mattling dijo exactamente lo que él piensa aunque nunca estuvo en Medio Oriente o Asia Central, no es estadounidense ni tampoco un sofisticado analista político-militar. Juan es un hombre común que ve esta guerra con los ojos de su hijo, con las vivencias que éste le transmite. Quiere acompañarlo con su fuerza y su corazón aunque sea a veinte mil kilómetros de distancia y a pesar de no entender muy bien qué hace su hijo en esa guerra.

 

 

* * * * *

 

John está en su pequeña oficina improvisada a la entrada del galpón cuando al apagar la luz para cerrar el día de trabajo ve una vez más la sombra de dos comandos corriendo entre los camiones estacionados al costado del camino principal. Se sobresalta por un momento y alarga su mano hacia su fusil M-16 mientras mantiene la mirada en el lugar de los movimientos. Cuando ya tiene la mano posada sobre el arma vuelve a sobresaltarse y la suelta. Los dos hombres, que corren a toda velocidad, tienen el uniforme de la base, lucen como sargentos, se parecen mucho a dos que conoce y que lo volvieron loco en sus dos semanas de entrenamiento de combate el año anterior. Uno de ellos, definitivamente, tiene el mismo corte de cara y cuerpo del sargento rapero TJ. Otra vez van con una bolsa negra de plástico en la mano y una vez más desaparecen en el pasillo que lleva a la funeraria, allí frente a los hangares y a la pista principal —el lugar donde se ha parado muchas veces para ver la caída del sol sobre las montañas, queriendo recordar para siempre ese color rosa anaranjado con el que se pinta todo en el desierto al fin de la tarde—. John no aguanta la curiosidad. Ha visto a algunos de sus compañeros comprar heroína en ese mismo lugar, a no más de trescientos metros del portón principal de la base y a un costado de la ruta que lleva a Kabul. Pero lo que no sabe es si se trata de una operación más amplia. Y no entiende cómo TJ puede tener una relación tan estrecha con un coronel, en general, la gente de esos rangos se trata en forma amable, se pueden hacer algún chiste de pasada, pero nada más.

 

Toma su tabla de anotaciones, una lapicera, y sale hacia el callejón de la funeraria con la intención de averiguar qué es lo que está sucediendo ahí. Cierra el enorme portón del galpón y le pone la combinación al candado. Se alisa el uniforme, se asegura de tener el birrete colgado de la charretera y comienza a caminar con la tabla en la mano como cuando sale de inspección junto al capitán o va a contabilizar lo que llega en los aviones.

 

Si alguien le pregunta puede decir que le avisaron del pronto arribo de un avión con suministros y que va a esperarlo a la pista. Es una hora de poco movimiento en la base. Ya comienza a anochecer y todos quieren estar preparados para la cena. Tienen hambre y los jueves, por regla, hay carne de cordero asado con puré de patatas, la comida preferida de muchos.

 

Cuando John da vuelta por el pasillo de la funeraria camino a los hangares ve que están metiendo un cajón, probablemente el último de una serie. Son los angels caídos en combate que comienzan el viaje de regreso a casa. Esa es una escena que siempre lo pone muy triste, pero esta vez la tensión no le permite tomarse ese instante para reflexionar sobre lo que está viendo. Necesita saber qué hacen con las bolsas negras de heroína que entran junto a los angels. Se para frente a una de las ventanas. Adentro todo está bastante oscuro. Sólo se ven las siluetas recortadas de los que arrastran los cajones y los apilan. Todos llevan barbijos y guantes de látex. Del otro lado hay bolsas de plástico grueso verde oliva que es donde llegan muchos de los cadáveres que aún no tuvieron la suerte de tener un cajón de madera. Hay veces que vienen unas cajas de cartón corrugado y firme que, dicen, se usan en Irak para transportar a los angels. En la funeraria, hay un gran movimiento; preparan la salida de un avión Galaxy que va a llevar decenas de cajones. Aprovecha la confusión para meterse por la puerta donde recién ingresaron el último cadáver. El vahído casi lo hace caer de rodillas. La mezcla de la emanación de los muertos y el formol produce uno de los olores más intensos que puedan afectar al ser humano. Provoca dolor de cabeza casi inmediato y una arcada. Si se logra superar ese primer momento, uno termina adaptándose. Los seres humanos se adaptan a cualquier cosa, particularmente en las guerras.

 

John levanta torpemente la planilla y saca una lapicera de su bolsillo superior como si fuera a hacer un recuento de angels. Pero no engaña a nadie. Cualquiera podría ver que está mareado y no sabe muy bien cómo moverse en ese lugar. Trata de salir del centro de las acciones y se pone en un costado, en un corredor formado por cajones de madera. Al mover la cabeza hacia la zona más alejada, puede ver de reojo a un hombre de uniforme acomodando uno de los cajones. Lo reconoce de inmediato. Es el otro comando que corría junto a TJ un rato antes.

 

Un haz de luz que viene de una lámpara le permite ver que el hombre tiene en su uniforme las dos barras de sargento. Al mover su cuerpo hacia la derecha, la luz ilumina las manos del hombre. Está acomodando una de las bolsas negras que trajeron a la base dentro del cajón de uno de los angels. El hombre mueve el cadáver de un muchacho con la cara medio destrozada y un uniforme verde intenso. Pone la bolsa por debajo del cadáver. Todos sus movimientos son precisos. En apenas unos segundos, ya está cerrando el cajón y lo está moviendo por una rampa de rulemanes hacia el frente del salón. “Hey, ¿qué hace ahí soldado?”, el grito lo sobresalta, casi se le cae la planilla de la mano. Cuando logra tragar saliva y darse vuelta ve al sargento rapero TJ con los brazos en jarra a menos de tres metros suyo. John balbucea una excusa y trata de salir lo más rápido posible. Siente que tiene la cara totalmente roja, como le pasa desde que era chico, cuando le mentía a su mamá o no podía responder claramente alguna broma que le hacían porque su querido equipo de River Plate había perdido. John es un muchacho muy maduro pero a la vez extremadamente inocente.

 

Sus amigos dicen que es incapaz de hacer el mal, que no sabe mentir, que es demasiado bueno. Escucha a TJ que le sigue gritando pero sin darle ninguna orden específica. Se cuadra. Hace la venia y sale de la funeraria prácticamente corriendo y agarrado de la tableta. No para hasta la barraca que comparte con otros cinco soldados. Llega agitado, con la cara aún colorada y los ojos negros llenos de rabia. No mira a nadie ni comenta nada. Se tira en su camastro y permanece un largo rato mirando al techo con la tabla agarrada por ambas manos sobre el pecho.

 

 

* * * * *

 

Juan sale del hotel esa noche caminando por la North Michigan, ya no hay nadie comprando por la famosa magnificent mile y el viento hace que la nevisca que cayó por la tarde se convierta en hielo. “Esto está para los patinadores del Holliday on Ice que vi una vez en el Luna Park de Buenos Aires”, piensa

 

Juan mientras se tapa las orejas con el gorro para que no le salgan sabañones. “¡Qué ciudad de mierda!”, dice por lo bajo mientras se ríe porque muchos se lo advirtieron y él se empeñó en mudarse a pesar de todo. Tiene que andar apenas tres cuadras hasta el estacionamiento donde trabajan unos amigos mexicanos con los que juega a la pelota y le dejan estacionar el auto por menos de un cuarto de lo que le costaría la estadía en cualquier otro aparcadero de la zona. El discurso de Mattling le vuelve a la cabeza y lo distrae un poco para superar los 10º bajo cero que hacen en ese momento. Ya pasaron varias horas desde que escuchó sus palabras y ahora tiene sentimientos cruzados. Por un lado está en contra de la guerra, pero por otro cree que hay que hacer algo para que no vuelva a ocurrir nunca más un 11-S y apoya absolutamente a las tropas. Obviamente, en especial a John que se equivocó al enrolarse en el ejército pero que ahora está ahí y tiene que acompañarlo de cualquier manera. Está en contra de la guerra pero no lo quiere admitir así abiertamente. Después de todo, él no es más que un tipo sencillo que jamás se ha metido en política ni en Argentina ni en Estados Unidos. En ese sentido, se parece mucho al personaje de Osvaldo Soriano, cuando lanza ese inmortal “no sé nada de política, yo soy peronista”.

 

Al llegar al estacionamiento, se encuentra con su amigo Gonza que está ese día a cargo del turno noche.

 

—Hola, Bro. How was your day?

—So, so. Vaaaaa, bien.

—Hey, vi hoy a un director técnico hablando en Univisión que decía que ustedes tienen uno en Barcelona que va a ser mejor que Maradona.

—Nosotros tenemos muchos como Maradona. ¿O vos crees que el 10 salió de un repollo?

—Por como le va a tu selección lo único que parecen tener son repollos.

—¿Quién es el pibe nuevo?

—No sé, dicen que jugaba en Rosario, en el pinche

Newell’s, creo.

—Me voy. Estoy cansado y tengo que manejar a dos por hora con el hielo que hay.

—Ah, sí. Cuídate, wey. ¡No mames con la autopista!

— Va a ser por un rato. Tengo que estar acá de nuevo a las siete.

—Bueno, pues, aquí me encuentras, Bro. Despiértame ¿no?

—Te van a despertar esos gringos pelotudos que empiecen a llegar a la oficina a las cinco de la mañana. Bye.

 

La conversación no requería mucha concentración. Pero Juan había estado más distraído que de costumbre. Sabía que Gonza le estaba hablando de ese pibe, Lionel Messi, del que había leído en Clarín, por internet, pero él estaba en ese momento más atento a lo que decían en el noticiero de la ABC de la medianoche. El Gonza tiene siempre encendido un televisor pequeño debajo de su escritorio, en la cabina, para no quedarse totalmente dormido. Hablan como siempre de las guerras.

 

Un terrible atentado en Bagdad con tres coches bomba que dejó 89 muertos y 200 heridos. En Afganistán, las cosas están un poco más calmas y sólo se suicidó un kamikaze talibán en la puerta de un cuartel en el centro de Kabul. Hubo unos veinte heridos y el único muerto fue el atacante. “Pero podría haber sido cuando John entrara o saliera de la base, podría ocurrir en cualquier momento. Espero que no tenga que salir mucho, que lo tengan todo el tiempo contando cosas en ese galpón… ¿Por qué mierda están estas guerras?”. La pregunta le viene una y otra vez a la cabeza en todo el trayecto hasta su casa, mientras se toma una cervecita antes de irse a la cama, mientras intenta dormir, hasta cuando suena el despertador para decirle que son las seis de la mañana y que tiene apenas quince minutos para darse una ducha y regresar a servir el desayuno para 180 personas en el salón San Francisco del mismo conchudo hotel.

 

 

* * * * *

 

John habla poco y con poca gente. Especialmente ahí, dentro de la base. Uno de sus contados amigos es Ricky Ramírez, un mexicano, chilango, nacido en el barrio más cutre y popular del Distrito Federal, el de Tepito. Sus padres tenían ahí un puesto de venta de zapatos usados. Los compraban a quienes recogían la basura; los arreglaban, lustraban y vendían a los más pobres.

 

Vivían en un improvisado segundo piso de una casona semidestruida a metros del mercado. Cuando Ricky tenía nueve años, y ya trabajaba llevando carros con mercaderías de un lado al otro, su padre decidió que era hora de probar suerte en el norte y se fue a ver a un compadre suyo en Laredo. Volvió una semana más tarde con unos papeles que decían que los Ramírez vivían en la zona de la frontera, podían pasar el puente hacia el lado estadounidense e internarse hasta cincuenta kilómetros sin que nadie les diga nada. En diez días, estaban instalados en una casa de madera bastante precaria en las afueras de Houston, mucho más allá del límite de los cincuenta kilómetros. El barrio era bastante más lindo que Tepito. Le faltaba animación, eso sí. Pero sobraban cuates. Eran todos mexicanos y muy de vez en cuando aparecía algún hondureño o salvadoreño que ya eran difíciles de distinguir porque habían adoptado los modismos mexicanos.

 

Ricky empezó a ir a la escuela en su barrio, no muy lejos de la Telephone Road y el ahora de moda Tlaquepaque Market. En aquella época, era apenas un barrio hispano desde donde se podían ver las siluetas de las torres de Houston. El padre comenzó a hacer trabajos de pintura y la madre vendía chucherías en el mercado. Él, cuando no estaba en la escuela, ayudaba a su mamá en la venta o hacía algún trabajo en un taller de reparaciones de autos, algo que le encantaba, o jugaba fútbol donde se destacaba como goleador. Decía que iba a ir a la selección mexicana pero ni siquiera llegó a ser titular en el equipo del barrio cuando empezó a competir en un torneo de inferiores de la United Soccer League. A los 18, ya no aguantó más vivir a la sombra de la opulencia de los texanos y como todos los otros muchachos que no tenían ninguna otra posibilidad de aventura se alistó en el ejército. Unos meses más tarde, estaba haciendo su primer turno en Irak. Cuando entraba en su segunda campaña, al año siguiente, fue herido en el muslo derecho y se pasó tres meses en un hospital de San Antonio, en Texas. Quedó bien físicamente, aunque los médicos decían que seguía sufriendo un fuerte estrés postraumático. Querían darle la baja pero Ricky no podía volver derrotado a Houston. Prefería volver muerto. Hizo todas las maniobras para que lo realistaran y consiguió ir a Afganistán. Terminó en una unidad de apoyo que participa poco del combate.

 

Con John, los acerca haberse criado en la misma ciudad, el fútbol y su desdén por el fútbol americano y el béisbol. “A pussy game”, dicen y se ríen de los mexicanos y sudamericanos que quieren lanzar la bola con efecto como los chicos americanos que nacieron con esa habilidad. También los une el tener un poco más de cerebro que la media de los reclutas. Ricky no estudió como John pero tuvo una educación popular, adquirió una gran viveza de la calle, tiene mucho mercado encima. “Los de Tepito ya vimos todo antes de cumplir los seis años”, repite en un español con fuerte acento americano. Cuando conversan o juegan videojuegos lo hacen en inglés pero siempre meten alguna palabra o frase en español, uno en mexicano vivaracho y el otro en un lunfardo de la provincia argentina de Córdoba que escuchó desde siempre en su casa. Incluso, cuando John habla en español le aparece el cantito único de las sierras cordobesas.

 

Esa noche, John y Ricky están trenzados en un duelo de Call of Duty, el famoso videojuego que hizo multimillonario a su creador Ben Chichosky. Ninguno de los dos estuvo en las últimas semanas en el frente y ésta es una buena manera disparar unos tiros antes de irse a dormir. Pero John sigue obsesionado por las bolsas negras de heroína en los cajones de los angels. Espera a que no haya nadie más en la barraca, deja el control y comienza a contarle a Ricky lo que había visto. Ricky escucha con cara de ya saber todo. Deja que John se descargue y cuando termina, le dice:

 

—Olvídate. Es el Five Corners, el cártel de Las Cinco Esquinas.

—¿Qué?

—No te metas.

—¿Pero de qué hablás? ¿De un cártel como los de México?

—Sí.

—¿Una organización?

—Sí.

—¿Traficantes?

—Sí.

—¿Y vos como lo sabés?

—Tú no te metas.

—Me tenés que decir lo que sabés.

—No sé nada.

—Si sabés, decime.

—No sé nada, pero sí sé que es muy peligroso meterse con ellos. Es como si estuvieras en Ciudad Juárez y vieras algo. Te callas.

—¿Quiénes son ellos? ¿Qué me dijiste? ¿Cómo se llaman?

—No sé cómo se llaman pero escuché a unos el otro día en la guardia que hablaban de la organización de Las Cinco Esquinas.

—¿Qué cinco esquinas?

—Las del Pentágono.

—¿Qué tiene que ver el Pentágono?

—No sé, pero como son militares le pusieron así, como las cinco puntas de un pentágono. Decían que era como Vietnam.

—¿Por qué Vietnam?

—Es como en esa película que una vez alquilamos.

—¿Cómo en la película esa… American Gangster… con este chocolate blanco de Denzel Washington?

—Sí, y el pinche Russell Crowe, también.

—¿Pero qué tiene que ver Vietnam con fucking Afganistán?

—Parece que están haciendo lo mismo.

—¿Lo mismo? ¡¿Llevan heroína en los cajones para vender en el Harlem?!

—Shhhhhhh. Cósete la boca antes de hablar de esto de nuevo.

—Pero si los vi, te digo que los vi. Y no es Denzel Washington, es un negro mucho más feo.

 

John baja la voz y mira a los costados. Siguen solos en la barraca y la conversación es en español. Supone que nadie o muy pocos podrían saber de que están hablando.

 

—Era el TJ —dice y se da cuenta que la voz le tiembla.

—Sí, son los del cártel de Bagram, los del Five Corners. Como los del cártel de Juárez. Olvídate.

 

 

 

Este texto es el capítulo primero del libro El cártel de Bagram, publicado por NovelasGallus.com, que asegura en la contraportada: “este libro puede leerse como un relato de ficción, una historia real novelada, un ensayo o un manifiesto antibelicista”.

 

 

 

Gustavo Sierra (Buenos Aires, 1956) lleva 35 años ejerciendo el periodismo. Es editor de la sección de política internacional del diario Clarín. Ha cubierto las guerras de Afganistán e Irak, la narcoguerra mexicana y ha entrado en la prisión de Guantánamo

Autor: Gustavo Sierra